Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma
Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel
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ADOLFO SUAREZ


Cualquier cosa pequeña, Rafael Roig, p. 62

España es un desguace, por eso nos llaman así. La inflación supera el veintiséis por ciento, el paro anda en las mismas, hay huelgas a diario, por no hablar de los atentados terroristas. Ahora quieren firmar entre todos los grupos políticos un pacto con severas medidas económicas, ellos sabrán por qué. El presidente Suárez es simpático, como cualquier otro arribista, y tiene un atractivo pasado de moda, ya sabes, pelo cortado a navaja, ternos y la fea costumbre de meter los pulgares en los bolsillos del chaleco, y una manera de fumar sacada de las películas de gánsteres, en fin, parece un jugador de billar fanfarrón en algún casino de provincias. Pero gusta a las mujeres, Ginny; gusta a las madres, les encantaría acostarse con él o al menos que lo hiciera su hija, y que así él fuera su yerno. Con eso se ganan las elecciones en las democracias, muchacho.

_¿y las Canarias? -pregunta Loyola, que ya conoce la respuesta.

-Eso lo llevan en la sección de Islas Próximas. Las islas somos la mejor forma de convivencia, porque tenemos menos prisa. Madeira, Azores ... Nada nuevo ni nada peor, es lo que me dicen. ¿y vosotros?


PERIODISMO


Un tal González, Sergio del Molino, p.328

Eran buenos tiempos para la prensa. Nunca se habían vendido tantos periódicos ni se había hecho tanto dinero. Tradicionalmente, el periodismo en España había sido un oficio de señoritos, porque muy pocos se hacían ricos con él, y sólo los niños de cuna meneá podían ejercerlo, sin cobrar o cobrando miserias, porque la manutención corría a cargo de la familia. Aunque Larra había cobrado más que la mayoría de las estrellas de la tele del siglo XX, su caso era muy excepcional. Hasta la transición democrática, los redactores eran profesionales esforzados y tirando a humildes, golfos que se gastaban la paga en los bares, dormían de día y  daban sablazos a la hora de cenar. A partir de la década de 1980, esto cambió. Los sueldos mejoraron bastante y las posibilidades profesionales se multiplicaron en un paisaje de nuevos medios y viejos periódicos reformados que ingresaban mucho dinero y tenían accionistas poderosos y generosos. Nunca se había trabajado con tantos recursos y tanta libertad. En la década de 1990, con la apertura de las televisiones privadas, las guerras por la audiencia de las radios y la fundación de periódicos como El Mundo, la profesión entró en una orgía. Presentadores de Televisión Española que habían ganado un sueldo decente se hicieron millonarios, a algunos columnistas los fichaban como si fueran jugadores de fútbol y los locutores de radio de la mañana iban a la emisora con chófer. La puesta de largo de la AEPI fue en Marbella, la meca del lujo y de la beautifal people, porque Antonio Herrero, locutor estrella de la Cope, tenía casas allí y pasaba parte del año entre los ricos de Europa.

Esto sucedía en Madrid. En Barcelona y en el resto de España el oficio seguía siendo paciente y artesano, pero Madrid era más que una fiesta. Un martes cualquiera, a las tantas de la madrugada, una cuadrilla de periodistas ricos desafinaba en torno al piano del Toni 2 de la calle Almirante. Entre canción y canción de Manuel Alejandro, se jactaban de las reputaciones que habían quemado en la pira de sus columnas. Tenía razón Cebrián en su artículo cuando decía: «Las columnas de los diarios se utilizan en ocasiones como puñales que asesinan famas, conciencias, carreras y vidas privadas sin otra justificación, a veces, que la propia emulación personal del periodista, sus rencores o venganzas, aunque la historia no encierre ejemplaridad social, no tenga consecuencias para la comunidad y no resulte esclarecedora de nada que no sea las propias ínfulas del informador».


EN TIEMPOS DE LA REFORMA

El amor del revés, Luigsé Martín, p. 54-55
Leía las crónicas épicas que se hacían sobre esos travestís, junto a las fotografías, para reforzar mis convicciones: en las operaciones de cambio de sexo, decía Graziella Scott, se producían un veinte por cierto de muertes. Ella había corrido ese riesgo para poder llegar a ser una vedette de cabaret y soñaba con casarse con un hombre “guapo, con dinero, muy conocido y muy apasionado, e inteligente”Un matrimonio, desde mi punto de vista de aquella época, más difícil que el de Gregario Samsa con Anna Karénina.
La segunda sección que me embeles aba era el concurso “Chico del Año”, en la que se reunían las fotografías amateurs de una serie de participantes de diferente pelaje que soñaban con triunfar en el mundo del espectáculo. Algunos posaban desnudos, obscenos, pero la mayoría de ellos, más recatados, enviaban imágenes melindrosas junto a una descripción angelical de sí mismos. El paso del tiempo ha convertido aquellas fotos en inocentes y rancias, pero cuando yo las veía me sentía trastornado por la cercanía de los muchachos que formaban parte del elenco: eran chicos normales, de aspecto vulgar, que podrían confundirse con mis compañeros de clase o con mis vecinos. De hecho, siempre miraba las fotografías con la esperanza de encontrar a algún conocido que me permitiera descartar la sospecha –nunca demasiado seria- de que aquella sección de la revista era un artificio teatral hecho con actores contratados. Había uno de aquellos postulantes que me aturdió especialmente. Cuando tiré la revista, al segundo día, recorté su fotografía, que era más fácil de ocultar, y la guardé entre las páginas de un libro de Juan Carlos Onetti que nadie iría a buscar: La vida breve. Conservo la fotografía y trato de imaginar cómo será ahora ese muchacho de rostro rufianesco y desafiante que, sentado en una silla de cocina, con las piernas bien abiertas y la verga sin guaridas ni disimulos, miraba a la cámara con soberbia. Se parecía al Roben de Niro de Taxi Driver: la nariz grande, los ojos bizarros y enigmáticos, el cuerpo de músculos tensos. Se llamaba José Antonio, tenía dieciocho años y vivía en Madrid. Reclamaba para sí una oportunidad que le permitiera demostrar sin rémoras su talento.

La tercera sección era la joya espiritual de esos papeles mal impresos. Se trataba de un consultorio sentimental titulado “De tú a tú” y dirigido por el periodista Luis Arconada. Los lectores escribían cartas contando sus problemas sexuales o emocionales, y los expertos de la revista les ofrecían soluciones razonables y les consolaban de sus dolores. Yo había crecido escuchando en mi casa cada tarde el consultorio radiofónico de Elena Francis, donde proliferaban los relatos melodramáticos de amores terribles y de malquerencias, pero nunca había imaginado entonces que alguien tuviera la desvergüenza de confesar en público pasiones inmorales semejantes a las que a mí me atravesaban los pensamientos. En aquellas páginas leí por primera vez historias conmovedoras de personas -de hombres- que sentían con el mismo extravío que yo.

LA TRANSICION

El Sistema, Ricardo Menéndez Salmón, p. 53-53
Las diecisiete Sustancias de Realidad mantienen entre sí una cohesión forzada, aunque felizmente funcional. Hace décadas, tras la muerte del Rector (términos corno Tirano o Conductor han sido borrados de la historiografía realista), sus hombres de confianza, herederos de cuarenta años de oligarquía, realizaron una pirueta de riesgo, pero que ha merecido las alabanzas de los Ideólogos.
Fue voluntad del Rector que un Rey heredara la dirección de la isla, pero que afrontara dicha dirección como un figurante, vale decir corno un hombre de paja, un estafermo de prestigio, un factótum edulcorado. Los logros de esa operación quedarían en la contabilidad del Rey, en su haber innegociable, prestigiarían su figura. A cambio, y al amparo de las nuevas formas, los hombres del Rector disfrutarían de una vejez tranquila y subterráneamente, que es corno se consolida el Sistema, sus ideas pervivirían. El efecto de esta reelaboración es tan polémico como eficaz.
Por un lado, Realidad conserva, como genotipo indestructible, las cualidades que el Rector quiso para la isla; por otro, las Sustancias, articuladas en torno a una disciplina plural, han podido organizar un atisbo de independencia. Todos han salido ganando con la operación salvo la Verdad Histórica, flor expuesta a multitud de vientos e inexistente más que como símbolo.

Los conflictos se han resuelto sin excesivo encono, aunque las peculiaridades de algunas de las Sustancias de Realidad han creado fracturas que durante décadas han conmovido sus cimientos. Se ha pagado con sangre en ocasiones; en otras, con el sometimiento a una casta de poderosos. No en vano, el mandarinato es la profesión de fe más enraizada en suelo realista. Escapar a su sombra a estas alturas de la Historia Nueva (o de la Poshistoria: el Narrador no acaba de acostumbrarse a la nueva nomenclatura) se antoja una operación, si no imposible, complejísima. 

VICTIMAS DE LA TRANSICION

Daniela Astor y la caja negra de M. Sanz, p.144
La muerte de Sandra Mozarowsky inaugura la colección de muertes prematuras y destinos rotos que pueblan las páginas de un voluminoso cronicón amarillo: Azucena Hernández, Miss Cataluña, se transforma en una mujer tetrapléjica con las muñecas retrotraídas en una mutación impresionante; lnma de Santis, la muchacha con cara de doña Inés, muere en un   accidente automovilístico en Marruecos -a su recuerdo algunos devotos le dedican un blog que eleva a lnma a la categoría de santa intelectual, dotada actriz y directora de cortometrajes-; Nadiuska, leona alanceada de triste pasado centroeuropeo, la pasión por o de Damián Raba!, la exportación de carne, la esquizofrenia, la mendicidad, los manicomios, las monjitas, los programas de caridad televisiva que acuden a salvarla y venden una radionovela de posguerra cutre; Marcia Bell, Gabriela Isabel Jakavicius Januleviciute -¿quién le dijo a esta mujer que se cambiara el nombre?-, malquerida, quizá prostituta de alto standing, Marcia Bell ingiere trescientas setenta y dos pastillas azules después de acordarse de su insigne progenie de rusos blancos, de mirarse al espejo y descubrir, entre el rubio oxigenado, las guedejas negras, el abotargamiento, la ojerita: «Quise que mi suicidio fuera perfecto», dice Gabriela Isabel, pero ya no le queda fuerza ni para esa perfección a lo Thomas de Quincey; Amparo Muñoz, el universo, la adicción a la heroína, las vidas especulares de esas mujeres que son más bellas que las diosas, rostros para esculpir en la superficie del camafeo, Ava Gardner se agarra a su botellita de alcohol y de repente se mueve el tobillo de una estatua griega, sale Ava de entre los rígidos pliegues de la clámide y los hombres, deslumbrados, incrédulos,  amedrentados, atesoran los pellejitos de Amparo y de Ava, cuernos de rinoceronte, cabezas de toro, reliquias que han de conservarse dentro del relicario, un dedo del pie, la polvera, los leotardos de punto, el tumor cerebral dentro de un frasquito, otra vez, la muerte ...

MAS SOBRE LA TRANSICION Y LA MORAL Y LA IMPOSTURA

De El impostor de Jabier Cercas Me gustaría responder sí. Respondo: sí, aunque sólo en parte. Marco se inventó un pasado (o lo adornó o lo maquilló) en un momento en que alrededor de él, en España, casi todo el mundo estaba adornando o maquillando su pasado, o inventándoselo; Marco reinventó su vida en un momento en que el país entero estaba reinventándose. Es lo que ocurrió durante la transición de la dictadura a la democracia en España. Muerto Franco, casi todo el mundo  empezó a construirse un pasado para encajar en el presente y prepararse el futuro. Lo hicieron políticos, intelectuales y periodistas de primera fila, de segunda fila y de tercera fila, pero  también personas de todo tipo, personas de a pie; lo hizo gente de derechas y gente de izquierdas, unos y otros deseosos de demostrar que eran demócratas desde siempre y que durante el franquismo habían sido opositores secretos, malditos oficiales, resistentes silenciosos o antifranquistas durmientes o activos. No todo el mundo mintió con la misma pericia o descaro o insistencia , por supuesto, y pocos llegaron a inventarse del todo una nueva identidad; la mayoría se limitó a maquillar o adornar su pasado (o a desvelar por fin una intimidad miedosamente velada u oportunamente oculta hasta entonces). Pero, hiciera lo que hiciera, todo el mundo lo hizo con tranquilidad, sin desazón moral o sin demasiada desazón moral, sabiendo que a su alrededor todo el mundo estaba haciendo más o menos lo mismo y que por lo tanto todo el mundo lo aceptaba o lo toleraba y nadie estaba muy interesado en hacer averiguaciones sobre el pasado de nadie porque todo el mundo tenía cosas que ocultar: al fin y al cabo, a mediados de los años setenta el país entero cargaba a cuestas con cuarenta años de dictadura a la que casi nadie había dicho No y casi te habían dicho Sí, con la que casi todos habían colaborado fuerza o por gusto y en la que casi todos habían prosperado. una realidad que intentó esconderse o maquillarse o adornarse como Marco había adornado o maquillado o escandid ido la suya, inventando un ficticio pasado individual y colectivo, un noble y heroico pasado en el que muy pocos españoles habían sido franquistas y en el que habían sido resistentes o disidentes antifranquistas muchos que no habían movido un dedo contra el franquismo o habían trabajado codo a codo con él.

LA TRANSICION SEGUN CERCAS ANTES

De Anatomía de un instamte de Javier Cercas, p.432
A medias fruto de una buena conciencia tan pétrea como la de los golpistas del 23 de febrero, de una nostalgia irreprimible de las claridades del autoritarismo y a veces del simple desconocimiento de la historia reciente, ambos hechos corren el riesgo de entregar el monopolio de la transición a la derecha -que ya se ha apresurado a aceptarlo glorificando esa época hasta el ridículo, es decir mistificándola-, mientras que la izquierda, cediendo al chantaje combinado de una juventud narcisista y de una izquierda ultramontana, parece por momentos dispuesta a desentenderse de ella como quien se desentiende de un legado enojoso.

Yo creo que es un error. Aunque no tuviera la alegría del derrumbe instantáneo de un régimen de espantos, la ruptura con el franquismo fue una ruptura genuina. Para conseguirla la izquierda hizo muchas concesiones, pero hacer política consiste en hacer concesiones, porque consiste en ceder en lo accesorio para no ceder en lo esencial; la izquierda cedió en lo accesorio, pero los franquistas cedieron en lo esencial, porque el franquismo desapareció y ellos tuvieron que renunciar al poder absoluto que habían detentado durante casi medio siglo. Es cierto que no se hizo del todo justicia, que no se restauró la legitimidad republicana conculcada por el franquismo ni se juzgó a los responsables de la dictadura ni se resarció a fondo y de inmediato a sus víctimas, pero también es cierro que a cambio de ello se construyó una democracia que hubiese sido imposible construir si el objetivo prioritario no hubiese sido fabricar el futuro sino -Fíat iustitia et pereat mundus- enmendar el pasado

INCIPIT 428. ANATOMIA DE UN INSTANTE / JAVIER CERCAS

PRÓLOGO
EPÍLOGO DE UNA NOVELA
A mediados de marzo de 2008 leí que según una encuesta publicada en el Reino Unido la cuarta parte de los ingleses pensaba que Winston Churchill era un personaje de ficción. Por aquella época yo acababa de terminar el borrador de una novela sobre el golpe de estado del 23 de febrero, estaba lleno de dudas sobre lo que había escrito y recuerdo haberme  preguntado cuántos españoles debían de pensar que Adolfo Suárez era un personaje de ficción, que el general Gutiérrez Mellado era un personaje de ficción, que Santiago Carrillo o el teniente coronel Tejero eran personajes de ficción. Sigue sin parecerme una pregunta impertinente. Es cierto que Winston Churchill murió hace más de cuarenta años, que el  general Gutiérrez Mellado murió hace menos de quince y que cuando  escribo estas líneas Adolfo Suárez, Santiago Carrillo y el teniente coronel Tejero todavía están vivos, pero también es cierto que Churchill es un personaje de primer rango histórico y que, si bien Suárez comparte con él esa condición al menos en España, es dudoso que lo hagan el general  Gutiérrez Mellado y Santiago Carrillo, no digamos el teniente coronel Tejero; además, en tiempos de Churchill la televisión no era aún el principal fabricante de realidad a la vez que el  principal fabricante de irrealidad del planeta, mientras que uno de los rasgos que define el golpe del23 de febrero es que fue grabado

DE LOS EFECTOS BENEFICOS DEL GOLPE DE ESTADO

Anatomía de un instante de J. Cercas, p.425-426
Diecisiete horas y media de vejaciones en el hemiciclo del Congreso fueron un correctivo suficiente para la clase política, que pareció encontrar una súbita madurez forzosa, aparcó por un tiempo las furiosas rencillas intrapartidarias y la furiosa rapacidad de poder que habían servido para crear la placenta del golpe, dejó de especular con turbias operaciones de ingeniería constitucional y no volvió a mencionar gobiernos de gestión o concentración o salvación o unidad ni a involucrar de ningún modo al ejército en ellos; no menos duro fue el correctivo para la mayoría del país, la que había aceptado con pasividad el franquismo, se había ilusionado primero con la democracia y luego parecía desengañada: bruscamente se evaporó el desencanto y todos parecieron redescubrir con entusiasmo las bondades de la libertad, y quizá la mejor prueba de ello es que año y medio después del golpe una mayoría desconocida de españoles decidió que no habría reconciliación real entre ellos hasta que los herederos de los perdedores de la guerra gobernasen de nuevo, permitiendo una alternancia en el poder que acabó de amarrar la democracia y la monarquía. Éste es otro efecto secundario que resulta difícil no añadir parcialmente a la cuenta del 23 de febrero: a principios de 1981 todavía costaba trabajo imaginar al partido socialista gobernando España, pero en octubre del año siguiente llegó al poder con diez millones de votos y todos los parabienes de la monarquía y del ejército, de los empresarios y los financieros y los periodistas, de Roma y  Washington.  Es verdad: nada de lo anterior ocurrió gracias al golpe, sino a pesar del golpe; no ocurrió porque el golpe triunfase, sino porque fracasó y porque su fracaso convulsionó el país y pareció cambiarlo de cuajo. 

MAOISMO, CATALANISMO Y PIQUE

De Catalanes todos de Javier Pérez Andújar, p.217-218
Sus compañeros de Bandera Roja, también universitarios a punto de dar el paso a partidos mayoritarios y a puestos decisivos (y bien remunerados) en la sociedad política y civil, llevaban todo ese fin de semana en estado de permanente excitación, pues se desvivían por participar en el gran acontecimiento de aquella tarde. Había convocada una manifestación multitudinaria para pedir la libertad, la amnistía y el Estatuto de Autonomía de Cataluña. Días después de aquella descomunal movilización, un decreto iba a reconocer oficialmente a Josep Tarradellas como presidente de la Generalitat. Este era uno de los tantísimos tics del franquismo que se mantenían: siempre que el poder preparaba algo gordo montaba antes mucho ruido, igual que el estómago segrega los jugos que han de facilitar la digestión. El regreso del exilio de Tarradellas era la manera que habían encontrado los poderes fácticos de frenar el arrollador avance de las izquierdas en Cataluña, así lo explicaban algunos periodistas, corno Gregario Morán. De otro modo, aquella región tan querida de España iba a caer en dos días en manos de socialistas y comunistas. Fue en Cataluña el primer lugar donde la Transición quedó detenida.
-Quieren justicia social, pero les vamos a dar pan con tomate.
Para la celebración de aquella Diada, todos los partidos, sindicatos, asociaciones ... , se habían entendido sin problemas, habían sabido hacer piña como no estaban siendo capaces en otros asuntos.
-Ferran, ¿qué diferencia hay entre Bandera Roja y el PSUC?
-Eso que te lo explique Pep, que es el teórico.
En aquellos días, existía mucha gente comno Piqué que podía ser llamada Pep en cualquier momento.
-Bueno, está claro, ¿no? El PSUC es un partido de masas, y nosotros no.
_¿Quieres decir que nosotros somos la vanguardia de la clase trabajadora?
-iPor supuesto! iNo querrás que sean los mismos trabajadores! iTodavía hay clases!

La industria textil de Cataluña vivió su primer agosto de la democracia fabricando metros y metros de banderas catalanas. Patria es una manera épica de llamar a la caja registradora. Luego sería la industria china la que fabricase las banderas a mansalva para ocasiones también muy sonadas en Barcelona, pero entonces ya había llegado la globalización, que es el internacionalismo de los ricos. Se podía contar por kilómetros la tela con las cuatro barras estampadas que aquella tarde cubría todo el paseo de Gracia, toda la plaza de Catalunya, toda la Vía Laietana. Los autocares llegaban de todas partes de Cataluña llenos de banderas. Los balcones, las fachadas, estaban engalanados de arriba abajo con banderas y pancartas. Barcelona entera, desde su palpitante corazón hasta el último descampado del extrarradio, quedó empavesada como un gran barco a punto de zarpar hacia un mundo mejor. Cientos de miles de pegatinas en los macutos, en la solapas de las chaquetas de pana, en los palos de las  banderas, en las barbas de la gente, en los buzones de Correos, en los bancos públicos, en la corteza de los plátanos de la Rambla, de las palmeras de la plaza Reial, de todos los árboles de la calle. Y bufandas con las cuatro barras. Y jerséis también con la senyera. Y cómics que narraban la historia de los catalanes, desde el paleolítico hasta el día de hoy.

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