Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma
Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel
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INCIPIT 1.622. NOCTURNO DE VENECIA / JOHN BANVILLE



Crepúsculo, una habitación desierta, un retazo de seda negra sobre una mesa de mármol, aguas que se oscurecen más allá. Esa era la escena, deshabitada, oscura y silenciosa, con la que soñaba desde hacía meses, a menudo dos o tres noches seguidas, siempre el mismo sueño, el mismo cuadro, más o menos, más que menos. ¿Qué quería decir, qué significaba? No lo sabía, no acertaba a imaginarlo, y el enigma que lo envolvía me inquietaba casi tanto como el propio sueño. Suponía que de alguna forma tendría que ver con Venecia, pues en Venecia pasaríamos mi esposa y yo los primeros meses del nuevo año —y, de hecho, del nuevo siglo—, y naturalmente me obsesionaba aquella ciudad misteriosa, por no decir fantasmal, enclavada, de manera increíble, en medio de un pantano.

Lo más llamativo del sueño, aparte de su carácter repetitivo, era que los escasos objetos que en él aparecían —la mesa, el pedazo de tela arrugada, la ventana que daba a lo que yo suponía que era la laguna— se me antojaban de algún modo familiares, hasta el punto de que cuando empezaba a despertar, perplejo y angustiado, en una maraña de sábanas húmedas y con la boca seca, estaba convencido de que la habitación soñada era una habitación de Venecia que había visitado y, más que visitado, en la que me había alojado. Sin embargo, ¿cómo era posible, dado que no conocía la ciudad, que nunca había estado allí?


INCIPIT 1.346. LAS SINGULARIDADES / JOHN BANVILLE


Sí, ha puesto punto final a su sentencia, pero ¿significa eso que ya no tiene nada más que decir? No, ni mucho menos. Ahí lo tenemos, en el fresco esplendor de una mañana ventosa de abril, saliendo con paso firme al mundo como un hombre libre, más o menos. ¿De dónde ha sacado el estiloso atuendo? Debe de haber alguien que se preocupa por él, alguien que se haya preocupado. Observad el abrigo de piel de camello, elegante aunque pasado de moda, con el cinturón atado al desgaire en vez de abrochado, la chaqueta de tweed a medida y con doble abertura en la espalda, los zapatos lustrados, de cordones, el destello del oro en los puños de la camisa. Fijaos sobre todo en el sombrero alto de fieltro marrón oscuro, nuevo como el día e inclinado en un ángulo garboso sobre el ojo izquierdo. Lleva con soltura del asa un maletín, como de médico, baqueteado y arañado pero modestamente bueno. Ah, sí, es todo un caballero. El Señor era su sobrenombre, uno de ellos, allá dentro. Sobrenombre: qué acertado. Su nombre a la sombra. Las palabras son lo único que queda para mantener a raya la oscuridad. Porque esta mañana luminosa es mi brumoso crepúsculo.

¿Quién habla aquí? Yo, un diosecillo, pues los dioses grandes se han largado.

De hecho, ha decidido cambiar de nombre. A pocos engañará con esa artimaña; entonces, ¿por qué tomarse la molestia? Veréis, es que se propone nada menos que llevar a cabo una transformación total, y en semejante empresa el comienzo más radical consistía en borrar el sello de fábrica, por así decirlo, y sustituirlo por otro de invención propia. La idea de una identidad supuesta entusiasmó al pobre infeliz.


"CULTURA POPULAR"


Las singularidades, John Banville, p. 195

Pese a ser un trabajador infatigable, Godley se permitía ciertas distracciones. No tenía oído ni ojo para el arte elevado, pero apreciaba con fervor lo que más tarde se conocería como «cultura popular». Le gustaba la música chabacana más lánguida y almibarada de los años posteriores a la posguerra. Le encantaba asimismo el cine y asistía con frecuencia a las funciones de tarde de la Arcady Arthouse (ilustración 7), una sala universitaria especializada en los clásicos en blanco y negro de los años dorados de Hollywood. Le gustaban los wésterns en particular. Él y Gabriel Swan, que compartía su entusiasmo por «esos cuentos morales de nuestro tiempo», como Godley los definió, se sentaban en la primera fila, en las dos butacas del centro, fascinados, con el rostro alzado con felicidad infantil hacia la parpadeante pantalla luminosa. Más de uno de los autores que estudiaron su figura, con Pavel Popov y B. J. Grace entre los más prominentes, han dado a entender que esta supuesta predilección por los placeres simples y los pasatiempos sencillos era una farsa orquestada con esmero a fin de promover la imagen de una personalidad sin pretensiones y con gustos corrientes, en la línea de otros grandes maestros de la mascarada, como los dos Albert (Einstein y Schweitzer) y el filósofo Ludwig Wittgenstein. «Actúo -solía señalar Godley-, luego soy actor». Tras la muerte de Swan, no volvió a la Arthouse y regaló, o tiró, sus discos gramofónicos.


UNA COCHINILLA


Las singularidades, John Banville, p. 224

Salió de su ensimismamiento con la sacudida temblorosa de un enorme motor viejo al ponerse en marcha. Anna estaba contándole algo de una avispa ... ¿De una avispa?

-No sé de qué especie -espetó ella con impaciencia-, solo una avispa, una especie tropical ... ¿Qué más da? Leí un artículo sobre ella no sé dónde, en una revista de la sala de espera de un médico, y Dios sabe que he pisado unas cuantas. Busca un bicho, por ejemplo una cochinilla de unas diez veces su tamaño, le clava en la frente esa cosa venenosa que tienen, la antena o lo que sea, la deja paralizada y enseguida pone huevos y los mete en el cuerpo de la cochinilla. Luego, antes de que pase el efecto de la inyección, la tapa con piedras ...

-¿Qué es lo que tapa con piedras?

-¡El bicho, la avispa! Tapa por completo con piedras a la cochinilla dándole la forma de una de esas celdas de monjes para que no escape cuando vuelva en sí. Luego se va y la deja allí, atrapada y viva. Las hormigas lo hacen. Los huevos no tardan en abrirse y las pequeñas avispitas blancas que salen dentro de la cochinilla empiezan a alimentarse de ella, de su carne viva. -Se interrumpió y respiró hondo, retuvo el aire un instante y lo expulsó en un largo suspiro descendente. Miraba con ojos desolados al otro lado del parabrisas-. Imagínatelo -añadió-, imagínate que te comieran vivo así, de dentro afuera.

HERIDA


Las singularidades, John Banville, p. 281

En los viejos tiempos de inconsciencia, cuando los niños todavía jugaban al aire libre, en sitios donde había piedras y espinas, todos tenían costras, según escribe Godley -recordad que seguimos estudiando con detenimiento su carta, escépticos y llenos de curiosidad. Al principio, cuando la costra acaba de formarse, es sumamente delicada y sangra al menor pinchazo o golpecito exploratorio. Los cortes dejaban una sola costra, pero los arañazos, sobre todo los provocados por las zarzas, dibujaban una larga elipse rojo oscuro, como un collar de rubíes diminutos. Una vez secas y endurecidas, las de mayor tamaño adquirían el color de las moras no del todo maduras y presentaban su mismo brillo opaco y su mismo tacto irregular, firme y cálido en la superficie. Los chiquillos las cuidaban y protegían, y al menos una vez al día alzaban un borde con una uña, solo un poco, con cautela, para comprobar el grado de resistencia que aún oponían. Una punzadita aguda advertía de que todavía no estaban maduras. Sin embargo, llegaba el día en que era posible levantarlas por completo, como la tapa de un joyero en miniatura, despacio y conteniendo el aliento. Siempre había un punto pegajoso al que se aferraban tercamente, o que las aferraba tercamente, por lo que se requería una pausa para reflexionar, tras la cual se reanudaba la operación con una maniobra más firme y más enérgica, y de repente el caparazón se desprendía, intacto y ligero como una escama de mermelada de mora seca, y el último punto de fijación cedía con lo que parecía un beso minúsculo al revés, y allí, expuesta al fin, estaba la zona de piel irrealmente nueva y tierna, fresca, frágil y brillante como el ala de una libélula.


INCIPIT 1.263. TETRALOGIA CIENTIFICA / JOHN BANVILLE


I. Orbitas Lumenque

Al principio no tenía nombre. Era el objeto mismo, algo vivo, y era su amigo. En los días de viento danzaba, enloquecido, agitando sus brazos con vehemencia; o en el silencio de la tarde se adormecía y soñaba mientras se balanceaba en el aire azul y dorado. Ni siquiera se iba por las noches; arropado en la cama, él podía oír sus sombríos movimientos fuera, en la oscuridad, durante toda la noche. Había otros, más cerca de él y todavía más vivos, que iban y venían, hablando; pero le eran totalmente familiares, casi como si formaran parte de sí mismo, mientras que este, inmutable y lejano, pertenecía al misterioso exterior, al viento, al tiempo y al aire azul y dorado. Formaba parte del mundo, pero aun así era amigo suyo.

 ¡Mira, Nicolás!¡Mira qué árbol tan grande!

Árbol, así se llamaba, y también tilo. Eran palabras bonitas y él las conocía desde mucho antes de saber qué significaban. Por sí mismas no tenían sentido, ellas solas no eran nada, solo nombraban aquel objeto que volaba y danzaba allí fuera. Con el viento, en el silencio, por la noche, en medio del aire caprichoso, aquel objeto cambiaba; y sin embargo era el árbol inmutable, el árbol de rilo. Era extraño.

Cada cosa tenía un nombre, pero a pesar de que los nombres no eran nada sin aquello que designaban, a las cosas no les importaba su nombre, no lo necesitaban, se limitaban a ser ellas mismas. Y luego estaban las palabras que significaban algo inmaterial, no como árbol y tilo que describían a aquel oscuro bailarín. Su madre le preguntaba a quién quería más, y el amor no bailaba, no golpeaba las ventanas con dedos furiosos y no tenía brazos llenos de hojas que sacudir, pero cuando ella mencionaba esa palabra que no designaba nada, en el fondo de su alma una cosa indefinible pero real respondía como si la convocaran, como si alguien la hubiese llamado por su nombre. Era muy extraño.


1.009. TRILOGIA DE FREDY MONTGOMERY / JOHN BANVILLE


Su señoría, cuando me pida que se lo cuente a los miembros del jurado en mis propios términos, diré lo siguiente: me tienen encerrado como a un animal exótico, último superviviente de una especie que consideraban extinta. Deberían dejar pasar a las masas para que me viesen: el devorador de la muchacha, esbelto y peligroso, andando de aquí para allá en   mi jaula, mientras mis terribles ojos verdes parpadean más allá de los barrotes; tendrían que darles algo con que soñar cuando por las noches están bien abrigados metidos en sus camas. Cuando me detuvieron, se arañaron con tal de echarme un vistazo. Estoy convencido de que habrían pagado por ese privilegio. Gritaron insultos, esgrimieron sus puños amenazadores y mostraron los dientes. Fue irreal, aterrador pero cómico verlos allí, apiñados en la acera como extras cinematográficos, jóvenes con gabardinas de tres al cuarto, mujeres con la bolsa de la compra y uno o dos personajes silentes y canosos que permanecían inmóviles, voraces, atentos a mí, pálidos de envidia. En aquel momento un guardia me cubrió la cabeza con una manta y me empujó al interior del coche patrulla. Reí. Había algo irresistiblemente gracioso en la forma en que la realidad, trivial como de costumbre, satisfacía mis peores fantasías.
A propósito de aquella manta, ¿la trajeron aposta o siempre llevan una en el maletero? Ahora estas cuestiones me preocupan, les doy vueltas y más vueltas. Debí de dar una imagen interesante, apenas entrevista, instalado en el asiento trasero cual una momia mientras el coche se deslizaba a todo gas por las calles húmedas bañadas de sol, dándose aires de importancia.

INCIPIT 997. EL LIBRO DE LAS PRUEBAS / JOHN BANVILLE


SU SEÑORÍA, cuando me pida que se lo cuente a los miembros del jurado en mis propios términos, diré lo siguiente: me tienen encerrado como a un animal exótico, último superviviente de una especie que consideraban extinta. Deberían dejar pasar a las masas para que me viesen: el devorador de la muchacha, esbelto y peligroso, andando de aquí para allá en mi jaula, mientras mis terribles ojos verdes parpadean más allá de los barrotes; tendrían que darles algo con que soñar cuando por las noches están bien abrigados metidos en sus camas. Cuando me detuvieron, se arañaron con tal de echarme un vistazo. Estoy convencido de que habrían pagado por ese privilegio. Gritaron insultos, esgrimieron sus puños amenazadores y mostraron los dientes. Fue irreal, aterrador pero cómico verlos allÍ, apiñados en la acera como extras cinematográficos, jóvenes con gabardinas de tres al cuarto, mujeres con la bolsa de la compra y uno o dos personajes silentes y canosos que permanecían inmóviles, voraces, atentos a mí, pálidos de envidia. En aquel momento un guardia me cubrió la cabeza con una manta y me empujó al interior del coche patrulla. Reí. Habla algo irresistiblemente gracioso en la forma en que la realidad, trivial como de costumbre, satisfacía mis peores fantasías.

BAÑO TURCO

Eclipse, John Banville, p. 64
Hay placeres mejor definidos, aunque no menos vergonzosos. Encontré un alijo de fotos obscenas arrojado en lo alto del guardarropa de una de las habitaciones, sin duda abandonado por algún viajante de comercio que se había alojado en la casa. Es un material antiguo, fotografías pintadas a mano de cuadros del siglo pasado, del tamaño de una postal, pero con mucho detalle, en colores crema, carmesí y rosa pétalo. Casi todas son escenas orientales: un grupo de neumáticas esposas de un harén en un baño turco toqueteándose entre sí; un moro con turbante haciéndoselo por detrás a una chica arrodillada; un libertino desnudo en un sofá complacido por su esclava negra. Las guardo bajo el colchón, de donde, con una excitación llena de culpa, las saco, agarro mis almohadones y con un suspiro ahogado me hundo en el interior de mis propios y vigorosos abrazos. Posteriormente siempre hay un pequeño y triste hueco dentro de mí, que parece ser equivalente en volumen a lo que he sacado, como si la expulsión hubiera creado un espacio que mi cuerpo no sabe cómo llenar. Sin embargo, no es ningún anticlímax. Hay ocasiones, raras y preciosas, en que, tras haber alcanzado esa huida salpicada de hipos, con las fotos extendidas ante mí y los ojos como platos, experimento un instante de desolado éxtasis que nada tiene que ver con lo que sucede en mi regazo, sino que parece una síntesis de toda la ternura e intensidad que la vida puede prometer. El otro día, en uno de esos momentos de inflamado gozo, mientras jadeaba, echado, con la barbilla sobre el pecho, oí débilmente, a través de la quietud de la tarde, el sonido remoto del coro de niños procedente del convento de enfrente, y era como si los serafines cantaran.

UN RECIEN NACIDO

John Banville, Eclipse, p. 52
Yo estuve presente en el parto. Sí, fui muy progre; me encantaba todo ese tipo de cosas; fue otra representación, desde luego, por dentro aquel sangriento espectáculo me horrorizaba. Cuando la criatura salió por fin, yo me hallaba en una especie de aturdimiento, y no sabía adónde mirar. Me pusieron a la criatura en brazos antes de haberla lavado. Qué ligera era, y, sin embargo, vaya peso. Un médico que llevaba unas botas de goma verdes y ensangrentadas habló conmigo, pero no entendí lo que me decía; las enfermeras eran enérgicas y altivas. Cuando me quitaron a Cass me pareció oír el chasquido de un cordón umbilical, del cual yo me había despojado poco a poco cortándolo .. La llevamos a casa en un cesto, como un objeto preciadísimo que hubiésemos comprado y nos muriésemos de ganas de desenvolver. Era invierno, y el aire tenía un matiz alpino. Recuerdo la pálida luz del sol en el aparcamiento  -Lydia parpadeaba como un preso al que· sacaran de las mazmorras- y la brisa fresca y aromática que bajaba de las altas colinas que había detrás del hospital, y que del bebé solo se veía una mancha de un vago color rosa por encima de una sábana de raso. Cuando llegamos a casa, no teníamos cuna para la niña, y tuvimos que colocarla en el cajón superior de la cómoda de nuestro dormitorio. Casi no podía dormir por- miedo a levantarme por la noche, y, olvidándome de que estaba allí, cerrar el cajón de un golpe. En el techo aparecían triángulos de luz acuosa formados por los faros de los coches que pasaban, que enseguida eran elegantemente doblados y desaparecían, como los abanicos de las señoras, en el cajón donde la niña dormía. Le pusimos un apodo, ¿cuál era? Erizo, creo; sí, ese era, a causa de los pequeños resoplidos que daba. Días hermosos, de apariencia inocente, tal como se dibujan en mi memoria, aunque siempre se formaban nubes en el horizonte.

FLORENCIA

La señora Osmond, John Banville, p.203
El valle estaba inmerso en una gasa de luz solar dorada y resplandeciente, en la que la ciudad, vista desde la posición ventajosa de la vieja y conocida colina, era solo una acumulación imprecisa de cúpulas, torres y tejados rojizos con aleros, mientras d río y sus meandros parecían una veta brillante de mineral amarillo fundido. El canto de los pájaros, si es que lo había, quedaba amortiguado por el palpitante dosel de sonido que lanzaba al aire una invisible multitud de cigarras dedicadas a su incesante, monótona y vibrante labor. En lo alto de la colina, en una terraza enmarañada de rosas, un hombre de mediana edad, con un sombrero de paja de ala ancha, estaba de pie con la palma de las manos apoyada en un antepecho musgoso, reparando con placer abstraído en el amistoso calor de la piedra antigua. Ante él, la ladera en pendiente era un descuidado pero pintoresco manto de olivares y viñedos, y había una fuerte fragancia a rosas viejas, cipreses y polvo. Estaba observando d camino que ascendía desde la Puerta Romana de la ciudad. Siempre se había considerado una persona desubicada en el tiempo; la suya era una sensibilidad más acorde, estaba convencido, con una época más engalanada y grandiosa, una época en la que su talento habría brillado con una llama más vívida de lo que jamás podrían avivar las insípidas brisas del prosaico presente. No se imaginaba entre los césares: ese mundo de conquista y crueldad era demasiado grosero y primitivo para su gusto; el suyo era un espíritu que habría estado más en consonancia, eso pensaba él, con las cortesías y exquisitas sutilezas del Quattrocento. Hoy se sentía emparentado en cierto modo con uno de los más nobles condottieri de esos tiempos, aunque por desgracia corriera peligro: sitiado, expulsado del santuario de su castillo de negra piedra romana y empujado desde la capital hacia el norte hasta esta colina toscana, convertido en su propio centinela, un vigilante solitario, amenazado por todas partes, aunque sin dejarse amedrentar, escrutaba las neblinosas tierras bajas que se extendían a su alrededor y preparaba sus estrategias, aguardaba su momento.

Mrs. TOUCHETT

La señora Osmond, John Banville, p. 259
Hay una verdad universal que a menudo sorprende mucho a los jóvenes y les produce la impresión de que los han frenado en seco con violencia, y es que, lo mismo que son ellos ahora, también lo fueron antes los viejos. Podemos formularla de otro modo diciendo que cada generación se considera única, y que cada nueva hornada que entra en la edad adulta cree estar disfrutando, o soportando, vivencias, descubrimientos y dificultades nuevas, singulares y exclusivas de ellos y de sus coetáneos. El mundo de los jóvenes es siempre un mundo nuevo y valeroso, poblado de gente joven y audaz como ellos. Están dispuestos a aceptar la posibilidad de que sus padres hayan vivido y amado, disfrutado y sufrido, igual que ellos, aunque de un modo más apático y desvaído, claro, y aunque a estas alturas hayan olvidado la mayor parte si no todo lo que sabían; los hijos de estos amnésicos los miran y sonríen o fruncen el ceño, según el grado de cordialidad que haya sobrevivido a los rigores de veintitantos años de vida íntima familiar, e igual que el acomodador en el descanso de la obra de teatro, les indican amables la dirección de la salida. A los viejos, a quienes los jóvenes consideran una especie prehistórica y totalmente separada, como los uros, pongamos, o las secuoyas de California, se los considera, en lo que se refiere a la experiencia, ajenos a los sucesos y tragedias de la vida diaria, mientras que su vida cuando eran jóvenes, en una época inmemorial y muy lejana, se cree que sin duda debía ser tan lenta, serena y plácida como parece serlo ahora; después de pasar de una juventud primordial a una vejez sin fricciones y carente de molestias y alteraciones, existen como inocentes periclitados, inofensivos, sin afectos, anticuados y virginales. Por esa razón, Isabel escuchó la vieja historia de traiciones, pasiones y dolor de su tía con la más profunda de las sorpresas.
En la foto Shelley Winters 

PANSY OSMOND

La señora Osmond, John Banville
Pansy llegó de la casa con la prontitud de una actriz cuando le dan la entrada. Llevaba un sencillo vestido negro con una tira de encaje blanco en el cuello. Faltaban pocas semanas para su mayoría de edad y se movía con un aura de abstraída melancolía, como si fuese a añorar siempre el cobijo y la seguridad de una infancia que al acabar esa temporada habría concluido oficialmente. Su vestido, de líneas tan severas y tan a todas luces discordante con la luz vespertina que la rodeaba, no le quedaba bien y colgaba un poco torcido sobre su esbelta figura. Aunque nada de lo que llevaba Pansy, reflexionó la condesa, parecía de su talla, consecuencia, o eso suponía su tía, de que, cuando era todavía adolescente y su padre no había adquirido aún la fortuna que le brindaría su segundo matrimonio, las pocas cosas que podía permitirse requirieron periódicos arreglos en las costuras y los dobladillos para adaptarlas a las sucesivas etapas del crecimiento de la niña. Se plantó ante su padre y su tía con su acostumbrada actitud de aquiescencia plácida y un tanto vacua, empujando distraída en semicírculo con el talón una zapatilla negra en la gravilla que había bajo sus pies. La condesa, al observarla, no pudo, como de costumbre, ver en ella nada de su madre, excepto, tal vez, cierta calculadora frialdad en su expresión, cuidadosamente velada, que quizá podría haber heredado de madame Merle, en cuya mirada esa serena gelidez nunca asomaba tanto como cuando sonreía. Tampoco, si vamos a eso, es que se pareciese mucho al padre; era, por así decirlo un capricho de la naturaleza, un ser que se sostenía a sí mismo, independiente del tronco del que había brotado.

CONDESA GEMINI

La señora Osmond, John Banville, p. 203
La condesa, después de más de veinte años de decidida aplicación, se había convertido en una especialista en la alta societa florentina, en particular de su faceta más sórdida. Como un mirlo atareado, daba sal titos en la maleza social, apartaba a un lado las ramitas caídas y picoteaba las hojas muertas -no pocas caídas de la higuera- para escarbar por debajo de ellas en el oscuro mantillo y extraer los sabrosos bocados que allí se ocultaban. Los cotilleos que encontraba siempre eran muy apetitosos. Sabía qué matrimonios habían fracasado y cuáles empezaban a ir mal, qué señora hasta entonces virtuosa había sucumbido a los halagos operísticos de uno de los muchos donjuanes de la ciudad; sabía qué marido estaba siendo engañado y cuál se dejaba engañar por conveniencia, qué hija estaba comprometida y qué hijo se estaba convirtiendo en un disoluto, o lo era ya. Aunque Osmond fingía desaprobar la cháchara escabrosa Y brillante de su hermana, y cerraba los ojos, fruncía los labios y en ocasiones llegaba a hacer como si se tapara los oídos con las manos, la condesa sabía lo mucho que le gustaba enterarse de las bajezas de la gente de postín: su predilección por intercambiar calumnias selectas era el único punto en el que coincidían las sensibilidades de estos dos hermanos tan mal avenidos. Mientras se dedicaban a este pasatiempo, Osmond echaba atrás la cabeza con las ventanas de la nariz dilatadas, como para aspirar y saborear un olor almizcleño y prohibido, fruncía las comisuras de los labios y se acariciaba complacido el cuello por debajo de la barba, con el dorso de los dedos, riéndose en voz tan baja que apenas se le oía. Y no solo recibía, sino que también daba, y en abundancia, aunque sacaba cada pepita mancillada de su reserva de oro con aparente desgana y gran aborrecimiento moral, moviendo la cabeza y suspirando con fingida tristeza por la maldad de este mundo. La condesa se maravillaba de que estuviese al corriente de tantos secretos teniendo en cuenta lo poquísimo que salía.

-Ah, sí, la gente es muy mala --dijo ahora, reclinándose en el asiento con un suspiro complacido, tenía los codos apoyados en los reposabrazos de la silla y sus dedos huesudos y atezados formaban un alto campanario, cuya cúspide rozaba la punta afilada de la barba cuidadosamente recortada en forma de pala-. Incluso los que parecen más virtuosos, y a los que se toma por modelo de virtud, están dispuestos a descender a las más sorprendentes simas de depravación a la menor tentación. 

INCIPIT 940. LA SEÑORA OSMOND / JOHN BANVILLE

Había sido un día de inquietudes y sobresaltos, de humo, vapor y polvo. Aún sentía, la señora Osmond, el espantoso impulso y el ritmo de las ruedas del tren golpeando una y otra vez en su interior. Era como si todavía estuviese sentada junto a la ventanilla del vagón, tal y como había pasado unas horas que se le hicieron increíblemente largas, con la mirada perdida en la plácida campiña inglesa que se alejaba de ella sin cesar con todo el esplendor de los claros tonos verdes de la tarde de principios de verano. Sus pensamientos se habían acelerado al compás de la velocidad del tren, pero, a diferencia de este, sin ningún propósito. De hecho, jamás había notado de forma tan aguda aquella precipitación mental, inconsciente e irrefrenable como desde que salió de Gardencourt. La bestia enorme, humeante y ruidosa que había hecho con brusca impaciencia una pausa en la pequeña y humilde estación del pueblo y había permitido que ocupara su sitio en uno de los últimos compartimentos -sus dedos aún conservaban la sensación de la felpa caliente y el cuero grasiento- aguardaba ahora jadeante después de tan titánico esfuerzo bajo el alto dosel de cristal ennegrecido por el hollín de la ajetreada estación terminal y vomitaba sobre el andén su dotación de viajeros aturdidos y desaliñados y su batiburrillo de equipajes. En fin, se dijo, al menos había llegado a alguna parte.

Staines, su doncella, apenas se había apeado del tren cuando se enzarzó en una discusión con un rubicundo mozo de cuerda. De no haber sido mujer podría haberse dicho que Staines er aun tipo con un corazón de roble.

LA COPA DORADA

Imposturas, Banville, p. 124
El jarrón, a su vez, debía de encontrarme igualmente repulsivo; o si no, debía de encontrar mi animosidad insoportable, y decidió que acabara nuestro malestar. He aquí lo que sucedió; desde luego, algo rarísimo. El día después de la muerte de Magda, yo estaba recostado en el sofá de la sala, inundado por mi nuevo estado de viudedad, con una bolsa de hielo sobre la frente, y en el suelo, a mi lado, un botella cuyo contenido disminuía sin cesar, cuando un sonoro estallido, agudo e incontrovertible como un disparo, me hizo erguirme asustado, como el hombre-monstruo que se arquea sobre la mesa cuando la gran chispa azul salta entre las varillas conductoras. Me puse en pie a duras penas, y con una escora de borracho me tambaleé hacia la salita para investigar, pensando, en mi estado de aturdimiento, en el Agente Blanco -¿le recuerdan?- y en esa roma pistola suya, cargada con cinco balas. Me llevó mucha observación e indagación infructuosa descubrir lo que había ocurrido. El jarrón se había partido, no en esos fragmentos en que suele romperse el cristal, sino en dos mitades casi iguales, verticales, con extraordinaria limpieza, como si lo hubiera partido por la mirad una hoja de diamante enormemente veloz o un poderoso rayo ultraterreno. Como posiblemente ya he comentado, no soy supersticioso -o no lo era, puesto que esto fue antes de que el fantasma de Magda comenzara a rondarme-, y supiese que probablemente se debía a que el cristal era defectuoso, que tenía alguna grieta tan fina que resultaba invisible, y que había acabado sucumbiendo a algún cambio infinitesimal en la temperatura del aire o a un cambio en la presión atmosférica. Pensé, casi con una punzada de remordimiento, en esa cosa antaño odiada que permanecía allí, día tras día, soportando mis torvas miradas y las horas en que Magda le dedicaba su mirada cariñosa, pero quizás no menos agresiva, inmovilizado y en lucha desesperada con las irresistibles fuerzas del mundo que actuaban sobre él, esforzándose por mantenerse entero otra hora, otro minuto, unos segundos más, los últimos, en que permanecería entero, garboso. Pienso, naturalmente, en Cass Cleave. Pues así era ella también, otro jarrón alto, tenso, físil, esperando a que lo partieran en dos.

GILBERT OSMOND

La señora Osmond / John Banville
Osmond era sorprendentemente tolerante e incluso solícito con el anciano criado: la complejidad y las contradicciones del temperamento de su hermano eran una constante fuente de confusión para la condesa. En general pensaba que Osmond era malvado, no a la espléndida manera de una de esas figuras históricas que le constaba que él admiraba tanto y con las que le gustaba compararse como un Maquiavelo o un Lorenzo de Médici -estaba segura de que había ejemplos mejores cuyos nombres no conocía, pues había vastas lagunas en su conocimiento de la historia de este país tan histórico--, sino de modo cauto y mezquino, sin aventurarse nunca más allá de los límites de su poder. Podía atormentar a su mujer, como sin duda había hecho mucho tiempo detrás de los postigos cerrados, o arreglárselas para frustrar los anhelos y aspiraciones infantiles de su hija encerrándola bajo una campana de cristal, como un lecho de espárragos blanqueados, pero con gente como lord Warburton, por tomar un ejemplo reciente, ponía especial cuidado en exhibir una vena blanda y meliflua; incluso ese propietario de fábricas textiles de Massachusetts, Caspar Goodwood, que había cortejado a la cuñada de la condesa en su país cuando era una cría -y que todo el mundo sabía que no había renunciado a sus esperanzas amorosas ni aun ahora que, muchos años después, era una mujer casada-, había sido bien recibido en el Palazzo Rocanera, donde Osmond lo había tratado con una amabilidad e interés tan convincentes que el pobre hombre no se había dado cuenta de con qué sutileza se estaba burlando de él. Sí, una de las muchas habilidades de Osmond consistía en ser capaz de calibrar hasta el último punto decimal cuán lejos podía permitirse exhibir su inmenso desprecio por el mundo y lo que consideraba su nutrida dotación de bobos y bárbaros.

RETRATO DE UNA DAMA

Ya no veía a sus pretendientes como el dúo cómico de un espectáculo de vodevil –le avergonzaba haber pensado en ellos así al principio- sino como las figuras mecánicas del reloj de un campanario medieval, que aparecen a trompicones cada cual a su momento, con un aspecto fijo muy vívido, siempre nuevos y siempre iguales. O así es como los habría imaginado, de no ser porque, en esta ocasión, Caspar Goodwood se había salido del raíl y la había tomado entre sus brazos con un fogonazo que recorrió todo su ser y que nunca había sentido antes. La había besado, pero después de todo, ¿qué era un beso? La habían besado antes, ¿no? Cuando sus labios se encontraron, los de él sobre los de ella y los de ella cediendo a los suyos, fue como si se produjese algún proceso de fusión química, una unión de las esencias, las suyas con las de él y las de él con las suyas, después de la cual seguramente ya no volvería a ser la misma, separada y solitaria, única y sola. Aunque ¿qué significaba, esta fusión misteriosa? Caspar Goodwood, con toda la fuerza de su ser perceptible, los había unido a ambos en su abrazo, había combinado sus otredades respectivas en una, y no obstante ella se sentía tan aislada como siempre, en mitad de una llanura oscura y desierta. No sabía decir qué le había hecho más daño: el sutil anatema que su esposo dictó en Roma contra ella cuando le informó de que se disponía a desafiado y a ir con su primo moribundo, o la posibilidad de una radiante restitución que el beso de Caspar Goodwood había abierto ante ella, una posibilidad que ella sabía que nunca se cumpliría, pero que tampoco podría negarse jamás. Después de que la hubiera golpeado el rayo de su amor ¿podría volver a ser lo que había sido antes?

-¿Y qué le dijiste a él, al señor Goodwood? –preguntó Henrietta.

LA MENTE

Imposturas , Banville, . 92
Desde que era muy pequeña, allá donde alcanzan sus primeros recuerdos, había sido víctima de alucinaciones; al menos, eso insistía en decir la gente. Para ella eran algo real, o recuerdos de algo real que se hadan inmediatos y vívidos. Ésa era la razón de sus turbaciones, de que se apartara de lo que los demás llamaban realidad. Simplemente: lo que veía en su cabeza era tan claro y estaba tan claramente presente, resultaba tan realista, que no podía distinguirlo lo bastante de las cosas que eran verificables mediante los instrumentos que los demás decían que debía aplicar, y la verificación era lo que los demás siempre le exigían, de manera más o menos comprensiva, más o menos exasperada. Por eso le hablaban las voces, para insistir en sus diferentes versiones de los hechos. Nadie, ni los que hablaban dentro de ella ni los de fuera, parecía darse cuenta del ensordecedor estruendo que formaban al parlotear todos  juntos. Sobre toda esa cacofonía, ¿cómo podían oírse sus súplicas? Deseaba ser capaz de probar, aunque sólo fuera una vez, de manera indiscutible, no lo que ellos querían que supiera, sino lo que ella sabía. En una película que había visto de niña, había un hombre que en lo que parecía un sueño luchaba con alguien y lo mataba, y al despertarse tenía en la mano un botón de verdad que en el sueño había arrancado del abrigo de su víctima. Algún día ella también seria capaz de volver de una de sus así llamadas alucinaciones, abrir la palma de la mano y mostrarles, triunfal, una diminuta, dura y reluciente prueba que ni siquiera ellos podrían rechazar.

La primera vez que supo que lo de su mente no tenía arreglo fue una tarde invernal de domingo, cuando tenía seis o siete años. Llevaba enferma desde ya no sabía cuándo, pero   como era tan pequeña, todavía no se había dado cuenta de que no mejoraría, de que sólo iría a peor.

ECFRASIS

Imposturas, John Banville, p. 83
En el hotel, cuando entré en su habitación, ya estaba corriendo las cortinas para protegernos del sol de la tarde. Ahora, naturalmente, venía la vacilación del último momento, y yo no quería estar allí. Estaba cansado de mí mismo y de mis apetitos, de mi necesidad infantil de agarrar, estrujar y chupar, que con los años no hacía más que intensificarse. “¿Te das cuenta” dije, “de que tengo edad para ser tu bisabuelo?” Me reí. Ella no respondió, tan sólo se desabotonó el cuello del vestido, en la nuca, y se lo sacó por la cabeza, convirtiéndose por un segundo en un escarabajo negro encapuchado provisto de unos brazos antena que se movían. El sonido de su ropa interior al caer susurró por todos mis nervios. “¿Conoces esa Venus de Cranach que hay en el Beaux Arts de Bruselas?”, dije jovialmente, apoyadosobre mi bastón, en ángulo. “¿La que lleva aquel sombrero grande y oscuro y aquella gargantilla negra tan interesante?” Me sorprendió lo mucho que se parecía aquella mujer viva a la del cuadro, el mismo tipo sinuoso, con las mismas caderas gruesas y las extremidades ahusadas y esa palidez un tanto estreñida. “Cupido”, dije, “apenas le llega a la rodilla, es un mocoso enfadado al que arrastran las abejas, aunque debo decir que siempre me han parecido más bien moscardas. ¿Sabes de cuál te hablo?» Ella se inclinó para apartar la cubierta de la cama, un pecho, una bombilla plateada, reluciendo bajo el arco de la axila. “Cranach”, dije, “el joven o el viejo, no me acuerdo, era amigo de Martín Lutero, ya ves qué causalidad. Uno se pregunta qué debía pensar el gran reformador de las lascivas señoras que tanto le gustaba pintar a su colega.” Ahora estaba sentada en la cama, con las piernas recogidas contra el pecho, y los pálidos brazos abrazando las pantorrillas. No me miraba, tenía la vista fija al frente, con un leve ceño, como si intentara recordar una palabra o imagen escurridiza. Apoyé el bastón contra el cabezal de la cama, me di la vuelta, me balanceé hacia el cuarto de baño sin ventana y cerré la puerta con llave.

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