Te quiero más que a la salvación de mi alma

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Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel
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PALESTINA E ISRAEL


Un bárbaro en París., Vargas Llosa, p. 148

Será difícil, para los que conozcan a Sartre sólo a través de sus libros, saber hasta qué punto las cosas que dijo, o dejó de decir, o se pensó que podía haber dicho, repercutían en miles de miles de personas y se tornaban, en ellas, formas de comportamiento, «elección » vital. Pienso en mi amigo Michael, que ayunó y salió semidesnudo al invierno de París hasta volverse tuberculoso para no ir a pelear en la «sucia guerra» de Argelia, y en mi buhardilla atiborrada de propaganda del FLN argelino que escondí allí porque «había que comprometerse».

Por Sartre nos tapamos los oídos para no escuchar, en su debido momento, la lección política de Camus, pero, en cambio, gracias a Sartre y a Les Temps Modernes nos abrimos camino a través de la complejidad del caso palestino-israelí que nos resultaba desgarrador. ¿Quién tenía la razón? ¿Era Israel, como sostenía buena parte de la izquierda, una simple hechura artificial del imperialismo? ¿Había que creer que las injusticias cometidas por Israel contra los palestinos eran moralmente idénticas a las cometidas por los nazis contra los judíos? Sartre nos salvó del esquematismo y la visión unilateral. Es uno de los problemas en que su posición fue siempre consistente, lúcida, valerosa, esclarecedora. Él entendió que podía haber dos posiciones igualmente justas y sin embargo contradictorias, que tanto palestinos como israelíes fundaban legítimamente su derecho a tener una patria y que, por lo tanto, había que defender la tesis -que parecía entonces imposible, pero que ahora, gracias a Egipto, ya no lo parece tanto- de que el problema sólo se resolvería cuando Israel consintiera en la creación de un Estado palestino y los palestinos, por su parte, reconocieran la existencia de Israel.


DE ESTO SI QUE ES NECESARIO HABLAR


OTRA VEZ LA PASION EN PALESTINA
El esquema es de Miguel Angel, el genitor abarca al hijo entre sus brazos como María recoge a Cristo en su seño; hasta la sutil nota del paño de pureza de Cristo se recoge en ese pantalón tapado por una mano caída, muerta pero viva. El rostro del niño es el de Dios, El nos mira en él y sólo aparece una diferencia muy grande en la cara del Padre, su demanda, su grito apagado, contrastan con el silencio, la placidez y la dádiva de la Madonna del Vaticano. A ella la intentaron destrozar una vez, cuántas veces han destrozado Palestina.
El Padre es fuerte y hermoso, con la fiera belleza que algún tiempo atrás tenían los profetas judíos que vivían en esa tierra. La Virgen también es hermosa, dulce, delicada, transparente; pero ahora le belleza es diferente: áspera, feroz, velada: porque si se rompe el velo, ¿qué pasará?
El Hijo apenas se ve, la sangre lo tapa, ¿estará vivo¿ ¿verán sus ojos? ¿llegarán a mirarnos?
Es conmovedor. La Madonna del futuro soñada por HJ se nos aparece aquí, con toda la fiereza de este terrible y podrido mundo nuestro.
¿Cómo no sentirse palestino?

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