Te quiero más que a la salvación de mi alma

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Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel
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INCIPIT 1.589. EL ARTE DE LA BIOGRAFIA / VIRGINIA WOOLF


Hablamos del arte de la biografía, y de inmediato, pasamos a preguntarnos: ¿es la biografia un arte? Quizá la pregunta es tonta, y desde luego, poco generosa, considerando el gran placer que nos han proporcionado los biógrafos. No obstante, la cuestión se plantea con tanta frecuencia que debe de haber algo detrás. Ahí está el interrogante, proyectando su sombra en la página cada vez que abrimos una nueva biografía. Es como si hubiese algo mortífero en esa sombra, ya que, en definitiva, de tantas vidas escritas, iqué pocas sobreviven!

La razón de esta alta tasa de mortalidad, podría argumentar el biógrafo, es que, comparada con la poesía y la ficción, la biografía es un arte joven. El interés por nosotros mismos y por los demás es un desarrollo tardío de la mente humana. En Inglaterra, no fue hasta el siglo XVIII cuando la curiosidad por escribir sobre la vida privada de ciertas personas se materializó, y solo en el siglo XIX las biografías proliferaron. No ha habido más que tres grandes biógrafos —Johnson, Boswell y Lockhart—; la razón, se puede argumentar, es que ha habido poco tiempo; y el alegato de que el arte de la biografía ha tenido muy poco tiempo para asentarse.


VIRGINIA Y VITA


Lo que la primavera, Marta Robles, p., 243
Vita adquiere un protagonismo extraordinario en la vida de Virginia. La amistad de las dos mujeres las enriquece a ambas. Les proporciona tanto placer estar juntas que Vita invita a su enamorada a conocer el castillo familiar y a sus padres. Y Virginia aprovecha para utilizarlo, al igual que la historia de los Sackville, en una de sus grandes novelas, Orlando, una obra muy curiosa que traspasa los géneros literarios y sexuales. La aristócrata sabe que Virginia es mucho mejor escritora que ella, pero también que ella lleva las riendas en el amor. De hecho, Virginia, en cierto modo, envidia su libertad y emancipación en todos los campos. «Es lo que yo nunca he sido) una mujer de verdad», llega a escribir en su diario al describirla controlando su casa, al servicio, los animales, conduciendo, habiendo pasado por la maternidad ... Admira su libertad y capacidad y la considera el modelo de mujer del futuro (no va descaminada), aunque critique su falta de reflexión y considere que «su cerebro no está tan bien organizado como el mío». Pese a todo, sus conversaciones, que escribe durante la amistad amorosa con Vita, guardan muchas referencias de la infinitud de temas que tratan y de los puntos de vista de ambas. Y su amistad siempre le va a servir para analizar muchas cuestiones en su literatura ... , porque el amor se acaba.
Virginia y Vita, como todos los enamorados, piensan que su amor durará para siempre, pero, como casi todos los amores, tiene fecha de caducidad. Y es Vita la que pone el punto y final a la relación propiamente amorosa. Durante un tiempo, la alterna con otras, y Virginia sufre con su promiscuidad mientras los celos la consumen. Pero es que Vita necesita más: más amor, más pasión, más sexo, más atención y menos apego de su amada a su marido ... Y un día, como pasa en tantos amores, hasta la propia Virginia deja de sentir todo lo que piensa que jamás dejará de sentir. Y así lo escribe en su diario:
Y ahora tengo que hacer una afirmación extraña: mi amistad con Vita ha terminado.

VIRGINIA


Bloomsbury, Leon Edel, p. 128

Aquel hermano adulto «prodigaba caricias, frases cariñosas, peticio.p.es y abrazos como si, después de cuarenta años en la selva australiana, hubiese vuelto por fin al hogar de su juventud y hubiera encontrado una madre anciana que todavía vivía para darle la bienvenida». Virginia repetía que era «anormalmente estúpido». No consiguió aprobar ningún examen, rechazaba todo razonamiento y sólo decía «Bésame, bésame, querida mía». Los besos eran los sustitutos de la razón. «Sus pasiones crecieron y sus deseos se hicieron más vehementes», de forma que Virginia se sentía como «un pececillo desafortunado, encerrado en un mismo depósito con un tiburón turbulento y voluminoso».

Virginia relata la escena culminante como una escena de seducción, al parecer con cierta exageración. Había ido con George a una de aquellas fiestas interminables en las que su amor propio sufría terriblemente. Describe a los Holman Hunt en su más brillante estilo. «Las señoras eran corpulentas y desaliñadas, los caballeros de frentes despejadas llevaban pantalones cortos de vestir que, en algunos casos, dejaban asomar un par de brillantes calcetines rojos de estilo prerrafaelista. George se introdujo entre ellos como un príncipe disfrazado. Yo me uní rápidamente a un grupo de señoras de Kensington ... » El pintor Holman Hunt, que vestía una bata que le llegaba a los pies, peroraba acerca de las ideas que le habían impulsado a pintar La luz del Mundo; bebía cacao a sorbos mientras se acariciaba su larga barba. El tono de la reunión era «brillante y altruista». «Por fin, por fin, se acabó la velada», escribió Virginia. Cuando volvieron a Hyde Park Gate se fue a su habitación, se quitó el vestido de satén del que desprendió un ramillete de claveles, y empezó a pensar en las lecciones de griego.

«En mi mente daban vueltas muchas cosas diferentes: diamantes y condesas, cópulas, los diálogos de Platón.» Pensó en lo agradable que sería dormirse y olvidarlo todo. Estaba casi dormida, cuando la puerta crujió. «No tengas miedo», musitó George. -«No enciendas la luz, oh querida, querida», y «se arrojó sobre mi cama y me tomó entre sus brazos». A lo que Virginia añadió: «Sí, las señoras de Kensington y Belgravia no supieron nunca que George Duckworth ejercía no sólo como padre y madre, hermano y hermana de aquellas pobres jóvenes Stephen; era su amante también”


VIRGINIA Y VANESSA


Bloomsbury, Leon Edel, p. 96

Las dos hermanas Stephen eran más que «guapas». Leonard dijo que «su belleza le dejaba a uno literalmente sin respiración». Las conoció en las habitaciones de Thoby cuando fueron con su padre a visitar a su hermano, al que las dos adoraban. Su primera visita fue probablemente la que quedó descrita en una carta que escribió Virginia a una amiga: las hermanas fueron a Cambridge con motivo de la Semana de Mayo y estuvieron en el baile del Trinity, donde conocieron a Clive Bell. Hubo una segunda visita en 1901. En la habitación de Thoby, Leonard observó a Virginia y Vanessa como si fueran retratos en una galería de arte. Iban vestidas de blanco con grandes sombreros, e irradiaban «limpieza» e interés por las cosas, una mezcla de timidez, curiosidad y ostentación de valor. «De repente, al verlas, uno se quedaba atónito.» Era como encontrarse cara a cara con un Rembrandt o un Velázquez; las comparó también con los templos griegos. El joven judío, que provenía de una familia matriarcal, sentía adoración por cierta clase de mujeres, y aquellas señoritas victorianas, adecuadamente acompañadas por su primo -director del Newham College-, en cuya casa residían muy como debía ser, representaban objetos exquisitos de veneración. Su primo las había llevado a tomar · el té a ]as habitaciones de Thoby, donde se encontraban los amigos de éste para conocerlas a ellas y a su formidable padre. El mismo Thoby -el Godo- revoloteaba en medio de aquella escena de sociedad, tan alto como su padre pero dando la sensación de ser mucho más grande a causa de su corpulencia y masculinidad clásicas. Ante las hermanas Stephen, y especialmente Vanessa, Leonard se sintió en presencia de una «belleza asombrosa», mientras que Lytton, que por constitución era incapaz de asombro ante el encanto femenino, sólo las encontraba «guapas». Leonard recordó: «Era casi imposible para un hombre no enamorarse de ellas y creo que yo me enamoré inmediatamente.” Su reserva -¿o quizá la de Leonard?- las hacía parecer inalcanzables, como un espejismo, con sus vestidos victorianos, su animada charla, sus delicados cutis arrebolados de rosa. Eran como diosas griegas, «era como enamorarse del retrato que hizo Rembrandt de su mujer, de la pintura de Velázquez de una infanta o del templo de Segesta». Pasarían años antes de que Leonard viese realmente  aquella belleza no como pintura o arquitectura, sino en carne y hueso.


HENRY JAMES


Virginia Woolf, Quentin Bell, p. 222
También estuvo leyendo a Henry James, pero sin gran entusiasmo :  “Estoy leyendo a Henry James hablando sobre América y me siento embalsamada en un bloque de suave ámbar: no resulta desagradable, sino muy tranquilo, como un paseo en el crepúsculo, pero no es la materia de un genio: no, debería ser una corriente arremolinada” VW a Clive Bell [18 de agosto de 1907].
Entre los monumentos de Rye se contaba el Maestro en persona, y se concertó una visita. Vanessa había escrito a Virginia desde Wiltshire, esperando que “el viejo Henry James no fuera demasiado monumental y difícil”. Se mostró lo suficientemente monumental, como puede verse en la carta siguiente a Viole! Dickinson.
... Hoy hemos ido a tomar el té con Henry James y Mr. y Mrs. Prothero en el club de golf, y Henry James me clavó la mirada de sus ojos fijos y sin expresión, como las canicas de un niño, y me dijo: “Mi querida Virginia, me dicen, me dicen, me dicen, que tú-como es natural siendo la hija de tu padre, es más la nieta de tu abuelo, la descendiente diría de un siglo, de un siglo de pluma y tinta, tinta, tinteros, sí, sí, sí me dicen, ejem, que tú, que tú, que tú, en una palabra, escribes.» Esto pasó en una calle, mientras todo el mundo nos esperaba, como los granjeros esperan que la gallina ponga el huevo (¿lo hacen?), nerviosos, corteses y apoyándose ora en una pierna, ora en otra. Me sentí como un condenado que ve caer el cuchillo, pararse y caer de nuevo. Nunca mujer alguna odiará «escribir» tanto como lo odié yo. Pero, cuando sea vieja y famosa, voy a discursear como Henry James. Tuvimos que pararnos periódicamente para que se liberara de la cosa. Hizo frases sobre el pan y la mantequilla. Fue «tosco y rápido», y nos  contó a todos el escándalo de Rye: «Mr. Jones, siento decirlo, se ha fugado a Tasmania, dejando doce pequeños Jones y un posible número trece a Mrs. Jones. Es de lo más lamentable, desafortunado y, sin embargo, no es una acción sobre la que uno no tenga cierta clave personal, por así decirlo." Bien, esto empieza a no interesarte ...
Llegaron los Bell, y también Saxon y Lytton. Como hemos visto, a Henry James no le importaba Clive, y parece que le gustó aún menos Saxon. Ni los Bell ni los Stephen volvieron a Rye, y Virginia no vio apenas a Henry James en el futuro. Uno puede suponer que él se sentía atraído hacia ella por principios: era la hija de Leslie Stephen, pero Virginia apenas encajaba entonces, e iba a encajar cada vez menos, en las nociones de James sobre delicadeza, decoro y reverencia. No podía aprobar a los irritantes y estropajosos amigos de Virginia. Y ella, por su parte, lo miraba con una suerte de miedo divertido. Respetaba su obra, pero con reservas y, como podemos percibir en la carta que he citado, disfrutaba de su compañía sólo en retrospectiva.

VIRGINIA SNOB

Momentos de vida VWoolf, p. 268
He cenado con H. G. Wells, en compañía de Bernard Shaw, Arnold Bennett y Granville Barker, y sólo me sentí como una vieja fregona limpiando peldaño tras peldaño, subiendo y subiendo una interminable escalinata.
En consecuencia, he llegado a la conclusión de que no sólo soy una snob de escudos heráldicos, sino también una snob de salones esplendentes, una snob de fiestas sociales. Cualquier grupo de personas, si van bien vestidas y son socialmente brillantes y desconocidas, me produce estos efectos; lanza al aire chorros de polvillo de oro y diamantes que, creo, oscurecen la sólida verdad. He aquí otra carta que quizás arroje más luz sobre otros aspectos del problema.

Seguramente hace unos doce años, por cuanto aún vivíamos en Richmond, recibí una de esas volanderas misivas que, ahora, todos conocemos tan bien -una hoja amarilla sobre la que una mano traza algo parecido a una espiral borracha que, por fin, se retuerce sobre sí misma, formando un garabato que dice Sibyl Colefax. "Sería para mí un placer", decía la nota, '"que viniera a tomar el té" -aquí venían una serie de días pertinentes- "para conocer a Paul Valéry." Como sea que siempre he sido presentada a Paul Valéry o a su equivalente, desde que tengo memoria, una invitación a tomar el té para ser presentada a él por una Sibyl Colefax a quien no conocía -nunca nos habían presentado-no me atraía. Y, caso de que me hubiera atraído, la atracción hubiese quedado contrarrestada por una característica mía que me da cierta vergüenza mencionar; mí complejo de vestidos; mi complejo, especialmente, de sujetador. Odio ir mal vestida, pero también odio comprar vestidos. Y odio de manera especial comprar sujetadores. Creo que ello se debe, en parte, a que, para comprar sujetadores, hay que visitar el más íntimo cuartito situado en el corazón de la tienda y quedarse en viso. Mujeres vestidas de reluciente satén negro espían y sueltan risitas. Sea lo que fuere lo que esta confesión revela, que sospecho será algo deshonroso, lo cierto es que me siento muy intimidada cuando me encuentro en viso ante personas de mi mismo sexo. Pero en aquellos tiempos, hace doce años, se llevaban las faldas cortas; las medias tenían que ser impecables; mis sujetadores estaban viejos; y no tenía valor para comprarme otro par- por no hablar ya del sombrero y el abrigo. Por esto dije: "No, no iré a conocer a Paul Valéry." Entonces recibí un diluvio de invitaciones; no puedo recordar a cuántos tés fui invitada; por fin, la situación llegó a ser desesperada; me vi obligada a comprar sujetadores; y acepté -digamos la decimoquinta- invitación a Argyll House. En esta ocasión para ser presentada a Arnold Bennett.

LOS WOOLF

Virginia Woolf, Quentin Bell, p. 284
Empecé la vida con un tremendo, absurdo, ideal de matrimonio; después, mi visión de pájaro de muchos matrimonios me disgustó, y pensé debía ir pidiendo lo imposible. Pero también esto ha pasado, y ahora sólo pido alguien que suscite en mí la pasión, y me casaré con él.
Pero, ¿podía Leonard suscitar en ella una «pasión»? Virginia tenía serias dudas sobre el particular. Sin embargo, se había ganado algo: ella estaba ansiosa de darle a él todas las oportunidades para conseguirlo. Cuando volvió a Brunswick Square, él era su vecino. Empezó a conocerlo a fondo y pudo comprender cuán admirablemente su carácter congeniaba con el suyo. Leonard tenía la eminencia intelectual que previamente sólo había encontrado en Lytton, y acompañada de una fuerza que Lytton, en verdad, no poseía. Leonard era también escritor, y le había dicho a Virginia, después de leer algunos de sus manuscritos, que algún día ella «podría escribir algo avasalladoramente bueno». Todas las mañanas, en Brunswick Square, uno y otro se ponían a escribir quinientas palabras: era un programa acordado. Y, cuando estaba hecha la tarea, eran libres: podían almorzar juntos o deambular por la plaza para sentarse bajo la sombra de los árboles y encontrar un placer nuevo en la mutua compañía. Cuanto más lo trataba, más le quería, y lo grato de su relación pudo muy bien aumentar por el hecho de que Vanessa, Clive y Roger se encontraran en Italia. Era una ventaja no estar a la vista de aquellos burlones espectadores. Desde Italia, Vanessa escribió: «Espero que no estés demasiado preocupada por el asunto Leonard. En tu lugar, dejaría que las cosas se hicieran solas y vería qué pasa. Es seguro que acabará bien.»

Y acabó bien. A medida que su intimidad progresaba, los miedos de Virginia se diluyeron, creció su confianza, sus sentimientos por Leonard se hicieron más definidos y al fin, el 29 de mayo, pudo decirle que le amaba y que quería casarse con él. Fue la decisión más inteligente de su vida.
(En la imagen, con Flush)

LEONARD WOOLF

Virginia Woolf, Quenton Bell, p. 276
11 de enero de 1912
Mi querida Virginia, debo escribirte antes de meterme en cama y poder, creo, pensar con mayor calma.
No tengo un recuerdo demasiado preciso de lo que realmente te he dicho esta tarde, pero estoy seguro que sabes a qué vine, quiero decir, no meramente que yo estaba enamorado de ti, sino que esto junto con la incertidumbre hacen que uno haga este tipo de cosas. Quizás obré mal, puesto que, hasta esta semana, siempre tuve intención de no hablarte de ello sin estar antes seguro de que estabas enamorada de mí y te casarías conmigo. Pensaba que tú me apreciabas, pero que esto era todo. Nunca llegué a darme cuenta de lo mucho que te amaba, hasta el momento en que hablamos de mi vuelta a Ceilán. Después de esto, no pude pensar en nada más que en ti. Me encuentro en un estado de desvalida incertidumbre, sin saber si me amas, si podrás llegar a amarme algún día, o simplemente a apreciarme. Dios mío, espero no tener que pasar nunca más unos momentos como los que he pasado hasta telegrafiarte. Primero te escribí pidiéndote hablar contigo el próximo lunes, pero luego me di cuenta de que me volvería loco si esperaba hasta entonces para verte. Por esto telegrafié. Sabía que me dirías con exactitud lo que sientes. Te comportaste exactamente como yo esperaba que lo harías, y, si antes no hubiera estado enamorado de ti, lo estaría ahora. No es, no es en absoluto, meramente porque eres tan bella –aunque sin duda es una razón importante y así debe ser- que yo te amo: es tu mente y tu carácter, nunca he conocido a nadie como tú. ¿Lo creerás?
Ahora haré lo que tú quieras que haga. No creo que quieras que me aparte de ti, pero si es así, lo haré de inmediato. Si no, no veo razón para que no sigamos como antes -creo que puedo- y luego, si ves que puedes llegar a amarme, me lo dirás.

Dios mío, veo el riesgo de casarse con cualquiera y ciertamente conmigo. Soy egoísta, celoso, cruel, lujurioso, embustero y, probablemente, muchas cosas más. Me he dicho a mí mismo una y otra vez que nunca me casaría con nadie por estos motivos, sobre todo porque creo que nunca podría controlar estos defectos en presencia de una mujer que fuera inferior a mí, y que me enfurecería gradualmente con su inferioridad y sumisión ... Debido a que tú no eres así, el riesgo es infinitamente menor. Puedes ser vana, egoísta e infiel, como dijiste, pero no es nada comparado con tus cualidades, con tu inteligencia magnífica, tu agudeza, tu belleza, tu sinceridad. A fin de cuentas, nos gustamos mutuamente, amamos el mismo tipo de cosas y de gente, ambos somos inteligentes y, por encima de todo, son las realidades lo que  comprendemos y lo que nos importa ...
(En la imagen, Leonard por Roger Fry)

INCIPIT 921. VIRGINIA WOOLF / QUENTIN BELL

1882

Virginia Woolf era una Miss Stephen. Los Stephen emergen de la oscuridad a mediados del siglo dieciocho. Eran granjeros, mercaderes y receptores de contrabando en Aberdeenshire. Prácticamente no se sabe nada de James Stephen de Ardenbraught, salvo que murió hacia 1750, dejando siete hijos varones y dos hijas. Siguiendo la tradición de su raza, la mayoría de los hijos surcaron los mares en busca de fortuna. Uno de ellos, William Stephen, se afincó en las Indias Occidentales y prosperó en el desagradable comercio de comprar esclavos enfermizos y curarlos lo suficiente para que pudieran venderse. Otro, James, llegó a ser mercader y naufragó en la costa de Dorset. Era un hombre de estatura hercúlea, que se salvó a sí mismo y a cuatro compañeros gracias a su propio esfuerzo y a una petaca de coñac. Era de noche y rugía la tormenta, pero escalaron un acantilado que parecía imposible de escalar y se encontraron en la Isla de Purbeck. Aquí Mr. Milner, el recaudador de aduanas, le socorrió y hospedó, y James llevó el asunto con tanta habilidad que consiguió, no sólo la mayor parte del cargamento del buque, sino también el corazón de Miss Sibella Milner, con quien se casó secretamente.

LYTTON STRACHEY

Virginia Woolf, Quentin Bell, p. 218
El 17 de febrero de 1909, Lytton se presentó en el 29 de Fitzroy Square, se declaró a Virginia y fue aceptado.
En el momento mismo de declararse, Lytton se dio cuenta de que la idea, una idea que había estado meditando durante cierto tiempo y que consideró como una solución a los problemas de su vida privada extremadamente complicada, en realidad no era ninguna solución. Descubrió que le alarmaba el sexo y la virginidad de ella, y le horrorizaba la idea de que ella le besara. Percibió que su imaginado «paraíso de paz matrimonial» era una imposibilidad, no iba a resultar bien en absoluto. Le horrorizaba la situación en la que se había metido, y mucho más porque creía que ella le amaba.
Virginia percibió algo de esto y con tacto cordial le ayudó a escapar. Después de un segundo encuentro, en el que él finalmente declaró que no podía casarse con ella, mientras que ella le aseguraba que no lo amaba, proyectaron juntos un pacífico desenlace.

Para Lytton esto fue, quizás, el fin del asunto. Debió ser totalmente consciente de la naturaleza de sus sentimientos, y es difícil suponer que pudiera de nuevo pensar en semejante boda.Pero para Virginia era distinto. Aunque debió darse cuenta de que las probabilidades eran remotas, aún consideró la posibilidad de casarse con él. Le había dicho a Lytton que no estaba enamorada de él, y creo que no lo estaba. Podía aceptar su personalidad, pero no, cuando llegaba el momento decisivo, su persona. Siempre había sido, Virginia, como más tarde admitió, cobarde en materias sexuales, y su única experiencia de la sensualidad masculina había sido horrible y desagradable. Sin embargo quería casarse: tenía veintisiete años, estaba cansada de su soltería, muy cansada de vivir con Adrian, y apreciaba mucho a Lytton. Necesitaba un marido cuya inteligencia pudiera respetar; valoraba, por encima de todo, la eminencia intelectual y, a este respecto, aún no había aparecido ningún rival. La homosexualidad de Lytton podía muy bien ser una fuente de tranquilidad; como marido, no sería sexualmente exigente y una unión con él, casi fraterna en carácter, podía crecer gradualmente hasta llegar a ser algo real, sólido y profundamente afectuoso.

BLOOMSBURY

Virginia Woolf, Quentin Bell, p. 241
1910 - junio de 1912
En la mañana del 10 de febrero de 1910, Virginia, con cinco compañeros, se dirigió a la estación de Paddington y tomó el tren a Weymouth. Llevaba un turbante, una bella cadena de oro hasta la cintura y un caftán bordado. Su cara era negra. Ostentaba atractivos bigote y barba. De los otros miembros del grupo, tres -Duncan Grant, Anthony Buxton y Guy Ridley- estaban disfrazados más o menos de la misma manera. Adrian estaba allí, con una barba y un sombrero hongo mal ajustado, por lo que parecía, como él mismo dijo, «Un infeliz viajante de comercio», mientras que el sexto componente (y líder) del grupo, Horace Cole, iba vestido convincentemente como un oficial del Foreign Office.
El objeto de su excursión era burlarse de la marina británica, atravesar sus medidas de seguridad y disfrutar de un recorrido en un buque de la armada, el más formidable, el más moderno y el más secreto buque de guerra entonces a flote: el H.M.S. Dreadnought.

Virginia entró casi por accidente a formar parte de esta burla insolente y preparada a medias. Había sido concebida por Adrian y por Horace Cole. Cole era en realidad el principal responsable. Era un joven rico y en muchos aspectos poco razonable, autor de muchas bromas, que había hecho amistad con Adrian en Cambridge. La más espectacular de sus jugarretas había sido una ceremoniosa visita a Cambridge del Sultán de Zanzíbar, o más exactamente de su tío, personificado por Cole, junto con tres miembros de su escolta (uno de los cuales era Adrian) y un intérprete. Fueron recibidos con toda formalidad en las casas consistoriales por el alcalde, presidieron un bazar de caridad, les enseñaron los principales colleges, y los acompañaron a la estación. Cole informó al periódico Daily Mail, que publicó el suceso, por lo que el alcalde se molestó y pidió al vicerrector de la universidad que expulsara a los culpables. Pero la cosa no tuvo consecuencias serias.
(Virginia es la de la izquierda)

DUNCAN GRANT

Momentos de vida, V Woolf, p. 251
Y en cierto momento comenzamos a tratar a una figura con aspecto de fauno, que siempre estaba subiéndose las ropas, parpadeando y tartamudeando de extraña manera cuando, en el curso de sus frases, tenía que pronunciar una palabra larga. Uno o dos años antes, Adrian y yo estábamos ante un cuadro dorado y negro, en el Louvre, cuando una voz dijo: "¿Es usted Adrian Stephen? Yo soy Duncan Grant." Ahora, Duncan comenzó a frecuentar el escenario de Bloomsbury. No sé cómo vivía. No tenía ni un céntimo. El tío Trevor aseguraba que estaba loco. Vivía en un estudio en Fitzroy Square, con una borracha mujer de la limpieza, llamada Filmer, y con un clérigo que asustaba a las muchachas en la calle haciéndoles muecas. Duncan era excelente amigo de Jos dos. Sus amigos le proporcionaban prendas de vestir, que siempre mostraban tendencia a deslizarse hacia el suelo.  Nos pedía prestadas piezas de porcelana para pintarlas y los viejos pantalones de mi padre para ir a fiestas y reuniones. Rompía la porcelana, y dejó los pantalones destrozados al saltar al Cam para rescatar a un niño a quien la amarra de la barca de Walter Lamb, la "Aholibah", arrastró a las aguas del río. Nuestra cocinera, Sophie, le llamaba "ese señor Grant", y se quejaba de que, una vez más, Duncan, comportándose como una rata, le había quitado cosas de la despensa. Pero al fin Sophie quedó conquistada por el encanto de Grant. Parecía que la brisa impulsara a Grant, vagamente, de un lado para otro, pero Grant aterrizaba siempre, con exactitud, en el lugar que quería.

VANESSA BELL

Momentos de vida, Virginia Woolf, p. 21
A Vanessa y a mí, estas conversaciones nos producían, probablemente, el mismo placer que experimentan los estudiantes universitarios cuando hacen amigos por primera vez. En el mundo de los Booth y de los Maxse no se nos pedía que utilizáramos gran cosa nuestro cerebro. Aquí, sólo el cerebro empleábamos. Parte del encanto de aquellas veladas del jueves radicaba en que eran pasmosamente abstractas. No se trataba solamente de que Principia Ethica de Moore nos hubiera impulsado a todos a hablar de filosofía, arte, religión, sino de que el ambiente -a pesar de que Hawtrey no aceptara esta palabra- era en extremo abstracto. Los muchachos a quienes he mencionado carecían en absoluto de "modales", en el sentido que a esta palabra se daba en Hyde Park Gate. Sometían a crítica nuestras argumentaciones con la misma severidad que las suyas. No parecían darse cuenta de la manera en que íbamos vestidas o de si nuestro aspecto era agradable o no. Aquella tremenda carga de la apariencia que George había puesto sobre nosotras en nuestros primeros años había desaparecido. Una ya no tenía que soportar aquella terrible inquisición, después de una fiesta, y escuchar palabras tales como "estabas linda". O "estabas vulgar". O "realmente tienes que aprender a peinarte". O "esfuérzate en no presentar ese aspecto de aburrimiento cuando bailas". O "hiciste una conquista" o "verdaderamente, has fracasado".

GEORGE MALLORY

Momentos de vida, Virginia Woolf, p. 249
De repente se abrió la puerta y la larga y siniestra figura del señor Lytton Strachey quedó detenida bajo el dintel. Señaló con el dedo una mancha en el blanco vestido de Vanessa.
"¿Semen?", dijo.

¿Es que realmente se puede decir una cosa así? Todos nos echamos a reír. Una sola palabra abatió todas las barreras de reticencia y reserva. Pareció que un torrente del sagrado fluido nos arrastrara a todos. La sexualidad empapó nuestra conversación. La palabra sodomita nunca estaba lejos de mis labios. Discutimos sobre el acto de copular con la misma excitación y franqueza con que habíamos disentido la naturaleza del bien. Era extraño recordar cuán reticentes y cuán reservados habíamos sido, y durante cuán largo tiempo. Ahora nos maravillaba que, hasta el año 1908 ó 1909, Clive se hubiera ruborizado, como también yo me ruboricé, cuando, yendo a bordo de un expreso francés, le dije que me dejara pasar para ir al retrete. Ni siquiera había soñado en preguntarle a Vanessa qué pasó en la noche de bodas. Thoby y Adrian hubieran preferido la muerte a explicar las aventuras amorosas de sus compañeros de estudios. Y mientras todos los temas intelectuales se discutían con gran libertad, la sexualidad ni siquiera se mencionaba. Ahora, un chorro de luz iluminó también este tema. Lo sabíamos todo, pero nada habíamos dicho al respecto. Ahora no hablábamos de otra cosa. Escuchábamos con absorto interés relatos de las relaciones amorosas de los sodomitas. Seguíamos los altibajos de sus arlequinadas historias; Vanessa, con simpatía; yo -acaso no había escrito, en 1905, que las mujeres son mucho más divertidas que los hombres-, frívolamente, riendo. Vanessa decía: "Norton me ha dicho que James está desesperado. Rupert se ha acostado dos veces con Hobhouse", y yo complementaba las historias de Vanessa con otra información de cotilleo, igualmente excitante, acerca de un divino estudiante con la cabeza de un dios griego -aunque con mala dentadura, por desdicha- llamado George Mallory.
(En la imagen George Mallory por Duncan Grant)

INCIPIT 920. MOMENTOS DE VIDA / VIRGINIA WOOLF

Tu madre nació en 1879, y supongo que transcurrieron seis años antes de que me enterase de que era mi hermana, por lo que nada puedo decir de dichos años 1. El mejor testimonio de su apariencia es una fotografía, y, en este caso, la cara también revela grandemente su carácter. Ves la suave, ensoñada y casi melancólica expresión de los ojos, y no seria fantasía añadir que en ellos había también una especie de indagación y rechazo, como si, ya entonces, considerara la cosa que estuviera mirando, y no siempre encontrase en ella lo que necesitaba. Pero serÍa ciertamente fantástico imaginar que, a su edad, esto fuera algo más que subconsciente. Por lo demás, cualquier madre que le mirara la cara hubiera sentido que el corazón le daba un vuelco, al ver lo mucho que la hija prometía, por cuanto iba a ser de gran belleza. Y, en este caso, la madre hubiera sentido, asimismo, tierna alegría en su interior, y también clara alegría, por cuanto la hija prometía ya ser honesta y afectuosa. 

1 Tu madre es, naturalmente, Vanessa, la madre de Julian Bell.Las tres criaturitas a las que Vanessa cuida son sus hermanos menores, dos chicos y una chica: Thoby, Virginia y Adrian.

INCIPIT 807. VIRGINIA WOOLF / NIGEL NICOLSON

De niña Virginia Woolf era una gran aficionada a cazar mariposas y polillas. Con ayuda de su hermana y hermanos, solía embadurnar los troncos de los árboles con melaza para atraer y capturar a los insectos y clavar después sus cuerpos sin vida en planchas de corcho, con las alas extendidas y sujetos por alfileres. Su interés no decayó con la madurez y cuando descubrió que también a mí me gustaba cazar insectos, insistió en que saliéramos juntosde expedición por los campos de Long Barn, la casa que mi familia tenía en Kent, a tres kilómetros de Knole, donde había nacido mi madre [Vita Sackville-West]. Yo tenía nueve años. Una tarde de verano mientras peinábamos las altas hierbas con nuestras redes sin atrapar nada, Virginia se detuvo de pronto, y apoyándose en su bastón de bambú como un salvaje descansaría sobre su azagaya, me preguntó: “¿Cómo es ser niño?”. Yo, sorprendido, repuse: “Bueno, Virginia, ya lo sabes. Tú también has sido niña. Yo no sé cómo es ser tú, porque nunca he sido mayor”. Fue la única ocasión en que conseguí sacar lo mejor de ella, dialécticamente.

HENRY JAMES Y VIRGINIA WOOLF

Virginia Woolf, Nigel Nicolson, p. 43
Virginia podía escribir tres cartas largas a destinatarios diferentes en una tarde sin repetir una sola frase. Varía su profundidad y rapidez, como una corriente que se acelera al fluir sobre guijarros y después se serena en las charcas. Casi sin excepción, son cartas anímadas, alegres, solícitas. Cuando cotillea (algo frecuente) no lo hace con malicia, sino como si fuera una caricatura. Tomemos, por ejemplo, su famosa descripción de su primer encuentro con Henry James en Rye:
Me clavó sus ojos negros e inexpresivos -como canicas de niño- y dijo: “Mi querida Virginia, me dicen ... me dicen ... me dicen ... que tú --como digna hija de tu padre y nieta de tu abuelo, descendiente diría yo de un siglo .. . de un siglo ... de péñolas y tinta ... tinta .. . tinteros, sí, sí,  sí me dicen ... ah ... hum ... hum ... que tú, tú escribes, en resumen”. Esto ocurrió en la calle, mientras todos esperábamos, como los granjeros esperan que una gallina ponga un huevo -¿lo hacen?-, nerviosos, educados y apoyados ora en un pie, ora en el otro. Me sentí como un condenado que ve caer la hoja y detenerse y volver a caer.

Virginia no era por entonces la persona inquietante en la que, sin intención pero de forma inevitable, se convertirla al hacerse famosa. Al conocerla parecía tímida, vergonzosa.  Así recordaba Arnold Bennett su encuentro con ella en un café de París en abril de 1907: «El joven Bell [Clive] estaba allí con su esposa, que es la hija de Leslie Stephen. Entraron otra hija [Virginia] y un hijo [AdrianJ. La mujer de Bell era ligeramente atractiva; la otra hija no ... quiero decir, físicamente. Todos parecían bastante jóvenes, gente muy decente, que llevaban muy bien el peso de su apellido», cuando ya habían conseguido quitarse de encima ese peso.
En la imagen Virginia y Vanessa

BLOOMSBURY

Virginia Woolf, Nigel Nicolson, p. 88-89
Bloomsbury volvió a reunirse durante los años de posguerra. Trece miembros del grupo formaron una sociedad llamada Memoir Club, que perduraría hasta 1956 reemplazando con jóvenes a los fallecidos. El club tenía un propósito extraño: leerse unos a otros recuerdos de juventud. Los textos se escribían para entretener y a menudo se sacrificaba la verdad en beneficio de la fantasía. Cuando años más tarde se publicaron algunos de los relatos, faltaron las matizaciones y las puntualizaciones a las procacidades. Por ejemplo, la hiriente versión de George Duckworth ofrecida por Virginia mancha desde entonces la reputación de un individuo convencional pero que, en esencia, fue un buen hombre. Bloomsbury tenía mucho de lo que mostrarse reticente en público, aunque no avergonzado. Sus componentes se habían aposentado en piscinas separadas pero comunicadas. Los Woolf vivían en Rodmell, tan felices que en opinión de Virginia formaban la pareja más satisfecha del país. Además estaba Garsington, donde Ottoline Morrell ofrecía su generosa  hospitalidad a los bloomsburianos para recibir en recompensa las burlas de ellos, si bien Virginia, que enseguida se sumó a las visitas, admitiría «la integridad fundamental » de Ottoline y cierto «elemento de magnificencia». Estaba también Mili House, en Tidmarsh, donde Lytton Strachey cohabitaba con Carrington, que estaba enamorada de él aunque Lytton amaba a Ralph Patridge, quien acabaría casándose con Carrington. Y por último, Charleston, el centro de todo el circuito, donde Vanessa presidía las reuniones junto con su amante Duncan Grant y David Garnett. Cuando una prima de las hermanas, Dorothea Stephen, desaprobó la moral de Vanessa y dudó si debía visitarla, Virginia cambió la pluma por el lanzallamas: «No puedo permitir que vengas sin decirte primero que estoy plenamente de acuerdo con la conducta y las opiniones de Vanessa». No se trataba solo de lealtad hacia una hermana. Era la confirmación de que la gente de Bloomsbury podía vivir con quien quisiera, fuera del sexo que fuera, porque se querían y eso era mucho más decente que seguir viviendo por decoro con alguien a quien ya no amabas.

De vez en cuando Virginia se encontraba demasiado enferma para trabajar. En el verano de 1921 estuvo tan a menudo postrada en cama con jaqueca e insomnio, síntomas de que se aproximaba otra crisis nerviosa, que a veces temía por su vida.
En l aimagen Virginia y sus amigos disfrazados de de la realeza abisinia.

DIARIO DE LA CRIADA DE VIRGINIA

De Una habitación ajena de Cristina Giménez Bartlett, p.98
Día 27 de noviembre de 1919

Escribo para decir algo importante lo más importante y es que el lunes fuimos Lottie y yo a ver a la señora `Virginia Woolf] y le dijimos que nos marchamos que nos despedimos. Yo no quería de ninguna manera pero al final supongo que Lottie lleva razón y que no tenemos ayuda de ninguna asistenta y nos pagan poco. En pocos días los señores han dado tres cenas y dos tes. Por si fuera poco Angelica el bebé de la señorita Vanessa [Belll, de soltera Woolf]y su niñera están en casa desde hace una semana y la niñera no sabe hacer nada ni tampoco se ofrece a hacer nada que parece  mentira que en su día la contrataran. Pues bien la señora se ha puesto seria y nos miraba fijamente pero después mientras nosotras hablábamos se ha tranquilizado y decía que sí con la cabeza y al final ha dicho que lo comprendía y que lo lamentaba mucho pero que estábamos en nuestro derecho de no querer trabajar tanto y de querer buscar un puesto mejor. La verdad es que nos hemos quedado bastante paradas porque Lottie juraba que la señora se quedaría de una pieza y que se vería caer encima un montón de problemas y que intentaría  convencemos para que no lo hiciéramos. Pues bien hoy es jueves y aún estamos esperando que la señora nos diga algo. Lottie decía que nos subiría un poco el sueldo o que a lo mejor contrataba una asistenta aunque fuera un día a la semana. Pero nada la señora se comporta como si nada hubiera pasado y yo tengo mucho miedo porque no tenemos ninguna otra casa buscada y si de repente sale con que tiene dos nuevas criadas entonces nos quedaremos en la calle. Le digo a Lottie que vayamos a decirle que nos quedamos y que lo olvide todo pero ella dice que aguantemos un poco más a ver qué pasa. Me paso los días muy nerviosa y duermo mal porque estoy convencida que la señora es capaz de dejamos marchar como si no nos conociera de nada y la verdad que pensarlo no es agradable después de tanto como yo he hecho por ella y además a ver a quién encuentra que bañe al bebé cada día sin tener obligación y que le haga tantos cariños como yo e incluso papillas especiales con fruta fresca que busco en el mercado. Pero la vida es así y me doy cuenta de que Lottie lleva razón que estás muy sola y hasta incluso con la familia siempre estás muy sola.
Rn la imagen Vanessa por Virginia

SEÑORES Y CRIADAS

De Una habitación ajena de Alicia Giménez Bartlett, p.60
A principios de siglo el número de criadas en las casas ricas continuaba siendo alto. Nadie pensaba de modo práctico acerca de qué número de ellas necesitaba en relación al trabajo doméstico. Tampoco eran un simple detalle suntuario. No, estaban allí porque habían estado siempre, y nadie concebía un
apellido digno que anduviera escaso de ellas. Seis criados es una cifra media que nos permite hacemos una idea. Sin embargo, en algunas familias adineradas, no necesariamente grandes fortunas, podía haber fácilmente diez. En el caso de los Vanderbilt, los Rothschild y otros millonarios de la época, debe contarse siempre a partir de veinte, por cada una de las casas que poseían, naturalmente. Los Stephen, padres de Virginia Woolf, tenían ocho criadas en el22 de Hyde Park Gate. Durante la guerra estas condiciones variaron radicalmente. Había posibilidad de trabajar y obtener buenos salarios en las fábricas, de modo que la mano de obra femenina llegó a escasear. En especial porque las muchachas más jóvenes empezaron a considerar aquel trabajo como algo poco deseable, y no por su dureza, no olvidemos lo que era el trabajo en cadena de fabricación durante agotadoras jornadas, lo que le hacía tener mala prensa era el aislamiento al que una muchacha se ve por fuerza sometida en régimen de criada interna. Si los señores vivían continuamente en el campo o pasaban temporadas en una segunda residencia, el servicio estaba por completo cautivo de las circunstancias. Pero también en la ciudad la dificultad de hacer amistades o moverse con libertad existía. La misma Vrrginia
Woolf, en sus diarios, concluye que la gran dificultad de relación con el servicio es el hecho de tener encerradas a dos jóvenes en la cocina mientras Leonard y ella están en el sa16n.

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