Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma
Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel
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MIS JUEGOS


El desván de las musas dormidas. F. Argüelles, p. 65

 Ya nadie construye trenes con latas de sardinas. Como ya nadie pinta con el bolígrafo relojes en las muñecas. Tenía unas gafas de sol de plástico negro con las que el mundo se veía naranja cuando había nubes y verde cuando lucía el sol. Le habían tocado a mi padre en una tómbola. Mi madre decía que aquellas malditas gafas me iban a estropear la vista. Al poco necesité gafas de verdad para verlo todo más claro y más cerca, y mi madre me dijo, ahí lo tienes, eso me dijo, y añadió, todo por culpa de esas gafas de feria, y mi padre se reía y me explicaba, a tu madre le gusta inventarse teorías. También tenía yo una navaja con las cachas de hueso que me había regalado el tendero amigo de mi padre y con ella hacía arreglos en los higos verdes para convertirlos en caballos salvajes o en soldados del rey. Los tirachinas los hacíamos nosotros con tiras de las cámaras inservibles de las ruedas de las bicicletas, con una lengüeta de zapato viejo o un trozo de badana para colocar la piedra y con una horquilla de rama de avellano. Con el tirachinas se podían romper cristales, desprender las nueces, apuntar a las palomillas de porcelana de los cables de la luz o cazar gatos y gorriones. Hacíamos campeonatos y guerras de verdad de las que algunos salíamos heridos. Nos gustaba a cazar ardillas, porque era lo más difícil. Las veíamos saltar de rama en rama y disparábamos todos a la vez, pero nunca conseguíamos cazarlas.


INFANCIA


Libre, Lea Ypi, p. 99

Los niños extranjeros despertaban nuestra curiosidad, a veces envidia y, a menudo, también pena. A mí me daban lástima especialmente el Primero de Junio, el Día de los Niños, cuando mis padres me compraban regalos, íbamos a comer helados a la playa y al parque de atracciones. Ese día también me regalaban una suscripción anual a varias revistas infantiles. A través de ellas yo me enteraba de lo que hacían los demás niños del mundo. La revista Estrellitas era para niños entre seis y ocho años, y el Día de los Niños aparecía una viñeta que se llamaba «Nuestro Primero de Junio y el de ellos». En un lado se veía a un capitalista gordo, con un gran sombrero de copa, que le compraba un helado a su hijo gordo mientras, sentados en el suelo junto a la puerta de la heladería, había dos niños harapientos. Debajo de estos últimos, una leyenda decía: «Para nosotros nunca hay un Primero de Junio». Al otro lado de la viñeta había banderas socialistas, niños felices de la mano de sus padres, que llevaban flores y regalos y hacían cola para comprar un helado delante de una tienda. «Nos encanta el Primero de Junio», rezaba la leyenda. La cola era muy corta.


LA INFANCIA


La noche interrumpida, Rebeca West, p. 12

Un niño no es más que un adulto sometido temporalmente a unas condiciones que inhabilitan su felicidad. En la infancia se actúa bajo unas circunstancias tan incapacitantes desde el punto de vista físico y mental que son comparables a las de alguien que ha sufrido un terrible accidente o enfermedad; pero mientras que se tiene piedad de los mutilados y los incapacitados porque no pueden caminar, han de ser transportados por otras personas y no son capaces de comunicar sus necesidades ni pensar con claridad, nadie siente piedad por los bebés, a pesar de que no paran de llorar a causa de la frustración y el orgullo herido. Es cierto que cada año que pasa mejora su situación y les otorga un poco más de autonomía, pero todo eso no conduce más que a una trampa. En la infancia nos vemos obligados a vivir en desventaja en el mundo de los adultos como miembros de una raza sometida que encima ha de admitir que existen motivos para su sometimiento. Nadie puede negar que los adultos saben más que los niños, pero eso no se debe a ningún tipo de superioridad, sino a que conocen mejor las mentiras de este mundo por la sencilla razón de que han vivido un poco más en él. Es como si se enviara al desierto a un grupo de personas, a unos se les dieran brújulas y a otros no, y aquellos que tuvieran brújulas trataran a los que no las tienen como si fueran inferiores y se burlaran de ellos y los regañaran sin considerar la injusticia de su condición, preocupándose al mismo tiempo amablemente por su seguridad. Sigo creyendo que la infancia es un periodo de tremendo desequilibrio, y que aquellas cuatro muchachas no éramos nada tontas al sentirnos aliviadas por haber llegado al límite del desierto.


DF WALLACE

Una de las pocas cosas que todavía echo de menos de mi infancia en el Medio Oeste es la extraña e ilusa convicción de que todo lo que me rodeaba existía solo por mí. ¿Soy el único que tenía esa extraña impresión privada de niño, que todo lo que había fuera de mí existía únicamente en la medida en que me afectaba de alguna forma, que todas las cosas estaban de alguna forma, por medio de alguna actividad adulta soterrada, especialmente dispuestas en mi beneficio? ¿Alguien más se identifica con este recuerdo? El niño sale de una habitación y todo lo que había en ella, en cuanto el niño ya no está ahí para verlo, se desvanece en un vacío de potencialidad, o bien (esa era mi teoría personal de niño) es sacado a rastras por adultos escondidos y almacenado hasta que la reaparición del niño en la habitación lo convoque todo de nuevo a entrar en servicio. ¿Estaba yo chiflado? Por supuesto, aquella convicción era radicalmente solipsista, y no poco paranoica. Además de la responsabilidad que confería: si el mundo entero desaparecía y reaparecía cada vez que yo parpadeaba, ¿qué pasaría si yo no abriera los ojos? Tal vez lo que ahora echo de menos es el hecho de que el solipsismo radica  e iluso del niño no le causa conflicto ni dolor. Vive la misma clase de solipsismo  majestuosamente inocente que el Dios del obispo Berkeley: todas las cosas son nada hasta que su visión las hace surgir del vado; su estímulo es la existencia del mundo. Y tal vez es por esta razón que los niños temen tanto a la oscuridad: no debido a la posible presencia de cosas invisibles con colmillos, sino a la ausencia material de todo lo que su ceguera ha borrado. En mi caso al menos, pese a las sonrisas indulgentes de mi familia, aquella era la razón de que necesitara dejar encendida la lamparilla de noche: hacía que el mundo siguiera girando.

Además, esa sensación de que el mundo existe única y completamente Por Él es tal vez la razón de que las ceremonias públicas especiales vuelven a un niño loco de  emoción. Vacaciones, desfiles, viajes de verano, eventos deportivos. Ferias. En estas ocasiones la emoción frenética del niño en realidad es entusiasmo por su propio poder: el mundo no solo va a existir por él sino que se va a presentar de forma especial por él. Todas las pancartas, globos, casetas doradas, pelucas de payasos, todas las vueltas de la llave inglesa en el levantamiento de una carpa, todos esos pequeños elementos significan, aluden. Al avecinarse el Evento Especial, el propio tiempo se altera, pasa del sistema anular infantil de flashes y vislumbres a una cronología lineal más adulta -el concepto de estar esperando algo- con momentos sucesivos que van siendo marcados con un te/os de letras X en el calendario, un nuevo tipo de realización y de final apocalíptico, la Hora Cero de la Ocasión Especial, Especial, del estridente y en todos los sentidos excepcional Espectáculo que el niño ha hecho existir y que es, tal como él intuye con la misma convicción íntima con que necesita una luz encendida de noche, solo Por Él, ese ser extraordinario en el centro absoluto.

MEMORIA

Nada que temer, Julian Barnes, p. 52-53
La memoria en la infancia -al menos, tal como la recuerdo- rara vez es un problema. No sólo debido al lapso temporal, que es más breve entre el suceso y su evocación, sino a la naturaleza de esos recuerdos: al joven cerebro le parecen simulacros exactos de lo que ha sucedido, más que versiones procesadas y en colores. La edad adulta depara aproximación, fluidez y duda; y mantenemos la duda a raya volviendo a contar esa historia conocida, con pausas y puntos de un efecto calculado, fingiendo que la solidez de la narración es una prueba de su veracidad. Pero el niño o el adolescente raramente duda de la verdad y la precisión de las porciones brillantes y lúcidas del pasado que posee y celebra. Por tanto, a esa edad parece lógico pensar que nuestros recuerdos están guardados en una consigna y que los podemos recuperar mostrando el billete requerido; o (si esto parece una comparación antigua, que sugiere trenes  de vapor y compartimentos exclusivos para mujeres) como mercancías almacenadas en uno de esos guardamuebles que hoy día son habituales en las carreteras más importantes. Tenemos conciencia de la aparente paradoja de la vejez, cuando empezaremos a recordar segmentos perdidos de nuestros años tempranos, más vívidos ahora que en nuestra edad mediana. Pero esto sólo parece confirmar que todo está real m en te ahí arriba, en algún ordenado almacén cerebral, podamos o no acceder a él.
En la imagen Portait of a boy, J. Singer Sargent

NIÑOS MALTRATADOS

Blonde, JC Oates, p.105
Porque en la Casa de Expósitos de Los Ángeles había niños más desdichados que Norma Jeane. A pesar del dolor y la confusión, ella lo sabía. Niños retrasados, con lesiones cerebrales,  tullidos –bastaba un vistazo para saber por qué los habían abandonado--; niños feos, furiosos, salvajes, derrotados, que no te atrevías a tocar por miedo a que la viscosidad de su piel se adhiriera a la tuya. La niña de diez aftas que dormía en el camastro contiguo al de Norma Jeane en el dormitorio de la tercera planta, Debra Mae, había sido maltratada y violada (qué dura, qué cruel era la palabra «violación», una palabra adulta; pero Norma Jeane sabía, o casi sabía intuitivamente lo que significaba; era un sonido lacerante y algo vergonzoso que tenía que ver «con lo que una tiene entre las piernas y nunca debe enseñar», ese sitio donde la piel es blanda, sensible y se lastima con facilidad; si Norma Jeane se estremecía ante la sola idea de que la tocaran allí, cuánto menos podía imaginar algo duro y punzante penetrándola por la fuerza). Había también unos gemelos de cinco años, hallados a punto de morir de desnutrición en un cañón de las montañas de Santa Mónica, donde su madre los había abandonado en un «sacrificio semejante al de Abraham en la Biblia» (según explicaba en su nota); una niña de once años llamada Fleece, aunque tal vez su nombre original fuera Felice, que pronto hizo amistad con Norma Jeane y no se cansaba de contar, con morbosa fascinación, la historia de su hermana de dos años, a quien el amante de su madre había «golpeado contra la pared hasta esparcir sus sesos como semillas de melón». Norma Jeane, enjugándose las lágrimas,  econoció que a ella no le habían hecho daño. Que ella recordara.

NIÑOS ABANDONADOS

Blonde: una novela sobre Marilyn Monroe, JC Oates, p. 103
Perdida
Si era suficientemente bonita, mi padre vendría a buscarme y me llevarla con él. Cuatro años, nueve meses y once días.

A lo largo y ancho del vasto continente de América del Norte era época de niños abandonados. Y en ningún lugar eran tantos como en el sur de California. Tras numerosos días de cálidos, crueles e implacables vientos procedentes del desierto, comenzaron a descubrir niños entre la arena y los desperdicios que llenaban las secas cunetas, las alcantarillas o las vías férreas; arrastrados por el vendaval hasta las escalinatas de granito de las iglesias, hospitales y edificios públicos. Niños recién nacidos, con el sanguinolento cordón umbilical todavía unido al vientre, aparecían en lavabos públicos, bancos de iglesia, cubos de basura y vertederos. Cómo aullaba el viento día tras día; aunque en cuanto empezó a amainar, se descubrió que los aullidos provenían de los bebés abandonados. Y de sus hermanas y hermanos mayores: niños de dos o tres años que deambulaban, desorientados por las calles, algunos con las ropas y el pelo chamuscados. Eran seres sin nombre. Criaturas incapaces de hablar, de entender. Niños heridos, muchos con graves quemaduras. Otros, aún menos afortunados, habían muerto; el servicio sanitario retiraba con presteza de las calles de Los Angeles sus pequeños cadáveres, a menudo calcinados e imposibles de identificar, y los cargaban en camiones para luego enterrarlos en fosas colectivas en los cañones. ¡Ni una palabra a la prensa o la radio! Nadie debía enterarse.

BUENAS NOCHES

Retratos de Will, Ann Beattie, p. 183
Es un error dejar a un niño solo a oscuras bajo el peso de la manta y el peso todavía mayor de tus palabras tranquilizadoras cuando él sabe perfectamente que el monstruo sigue en la habitación. Mientras las persianas permanezcan abiertas -y así deben permanecer para que la luz de la luna pueda colarse dentro-, la rama del árbol quedará transformada para siempre en la sombra de un murciélago cuyas alas empezarán a moverse al viento en cuanto la puerta se cierre. En caso de que el niño sea tan insensato como para cerrar los ojos, el albornoz que cubre la silla -bien extendido para que la capucha no proyecte en la pared la silueta de una inmensa punta de flecha- se convertirá en una momia resuelta a sorber/e el aliento, a arrebatárselo.

Decirle al niño que lo verás por la mañana y sonreír/e mientras bajas la cabeza resulta tan poco convincente y tan poco adecuado como quedarse en la proa de un barco que se hunde, aplaudiendo mientras se arrían los botes salvavidas. Como si el mar no estuviera agitado.   Como si nuestro destino lo dirigiera algo benévolo. Como si las palabras pudieran mitigar una oscuridad tan real como la de la noche.
Fotograma de ¿Qué fue de Baby Jane?

MATAR A UN NIÑO

Retratos de Will, Ann Beattie, p. 165
Will se pasó los seis primeros meses de su vida llorando; primero los cólicos, luego una reacción alérgica tras otra cuando Jody dejó de darle el pecho porque tenía los pezones agrietadísimos. Jody lo había obligado a levantarse en plena noche la mitad de las veces que tenían que calmar a Will, y él lo había arrullado, lo había engatusado con palabras que a Will no le decían nada; lo había acunado, lo había paseado. En otras ocasiones había observado, incrédulo, la garganta rosada del niño. Todavía soñaba con la boca abierta de Will, con sus ojos húmedos y jaspeados, con el  pulso que le latía en la garganta y la cara que se le volvía  morada. Fueron muchas las madrugadas en las que Wayne pensó en embutirle un pañal en la boca, obstruirle las fosas nasales, en sostenerlo boca abajo, en sofocarlo tapándole la cara con una almohada. Y nunca le hizo daño. A veces no trataba de consolarlo y se limitaba a cogerlo en brazos, pero nunca le había pegado un tirón a la pierna cuando le cambiaba los pañales ni le había dado esa leche de fórmula asquerosa sin echarse antes una gota en la muñeca para probar. Lo más terrible de los bebés es que te arrebataban la dignidad; eran exactamente iguales que los oficiales del ejército que, para que alcanzaras el éxito, re vejaban tanto que sólo podías terminar o triunfando o totalmente hundido. En todos aquellos momentos con Will, en mitad de la noche, había sentido justo lo contrario de lo que un padre entregado debería haber sentido.
Fotograma de ¿Quién puede matar a un niño?

SER NIÑO

Retratos de Will, Ann Beattie, p. 120
No puede haber prueba más determinante de la cordura de una persona que haber sido capaz de sobrevivir a la infancia. Aunque los adultos la idealizan y la presentan como una época de libertad, la infancia es, en realidad, el momento en que con mayor insistencia se obliga al niño a reprimir sus deseos. Distinguidos por los poetas como personas de enorme sabiduría, los niños, en realidad, suelen verse amordazados.
Los adultos se mantienen cuerdos descartando la especulación excesiva. Se desviven por ver continuidad cuando apenas si ven nada. Pero esto al niño no le sale de forma natural. O está totalmente inmerso en el momento presente, o ya está pensando en lo que vendrá luego. El niño siempre se pregunta «¿y si?» El niño es capaz de percibir continuidad en una muñeca, en un tren, en un yoyó. Aunque la habitación del niño parezca un caótico campo de batalla, es probable que tenga un orden muy preciso. Qué descorazonador resulta que, por el capricho de una madre, se derrumben pueblos enteros y los animales del zoo terminen amontonados en la caja de los juguetes sin que se haya tenido en cuenta cuáles son enemigos naturales.

Mientras que los niños imaginan espontáneamente, los padres persiguen el orden de un modo compulsivo. Se marcan límites, aunque la fatiga puede erosionar hasta la más resuelta determinación de los padres. Puede que, a cuatro patas, el progenitor se muestre dispuesto a colaborar en la reconstrucción del pueblo.

MENTIRAS

París, Marcos Giral Torrente, p. 102
Lo que me inquieta en el fondo es el manido dilema de si no contar es exactamente mentir, si la mentira para serlo necesita ser deliberada, si desde el momento en que ocultamos algo, en que no lo contamos porque no nos parece oportuno ni conveniente, estarnos mintiendo, o si, por el contrario, el engaño, por llamarlo de algún modo, surge en esos casos por accidente, se instala con el correr del tiempo cuando, tras esperar el momento adecuado para contar y no llegar éste y ser cada vez más difícil hablar, una cosa acaba siendo igual a la otra. Lo cual inevitablemente me hace desembocar en la cuestión de si, por muy cerca que nos sintamos de quienes nos rodean, podemos estar seguros de lo que sabemos sobre ellos, de si aquello que nos cuentan es todo y no sólo una parte, y también de si saber o no saber modifica en algo nuestra vida.

INFANCIA RECUPERADA

París de Marcos Giralt Torrente, p. 46-47
Algo distinto es lo que ocurre con las horas inmensas que se mantienen despobladas, con codo ese tiempo perdido que no sé encerrar en imágenes ni acierto tampoco a recuperar por medio de la palabra. Suele decirse que es con la vejez cuando las imágenes de la infancia regresan, y que hasta entonces perduran en la nebulosa, un túnel cada vez más profundo de paredes lisas e iguales del que sólo penden unas pocas bombillas insuficientes para iluminarlo en toda su extensión. Tal vez la sensación de vado proceda de ahí, y tenga que esperar a esa edad para que lo que ahora es sombra se nutra de luz, para que las figuras y las conversaciones, los temores y las horas gastadas en común, los juegos y también las discusiones y los momentos de tensión que sin duda hubo, se presenten de nuevo ante mí tal y como fueron, distintos unos de otros. Mi madre por las mañanas al despertarme; mi madre metiéndome prisa para que no perdiera el autobús del colegio; mi madre saliendo de casa para ir al suyo en coche; mi madre en casa, cuando yo regresaba a las seis y ella ya estaba allí desde el mediodía; mi madre empeñándose en que hiciera los deberes; mi madre preocupada; mi madre alegre; mi madre como única espectadora de mis gracias de niño; mi madre leyéndome los libros que por mi mismo no leía; mi madre contestando a mis preguntas; mi madre mandándome a la cama y viniendo luego a darme un beso; mi madre cerrando la puerta; mi madre dejándose acariciar o acariciándome ella... Idas y venidas del colegio; fines de semana que, antes de llegar, crecían ante mis ojos para apagarse, una vez llegados, con el gris mortecino de cada domingo; días distintos y a la vez iguales, días cortos y largos, días en los que al regresar a casa sólo la tenía a ella. Los instantes por evocar son muchos y se anulan entre sí, se superponen unos a otros con la fuerza de lo que no se altera. 

INFANCIA RECORDADA

De París de Marcos Giralt Torrente, p. 59
Cuando una parte fundamental de lo que nos rodea en la infancia no ha permanecido siempre inamovible, cuando no se nos mostró desde el principio tal y como de verdad era, sino que se nos ocultó o disfrazó hasta un momento determinado y tuvimos luego que recapitular y aprender a considerarlo bajo una perspectiva nueva, ya nada adquiere consistencia de certeza. La doblez, el engaño, nos vuelven desconfiados y la verdad así revelada, lo que uno ha vivido o experimentado y lo que sólo es materia de especulación se mezclan sin que sea fácil diferenciarlos. Las intuiciones adquieren igual peso que las evidencias y, si hay ocasiones en las que acertamos, hay a cambio otras muchas en las que no llegarnos a distinguir lo realmente sabido de lo simplemente imaginado, en que vernos sombras chinescas donde sólo hay una pared, una sombra y una palma mecida por el viento. Si además esa realidad revelada no es corriente y comienza, por el contrario, a vivirse como natural porque lo es para quien nos la ha revelado, para quien nos quitó la venda, la madeja de la confusión se complica más.

NO ES NO

De Capital de John Lanchester, p. 258
Con los niños no le había ido tan mal, aunque siempre hubo decepciones. En los tres años que llevaba de niñera había tenido cinco empleos, el más largo de diez meses, con una familia de Clerkenwell. Marido y mujer eran abogados. Tenían dos chicas y un chico, de diez, ocho y cuatro años respectivamente, y como era habitual entre las familias para las que trabajaba, los tres estaban enfadados todo el tiempo. No tenía ninguna teoría previa sobre los niños, los aceptaba como llegaban, pero empezaba a tener la impresión de que muchos pequeños estaban a la vez mimados y abandonados. Como no había visto nada parecido en Hungría, tardó algún tiempo en darse cuenta. Otro detalle era que aunque estaban acostumbrados a que no les hicieran caso, y que en consecuencia solían recurrir a muchos extremos para llamar la atención, no estaban en modo alguno acostumbrados a que les dijeran “No” y menos cuando “No” significaba exactamente eso. Así que se enfadaban para llamar la atención y se enfadaban cuando no se salían con la suya, y en rotal era mucho enfado. Resultaba agotador y también, aun cuando sabía que  el enfado no era con ella, desmoralizador. Si el enfado se dirige contra nosotros, pensamos que es por nosotros, aunque otra parte de nuestro cerebro sepa que no es así. Los hijos de los abogados se habían comportado de aquel modo, y aunque Matya había sentido simpatía por ellos (cuando no estaban enfadados) y también por los padres (a quienes veía muy poco), había dejado el empleo, y sólo había tenido trabajos breves, de un par de semanas cada uno, hasta que empezó a trabajar para los Yount. Todo lo cual se reducía a que la química no había funcionado.

Pero en el caso de Joshua se había pulsado la nota justa desde el principio. No habría sabido explicarlo, era sólo que se compenetraban totalmente, y no porque el niño fuera distinto de los demás niños ricos mimados-y-abandonados, ni tampoco porque no se enfadase. Era únicamente que el niño era Josh y ella lo quería y él la quería a ella.

ENGAÑO

De Si viviéramos en un país normal de Juan Pablo Villalobos, p. 24
Mi padre finalmente se resignó al silencio y a la tristeza, su única ocupación era hacernos piojito por turnos, pero en lugar de calmarnos nos angustiaba, porque se concentraba tanto en su ternura que parecía que el fin del mundo se acercara.
-¿Qué es eso?
-Balazos -respondía mi padre, opuesto a cualquier intento de edulcorar la realidad.
-¿Los van a matar, papá?
-No, es sólo para asustarlos -se apresuraba mi mamá a intervenir, conociendo la respuesta que mi padre nos daría: para eso sirve la policía, para matarnos, o algo por el estilo.
-¿Y qué van a hacer con los rebeldes?
-Los van a meter a la cárcel y los ...
-Los van a soltar después, cuando se hayan arrepentido del mal que hicieron.
-¡No, no, no! Ellos no hicieron nada mal, les robaron las elecciones, tienen derecho a protestar.
-Los niños no pueden entender.
-Los niños ya están grandes y pueden distinguir lo que está mal.
-Los vas a confundir.
-Mejor confundidos que engañados.
En la imagen Los olvidados

LA VIDA PRIVADA

De La isla de la infancia de KO Knausgrad, p. 180
-¡Y una vez una vaca me meó encima!
Miré a mi alrededor y acogí con entusiasmo las risas que siguieron. La señorita no dijo nada, dio la palabra a otro niño, pero por la cara que puso vi que no me creía. Cuando todos los que querían decir algo lo hubieron dicho, nos leyó un trozo de nuestro libro de texto sobre Ola-Ola Heia. Luego nos preguntó sobre lo que nos había leído, ignorándome  por completo, hasta que sonó el timbre. Entonces me pidió que esperara un momento.
-Karl Ove --dijo-, espera un poco, tengo que hablar contigo.
Me quedé junto a su mesa mientras los demás salían corriendo. Cuando nos quedarnos solos, se sentó en el borde y me miró.
-No todo lo que sabemos de los demás se puede decir --dijo-, como por ejemplo lo que has dicho sobre el padre de Leif Tore. ¿No crees que Leif Tore se sentirá apenado por eso?
-Sí -dlije.
-Él no quiere que lo sepan los demás. ¿Lo entiendes?
-Sí --dije, y me eché a llorar.
-Hay algo que se llama vida privada -prosiguió ella-. ¿Sabes qué es eso?
-No -contesté, lloriqueando.
-Es todo lo que ocurre en casa, en la mía, en la tuya, en la de todos. Si uno ve lo que ocurre en otras casas, no siempre es bueno contárselo a los demás. ¿Lo entiendes?
Dije que sí con la cabeza.
-Bien, Karl Ove. No estés triste. Tú no lo sabías. ¡Pero ahora ya lo sabes! Ya puedes irte.

INFANCIA

De La isla de la infancia de KO Knausgard, p. 157
Mis padres iban más elegantes que de costumbre. Mi padre llevaba una camisa blanca, americana marrón de tweed con coderas marrones y un pantalón de algodón beige, y mi madre un vestido azul. Y Yngve y yo llevábamos camisa y pantalón de pana, el de Yngve marrón, el mío azul. El día estaba nublado, pero las nubes eran de esas blanquecinas y ligeras que impedían la vista del cielo, pero que no traían lluvia. El asfalto estaba seco y entre grisáceo y azul; en la urbanización, los troncos de los pinos estaban quietos, secos y rojizos. Yngve y yo nos sentamos detrás, mis padres delante. Mi padre encendió un cigarrillo antes de arrancar el coche. Yo estaba sentado justo detrás de su asiento, de manera que no podía verme por el retrovisor si no me echaba hacia un lado. Cuando llegamos al cruce al final de la cuesta del puente, entrelacé las manos y me dije por dentro:
Querido Dios, no permitas que choquemos hoy. Amén.

Siempre decía esta oración cuando emprendíamos viajes algo más largos, porque mi padre conducía muy deprisa, siempre por encima del límite permitido, siempre adelantando a otros coches. Mi madre solía decir que era un buen conductor, y supongo que lo era, pero cada vez que aceleraba e invadíamos el otro carril, yo me estremecía de miedo.

FUEGO

De La isla de la infancia de KP Knausgrad, p.226-227
 Pero el fuego llegaba, se veía. Y cuando ya lo habías visto, no podías evitar verlo por todas  artes, en chimeneas y estufas, en todas las fábricas y naves de producción, y en todos los coches que circulaban por calles y carreteras, y que por las noches estaban en los garajes o aparcados delante de las casas, porque el fuego ardía también en ellos. Los coches también eran profundamente arcaicos. En el  fondo, esa inmensa antigüedad se encontraba en todas las cosas, desde las casas, que eran de cemento o de madera, hasta en el agua que entraba y salía por las tuberías de las mismas, pero como para cada generación todo ocurre como si fuera por primera vez, y esta generación había roto con la anterior, esto era algo que se encontraba muy atrás en su conciencia, si se encontraba, porque en nuestras cabezas no sólo éramos personas modernas de la década de los setenta, sino que nuestro entorno también era un moderno entorno de la década de los setenta. Y nuestros sentimientos, los que nos llenaban a todos y cada uno de los que vivíamos allí, en esas tardes y noches de primavera, eran sentimientos modernos sin otra historia que la nuestra propia. Y para los que éramos niños, eso significaba ninguna historia. Todo sucedía  por primera vez. Nunca se nos ocurría pensar que también los sentimientos eran antiguos, tal vez no tanto como el agua y la tierra, pero sí tan antiguos como los seres humanos. Qué va, ¿por qué íbamos a pensar en eso? Los sentimientos que rebosaban en nuestro pecho, que nos hacían gritar, reírnos o llorar, eran  simplemente algo que teníamos, eran nosotros tal y como éramos, más o menos de la misma manera que el frigorífico tenía una luz que se encendía cuando se abría la puerta, o las casas un timbre que sonaba cuando alguien lo pulsaba. 

LLANTO

De La isla de la infancia de KO Knausgard, p. 249
-¡Hoy he metido un gol!
-¿Habéis jugado un partido? -preguntó Yngve.
-No -contesté. -No hemos empezado con eso todavía. Ha sido en el entrenamiento.
-Pero entonces no es nada .
Un par de lágrimas me rodaron por las mejillas. Mi padre me echó esa mirada suya dura e irritada.
-¡Pero no puedes echarte a llorar por ESO! -dijo-. ¡Tienes que aguantar UN POCO!
Entonces me eché a llorar de verdad.

Lo de echarme a llorar con tanta facilidad era un problema. Lloraba cada vez que alguien me regañaba o reprendía, o cuando pensaba que lo harían. Solía ser mi padre, ante él me ponía a llorar cada vez que levantaba la voz, aunque sabía que él lo detestaba. No podía remediarlo. Cuando él levantaba la voz, yo me echaba a llorar. Con mi madre no lloraba nunca. 

TRISTEZA

De La isla de la infancia de KO Knausgard, p.245-246
Otras veces me imaginaba que me moría, el gran dolor que entonces sentiría ella, y el arrepentimiento cuando entendiera que lo que realmente quería, es decir, estar conmigo, ya no era posible, porque yo descansaba en el ataúd, con coronas de flores encima. En general, la muerte constituía en aquella época un pensamiento dulce, porque Anne Lisbet no sería la única persona que se arrepentiría de lo que había hecho, también mi padre tendría que hacerlo. Estaría delante de mi ataúd llorando, delante de mí, muerto tan joven.  Toda la urbanización estaría allí, y tendrían que reconsiderar todo lo que habían pensado sobre mí, porque yo ya no estaba, y el que realmente había sido yo aparecería dibujado por primera vez con más claridad. Pues sí, la muerte era dulce y buena y un gran consuelo. Pero aunque yo estaba triste por lo de Anne Lisbet, ella seguía allí, la veía todos los días en el colegio, y mientras ella estuviera cerca, habría esperanza. La oscuridad que a veces me sobrevenía al pensar en ella era por tanto muy diferente a esa otra oscuridad, a lo que me entristecía y pesaba, y que también conocía Geir, porque una tarde que estábamos sentados en su cuarto me preguntó qué me pasaba.
-Nada en especial -respondí.
-¡Pues estás muy callado! -dijo.
-Ah, bueno -dije-. Es que estoy muy triste.
-¿Por que? -No lo sé. No hay ninguna razón en especiaL Sólo que estoy
triste.
-A mí también me pasa eso algunas veces -dijo.
-¿A ti también?
-Sí.
-¿Que estés triste sin que haya pasado nada especial?
-Sí, a mí también me pasa.
-No lo sabía -dije-. N o sabía que a otros también les pasaba eso.
-Lo podemos llamar así -propuso Geir-. "Eso”. Podemos decirlo cuando nos sentimos así. “«Ahora me pasa eso”, podemos decir, y entonces el otro lo entenderá enseguida.

-Es una idea muy buena -dije.

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