Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma
Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel

MI MADRE


Futuro imperfecto, Xulia Alonso, p. 75

MI MADRE

Cánta morte eu vivín polo alento ó revésdo meu sentir!

MARÍA MARIÑO

Yo nací para creer ciegamente. Fui educada para tener fe, para aceptar un destino predeterminado sellado en el mismo instante de la selección cromosómica que marcaría mi género, como mi madre, como la suya, como la madre de la suya que, contaba la mía, se desmayó mientras trabajaba en el campo con el disgusto de sentir un nuevo hijo en su vientre, el séptimo. Casi todos esos hijos huyeron de la miseria y emigraron a Argentina, menos Concha, la primera mujer de mi abuelo Manuel, la que murió de peritonitis y fue sustituida por su hermana, mi abuela Olimpia, emigrante retornada. Era su destino.

Yo crecí creyendo: creía lo que mi madre me decía, creía Io que me decían en el colegio, creía lo que nos decían en la iglesia... creía ciegamente. Crecí educada por mi madre, como marcaban los cánones, en los principios que correspondían a mi género: resignación, docilidad, entrega, aceptación del sufrimiento como destino inseparable de la condición femenina. De niña respondí de forma impecable a Io que de mí se esperaba: buena estudiante, solista del coro de la iglesia, catequista cuando llegó la edad.

Primero quise ser monja, después misionera. Escuchaba con atención a mi profesor de religión, el refugio donde iba a poder encontrar la paz, según mi madre. Me enseñaron, y lo creí, que la verdad prevalece frente a la mentira, que el buen comportamiento recibe siempre una compensación, que todos somos iguales, que la justicia siempre vence, que dios es justo.


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