Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma
Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel
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TOLSTOI


Los lobos del bosque de la eternidad, KO Knausgard, p. 745

Menuda historia. Todos llevamos nuestra muerte dentro, escribe Rilke. Los niños, una muerte pequeña; los viejos, una más grande. Y todos tenemos nuestra propia muerte. Tolstói murió huyendo de su vida, totalmente expuesto al ojo público. Fue una muerte que le vino a la perfección, casi demasiado buena para ser verdad. Si uno lee la obra de Tolstói, sus diarios (opino que hay que leerlos), novelas, cuentos y escritos religiosos, él se presenta casi más como un lugar, un lugar donde confluyen las mayores contradicciones, que como un ser humano. O más humano que la mayoría. Ajmátova no le tenía mucho aprecio; le comentó a Isaiah Berlín que la moralidad de Anna Karénina era la de la mujer de Tostói y sus tías moscovitas. ¿Por qué tuvo que morir Anna Karénina? La castiga la misma sociedad cuya hipocresía Tolstói nunca se cansó de denunciar. Tolstói mintió, sabía la verdad, pero cedió a la presión del conformismo. «Cuando estaba felizmente casado escribió Guerra y paz, que celebra la vida familiar. Cuando empezó a odiar a Sofía Andréyevna, de la que no quería divorciarse porque el divorcio estaba mal visto por la alta sociedad y quizá también por los campesinos, escribió Anna Karénina y la castigó por dejar a Karenin. Cuando envejeció y ya no deseaba con el mismo ardor a las jóvenes campesinas, escribió La sonata a Kreutzer y prohibió por completo el sexo.»


INCIPIT 1.197. VALS DE MEFISTO / SERGIO PITOL


Al abrir el bolso de mano para buscar sus cremas,el pijama de seda azul que su hermana Beatriz le compró en la India y en cuyo interior tan a gusto se sentía, las pantuflas y el frasco de somníferos, cayó a sus pies la revista (¡habría podido jurar que la tenía guardada en la maleta negra!) para nuevamente perturbarla y hacerle difícil ya el reposo. Volvió a pensar en la coincidencia que hizo que esa misma mañana, cuando trataba por enésima vez de persuadir a Beatriz del desgaste de su vida matrimonial y de la certidumbre de que Guillermo opinase lo mismo, e insistía en que esa tregua les había hecho conocer el sobrio placer de vivir separados, llegara su cuñado a entregarle la .revista donde aparecía ese Mephisto-Waltzer que oblicuamente parecía corroborar sus argumentos y  de cuyo eco no había logrado desprenderse en todo el día.

Había pensado no volver a leerlo sino hasta que estuviera debidamente instalada en su casa, después del baño, el desayuno y un poco de reposo.


INCIPIT 1.196. CUENTOS / SERGIO PITOL


Victorio Ferri cuenta un cuento

para Carlos Monsiváis

Sé que me llamo Victorio. Sé que creen que estoy loco (versión cuya insensatez a veces me enfurece, otras tan solo me divierte). Sé que soy diferente a los demás, pero también mi padre, mi hermana, mi primo José y hasta Jesusa son distintos, y a nadie se le ocurre pensar que están locos; cosas peores se dicen de ellos. Sé que en nada nos parecemos al resto de la gente y que tampoco entre nosotros existe la menor semejanza. He oído comentar que mi padre es el demonio y aunque hasta ahora jamás haya llegado a descubrirle un signo externo que lo identifique como tal, mi convicción de que es quien es se ha vuelto indestructible. No obstante que en ocasiones me enorgullece, en general ni me place ni me amedrenta el hecho de formar parte de la progenie del maligno.

Cuando un peón se atreve a hablar de mi familia dice que nuestra casa es el infierno. Antes de oír por primera vez esa aseveración yo imaginaba que la morada de los diablos debía ser distinta (pensaba, es claro, en las tradicionales llamas)


TONIO KROGER


Cuentos, Pitol, p. 461

Los románticos abolieron todas las dicotomías. Vida, destino, luz, sombra, sueño, vigilia, cuerpo y escritura significaron para ellos solo fragmentos de un universo difuso, impreciso, pero, a fin de cuentas, indivisible. La exaltación del cuerpo y el incendio del espíritu fueron sus mayores afanes. El poeta romántico se concibió como su propio espacio de observación y campo de batalla. Mann recogió en aquel relato de 1903 uno de los ideales de la época: concebir la ética como una estética, alejar por entero al espíritu de toda vulgaridad terrenal. El simbolismo es una rama tardía del Romanticismo, por lo menos de una de sus tendencias. Tonio Kroger es un escritor de extracción burguesa; le enorgullece vivir exclusivamente para el espíritu, lo que significa un rechazo del mundo. Cumple su destino con la mala conciencia de un burgués a quien avergüenza la mediocridad de su medí o. Por eso su ascesis se realiza con un rigor casi inhumano. Al final de la novela, después de algunas experiencias que lo ponen en relación con la vida, Kroger le revela a su confidente, una pintora rusa, la conclusión a la que llega: «Vosotros los artistas me llamáis un burgués, mientras los burgueses cuando me encuentran sienten la tentación de arrestarme. No sé cuál de ambas actitudes me ofende más. Los burgueses son tontos, lo admito, pero  vosotros, los adoradores de la estética, que me tildáis de flemático y desprovisto de sentimientos y recuerdos deberíais reflexionar un poco sobre la posibilidad de que exista una manera de ser artista tan profunda, tan fatalmente congénita, que ningún anhelo ni recuerdo le podría parecer más dulce y más digno de ambicionarse que las delicias de la vulgaridad. Admiro a los orgullosos y a los gélidos que se aventuran en las sendas de la etérea belleza y menosprecian al "hombre", pero no los envidio. Pues si algo es capaz de transformar a un mero literato en un poeta es este amor mío a todo lo humano, lo vivo y lo cotidiano. Todo calor, toda bondad, toda fuerza nace de este amor a lo humano». Hasta aquí Tonio Kroger, escritor alemán.


INCIPIT 954. LA CASA DE LA TRIBU / SERGIO PITOL


Hacia fines de marzo visité una casa en Moscú. Un viejo palacio con paredes de gruesos troncos de pino, rodeado por un amplio jardín. Todo en el interior parecía animado de vida la fría mañana de invierno en que un poco por casualidad caí en aquel lugar. Daba la impresión de que la casa aún estaba habitada ... Tal vez la familia se había marchado ese año a pasar el invierno en la casa solariega de lasnaia Poliana. Un enjambre de empleadas de aspecto centenario contribuía a fortalecer la ilusión. Entre cuatro arrastraban de un cuarto a otro un viejo baúl de cuero. Otras estaban sentadas tomando su té en grandes tazones. Daban un sorbo, se levantaban, caminaban un poco sin ton ni son, volvían a sentarse, daban otro sorbo ... Al recorrer el interior no pude pensar sino que estaba husmeando en la casa de una tribu. No había medio humano de guardar o mantener alguna intimidad en aquel recinto; en sus tiempos debió haber parecido una colmena. Un gran salón de recepciones, una habitación de trabajo con las paredes atestadas de libros donde el propietario debió haber pasado gran parte de su tiempo, y, entre uno y otro espacio, una infinidad de minúsculos cuartos para albergar a  la profusión de hijos que tan copiosamente habían nacido en aquella casa, a la costurera, a los preceptores e institutrices, a los parientes pobres, a los peregrinos de paso rumbo a algún santuario.

LOS RUSOS

De la realidad a la literatura, Sergio Pitol, p. 15
La cultura de los rusos no se nutre directamente de las fuentes europeas -de Grecia solamente tienen la escritura-, sino del este, de Bizancio, y la religión, el cristianismo, no les llega de Roma, que para ellos es la eterna enemiga, sino también de Bizancio: son ortodoxos. La formación religiosa y el desarrollo de esta nación corren paralelos, pero desde el principio de la cristianización difieren de los ortodoxos griegos porque incorporan de una manera fundamental, muy poderosa, los elementos paganos sagrados de las tribus anteriores a la llegada de los rusos y los búlgaros: la tierra, los ríos, el bosque, la naturaleza toda, son sus dioses. La consagración de la primavera, por ejemplo, era una fiesta de una importancia extraordinaria y se celebraba con tanta devoción como la semana de la pasión, como las pascuas. Eso sigue vigente hasta ahora, sobre todo la adoración a la tierra, la Santa Madre Rusa.

Esto crea un nacionalismo exacerbado que no se parece a ningún otro, casi de hierro, que se fortalece brutalmente debido a la conquista de gran parte del territorio por los tártaros de Gengis Khan. La defensa interna de la nacionalidad, el vínculo que permite la unidad nacional  aún bajo el yugo de los tártaros, lo proporcionan la lengua y la religión. Este nacionalismo se convierte en una corriente aguda, poderosa, visceral,  que en el siglo XIX comienza al fin a ser combatida por filósofos, escritores, algunos personajes cercanos a la corte, aristócratas y propietarios que han sorbido la cultura europea, puesto que sus preceptores son por lo general europeos, y confian en un acercamiento de Rusia a occidente en algunos aspectos. La lucha entre occidentalistas y eslavistas, como se denominaban los nacionalistas, también tiene un sonoro eco en la literatura y en el pensamiento del siglo XIX.

INCIPIT 935. DE LA REALIDAD A LA LITERATURA / SERGIO PITOL

El siglo de oro de la narrativa rusa

El XIX es el siglo clásico de la novela en Rusia, su siglo de oro. Voy a hablar, pues, de esa literatura y de su entorno, que puede servir para entender, o por lo menos intentar una aproximación, a la cultura que le da origen. No será ésta una disertación académica, quien lo espere así se sentirá defraudado. Hablaré de la literatura rusa, de cuatro grandes escritores que representan cada uno un universo: Gógol, Dostoyevski, Tolstoi y Chéjov, y lo haré como un simple lector apasionado. Una de las novelas que se citan siempre cuando se hacen encuestas sobre las diez mejores es La guerra y la paz. Hace cincuenta y cinco años leí La guerra y la paz, cuando apenas entraba a la adolescencia, y fue una lectura apasionada, una especie de vicio que duró no sé cuánto tiempo, semanas o meses, para leer los seis volúmenes de la editorial Málaga. Muchos años después fui agregado cultural en la embajada mexicana en Moscú y volví  a leerla; por supuesto fue otra lectura, más a fondo sin que pueda decir que llegué hasta el fondo de ese libro inmarcesible, un libro que es todos los libros, que recoge todos los temas, y me sorprendió entonces pensar que entre los doce y los trece años hubiera yo estado apasionado por ese mundo. No sé si me saltaba páginas o cómo las descifraba, porque es una novela espléndida, llena de historias novelescas, amorosas, de guerra, pero también una meditación sobre los destinos y los fines de la humanidad.

INCIPIT 260. EL VIAJE / SERGIO PITOL

INTRODUCCIÓN

Y un día, de repente, me hice la pregunta: ¿Por qué has omitido a Praga en tus escritos? ¿No te fastidia volver siempre a temas tan manidos: tu niñez en el ingenio de Potrero, el estupor de la llegada a Roma, la ceguera en Venecia? ¿Te agrada, acaso, sentirte capturado en ese círculo estrecho? ¿Por pura manía o por empobrecimiento de visiones, de lenguaje? ¿Te habrás vuelto una momia, un fiambre, sin siquiera haberte dado cuenta?
Un tratamiento de choque puede lograr resultados inmejorables. Estimula fibras que languidecían, rescata energías que estaban a punto de perderse. A veces es divertido provocarse. Claro, sin abusar; jamás me encarnizo en los reproches; alterno con cuidado la severidad con el ditirambo. En vez de ensañarme contra mis limitaciones he aprendido a contemplarlas con condescendencia y aun con cierta complicidad. De ese juego nace mi escritura; al menos así me lo parece.
Un cronista de lo real, un novelista, y si talentoso mejor, Dickens, por ejemplo, concibe la comedia humana no sólo como una mera feria de vanidades, sino que, a partir de ella, nos muestra un complejo mecanismo de relojería

EL APRENDIZAJE DE PITOL

De Soñar la realidad de Sergio Pitol, p.65
Mi aprendizaje es el resultado de una lectura inmoderada de cuentos y novelas, de mis empeños como traductor y del estudio de algunos libros sobre aspectos de la novela escritos casi siempre por narradores, como el ya clásico de E. M. Foster, el elaboradísimo cuaderno de notas de Henry James o el fragmentario de Antón Chéjov así como de una larga serie de entrevistas, artículos y ensayos sobre novela también de novelistas; sin olvidar, por supuesto, las conversaciones con gente del oficio.

Los decálogos, esa enumeración de instrucciones para uso de jóvenes aspirantes a escritores, me han resultado fascinantes por el mero hecho de permitirme leer después la obra de sus autores bajo una luz no previsible. Los preceptos que Chéjov escribió para orientar a un hermano menor decidido a emprender el oficio literario son la clara exposición de la poética que de una manera gradual el narrador ruso había forjado. No son la causa, sino el resultado de una obra donde el autor había perfilado su mundo y definido ya su especificidad literaria. Pero, ¿entenderemos mejor el mundo de Chéjov al conocer esa preceptiva extraída de su propia experiencia profesional? Me parece que no. A cambio, el conocer la artesanía empleada para escribir sus relatos admirables con toda seguridad intensificará el placer de la lectura. Conocer esa preceptiva nos permitirá descubrir si no su mundo conceptual sí algunos secretos de su estilo o, más bien, los misterios de su carpintería. Sólo que si aplicamos como norma la misma preceptiva a Dostoievski, Céline o Lezama Lima tendríamos que descalificarlos como narradores, pues tanto su universo como sus métodos y fines se encuentran en total oposición a los del escritor ruso. ¿Podría acaso el decálogo de Horacio Quiroga aplicarse a la obra de Joyce, de Borges o de Gadda? Me temo que no. No por otra razón, sino porque pertenecen a familias literarias diferentes. Cada autor, a fin de cuentas, ha de crear su propia poética, a menos que se conforme con ser el súcubo o el acólito de un maestro. Cada uno constituirá, o tal vez sea mejor decir encontrará, la forma que su escritura requiere, ya que sin la existencia de una forma no hay narrativa posible. Y a esa forma, el hipotético creador habrá de llegar guiado por su propio instinto.
Uno aprende y desaprende a cada paso. El novelista deberá entender que la única realidad que le corresponde es su novela, y que su responsabilidad fundamental se finca en ella. Todo lo vivido, los conflictos personales, las preocupaciones sociales, los buenos y los malos amores, las lecturas, y, desde luego, los sueños, habrán de confluir en ella, puesto que la novela es una esponja que deseará absorberlo todo. El narrador cuidará de alimentarla y fortalecerla, impidiéndole cualquier propensión a la obesidad. «La novela en su definición más amplia —sostenía Henry james— no es sino una impresión personal y directa de la vida.»
Y ya que cito a este gran narrador, debo reconocer que algunas de las lecciones decisivas sobre el oficio las debo a su lectura. Tuve la suerte de traducir al castellano siete de sus novelas, entre ellas una de las más endemoniadamente difíciles que pueda permitirse cualquier literatura: Lo que Maisiec sabía. Traducir permite entrar de lleno en una obra, conocer su osamenta, sus sostenes, sus zonas de silencio. James me confirmó en una tendencia que había aparecido ya desde mis primerísimos relatos: un acercamiento furtivo y sinuoso a una franja de misterio que nunca queda aclarado del todo pan permitir al lector elegir la solución que crea más adecuada. Para lograrlo, James adoptó una solución sumamente eficaz:
la eliminación del autor como sujeto omnisciente que conoce y determina la conducta de sus personajes y su sustitución por uno o, en sus novelas más complejas, varios «puntos de vista» a través de los cuales el personaje trata de alcanzar el sentido de algún hecho del que ha sido testigo. Por medio de ese recurso, el personaje se construye a sí mismo en el intento de descifrar el universo que lo rodea: el mundo real sufre un proceso de deformación al ser filtrado por una conciencia. Nunca sabremos hasta qué grado aquel narrador “aquel punto de vista” se atrevió a confesarse en el relato ni qué porciones decidió omitir, así como tampoco las razones que determinaron una u otra decisión.

DE LA COSA POLITICA, SEGUN PITOL Y GALDOS

De Soñar la realidad, de Sergio Pitol, p. 31
La respuesta no se dejó esperar: una represión desmedida. De 1958 a 1960 los granaderos parecieron apoderarse de la ciudad, asombrados, tal vez, por la tozudez de trabajadores y estudiantes, quienes a pesar de los golpes, las detenciones y la tortura siguieron manifestando su descontento, repartiendo volantes, marchando por las calles, cantando canciones subversivas, haciendo chunga del gobierno. Las cárceles se llenaron de presos políticos. Con Monsiváis yjosé Emilio y una docena más de escritores y pintores hicimos una huelga de hambre convocada por José Revueltas, en solidaridad con la que en Lecumberri habían emprendido Siqueiros y otros presos políticos. Vivíamos a salto de mata, con una temeridad que sólo podía nacer de la inocencia. Dábamos por hecho que nada iba a ocurrimos y que no valía la pena preocuparse de antemano. No había en nuestra actitud afán de martirio; de ninguna manen. En mi caso personal aquello me ayudaba a desprenderme de un sentimiento de sobreprotección que empezaba a estorbarme. Entendíamos vagamente que el país requería cambios, que las instituciones políticas estaban oxidadas, que era insano que una nación estuviese perpetuamente regida por un partido único. Pero no esperábamos la violenta reacción de los grupos en el poder. Al diálogo sólo supieron responder con golpizas, detenciones y aun asesinatos.
Cada vez que releo La segunda casaca, ese notable Episodio Nacional de Pérez Galdós, me vuelve a conmover una declaración de Salvador Monsalud, su protagonista:
Yo he creído siempre lo mismo, y mucho me temo que, aun después del triunfo, sigan pareciéndome las cosas de mi país tan malas como antes. Esto es un conjunto tan horrible de ignorancia, de mala fe, de corrupción, de debilidad, que recelo esté el mal demasiado hondo, para que lo puedan remediar los revolucionarios. Entre éstos, se ve de todo; hay hombres de mucho mérito, buenas cabezas, corazones de oro; pero, asimismo, los hay tan bullangueros que sólo buscan el ruido y el tumulto; no faltando muchos que están llenos de buena fe; pero carecen de luces y de sentido común.

DE PITOL A JAMES

DE PITOL A JAMES Debo a “Infierno de todos” el poder desasirme de un mundo caducado que no me era propio, relacionado conmigo sólo de modo tangencial, lo que me permitió abordar la literatura con mayor lealtad hacia lo real. Advertí esto con mayor claridad durante un período de tenaz lectura de Gombrowicz. Para él la literatura y la filosofía debían emanar de la realidad, pues sólo así tendrían, a su vez, la posibilidad de inferir en ella. Lo demás, insistía el escritor polaco, equivalía a un acto de onanismo, a la sustitución del lenguaje por el culto inane de la escritura por la escritura y la palabra por la palabra. Henry James, otro titán, sostuvo en su momento: «La novela en su definición más amplia no es sino una impresión personal y directa de la vida)). Al hablar de lo real y la realidad me refiero a un espacio amplísimo, diferente a lo que otros entienden por esos términos y confunden la realidad con un aspecto deficiente y parasitario de la existencia, alimentado por el conformismo, la mala prensa, los discursos políticos, los intereses creados, las telenovelas, la literatura light, la del corazón y la de superación personal.
Cuando Infierno de todos se publicó yo residía en Varsovia. Había emprendido tres años antes un viaje por Europa que al inicio imaginaba como muy breve. Viajé por los lugares imprescindibles para luego encallar en Roma durante una temporada. A partir de entonces, por razones y motivaciones varias, me quedé fuera de México, cambiando con frecuencia de destino, casi siempre por intervenciones del azar, hasta finales de 1988 en que regresé al país. Durante esos veintiocho años europeos mis relatos registraron un vaivén incesante. Son, de alguna manera, los cuadernos de bitácora de mis mudanzas terrenales, mis mutaciones y asentimientos. Soltar amarras, enfrentarme sin temor al amplio mundo y quemar mis naves fueron operaciones que en sucesivas ocasiones modificaron mi vida y, por ende, mi labor literaria. En esos años de errancia se Conformó el cuerpo de mi obra.

PITOL, GOMBROWICZ Y JAMES

De Soñar la realidad de Sergio Pitol, p.15
Debo a Infierno de todos el poder desasirme de un mundo caducado que no me era propio, relacionado conmigo sólo de modo tangencial, lo que me permitió abordar la literatura con mayor lealtad hacia lo real. Advertí esto con mayor claridad durante un período de tenaz lectura de Gombrowicz. Para él la literatura y la filosofía debían emanar de la realidad, pues sólo así tendrían, a su vez, la posibilidad de inferir en ella. Lo demás, insistía el escritor polaco, equivalía a un acto de onanismo, a la sustitución del lenguaje por el culto inane de la escritura por la escritura y la palabra por la palabra. Henry James, otro titán, sostuvo en su momento: «La novela en su definición más amplia no es sino una impresión personal y directa de la vida)). Al hablar de lo real y la realidad me refiero a un espacio amplísimo, diferente a lo que otros entienden por esos términos y confunden la realidad con un aspecto deficiente y parasitario de la existencia, alimentado por el conformismo, la mala prensa, los discursos políticos, los intereses creados, las telenovelas, la literatura light, la del corazón y la de superación personal.
Cuando Infierno de todos se publicó yo residía en Varsovia. Había emprendido tres años antes un viaje por Europa que al inicio imaginaba como muy breve. Viajé por los lugares imprescindibles para luego encallar en Roma durante una temporada. A partir de entonces, por razones y motivaciones varias, me quedé fuera de México, cambiando con frecuencia de destino, casi siempre por intervenciones del azar, hasta finales de 1988 en que regresé al país. Durante esos veintiocho años europeos mis relatos registraron un vaivén incesante. Son, de alguna manera, los cuadernos de bitácora de mis mudanzas terrenales, mis mutaciones y asentimientos interiores
Soltar amarras, enfrentarme sin temor al amplio mundo y quemar mis naves fueron operaciones que en sucesivas ocasiones modificaron mi vida y, por ende, mi labor literaria. En esos años de errancia se conformó el cuerpo de mi obra.

SERGIO PITOL HABLA DE VILA-MATAS

La prosa de Vila-Matas se lee con facilidad. Su construcción, en cambio, es el resultado de un taller riguroso, donde el juego de las palabras se procesa con suma exigencia. Su actividad es la de los artesanos pero también la de los alquimistas. El autor se divierte en aprovechar las palabras más anodinas, triviales y grises de una conversación inútil para luego inflamarlas con los tonos del delirio, la demencia, la exaltación, la poesía. De allí salen sus monólogos, murmullos de súbita desolación, y se desliza, como si fuera lo más natural, hacia un panorama de tersa excentricidad. En sus relatos trata de un nusntjo exterior, notablemente visible. Trozos de la comedia humana captados con un ojo que nada tiene de fiscal, de inquisidor, más bien tratados con una benevolente tolerancia. La gesticulación de los protagonistas es tan atrabiliaria, tan desquiciante como sus discursos.
En El mago de Viena

JAMESIANA

HENRY JAMES EN VENECIA. La atracción ejercida por el Mediterráneo sobre los hombres del Norte se pierde en un tiempo en que la literatura era oral y el concepto de Europa estaba lejos de forjarse. Al bárbaro le deslurnbró y atrajo el esplendor y variedad de las antiguas culturas que floreccan en las zonas cálidas. El cristianismo propició más tarde una interminable procesión de creyentes que acudían a Roma para confirmar su fe. El romanticismo desparramó por el Sur deslumbrantes oleadas de neopaganos de todas las especies, deseosos de consumar en tierras meridionales sus nupcias con la luz. La actitud de los hombres del Sur hacia las brumas nórdicas ha sido, en cambio, el resultado de una operación intelectual, jamás de los sentidos: la búsqueda de últimas Thules del conocimiento o de la conciencia.
Los isabelinos, los románticos, los decadentes, los simbolistas han encontrado la Italia apetecida. Las obras de Shakespeare en donde es posible intuir la felicidad ocurren por lo general en las tierras donde florece el limonero. Macbeth, Hamlet y el viejo y loco Lear quedan siempre atrapados en la neblina natal. El romanticismo puebla las ciudades de Italia de una fauna colorida de visionarios afiebrados, quienes revelarán a los lectores ingleses, alemanes o escandinavos un amplio repertorio de personajes, metáforas, cadencias y escenarios nuevos. En la segunda mitad del siglo xix, tardíos pero impetuosos aparecen por allí ¿os personajes nuevos: el ruso y el americano. El primero adquiere carta de naturalización en Europa a través de Turguéniev; al segundo lo introduce Henry James.
Gracias a ambos escritores, tanto los rusos como los norteamericanos dejaron pronto de ser representantes exóticos de abruptas lejanías, o meras encarnaciones del buen salvaje para ejemplificación de tesis generosas. Es más, se revelaron corno individuos de extrema complejidad psicológica, sin temor ante los europeos, cuyas culturas asimilaron con rapidez. Además, se movían con envidiable soltura al desconocer el vasallaje que impone la tradición, y aun la enriquecían por el hecho de ser plenamente conscientes de su vigor y sus carencias.
[...]
Las fotos nos ofrecen la imagen de un señor de aspecto pomposo con mirada entre infantil y visionaria. A sus contemporáneos les fue tan difícil ubicar al personaje como entender sus libros; esa inasibiidad se refleja en la diferente definición que dan de él. Fue comparado con un actor romántico, un almirante retirado, una tortuga ebria, un banquero judío, un elefante, un predicador desencantado de la vida, un fantasma, un hombre de letras francés, una vieja gitana en trance de resolver un misterio a través de su bola de cristal, y con otras muchas personalidades igualmente disímiles!
En su momento, la obra de James careció de lectores y de resonancia crítica. Es posible que aun en el pequeño grupo de fieles que lo rodeaba haya sido entendido mal; que la admiración que le tributaban hubiese surgido de malentendidos, por razones equivocadas. Sólo unos cuantos escritores comprendieron su originalidad. Joseph Conrad consideraba que su obra podía definirse “como un intento individual de rendir el máximo de justicia al mundo de lo visible”, elogio certero dirigido a un autor en el que lo esencial de la narración yace entre líneas, se sumerge y oculta en el subsuelo de la trama, donde sólo es posible avanzar gracias a la poderosa presencia de elementos visuales. El comentario de Conrad anticipa otro del propio James: “La novela, en su definición más amplia, no es sino una impresión personal y directa de la vida”
En El Mago de Viena, de Sergio Pitol

INCIPIT 132. LA VIDA CONYUGAL / SERGIO PITOL:

Jacqueline Cascorro, la protagonista de este relato, conoció durante buena parte de su vida las experiencias conyugales de rutina: arrebatos, riñas, infidelidades, crisis y reconciliaciones. Todo cambió en un instante, cuando al quebrar con sus manos una pata de cangrejo y oír descorchar a sus espaldas una botella de champaña se dejó poseer por un pensamiento que la visitaría de manera intermitente, convirtiéndola, y ya para siempre, en una mujer de muy malas ideas.
Durante años, un cuaderno azul la acompañó en las distintas mudanzas a las que la llevó su azarosa vida matrimonial, sin que fuera consciente de su existencia; un cuaderno muy delgado, sujeto con un elástico a una colección de libretas sobre literatura e historia del arte depositadas en el fondo de una caja ricamente ornamentada, adquirida en Pátzcuaro durante su viaje de bodas. Esa caja permanece en la bodega de L’Aiglon, un restaurante de Cuernavaca, en donde Jacqueline abandonó casi la totalidad de su menaje de casa cuando decidió trasladarse a Ve-

DOS HEROES LATINOS


Sergio Pitol recibió ayer el Premio Cervantes 2005, y en su discurso de agradecimiento realizó un profundo elogio de la lectura y una celebración de algunos de sus grandes maestros, como Alfonso Reyes. Citó también nombres menos conocidos, como los de algunos exiliados republicanos que llegaron a México después de la Guerra Civil y que, como profesores o compañeros, influyeron en su formación. Agradeció la presencia de tantos intelectuales españoles de relieve (María Zambrano, Buñuel, Cernuda, Bergamín...) que "crearon una atmósfera intelectual mejor", y destacó la libertad de Cervantes y la vitalidad permanente del Quijote, que, recordó, "en la época de las vanguardias" era la pieza más contemporánea de todas.
La ceremonia siguió las pautas establecidas. Cantó el coro de la Universidad, entraron los Reyes con el premiado; con el presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero; las representantes de Cultura de México y de España, Sari Bermúdez y Carmen Calvo, respectivamente, y demás autoridades. Tras la lectura de Rogelio Blanco, director general del Libro, del acta del jurado, Sergio Pitol (Puebla, México, 1933) recibió el premio de manos del Rey: una medalla acreditativa y una estatuilla (el Cervantes está dotado con 90.180 euros). Lo celebró saludando discretamente al público. Luego subió a la tribuna, abrió los siete folios de su discurso, empezó a leer. La voz se le quebró un poco al principio (temblaron quienes conocen su timidez), pero luego se enderezó y enfiló con autoridad.
El ruido de la historia irrumpió en el Paraninfo de la Universidad de Alcalá de Henares
Su obra atípica, su afán de transgredir los géneros, su transparencia...
La literatura se convirtió en la gran protagonista de sus palabras. El placer de la lectura, el asombro de descubrir las posibilidades de la lengua, la felicidad de vivir vidas ajenas y conocer nuevos mundos, y también la libertad (y ahí entró Cervantes): la libertad de romper los moldes establecidos, de romper las estructuras, de incorporar como propia la locura de esos caballeros andantes que se lanzaron a "defender las doncellas, amparar las viudas y socorrer a los huérfanos y a los menesterosos".
Sergio Pitol comenzó su discurso de recepción del Premio Cervantes 2005 recordando a la muchedumbre, "que entró por curiosidad", y que invadió su casa de Xalapa en cuanto se hizo público que el galardón más prestigioso en lengua española había caído en sus manos. La cosa empezó a eso de las nueve de la mañana, contó, y por la tarde se fue "a la ciudad de México para hacer una tregua". Durante el viaje, aletargado entre el sueño y la vigilia, lo invadieron imágenes muy distintas de su infancia: la nana de su abuela, su hermano jugando al tenis, una discusión sobre el precio del café.
El gran escritor, acaso en el momento más importante de su trayectoria profesional, desconectaba un instante de los oropeles de la gloria y una fuerza innombrable lo precipitaba en su infancia, como si en ese lugar residieran las verdaderas claves de cuanto había hecho hasta entonces, como si esos años fueran los que en su caso (niño huérfano desde muy pronto y enfermo de paludismo durante varios años) hubieran marcado decisivamente lo que vino después.
Leyó, leyó y leyó. En esos años de enfermo frecuentó a Verne, Stevenson, Dickens, Proust, Faulkner, Mann, Virginia Woolf y varios autores de lengua española. Pero todo aquello no cristalizó hasta que a los 16 años llegó a México a estudiar: entonces fue cuando Pitol habló por primera vez de uno de sus maestros. Un exiliado de la República, uno de los perdedores de la Guerra Civil.
El ruido de la historia irrumpió entonces en el paraninfo de la Universidad de Alcalá de Henares. Pitol se acordó de Manuel Martínez de Pedroso, un catedrático que enseñaba en la Facultad de Derecho de México. Dijo de él que era "una de las personas más sabias" que había conocido, elogió su heterodoxia a la hora de afrontar sus explicaciones, destacó su capacidad de narración. Y recordó que les contó de la guerra que había padecido y de las purgas que vio en Moscú cuando fue embajador de la República.
Al recuerdo de este hombre, que procedía de una familia con muchos recursos, unió más adelante el de un modestísimo traductor, Aurelio Garzón del Camino, también llegado de los horrores de la Guerra Civil. Fue este último quien lo acercó más a los clásicos, pero le enseñó sobre todo que "lo fundamental de la escritura era descubrir o intuir el genio de la lengua, la posibilidad de modularla a discreción, de convertir en nueva una palabra mil veces repetida con sólo acomodarla en la posición adecuada en una frase".
El genio de la lengua: a encontrarlo se aplicó Pitol muy pronto. Y vaya si lo logró, y fue precisamente eso lo que se celebraba ayer. Su obra atípica, el deslumbrante modo en que ha hecho nuevas tantas palabras ya gastadas, su gusto por la parodia y la ironía, su afán de transgredir los géneros, sus ganas de provocar. Pero también su sobriedad y su transparencia, su clara inteligencia, su perspicacia, su elegancia.

De las largas vueltas que fue dando para conquistar su escritura, Sergio Pitol se acordó ayer de muchos de sus maestros. Además de aquellos exiliados españoles, recordó a Alfonso Reyes ("nos incitaba a emprender todos los viajes"), refiriéndose concretamente a La cena: "Una de las raíces de mi literatura se hunde en aquel cuento".
Insistió, sin embargo, en las enseñanzas de los españoles llegados a México. Ellos "enriquecieron de manera notable la cultura mexicana", resumió Pitol, y les permitieron derribar algunos prejuicios injustamente establecidos sobre algunos escritores. "La literatura del XIX no la toqué en la adolescencia, tenía fama de mojigata y de un costumbrismo regionalista. De golpe, los españoles exiliados me descubrieron la grandeza de Galdós. María Zambrano, Luis Cernuda, José Bergamín escribieron ensayos extraordinarios en aquel tiempo sobre ese novelista".
Sin olvidar a Octavio Paz, "quien en este lugar -refiriéndose al Paraninfo- en 1981 dedicó su discurso a Galdós, al último de la segunda serie de los Episodios nacionales: Un faccioso más y algunos frailes menos. Para Pitol, el ensayo de Paz es magistral. "Trata de la semejanza de la historia del siglo XIX en España y en México: la permanente guerra entre liberales y conservadores en los dos países, entre fanatismo contra tolerancia, Inquisición contra libertad, legionarios celestiales contra la vida pública laica". La historia interminable.
Concluyó Pitol con un emocionado homenaje a la libertad en el Quijote. Para el escritor mexicano, ese concepto es crucial en la obra. Porque si bien es un libro cuya tensión gravita entre la demencia y la cordura, "Cervantes convierte la locura en una variante de la libertad". Se refirió, por ejemplo, al discurso ante los cabreros, "uno de los más soberbios del libro, de aliento humanista, renacentista, libertario". Pero la libertad no sólo la encuentra en el alma del Quijote; también está en su cuerpo: "Cervantes la ejerce en la estructura. La demencia le ofrece un marco propicio y la imaginación se la potencia". Cervantes se convierte así en "un adelantado a su época. No hay ulterior corriente literaria importante que no le deba algo al Quijote".
Carmen Calvo, que intervino después del premiado, aludió a su libro más reciente, El mago de Viena, que resume la aspiración fundamental del escritor: "La búsqueda de lo que él ha llamado con frecuencia la extravagancia y la universalidad". La ministra de Cultura recorrió después la trayectoria de Pitol como escritor, traductor, profesor y diplomático, además de destacar que, "en su estilo, se detecta algo similar a una autobiografía oblicua en la que se funden vida y literatura".
El rey Juan Carlos cerró el acto refiriéndose a Pitol como autor "de una genial obra literaria, originalísima, cosmopolita y de gran agilidad narrativa", y destacó además su "dimensión cervantina, así como su talante innovador y adelantado a su tiempo".

INCIPIT 103. VALS DE MEFISTO / SERGIO PITOL

Al abrir el bolso de mano para buscar sus cremas, el pijama de seda azul que su hermana Beatriz le compró en la India y en cuyo interior tan a gusto se sentía, las pantuflas y el frasco de somníferos, cayó a sus pies la revista (¡habría podido jurar que la tenía guardada en la maleta negra!) para nuevamente perturbarla y hacerle difícil ya el reposo. Volvió a pensar en la coincidencia que hizo que esa misma mañana, cuando trataba por enésima vez de persuadir a Beatriz del desgaste de su vida matrimonial y de la certidumbre de que Guillermo opinase lo mismo, e insistía en que esa tregua les había hecho conocer el sobrio placer de vivir separados, llegar su cuñado a entregarle la revista donde aparecía ese Mephisto-Waltzer que oblicuamente parecía corroborar sus argumentos y de cuyo eco no había logrado desprenderse en todo el día.
Había pensado no volver a leerlo sino hasta que estuviese debidamente instalada en su casa, después del baño, el desayuno y un poco de reposo, pero ¿cómo resistir a la tentación cuando la revis-

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