Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma
Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel
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SAN BLAS


La mala costumbre, Alana S. Portero, p. 16

Nuestros edificios eran parte de un gran proyecto franquista de construcción de viviendas de los años cincuenta bautizado como «El Gran San Blas», que antes se llamaba el Cerro de la Vaca, nombre que debía de olerles a sudor y mierda a las autoridades fascistas. Los cobradores a domicilio lo llamaban «el barrio sin madres» porque solían abrirles las puertas de las casas niños sin escolarizar; a las luminarias del régimen no se les ocurrió que las más de treinta mil familias que fueran a parar allí necesitarían colegios cerca para sus hijos y tardaron años en cubrir esa necesidad, también la del agua corriente o la de los mercados en los que abastecerse, que fueron llegando con la lentitud y la dejadez de las cosas que no le importan a quien es responsable de ellas. Los obreros nunca fueron vistos por el franquismo de otra forma que como bestias de carga que estabular en la periferia. Ese abandono generó una conciencia de clase en el barrio que las autoridades de la Transición democrática decidieron atajar a finales de los setenta y durante toda la década de los ochenta con jeringazos de heroína casi regalados. La droga fue la última forma de ejecución sumarísima de disidentes de un régimen que había encontrado la forma de perpetuarse.


SICARIOS


La palabra que aparece, Enrique Díaz Alvarez, p. 254

Los sicarios entrevistados saben bien que su trabajo es ilegal, pero su discurso revela que lo asumen y justifican como un oficio que les permite aspirar a más en un país que les niega por nacimiento cualquier otra posibilidad de movilidad social. Su ambición de superación está ligada a poder incorporarse a una lógica de consumo -objetos, experiencias y distracciones- que su miseria les veta. Ese trabajo es un medio para acceder y ser parte de un sistema del que se sienten excluidos. Desechados. En las entrevistas, resulta significativo cómo valoran la disciplina y el conocimiento del uso de las armas: el orgullo con que hablan de su «aprendizaje», su «capacitación» o el «entrenamiento».

Esta «escolarización» no es en modo alguno figurada. En agosto de 2017, un joven reclutado como sicario logró escapar de un campamento en el que el cartel Jalisco Nueva Generación entrenaba a sus sicarios. A partir del testimonio de ese superviviente, conocimos que aquellos hombres habían sido reclutados por falsas ofertas laborales publicadas en las redes sociales. Al llegar al supuesto lugar de la entrevista laboral, los despojaban de sus teléfonos móviles y los trasladaban por la fuerza a aquellos campamentos. Una vez allí les informaban de que el trabajo ofrecido no era de encuestadores, vigilantes de seguridad privada o guardaespaldas, sino de sicarios de la organización criminal. A esos jóvenes recién llegados, de entre veinte y veinticinco años, les ofrecían un sueldo de hasta cuatro mil pesos y los amenazaban con tomar represalias sobre su familia si rechazaban la oferta.

Quienes rechazaban el trabajo eran torturados y asesinados inmediatamente ante la vista de los otros. Luego, un salvadoreño identificado como «Samuel N» -probablemente un antiguo migrante secuestrado y reclutado- se encargaba de descuartizar y quemar los cuerpos. Aquellos que sí aceptaban el encargo eran entrenados, al menos durante diez días, en el manejo de armas y el dominio de tácticas de combate y defensa. Una vez «licenciados», se les enviaba a poblados cercanos para sustituir a encargados de puntos de distribución de droga que habían sido asesinados o desaparecidos por los grupos rivales.


TIMOTHY LEARY


Yo estoy vivo y vosotros esatis muertos. p. 148

Leary, que hasta ese momento había sido considerado un excéntrico inofensivo, comenzó a hacerse escuchar, a pronunciar conferencias y a explicar a los periodistas que se acercaba un momento crucial en la historia de la humanidad. No era una coincidencia fortuita el hecho de que Albert Hofmann hubiese descubierto el LSD en el mismo momento en que Enrico Fermi descubría la fisión del átomo. El hombre recibía por un lado el instrumento para destruir su propia especie y, por el otro, la posibilidad de acceder a un nivel superior de la evolución. Si aceptaba el segundo don, podría sumergirse en los océanos inexplorados que su cerebro escondía, superaría al Homo sapiens, entraría en una sabia y alegre comunión con el cosmos, conocería a Dios, y, en cierto modo, sería Dios.

Por sí solos, esos discursos no hubiesen convencido a mucha gente. Pero, a diferencia de otros iluminados, Leary poseía el material, suministrado por los laboratorios Sandoz, que los ratificaba. En realidad, todos los que se sometían a los terribles efectos del LSD salían, en el peor de los casos, consternados y, la mayoría de las veces, convertidos. Intelectuales de prestigio y artistas, pero también hombres de negocios, como el jefe de la fundación Ford, se convirtieron en sus prosélitos. Leary obtuvo una autorización de la administración penitenciaria para que los detenidos de la prisión del estado de Concord, Massachusetts, fueran sometidos a una cura con LSD: la absorción de aquel nuevo sacramento colmó a esos criminales impenitentes de aspiraciones místicas que maravillaron a sus guardias.

Por miedo a tener que avalar esas experiencias tan poco compatibles con el rigor científico, las autoridades de Harvard despidieron a Leary, consolidando de este modo su vocación de profeta. Trataba de sepulcros blanqueados a sus detractores, citaba la fórmula de Niels Bohr según la cual una nueva verdad no se impone porque convence a sus adversarios, sino porque sus adversarios terminan muriéndose y son sustituidos por una nueva generación para la cual esa verdad es perfectamente natural. En una mansión que un mecenas le había prestado, Leary reunió a una comunidad de fieles que, bajo su dirección y entre el humo del incienso y las notas del raga hindú, se consagraron a la exploración metódica de los mundos que el ácido les abría. Un libro hacía de guía para esos viajes: el Bardo Thodol. El libro tibetano de los muertos. Este auténtico Baedeker de los espacios interiores era el regalo de despedida del viejo Aldous Huxley a la nueva generación: decían que había pedido que se lo leyeran en su lecho de muerte y que, unas horas antes del fin, había pedido una inyección de LSD, no por cobardía, sino al contrario, para aprovechar plenamente su paso a mejor vida.


AA


Iluminada, Mary Karr, p. 298

Una mujer sale a la palestra y dice que su poder superior la ha ayudado a asistir a una boda de la familia sin probar ni gota de alcohol, a pesar de que sus beodos parientes intentaron obligarla a tragar toda clase de cócteles, y yo a duras penas contengo el impulso de salir pitando de alli. Poder superior mis cojones, oigo decir a mi padre, y La Iglesia es una estafa para !os pobres. Miro de reojo al profesor de clásicas, que levanta los pulgares como si la mujer hubiera marcado un touchdown, y pienso: ¿En qué clase de mundo de fantasía me he metido, que los ricos piden consejo a los pobres? En cualquier momento podría levantarse un predicador con una serpiente en la mano y arrancarse a bailar mientras su esposa menor de edad pasa la gorra. Me echo más crema en las manos y me quedo sentada en el filo de la silla igual que un pajarillo encaramado a un cable.

El tipo de delante apela a una señora con traje de Chanel rematado con botones dorados y largas cadenas colgantes. Parece sacada de las páginas de una revista de ocio para ricachones. Relata que solía esconder la botella de vodka dentro de un pavo que guardaba en el congelador del sótano. Mientras cocinaba, bajaba, la sacaba y pegaba un lingotazo. Y su familia, que había intervenido ya dos veces, revolvía cestas de ropa sucia y roperos, buscando sin éxito el alijo. Hasta que una noche, nos cuenta con voz quebrada, se había formado tanta escarcha que no fue capaz de extraer la botella y tuvo que levantar al pavo entero y beber de él.

Dice: Y ése fue mi momento de lucidez, el momento en que pensé: La gente no bebe de esta manera. En vez de despreciarla por sus pecados cual institutrices, los presentes se parten de risa -yo incluida- mientras ella esboza una sonrisa de asombro. Y, como yo nunca he bebido vodka de un ave congelada, me digo que a esta puta loca no le llego ni a la suela de los zapatos.

Otro fulano cuenta que enterró muchas botellas en el jardín de la casa de su madre justo antes de que lo obligaran a desintoxicarse. Recién salido de la cliníca, sólo tenía que esconderse una pajita dentro del bañador. Cogía una toalla, el aceite bronceador y salía, con la excusa de tomar el sol. Su madre lo espiaba todo el día a través de la puerta corredera y se quedaba de una pieza cuando a última hora de la tarde lo veía entrar haciendo eses, borracho perdido y colorado como un cangrejo. Más carcajadas, y oigo cómo me sumo al clamor general, porque este grupo está más vivo y monta más bullicio que la concurrencia  de la mayoría de discotecas.

¿Fue en esta misma reunión donde un hombre contó la historia de cuando intentó ahorcarse? La soga no estaba en condiciones y al anochecer su mujer abrió la puerta del garaje y se lo encontró borracho perdido.


PROBLEMAS

Instrumental, James Rhodes, p. 164
Daba igual que esa separación fuese lo que convenía hacer. Que, a largo plazo, fuera sin duda lo mejor. Me había convertido  en uno de esos hombres que tiran la toalla, que se largan cuando la situación se vuelve tan real que jode. Alquilé un pequeño semisótano, compré un piano vertical de mierda, y me aseguré de tener una habitación libre en la que pudiera dormir Jack. Me despertaba casi todas las mañanas para ir a buscarlo y llevarlo al colegio en autobús (para entonces ya habíamos vendido el coche). Hice todo lo posible por ser el mejor padre  para él. Pero no por eso dejaba de ser un rajado. Podía imaginar el momento del futuro, al cabo de unos cuantos años, en el que mi hijo, en proceso de terapia, me diría: «Papá, me abandonaste», y no se me ocurría cómo negárselo.
La inestabilidad empezó a aumentar. No ayudó que acudiera a la policía para tratar de exorcizar algunos de mis demonios del pasado. En Earl's Court tienen una unidad de protección infantil. Fui a prestar declaración contra el señor Lee, para ver si podían localizarlo y lograr que se responsabilizara de sus actos. Lo hice para cerrar mi proceso, para que hubiera justicia, para tratar de reconciliarme con mi yo de la infancia y proseguir con el sano inicio que había inaugurado en Phoenix. Fue algo inútil. Y muy doloroso. Estuve unas tres horas delante de una videocámara dando detalles que nadie tendría que verse obligado a dar. Esquemas del gimnasio, qué había pasado y en  qué sitio, con cuánta frecuencia, dónde se corría, cuándo, qué tipo de relaciones sexuales, qué posturas, qué accesorios utilizaba, que si me lo tragaba, que a qué sabía (en serio), etcétera, etcétera. Aquello fue brutal, vergonzoso, infame. Y después de todo eso me dijeron que se habían puesto en contacto con el colegio y que no existía ningún registro de que alguien con ese nombre hubiera trabajado allí. La policía supuso que era un nombre falso, no podían encontrarlo ni se podía hacer nada.

En ese momento me dio la impresión de que todos los progresos que había conseguido durante mi estancia en Phoenix desaparecieron. Volví a comprar cuchillas y a lesionarme.

DROGAS

Instrumental, James Rhodes, p. 82
Enseguida dejé de ir a clase, tomaba tanto ácido que no podía distinguir la realidad de la fantasía, fumaba heroína (lo mejor y lo más idiota que he hecho en mi vida, todo a la vez), fumaba marihuana compulsivamente, compraba grandes cantidades de cocaína y speed (en teoría para traficar, en la práctica para esnifarlos con ansia), robaba en las tiendas, me aislaba y no tenía ni un solo amigo. Ni uno. Hubo una chica, guapa y buena. Pero al cabo de una semana de estar conmigo me aseguró con valentía que lo que necesitaba era una enfermera, no una novia, y que si no paraba de colocarme jamás me volvería a hablar. Y mantuvo su palabra, menos mal.
Casi todo lo que pasó en ese año se me ha borrado de la memoria. Tengo algunos destellos: recuerdo a la policía siguiéndome, una ocasión en que fui en coche a un sitio a las tres de la madrugada y después no supe cómo había vuelto, otra vez en que salí de Londres, puesto hasta las trancas, en medio de la noche, y que conseguí llegar en coche a Edimburgo en poco más de cinco horas (normalmente se tarda unas siete); también recuerdo haber intentado, siempre sin conseguirlo, tirarme a varias chicas, haber conducido en dirección contraria por   calles de un solo sentido porque «así se va más rápido», haber consultado a un médico que me dijo que tenía la capacidad pulmonar de una persona de sesenta años (ésa es la consecuencia de fumar drogas duras que te cristalizan en los pulmones), haber deambulado por la ciudad en mitad de la noche con alucinaciones y hablando con desconocidos.

Los efectos secundarios eran desagradables. Destructivos y, por eso, gratificantes, pero desagradables. Cuando volví a casa al terminar el primer año y mi madre vio que me había deteriorado física y mentalmente hasta tal punto que ya no podía justificárselo a sus amigas diciendo que lo mío eran «travesuras de adolescente», me mandaron a un psiquiatra. Fui sin oponer resistencia. Ya me había quedado sin fuerzas para luchar y a esas alturas me era más fácil hacer lo que me mandaban. El hombre estuvo hablando conmigo unos veinte minutos, hizo una llamada  y enseguida me trasladaron a un hospital con cerraduras en puertas y ventanas, enfermeros callados y bruscos, y espléndidos medicamentos.

ALCOHOL

Instrumental, James Rhodes, p. 78
Qué espantoso es tener una pasión que dicta cada segundo de tu vida y carecer de la valentía moral para desarrollarla.

La segunda cosa que quería comentar es que descubrí el alcohol. Ya me había emborrachado antes (el profesor de gimnasia y otros habían recurrido a él a veces para ablandarme), pero nunca lo había elegido, no lo había comprado, no lo había consumido por voluntad propia. Tras descubrirlo, con trece años, se convirtió en lo único que podía compararse con escuchar aquella pieza de Bach. Beberme media botella de vodka, caerme por las escaleras, vomitar por todas partes, acabar en el hospital, que estuvieran a punto de echarme del colegio, la vergüenza y el espanto de mis padres, la entrevista con la policía (el vodka era robado) ... , nada de eso afectó a mi fascinación lo más mínimo. Había encontrado otro mejor amigo para los momentos en los que el piano no estaba disponible. Y recurría a él siempre que podía porque era como un elixir mágico que lograba que todo el ruido desapareciera, me hacía sentir que medía un metro ochenta y que era indestructible, era lo único que conseguía tranquilizar mi cabeza un poco, y me aseguraba un viaje gracias al cual salía de mi cuerpo y de mi mundo interior al cabo de quince minutos.

DMZ

La broma infinita, DF Wallace, p. 197
El descubrimiento del DMZ fue el resultado final de 143 investigaciones de los años sesenta, justo cuando el doctor Allan Watts ponderaba la invitación de T. Leary de convertirse en «Escritor de Resonancia» en la colonia utópica de LSD-25 de Leary en Millbrok, Nueva York, en lo que ahora es suelo canadiense. El increíblemente potente DMZ, una sustancia cuya síntesis casual hizo que el químico de Sandoz se retirara prematuramente y se dedicara en adelante a mirar las paredes sin pestañear, tiene una reputación química marginal y popular como la sustancia más tremenda que jamás se haya creado en un tubo de ensayo. Asimismo, es el compuesto recreativo más dificil de obtener en Norteamérica después del opio puro vietnamita, del cual es mejor olvidarse.

A veces, en algunos círculos químicos metropolitanos de Boston, la gente se refiere al DMZ como Madame Psicosis, nombre que le ha puesto una personalidad de culto a un programa de altas horas de la madrugada en la emisora estudiantil WYYY-109, del MIT, “Todos los Principales en la Banda FM», que escuchan casi religiosamente Mario Incandenza y el genio de las estadísticas y maestro de las partidas de Escatón de la AET Otis P. Lord. 

LOS EFECTOS DE LA DROGA

El rey pálido, DF p. 469
¿Y sabéis lo que aquello quería decir? Que en aquella caja había 224 gramos de metanfetamina pura farmacéutica. ¿Sabéis el efecto que hasta la metanfetamina de mierda adulterada en un laboratorio casero puede tener en el sistema nervioso de un chaval de veinte años?
-Yo la habría vendido y habría usado los beneficios para invertir en plata Y luego habría ido a mis profesores y les habría tirado de las barbas y les habría dicho que ahora podía comprarlos y venderlos si me daba la gana, y que se chuparan aquello si querían.
-No vendimos lo bastante, os lo aseguro. Pero lo que colocamos sembró el caos. Las clases eran un zoo. Los mismos chicos con granos que antes se sentaban en la última fila y nunca decían ni pío ahora se dedicaban a agarrar a sus profesores por las solapas y a citar la teoría de la plusvalía con voz de interrogadores de las SS; auténticos pilares de la Asociación Newman ahora se dedicaban a copular lánguidamente en las escaleras de la biblioteca; la enfermería estaba asediada por estudiantes de filosofía suplicando que alguien les apagara la cabeza; toda la defensa del equipo de fútbol americano de la Washington University fue encarcelada por asaltar al repartidor del agua del equipo de la Kansas State. Las mismas alumnas cuyos hímenes antes se podían usar como puertas de cámaras acorazadas ahora estaban haciéndolo en la maleza de aliado de la Lambda Pi. La mayor parte de los dos meses siguientes los pasamos haciendo de Rescatadores, en la furgoneta, contestando llamadas de emergencia de chicos que habían comprado una décima de gramo de aquello y ahora tenían a sus novias colgadas del techo por las uñas, haciendo rechinar sus dientes blancos y perfectos hasta dejárselos en puras encías. ¡Patrulla de Rescate!

-Nos pasamos una semana seguida despiertos, todos hasta las cejas de metanfetamina y sin bajar nunca del colocón, porque bajar de la metanfetamina es como pasar una gripe terrible mientras estás en el infierno, y a Boyce le habían salido marcas permanentes en las manos de lo fuerte que agarraba el volante de la furgoneta, y todos teníamos unos ojos que parecían de esos que venden en las tiendas de artículos de broma, y lo más cerca que estábamos de comer eran los estremecimientos de asco que nos venían cada vez que veíamos el letrero de un restaurante

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