Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma
Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel

LAS BRIGADAS INTERNACIONALES


Los secretos de la defensa de Madrid, Chaves Nogales

Antiguos soldados de la Gran Guerra muchos de ellos: en su mayoría comunistas alemanes de la columna Thalmann y anarquistas italianos del Batallón de Garibaldi; aquellos tres mil quinientos veteranos que sabían luchar en campo abierto, fueron los que, en la Casa de Campo, en el Puente de los Franceses y Ciudad Universitaria, se pegaron heroicamente al terreno y salvaron Madrid. Los madrileños les habían visto cruzar horas antes por las calles, arracimados en unos camiones en los que a toda velocidad los habían traído de Albacete y de los acantonamientos próximos a Madrid, adonde habían ido concentrándose. Con el puño en alto y gritando        UHP (Unión de Hermanos Proletarios), aquellos hombres venían de los cuatro puntos cardinales de Europa para hacer de los arrabales de Madrid la trinchera mundial de la revolución.

Las Brigadas Internacionales, como es conocido, fueron unidades integradas por unos 40.000 voluntarios de más de cincuenta países, que lucharon junto al ejército de la República. La mayoría de ellos eran veteranos de la Primera Guerra Mundial y trabajadores reclutados por los partidos comunistas, que carecían de experiencia militar. Las Brigadas participaron en la defensa de Madrid y  en las batallas del Jarama, Guadalajara, Brunete, Belchite, Teruel el Ebro. A partir del 23 de septiembre de 1938 fueron retiradas por el Gobierno de Juan Negrín con el propósito de modificar la posición que mantenía el Comité de Naciones Unidas sobre la participación de fuerzas extranjeras en la guerra.

 


PARIS MAYO DE 1940


La agonía de Francia, Chaves Nogales

El éxodo de un millón de parisienses en pos del gobierno y de los funcionarios fue algo espantoso, inenarrable. Día y noche las salidas de París estuvieron obstruidas por cuatro filas de vehículos de toda clase, cargados hasta los topes, que marchaban penosamente deteniéndose constantemente y al paso de los más lentos, los grandes y pesados carromatos que utilizan los campesinos para transportar el heno, tras los cuales habían de marchar, con exasperante lentitud los potentes automóviles de la gran burguesía parisén que se ponía a salvo llevándose celosamente consigo sus riquezas transportables,  la plata,  los tapices, las joyas, los cuadros, hasta los muebles valiosos izados disparatadamente sobre las capotas de los coches. No creo que antes de ahora se haya dado en el mundo el espectáculo formidable del éxodo de un pueblo civilizado, que con todo su progreso material y mecánico, sus aparatos de radio, sus automóviles de lujo, sus motocicletas daba, sin embargo, la sensación exacta de una tribu bíblica que emprendía el camino de la tierra de promisión como en las enormes migraciones legendarias de los pueblos de la antigüedad.

  

 


PIER PAOLO PASOLINI


El libro de plata, Olivia Laing, p. 86

Es así como Nicholas se ve sentado a unos centímetros del suelo en el asiento del copiloto del Alfa plateado de Pasolini. No puede reprimir la sonrisa al verlo aparcado en la calle, con sus ojos de rana llenos de brillo. Mejor que vuestro Cinquechento, dice Pasolini. Le ofrece un chicle de tira, pone el coche en marcha. Mastican al unísono. Pasolini viste muy ceñido, con la ropa pegada a un cuerpo que no tiene ni una onza, ni un gramo de grasa. Tiene que exigir mucho trabajo, mucha contención lucir este aspecto. Sabe que Pasolini es más viejo que Danilo. a quien ya le cuelgan las carnes, pero está a gusto con el cuerpo que tiene. Vaqueros azules ceñidos, camisa vaquera ceñida. Hay un chaquetón de lana tirado atrás. Se nota que es que es marica, pero no puede decirse que lo proclame a los cuatro vientos como algo decorativo. El tono que mantiene es de hombre a hombre, de una masculinidad sin adulterar, una actitud tan rigurosamente fabricada que en cierto modo parece falsa, sobre todo si se compara con el amaneramiento camp de Dani, que es relajado y desenvuelto.

Piensa en estas cosas al mismo tiempo que es consciente de que la proximidad de ese cuerpo tenso, duro, tiene un efecto sobre él. No atracción, no exactamente. Se trata más bien del cambio de presión que se produciría en un volcán si fuera comprimido una y otra vez hasta terminar reducido al tamaño una piedra. Pasolini está muy quieto, y es una inmovilidad que apunta a un exceso de tensión, no a un letargo. Las imágenes que a Nicholas le vienen a la mente son una serpiente y un cable de alta tensión caído.


INCIPIT 1.673. LA REPUBLICA / JORGE VOLPI


1.1

Cuando la noche se cubre con el humo más negro, los números se precipitan en silencio sobre las pantallas. A sesenta millas por hora, las ráfagas golpean los ventanales de Cawdor Systems LLC mientras yo analizo reportes y encadeno gráficas a una velocidad que a veces —lo sé— incluso a mí me inquieta. Tras procesar la última marejada de datos, a las 03.12 del 6 de octubre de 2026, la conclusión es inapelable. Bajo la lluvia, Filadelfia languidece.

Sentada frente a la mesa, con las manos alrededor de una taza de café que ya se ha enfriado, Igne también sigue despierta. Su agotamiento no es de los que se curan con el sueño, pero cada línea del informe corrobora su intuición.

—53.3 por ciento, Nick.

En su voz detecto un filo de impaciencia.

—Esas son las probabilidades ahora mismo —le confirmo.

Ella acepta el dato sin parpadear, demasiado lejos aún de sus expectativas. Justo entonces tú entras en la sala dando un portazo, con el abrigo humedecido. Me exiges los resultados, tiritando, y los revisas con premura. Pasas el pulgar por el borde de la tableta con movimientos mínimos, inquietos, consciente de que no hay margen de error. Tus ojos tienen el color de la sangre.

—Sigamos adelante —ordenas.

Los tres nos mantenemos alerta: tú de pie, Igne sentada, yo siempre a su lado. Registro una emoción que no debería experimentar: la certeza de que entramos en un territorio del que ninguno saldrá intacto.

Tal vez a esa resquebrajadura se le llama vértigo.


INCIPIT 1.672. LA PLAZA DEL DIAMANTE / MERCE RODODERA


La Julieta vino expresamente a la pastelería para decirme que, antes de rifar el ramo, rifarían cafeteras; que ella ya las había visto: preciosas, blancas, con una naranja pintada, cortada por la mitad, enseñando los gajos. Yo no tenía ganas de ir a bailar, ni tenía ganas de salir, porque me había pasado el día despachando dulces, y las puntas de los dedos me dolían de tanto apretar cordeles dorados y de tanto hacer nudos y lazadas. Y porque conocía a la Julieta, que no tenía miedo a trasnochar y que igual le daba dormir que no dormir. Pero me hizo acompañarla quieras que no, porque yo era así, que sufría si alguien me pedía algo y tenía que decirle que no. Iba de blanco de pies a cabeza; el vestido y las enaguas almidonadas, los zapatos como un sorbo de leche, las arracadas de pasta blanca, tres pulseras de aro que hacían juego con las arracadas y un bolso blanco, que la Julieta me dijo que era de hule, con el cierre en forma de concha de oro.


MARTHA FREUD


Freud y el matrimonio, JM Coetzee, p. 30

No existe constancia escrita de que Freud estuviera nunca enamorado antes de enamorarse de Martha. A Ernest Jones, su primer biógrafo, le chocó la «indiferencia respecto a las mujeres» que caracterizó su juventud. En su papel de novio de Martha, Freud no causó una gran impresión: sus cartas están llenas de sentimientos apasionados, pero también lo muestran notablemente celoso y dominante. Le exige a Martha que se decida entre él y Max Meyer. Y que si lo elige a él, a Sigmund, tendrá que romper relaciones con Mayer y dirigirse a él no como Max sino como herr Mayer. En cuanto a Fritz Wahle, Sigmund y él eran amigos, pero de ahí en adelante empezará a tratarlo como enemigo.

Tan pronto Martha se promete a él y a nadie más que él, Sigmund le exige saberlo todo, absolutamente todo, sobre su persona. Martha deberá llevar un diario secreto en el que pondrá por escrito sus pensamientos más íntimos. ÉI llevará también un diario; periódicamente los intercambiarán. Se podría escribir un libro sobre la moda entre enamorados del siglo XIX de intercambiar diarios íntimos, confesar sus pensamientos más recónditos, sus actos más reprobables. Este asunto de los diarios no ocasionaba, en la mayoría de los casos, más que desgracias. Lev Tolstói le dio a leer su diario íntimo a futura esposa: Sofya necesitó meses para recuperarse del shock; dudo que jamás se perdonara. Freud consideraba equitativo el intercambio de diarios: él tenía que leer los secretos de Martha y ella los de él. Cada cual aparecía desnudo frente al otro. ¿Qué podía haber más equitativo que eso? Pero en realidad el juego no era equitativo, las reglas las había inventado él; ella tan sólo obedecía.

 


GUIDO PASOLINI


El libro de plata, Olivia Laing, p. 169

Vale, vivíamos en Friuli. Mi padre había sido hecho prisionero de guerra en Africa. Era fascista, de los convencidos, y mi madre, Susanna —señala la puerta detrás de la que presumiblemente duerme- , no era fascista.  A su manera era antifascista, detestaba a Mussolini. Y empezó la guerra y nosotros éramos unos chiquillos con barro en los oídos, y tuvieron que destituir a Mussolini para que nos diéramos cuenta de lo que pensábamos en realidad. Y entonces también volvimos antifascistas. Pero primero fui poeta, luego poeta que quería hacer el amor, que quería caminar por los prados y mirar a los chicos y escribir lo que sentía. Me derramaba en palabras. Se mira la mano. Y también en la mano, dice riéndose solo un poco. Guido no era así, su energía, su entusiasmo, todo lo dedicó a la resistencia. Pintaba eslóganes en los muros del pueblo, estuvieron a punto de detenerlo. Robaba armas a los nazis. repartía octavillas. Ni te imaginas lo peligroso que era eso. Entonces decidió unirse a partisanos. Lo acompañé a la estación. Llevaba una chaqueta mía vieja, ya le iba pequeña. Vi cómo marchaba. Eso fue lo último que vi de él, su nuca.

En fin, que encuentra a los partisanos, en las montañas. Vive con ellos todo el invierno, pero hay un conflicto entre facciones. Friuli, a lo sabes, justo al lado la frontera. Celebran un juicio, un juicio de opereta, y a algunos miembros de su grupo los declaran culpables y los condenan a muerte. Disparan a Guido. pero consigue escapar. Lo encuentran, está herido, lo traen de vuelta. No lo supe en esa época, no me enteré hasta la primavera. Se lo llevaron a las montañas, le obligaron a meterse en una fosa y le dispararon.

i69


INCIPIT 1.671. FREUD Y EL MATRIMONIO / JM COETZEE


A veces un puro no es más que un puro. A ve­ces una conferencia titulada «Freud y el matrimonio» no es más que una conferencia sobre Freud y el matrimonio. Pero ¿quién soy yo, el sujeto hablante, para insistir en que este puro en concreto es solo un puro, en que esta conferencia sobre Freud y el matrimonio es solo una conferencia sobre Freud y el matrimonio? Teniendo como público a estudiosos de Freud, yo debería ser consciente de que cuanto más insista en que el puro no es más que un puro, más fuerte sonarán las alarmas.

Al principio de su carrera, cuando en las ciencias humanas la ortodoxia era el positivismo, Sigmund Freud describía el deseo sexual como un perturbador y, de hecho, desagradable estado de excitación nerviosa. El orgasmo proporcionaba un alivio temporal a esta excitación, una manera de devolver el sistema nervioso a su estabilidad previa.


YO SE


El libro de plata, Olivia Laing, p. 218

Lo firma Pasolini. Es del noviembre pasado, No me hablaste de esto. dice Nico. Ya vivía aquí. Apenas te conocía, dice. Y tú no sabías nada de Italia. Ni siquiera habías conocido a Pasolini.

La columna se titula “¿Qué es este golpe de Estado? Yo sé”. Se repite la misma frase a lo largo del texto: lo so, yo sé. Nicholas tiene la sensación de estar leyendo la denuncia de toda una clase política, incluso de la sociedad in tutto. Pasolini afirma, en su estilo sereno, razonable y apocalíptico, que sabe quiénes son los responsables de grandes crímenes, de las masacres de Milán en 1969 y de Brescia y Bolonia en 1974. Sabe quiénes son los responsables de la intentona de golpe. Habla sobre los fascistas y las cruzadas anticomunistas en Italia, sobre el papel secreto de la Iglesia y de la CIA. Afirma que hay gente importante que contrata a sicarios, matones callejeros, para que les hagan el trabajo sucio. y prosigue diciendo que todo el mundo lo sabe, pero que los demás se niegan a hablar para conservar un mundo en el que ya no se puede vivir. Declara la pureza del Partido Comunista Italiano. Afirma: El coraje intelectual de la verdad y práctica política son dos cosas irreconciliables en Italia.

Es un cóctel molotov en forma de periódico. La hostia, di Nicholas, cuando llega al final. ¿Es verdad? No sé tanto como Pasolini —dice Dani—, pero sí creo que es verdad. No solo ve Ios actos malvados. Eso sería fácil. Lo que ve es cómo nos desentendemos todos del mal porque estamos cómodos y queremos estándolo. Somos sonámbulos, como los niños de Saló son sonámbulos. Ataca la modernidad, la somete a juicio. Piensa que el consumismo es un  nuevo fascismo porque oculta muchísima violencia en su interior, porque destruye la naturaleza y los comportamientos naturales. Es lo mismo que en Saló. Los artículos son una denuncia del poder. Se está haciendo famoso con ellos, pero creo que también lo ponen en peligro.

 


BARCELONA VERANO 1936


La columna, Adrien Bosc, p. 21

Cuando salió de la estación de Francia, no se sorprendió. Si le hubieran dicho que todo había cambiado, no se lo hubiera creído. Era la misma ciudad. Ni más ni menos. Corno mucho, parecía el decorado de una ciudad engalanada en día festivo. Aquí una iglesia convertida en casa del pueblo. allí un hotel transformado en cuartel general o un restaurante donde se daba de comer a la tropa, y por todas partes, en las paredes y en los automóviles, como adornos de carnaval, se veían, pintadas con brocha gorda, en caracteres chorreantes las siglas de partidos y sindicatos: CNT. FAI. POUM. Y carteles pegados a farolas, y pancartas tendidas de ventana a ventana, como ropa puesta a secar. El jaleo de la calle, el griterío de los niños, la música, el ruido de los innumerables cascos de las caballerías que desfilaban por cl paseo, todo daba una sensación de presente real, bullicioso y terrible


INCIPIT 1.670. CARTAS 1920-1941 / JAMES JOYCE


Este segundo volumen cierra nuestra edición de la correspondencia de James Joyce. Son los años de París: los años del reconocimiento tan anhelado, la fama, el éxito, la adulación infinita; pero también los de la soledad íntima, el abatimiento, la incomprensión, y, sobre todo, la enfermedad creciente e irreversible de Lucia. Esta fama hace que la correspondencia se multiplique, ahora todos se aseguran de conservar las cartas del autor de Ulises, que se vuelve en general más correcto, más misterioso y recóndito. Confía como siempre en poca gente, pero ahora se ve rodeado de mucha más; utiliza egoístamente esta adulación a su favor y encuentra, como antes en su hermano Stanislaus, nuevos y nuevas incondicionales, casi sirvientes, y algún que otro amigo espontáneo. La biografía (y una correspondencia es una de sus formas más sinceras) consiste en ver cómo un hombre o una mujer va ganando cosas para perderlas luego; a veces, poco a poco; siempre, al fin, de golpe y porrazo. A mí, que ya conocía bien la vida de Joyce, que sabía que lleva ochenta años bajo la tierra, aún me produjo un escalofrío comprobar cómo, después de esa última postalita a Stanislaus –una postal anodina, cualquiera, a la que han antecedido cientos y cientos de cartas de todo tipo a todo tipo de corresponsales a lo largo de toda una vida– venía, pura y simplemente, el índice onomástico. ¿Ya está? La vida real, al contrario que buena parte de la literatura (que sería el arte de revolverse contra este hecho como gato panza arriba), no tiene lacito, y acaba en un instante:


INCIPIT 1.669. TODOS LOS PECADOS Y LA MITAD DE MI DOLOR / ELENA MEDEL


Lo contrario de la muerte es el deseo. La respuesta sencilla —la evidente— nos colmaría la boca sin mentir: la vida es lo contrario de la muerte. Pero yo he deseado. Un labio que se muerde hasta que brota la sangre de la piel rota, la rasgadura del deseo que se clava contra el pecho: feroz deseo —feroz— quebrando el velo que guarda las costillas, doblegándome hasta sustituirme, inexistente yo. Me refiero al hambre y a la urgencia. También he conocido el deseo de lo que me faltaba a mí, un objeto valioso y su advertencia, no olvides que eres por cuanto otros fueron; o algo hermoso sin más, con una gracia distinta a todo aquello de lo que dispongo. He deseado también cuanto se me escapaba: no una risa o un gesto sino una posición, alguien que se sienta a esperar cuanto se le ha concedido, alguien que ofrece las palmas de sus manos vacías para que se las rebosen. He deseado al alcance de mi tacto, y he deseado algo que se me escaparía de poseerlo. Lujuria o impudicia, lascivia, envidia y rencor: deseo. Porque el aire me ha colmado el pecho hasta que no respirase, porque la muerte y la vida se han confundido en mí, no escribo sobre la batalla: escribo sobre el alimento.

 


INCIPIT 1.668. EL LIBRO DE PLATA / OLIVIA LAING


Regresa a pie de la Tate, con los cuadros en la cabeza, disfrutando de la tranquilidad de la tarde. Hay en el aire una deliciosa sensación de otoño, como encontrar un tramo de agua más fresca cuando nadas. Cruza a la carrera Horseferry Road, esquivando autobuses, y salta a la acera. Hay un tablón delante del kiosco. Habrá visto la foto por el rabillo del ojo y se da la vuelta al instante para leer el titular. La náusea es tan fuerte que le dobla por la cintura. No era esto lo que pretendía, no esperaba que salieran así las cosas. Se obliga a incorporarse. Tiene que ejercitar toda su capacidad de autocontrol para aparentar tranquilidad mientras camina por Tufton Street, gira la llave en la puerta doble y entra en el ascensor. Nadie lo ve.


INCIPIT 1.667. DIOS NO ES BUENO / CHRISTOPHER HITCHENS

Dicho sea suavemente


Si el lector o la lectora de este libro quisiera llevar más allá la mera discrepancia con su autor y tratar de detectar los pecados y deformaciones que le animaron a escribirlo (y ciertamente he advertido que aquellos que alientan en público la caridad, la compasión y el perdón tienden a adoptar esta línea de acción), entonces no tendría que discutir únicamente con el incognoscible e inefable creador que, presuntamente, decidió crearme como soy. Tendría también que mancillar la memoria de una mujer buena, honesta y sencilla, con una fe sólida y sincera, llamada Jean Watts.

Cuando era un niño de unos nueve años y asistía a un colegio de los confines de Dartmoor, al suroeste de Inglaterra, la misión de la señora Watts consistía en instruirme en ciencias naturales y también en historia sagrada. Nos llevaba a mis compañeros y a mí a dar largos paseos por una zona particularmente bella de la hermosa tierra en que nací y nos enseñaba a distinguir las diferentes especies de aves, árboles y plantas. La sorprendente diversidad que se podía hallar en un seto de arbustos; la maravilla de unos huevos descubiertos en un recóndito nido; cómo cuando te picaban las ortigas en las piernas (teníamos que llevar pantalones cortos) crecía muy cerca una balsámica acedera de la que echar mano: todo esto ha permanecido en mi memoria del mismo modo que el «museo del guardabosque», en el que los campesinos del lugar exhibían los cadáveres de ratones, comadrejas y demás alimañas y predadores supuestamente suministrados por alguna deidad no tan benévola. Si uno lee los imperecederos poemas rurales de John Clare, escuchará la melodía de lo que pretendo transmitir.


INCIPT 1.666. LA CARNE / DAVID SZALAY


A los quince años, se muda con su madre a otro pueblo y empieza en otro colegio. No es una edad fácil para hacer algo así; el orden social del colegio ya está bien establecido y le cuesta hacer amigos. Pasado un tiempo hace un amigo, otro individuo solitario. A veces quedan después de clase en el nuevo centro comercial al estilo de Occidente que acaban de abrir en el pueblo.

—¿Lo has hecho alguna vez? —le pregunta su amigo.

—No —dice István.

—Yo tampoco —dice su amigo, y en cierto modo eso facilita la confesión.

Tiene una forma sencilla y natural de hablar de sexo. Le dice a István con qué chicas del colegio fantasea, y qué fantasea hacer con ellas. Dice que a veces se masturba cuatro o cinco veces al día, e István se siente un incompetente ya que por lo general él lo hace una o dos veces. Cuando lo confiesa, su amigo dice:

—Seguro que tienes el impulso sexual bajo.

Puede que sea verdad, que él sepa.

No sabe cómo es para otra gente.

Solo tiene su experiencia personal.

Un día su amigo le dice que lo ha hecho con una chica que vive al otro lado de las vías del tren.


WIKIPEDIA

Todo el saber universal a tu alcance en mi enciclopedia mundial: Pinciopedia