Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma
Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel
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LA REDENCION


Arca, Ricardo Menéndez Salmón, p. 415

-Sí- dice el cura, haciendo esfuerzos por seguir a las pertenencias de Beppe mientras rememora la narración de Zaggia.. El caso, me explicó su amigo, es que todo el drama de Jesús apunta al motivo de la Redención. Sin ella, la peripecia del Hijo carece de relevancia. La Redención, y no otra circunstancia, es la piedra angular de la cristiandad y el fundamento de la cristología. El resto es atrezo, condimento, pero sin la pasión y la muerte de Jesús, su aventura, y con ella la de millones de creyentes, carece ya no solo de grandeza, sino de sentido. Hasta aquí su amigo no había dicho nada que me sorprendiera, por descontado. Lo asombroso, prosiguió su amigo, uy el dato que yo desconocía, y que nadie, nunca, en mis años de formación tuvo a bien compartir conmigo, es que la Iglesia copta, la heredera de la antigua Iglesia de Alejandría, demuestra ser la más honesta entre todas que existen al contemplar en su santoral una fecha, el 25 de junio, dedicada a la figura sin la cual la Redención hubiera sido inviable: Poncio Pilato. Hay en ello, según su amigo, una justicia que, sin ser poética, es preclara. Pues Pilato, dijo su amigo, y esas palabras sí que las recuerdo, como si las estuviera escuchando otra vez en este instante, Pilato es el mecanismo averiado que, paradójicamente, permite que el reloj dé la hora exacta.

 

 


LAZARUS


David Bowie: Vidas, p. 533

PAUL GORMAN: Supongo que lo que quiero decir es que Bowie es demasiado interesante como para que se lo convierta en una vaca sagrada. Esta canonización les hace un flaco favor tanto a él como a sus logros. Podía llegar a ser terriblemente tontorrón; es algo que resulta consustancial a determinada generación de ingleses, como lo de ponerse a imitar las voces del [programa de radio] The Goon Show con Brian Eno en el Chateau. ¡Brrr! Era fantástico, pero no tan fantástico como todo el mundo asegura ahora. Vamos a ver, [la columnista del Guardian] Suzanne Moore escribió que está convencida de que el fallecimiento de Bowie inauguró una nueva fase para el mundo en la que ocurren Cosas Terribles porque hemos perdido a una Persona Maravillosa. En serio. Hablamos de una mujer adulta que, doy por hecho, debe de tener una hipoteca, carnet de conducir y responsabilidades, y sin embargo se dedica a difundir  chorradas infantiloides como si fueran ideas profundas. Llevo siguiendo a Bowie desde 1973, mi hermano lo vio en el UFO Club, fui a todos los conciertos, lo conocí y lo entrevisté, trabajé en los mismos proyectos de War Child en los que colaboró él. ¡Vaya, que soy un fan! Y aun así… se portó como un cabrón con su madre, se portó como un cabrón con su representante que lo apoyó a las duras y las maduras, y se portó como un cabrón con muchas de sus parejas, incluida su primera esposa, cuya contribución se negó maliciosamente a reconocer en ningún momento de su vida. Estuvo cuarenta años sin pagar impuestos en Gran Bretaña, grabó álbumes execrables entre 1984 y 1995, a menudo vestía modelos terribles, se ponía un maquillaje ridículo y lucía cortes de pelo penosos, sin lugar a dudas flirteó con políticas  derechistas y realizó declaraciones ridículas al respecto ... En otras palabras, lo que viene a ser un ser humano normal y corriente, con sus taras, como todos. Necesitamos ponerle freno a esta absurda elevación a los altares, particularmente por parte de individuos que sé a ciencia cierta que no habrían distinguido el Lodger de Tonight antes de su muerte.


BOWIE


David Bowie: Vidas, p. 533

PAUL GORMAN: Supongo que lo que quiero decir es que Bowie es demasiado interesante como para que se lo convierta en una vaca sagrada. Esta canonización les hace un flaco favor tanto a él como a sus logros. Podía llegar a ser terriblemente tontorrón; es algo que resulta consustancial a determinada generación de ingleses, como lo de ponerse a imitar las voces del [programa de radio] The Goon Show con Brian Eno en el Chateau. ¡Brrr! Era fantástico, pero no tan fantástico como todo el mundo asegura ahora. Vamos a ver, [la columnista del Guardian] Suzanne Moore escribió que está convencida de que el fallecimiento de Bowie inauguró una nueva fase para el mundo en la que ocurren Cosas Terribles porque hemos perdido a una Persona Maravillosa. En serio. Hablamos de una mujer adulta que, doy por hecho, debe de tener una hipoteca, carnet de conducir y responsabilidades, y sin embargo se dedica a difundir  chorradas infantiloides como si fueran ideas profundas. Llevo siguiendo a Bowie desde 1973, mi hermano lo vio en el UFO Club, fui a todos los conciertos, lo conocí y lo entrevisté, trabajé en los mismos proyectos de War Child en los que colaboró él. ¡Vaya, que soy un fan! Y aun así… se portó como un cabrón con su madre, se portó como un cabrón con su representante que lo apoyó a las duras y las maduras, y se portó como un cabrón con muchas de sus parejas, incluida su primera esposa, cuya contribución se negó maliciosamente a reconocer en ningún momento de su vida. Estuvo cuarenta años sin pagar impuestos en Gran Bretaña, grabó álbumes execrables entre 1984 y 1995, a menudo vestía modelos terribles, se ponía un maquillaje ridículo y lucía cortes de pelo penosos, sin lugar a dudas flirteó con políticas  derechistas y realizó declaraciones ridículas al respecto ... En otras palabras, lo que viene a ser un ser humano normal y corriente, con sus taras, como todos. Necesitamos ponerle freno a esta absurda elevación a los altares, particularmente por parte de individuos que sé a ciencia cierta que no habrían distinguido el Lodger de Tonight antes de su muerte.


11S


David Bowie: Vidas, p. 479

DAVID BOWIE: Cuando atacaron las Torres Gemelas, yo personalmente no estaba en Nueva York, me hallaba al norte del estado, en Woodstock, trabajando en el nuevo álbum. Iman sí que estaba, con nuestra hija recién nacida, por lo que, naturalmente, a un nivel psicológico resultó increíblemente traumático, por el mero hecho de no hallarme a su lado. Nos mantuvimos en contacto telefónico hasta que de repente cortaron las líneas. Oh, tío, eso sí que fue verdaderamente aterrador. ¡Me entró el pánico! Porque justo estaba hablando en aquel momento con Iman y me estaba diciendo: “Dios mío, acaba de estrellarse un segundo avión». ¡Bum! Y le dije: «Sal echando leches de ahí, estáis siendo atacadas». Me quedó meridianamente claro, tan pronto como estrellaron el segundo avión. ¡Por el amor de Dios, están atacando la ciudad! Así que le dije: «Coge el carrito, mete sólo lo básico y márchate de ahí ahora mismo». Imán recorrió unas quince o veinte manzanas, literalmente corriendo con el carrito, hasta que llegó a casa de una amiga, porque nosotros vivíamos en el centro. Le dije: “Llámame cuando llegues a un lugar seguro” y, por supuesto, ya no volvió a telefonear porque todas las líneas estaban cortadas. Y yo: no, no, justo ahora, no. ¿Habrá conseguido salir? Y, naturalmente, nadie sabía nada. Nada. Y luego cortaron todas las carreteras. Intentamos llegar conduciendo a Nueva York y fue imposible, porque la policía tenía la ciudad cercada. No podías entrar ni podías salir. Fue verdaderamente espantoso. En cierto modo, supongo que inevitable, sobre todo si tenemos en cuenta lo que había estado ocurriendo en el plano político. Es muy fácil contemplar situaciones como esta de modo binario y los ataques del 11 de septiembre nos animaron a prestar un poco más de atención.


INCIPIT 1.539. DAVID BOWIE: VIDAS / DYLAN JONES


VIVIENDO EN MENTIRAS JUNTO A LAS VIAS DEL TREN

Fue un bebé de la posguerra, nacido en Londres en 1947 Llegó para formar parte de un nuevo mundo, dos años después de que hubiera terminado el viejo. Un pequeño londinense. Fue al colegio en Brixton antes de verse exiliado a los suburbios. Incluso de joven sabía que quería ser más de lo que era, ansiaba ser un gran hombre. Cuando empezó a trabajar en publicidad, pensó que lo había conseguido, pero no tenía ni la más remota idea de todo lo que le aguardaba. Al principio, fue avanzando a tientas -estuvo en los Kon-Rads, los King Bees, los Mannish Boys, David Jones and the Buzz, Davey ]ones and the Lower Third, Feathers, The Hype-, pero ignoraba por completo quién iba a ser cuando terminase.

David Jones nació el 8 de enero de 1947 en el nº 40 de Stansfield Road, Brixton, hijo de una acomodadora de cine y de un ejecutivo de marketing de la asociación benéfica Barnardos. Vivió allí hasta los seis años, cuando su familia se mudó aún mds lejos, a Bromley, en Kent. A pesar de que su padre era de clase media, su madre procedía de una familia pobre y trabajadora. David solía decir que una nube oscura pendía sobre la rama materna de la familia, caracterizada por la abundancia de problemas mentales. Cuando se descuidaba o cuando deseaba amplificar ese aspecto de su infancia, decía que «trágicamente» dos o tres tías suyas se habían suicidado. Contaba que aquello parecía ser algo que ola con frecuencia cuando era pequeño: el modo en que fulanita o menganita ya no se encontraban entre nosotros. Una vez declaró: «Supongo que la mayoría llevamos toda la vida batallando con la realidad y algo más. Creo que [mi hermanastro mayor] Terry probablemente me aportó la mejor y más duradera educación que pudiera haber tenido.


BOWIE


David Bowie: Vidas, p. 55

HANIF KUREISHI: Y a menudo me he preguntado si todo el rollo alienígena no procedería de ahí. Alguien que observa ligeramente desde los márgenes, que no termina de entender lo que está ocurriendo. Siempre adoptó el punto de vista de diversos personajes para escribir, ya desde el principio. No era un gran polemista. No desarrollaba narrativas. En ocasiones, cuando charlaba con él por teléfono, me transmitía esa misma sensación que a veces te dan los psicóticos cuando se limitan a hablar consigo mismos. Una suerte de monólogo en el que la otra persona simplemente comparte contigo todo cuanto se le está pasando por la cabeza. Probablemente no lo llamarías locura per se, pero sí que se da una especie de solipsismo. Por otra parte, como bien sabes, David era una persona increíblemente cabal, organizada, trabajadora, interesada en un montón de cosas ... de modo que no podemos decir que fuese psicótico o que estuviera perturbado de un modo que lo incapacitara. Su madre debía de estar bastante perturbada, después de haber perdido a dos hijos, uno de ellos esquizofrénico. Indudablemente tuvo que pasarle factura, ¿no? David decía que provenía de un hogar frío y sin embargo tenía ese sentimiento de ser alguien especial. De ser un niño muy amado. A mí nunca me pareció una persona que no hubiera sido querida de niño. No era de esos que piensas: hostias, menudo rencor les guarda a sus padres.


ZOWIE


David Bowie: Vidas, p. 363

DUNCAN JONES (CINEASTA): En muchos aspectos fue una infancia increíble. Viajamos por todo el mundo e hicimos cosas alucinantes. Recuerdo una vez que fuimos a ver un combate de sumo en Jap6n y quedarme boquiabierto. Tuve acceso a cantidad de experiencias únicas que muchas otras personas no llegan a vivir. Y atesoro esos recuerdos. Pero, a menudo, también me limitaba a sentarme muerto de aburrimiento en el backstage mientras él daba un concierto. Ya sabes, como cualquier otro crío cuando va a ver a su padre al trabajo, da igual a lo que se dediquen. Yo lo que estaba deseando era que se terminara el concierto para que pudiéramos volvernos a casa. Oía el fragor que llegaba desde el auditorio, pero me quedaba la mayor parte del tiempo zanganeando con los pipas y jugando con ellos. ¿Sabes esas cajas  blindadas en las que guardan el equipo? Cajas enormes y gruesas de metal, forradas con gomaespuma. Bueno, pues me metía en una de ellas y les pedía a los pipas que me empujaran, como si fuera en un cochecito. Todas las noches, al marcharnos, recuerdo el guirigay: la agitación de los guardias de seguridad que me llevaban apresuradamente hasta el coche antes de que mi padre saliera por separado, para que no nos pudieran sacar una foto juntos. La mujer que cuidaba de mí me cubría la cabeza con los brazos para impedir que me retrataran. Ya sólo entrar en el coche para ir a casa era todo un acontecimiento. Cuando mi padre rodaba una película era una experiencia completamente opuesta. Era como ir a Disneylandia. Pude ver cómo se construyen los decorados, cómo crean los maquillajes. En El ansia hay varias escenas en las que mi padre aparece convertido en un anciano y recuerdo que me acojoné vivo al verlo. También estuve con él mientras rodaba Dentro del laberinto. Y recuerdo el espectacular decorado del Sobo de los años cincuenta en Principiantes. Todo aquello me causó una profunda impresión.


DAVID Y ANDY


David Bowie: Vidas, p. 134

Los llevé a The Factory para que conocieran a Andy. Fue interesante. Uno de los principales motivos para la visita fue que Tony Defries quería conocer a Paul Morrisey, pues quería ofrecerse para llevar la representaci6n de Factory Films en Europa. Pensaba que podría solucionar todos sus problemas. Estaba Andy Warhol; estaba yo, que interpreté a Andy en su propia obra; estaba Allen Midgette, el tipo que hacía de Andy en el circuito universitario cada vez que Andy enviaba un doble porque no le apetecía personarse él mismo; y por último estaba David Bowie, que acabaría interpretando a Warhol en la película  Basquiat. No fue un encuentro atroz, pero tampoco fue bueno. La reunión fue tirando a tensa, porque Warhol no era un gran conversador, como tampoco lo era David. Fue incómodo. Nadie sabía muy bien qué decir ni cómo animar aquello. Se estuvieron tanteando un rato y entonces David le regaló una copia de Hunky Dory y le puso ''Andy Warhol", que a Andy le pareció horrible. Lo que no contribuyó a que el ambiente mejorase. Aquella misma semana conoció también a Lou Reed e Iggy Pop.


LA PANDEMIA


Los lenguajes de la verdad, Salman Rushdie, p. 482

Cuando recuperé la salud y las fuerzas, recorrí las calles, debidamente protegido con mascarilla y guantes, con la intención de restaurar mi relación con esta ciudad, Nueva York, a la que siempre he querido desde que la visité por primera vez a principios de los años setenta. Encontrarme completamente solo en el gran vestíbulo de la Grand Central Station me produjo una sensación sobrecogedora. Vi el corazón segado en el césped de Bryant Park como homenaje a los trabajadores esenciales, la Quinta Avenida vacía, y a un caballero de pelo blanco sentado en un banco de Madison Square Park que tocaba tranquilamente la guitarra. Vi una Times Square desierta. Y presenté mis respetos a la tienda de delicatessen que había sido el legendario Max's Kansas City. Ahora estaba cerrada, como había cerrado el club nocturno mucho antes. ¿Volvería a abrir? Era imposible saberlo. Tal vez el pasado retornaría como por arte de magia y los fantasmas de Lou Reed y la Velvet Underground volverían a tocar en el piso de arriba, Bowie y Warhol se sentarían en la trastienda, y Debbie Harry serviría mesas.

Luego la ciudad volvió a cambiar, coincidiendo con una segunda crisis, y durante un tiempo, al menos, fue como si la pandemia hubiera dejado de existir.


INCIPIT 1.353. BOWIE / MARIA HESSE, FRAN RUIZ


Este libro es varias cosas:

En primer lugar, el resultado de muchas horas de documentación sobre uno de los artistas más emblemáticos de nuestro tiempo.

En segundo lugar, una recreación de la biografía de alguien que tenía muchos reparos en hablar de sí mismo y que, cuando lo hacía, solía mixtificar lo que contaba.

En tercer lugar, y sobre todo, una muestra de admiración y cariño por parte de dos personas cuyas vidas han sido profundamente influenciadas por la música y el arte de David Bowie.

Bowie fue un maestro del artificio y de la ocultación. Para contar su historia hemos decidido adoptar ese mismo enfoque. En su obra, nuestro héroe nos enseñó que mostrar las cosas desde un único prisma, por muy honesto que este procure ser, puede resultar más falaz que dar una visión fragmentada y ambigua. Por ello, y porque somos conscientes de que una biografía es inevitablemente una obra de ficción, hemos decidido mezclar pasajes de la vida real de Bowie con elementos fantásticos. De este modo hemos pretendido acercarnos a la realidad de una de las personalidades más interesantes y enigmáticas que conoceremos nunca: jugando a imaginar qué pudo pensar y sentir la persona David Robert Jones en diferentes momentos de su vida. Jugar a intentar intuirle. En esto no hay engaño alguno.

Deseamos que disfrutes mucho de este libro y que te ayude a conocer mejor a Bowie. Cuando termines, quizá te apetezca escuchar un buen álbum. Podrías empezar por Hunky Dory o  Station to Station.

Nosotros llevamos décadas disfrutando de ellos.


VIDA METROPOLITANA / FRAN LEBOWITZ


El club de lectura de David Bowie, p. 79 

Seguramente las columnas de Lebowitz entrarían dentro de la categoría de «ocio», aunque diciendo esto no pretendo en absoluto menoscabar su valor. Por una parte, porque son desternillantes. Y por la otra, porque son cápsulas del tiempo de la antigua Nueva York; la de antes de la gentrificación y del sida. La Nueva York artística, sexy e intelectual de Studio 54 y Max's Kansas City, de Robert Mapplethorpe y Susan Sontag. Y no es que Lebowitz cometa la vulgaridad de aludir directamente a estas personas o lugares. Ella habla de la mentalidad urbana y de cómo, para sobrevivir en la ciudad, tienes que afilarla hasta cierto punto.

Y resulta que las mejores herramientas para conseguirlo son el sarcasmo y la ironía. Por ejemplo, si quieres alquilar tu piso, ella establece que la proporción mínima aceptable entre el  número de cucarachas y el número de inquilinos sea de cuatro mil a uno. Furiosa por la costumbre iniciada por el informe Rapkin de utilizar abreviaciones silábicas para describir áreas concretas de la ciudad como, por ejemplo, SoHo o TriBeCa, ella propone una más: NoTifSoSher (North ofTiffany's, South of the Sherry-Netherland ['al norte de Tiffany's y al sur del SherryNetherland']). Y luego están sus deslumbrantes aforismos a loDorothy Parker: «Dormir es como morir, pero sin la responsabilidad ». «Para mí, salir a la naturaleza es recorrer el espacio que te lleva de tu apartamento al taxi».

Y, por debajo, recorriéndolo todo como una corriente subterránea, hay un amor feroz por Nueva York; un amor que también Bowie compartía. Que, de hecho, anidó en él desde laprimera vez que visitara la ciudad, en enero de 1971, atendiendo a la invitación de Mercury Records, que estaba a punto de lanzar The Man Who Sold The World en los Estados U nidos. Se pavoneó por Manhattan con su «vestido de hombre» diseñado por Mr. Fish y su melena a lo Veronica Lake que le bajaba en ondas hasta los hombros. Invitó a comer a Moondog, el poeta y músico callejero ciego que solía frecuentar, disfrazado de vikingo, la esquina de la calle Cincuenta y cuatro Oeste con la Sexta Avenida. Y vio tocar en directo a la Velvet Underground, su grupo favorito, en la discoteca Electric Circus del East Village. Impresionado por la actuación, Bowie se acercó al backstage después a felicitar a Lou Reed y decirle lo geniales que le parecían sus canciones. Se pasaron un buen rato charlando amigablemente. Solo después se daría cuenta Bowie de que Lou Reed había dejado el grupo el verano anterior y de que había dirigido sus entusiastas elogios al bajista Doug Yule, al que la banda había ascendido rápidamente.


MADAME BOVARY


El club de lectura de David Bowie, p. 60

El Bromley de las afueras de Londres no es tan distinto de la llana Normandía del siglo XIX. La fantasiosa heroína de la sátira de Flaubert sobre la vida provinciana -esto es, sobre la vida más allá de París- no es tan distinta a la fantasiosa heroína de la canción de Bowie «Life On Mars?». El reproche que tenía Henry James para Madame Bovary era que, a pesar de todo, su discreta historia sobre el infeliz matrimonio de una muchacha voluble con un doctor de segunda era «un asunto demasiado pequeño». Emma Roualt -que pronto se convertirá en Emma Bovary-- tiene el cabello negro, claro; y no mousy o castaño ceniza. Pero ambas se mueren de ganas de vivir emociones y de escapar, y se moverán entre el hastío y el profundo anhelo romántico que, en el caso de Emma, la llevarán a su  trágico suicidio.

The girl with the mousy hair ('la chica del pelo castaño ceniza') tiene problemas para concentrarse en una película que le resulta demasiado aburrida: no la lleva a ningún sitio nuevo, no hace sino reflejar la experiencia vivida. Emma devora los libros, pero lo que lee no le hace bien: son lecturas trilladas, simplonas, románticas. Le llenan la cabeza de falsas ilusiones, de expectativas poco realistas; una de ellas es que el adulterio será mucho más interesante que el matrimonio con Charles. Esa relación le ha arrebatado su individualidad y ha hecho de ella la tercera Madame Bovary del libro, después de su suegra y de la primera esposa de Charles, ya fallecida, cuyo viejo ramo de novia encuentra en un cajón: un bonito toque gótico. Aunque Emma se da cuenta de que está atrapada en una especie de infierno y casada con un zoquete al que desprecia, carece de los medios intelectuales para tramar una fuga que vaya más allá que juntarse con idiotas como Léon y Rodolphe.

Madame Bovary es una novela que habla de huidas frustradas y de los peligros de leer indiscriminadamente. Pero sobre todo habla de la atracción por el sexo ilícito, razón por la que Flaubert fue enjuiciado por obscenidad en enero de 1857. Una acusación debida a su escena más famosa, en la que Emma y Léon recorren Ruan durante horas, estremecidos, en un coche tirado por caballos que lleva las cortinillas echadas, gritándole al cochero cada vez que amenaza con detenerse.

Es famosa la declaración que hizo Flaubert: «Madame Bovary, c' est moi» ('Madame Bovary soy yo'). La identificación era tan estrecha que, cuando escribía las escenas de la muerte de Emma - al describir el sabor a tinta del arsénico, sacado a toda prisa del frasco del boticario, con el corazón vacilante «como el último eco de una sinfonía que se aleja»-, Flaubert vomitaba una y otra vez.


INCIPIT 1.162. DAVID BOWIE / RAMIRO SANCHIZ


A los once años el autor de este libro quería ser Isaac Asimov.

El origen de ese deseo está en un pasaje de la tercera autobiografía del autor de Fundación: tras leer un relato de uno de sus contemporáneos, cuenta Asimov, sintió que él también podía hacer eso y que él, de hecho, podía hacerlo mejor. Y yo también puedo, pensé.

Pero tres años después ya no quería ser Asimov. Había escuchado “Break on Through”, visto ya no sé cuántas veces la película de Oliver Stone (The Doors, 1991) y decidído que, ahora, quería ser Jim Morrison. A diferencia de Asimov, de hecho, Morrison sí tenía una imagen que valía la pena copiar. N o importaba que en el fondo fuese imposible alcanzar un parecido físico; el corte de cabello, la mirada, la expresión, los pantalones de cuero y las blusas blancas eran suficiente, junto a hablar con pasión de algo llamado poesía, leer a Huxley y a Blake y planear la búsqueda de hongos alucinógenos en el remoto Este uruguayo.

Y quizá en el fondo sí entendí (o sigo creyendo haber entendído) qué era la poesía, a qué sonaba, cómo se sentía. Gracias a mi imitación de Morrison. Gracias a esa pequeña influencia o contaminación.


Heroes (1977).


El retorno de Bowie a las portadas de sus discos es llevado a cabo a través de una imitación de dos obras del pintor expresionista Erich Heckel. Una de ellas, un óleo de 1917 titulado Roaquairol, había servido de modelo a Iggy Pop para la carátula de The Idiot; el gesto replicado por Pop (y en menor medida por Bowie) es la posición forzada de los brazos, en una suerte de parodia de un autómata, una marioneta o un robot. La otra es un grabado de 1910, Hombre joven, que se parece más claramente a la portada de «Heroes” en la presentación en semiperfil, ligeramente inclinado hacia abajo. Bowie exagera el gesto y añade una mirada fija, esta vez con la diferencia entre sus pupilas bien resaltada, y añade una   referencia a la pintura de 1917 levantando el brazo izquierdo con los dedos extendidos y juntos, el pulgar orientado hacia fuera, casi perpendicular. La mano derecha queda apretada contra el pecho, un poco más arriba del área del corazón, como si Bowie apuntara más bien a significar desde su tráquea: un órgano hueco, vehículo del aire, en lugar de la compleja maquinaria de alma y sangre que lee la cultura occidental en el corazón. El fondo es una vez más un espacio abstracto, ensombrecido, con las partes más iluminadas bordeando el rostro de Bowie. Los rótulos del título y del nombre van colocados arriba, a la derecha de la imagen, casi tocando la mano izquierda de Bowie, y su tipografía evoca la Alemania del expresionismo y de la república de Weimar, continuando el tema estético de la portada de Station to Station. La mirada vacía o libre de emociones, pero también intensa y concentrada, termina por ganarle a la extraña posición de los brazos el foco de nuestra atención: Bowie está allí, ha vuelto al espacio de sus portadas, pero de manera descolocada, problemática y estetizada, en Low y Lodger -esta última yuxtapuesta a la imagen interior de Aladdin Sane-, ensamblando un cuerpo híbrido de Bowie en 1973 y Bowie en 1979. Al Bowie Pierrot, entonces, y al Bowie real (o a su sombra) se le suman rostros del pasado, particularmente los de los tres álbumes anteriores, como si Scary Monsters and Super Creeps sirviera de reunión, unión o fusión de las entidades pasadas (aunque es una unión forzada, de superficies que se rasgan y separan). Ya no tenemos, entonces, apenas un Bowie (o ninguno, o siquiera un personaje) sino cinco (o seis, si contamos el detalle de Aladdin Sane). Bowie ya no es uno, sino que es muchos, casi literalmente un collage de identidades, y por una vez esta multiplicidad no está presentada diacrónicamente sino en sincronía, ocupando el mismo espacio

Let's Dance (1983).

 


El cambio más radical en la carrera de David Bowie tuvo su equivalente visual en la portada de su primer álbum de los ochenta, en la que aparece con su imagen de boxeador. Un Bowie bronceado, en forma, con el cabello platinado, contempla a su rival o sparring con mirada concentrada y amenazante. Nos asomamos a una escena en un espacio irreal, con su superficie de fondo altamente textura da, en la que se proyecta cinematográficamente la imagen de una ciudad (no muy diferente, por cierto, al fondo más remoto de la portada de Diamond Dogs) y contra la que el boxeador Bowie (cuyo cuerpo también queda invadido por la proyección) arroja una sombra más definida aún que la de Scary Monsters and Super Creeps. Por encima de todo esto el nombre de Bowie, marcadamente estilizado, ocupa el cuadrante superior de la  imagen en colores que tanto contrastan con el fondo como replican su textura. El título, por su parte, queda presentado bajo la forma de un esquema de pasos de danza, un algoritmo que sugiere que, con toda su pose «natural”, “física” o incluso “corpórea”, Let's Dance no deja de ser un artificio. Hay un simulacro de fondo; y hay una referencia al álbum anterior, resuelta quizá en la idea de una sombra siempre presente, un residuo inerradicable, un fantasma al que acaso esta vez Bowie se apresta a combatir, con su cuerpo bañado en una luz no tan diferente a la del fondo de Low (hecha la excepción de su hombro, cuello y brazo izquierdos, iluminados por un resplandor frío, azulado, que no queda claro de dónde proviene pero que parece delatar al espectro, a esa “seria luz de la luna” de la que habla la letra de la canción que da nombre al álbum y que sería, además, el nombre de la gira que lo llevaría por el mundo y lo harta tocar para su mayor audiencia hasta el momento).


Diamond Dogs (1974).


Hay una continuidad entre los álbumes de 1973 y 1974: el cabello de Bowie parece más o menos el mismo en las tres portadas. Pero si en Aladdin Sane nos encontrábamos ante un replican te en estasis y si en Pin Ups ante el falso contacto de dos ficciones y dos máscaras, en Diamond Dogs la salida hacia el afuera de lo humano, como en los cuentos de mutantes de sus primeras canciones, está marcada por la fusión con lo animal. Si se abre el álbum se descubre que la imagen de la portada continúa en la contraportada, y vemos a Bowie de cuerpo completo convertido en una suerte de centauro canino: al contrario que en el caso del Minotauro, la parte “inferior” es la animal, debidamente de acuerdo al orden antropocéntrico, mientras que la “Superior”es la humana; esto queda matizado por la posición del cuerpo, recostada en el suelo y apenas erguida la espalda (es decir, se descarta una posible apelación clara a la verticalidad, con la cabeza en posición superior); pero el rostro sigue siendo el de un ser humano o, mejor, el de la persona sintética de los últimos dos discos. Se trata, por cierto, de la primera vez en la discografía en que no encontramos una foto (por más que se haya tratado de fotos en algunos casos coloreadas o retocadas) sino una pintura (a cargo de Guy Peellaert), una instancia de representación que, más allá del código hiperrealista de su técnica de aerógrafo, propone un paso más hacia el artificio, por la manera en que quedan acentuados los músculos del cuerpo de Bowie. Y también se trata esta de una portada en la que Bowie aparece acompañado: al centro y a la derecha vemos otras dos criaturas híbridas o mutantes, basadas en Johanna Dickens y Alzoria Lewis, quienes se ganaban la vida en la década de 1930 como “atracciones de circo” en Caney Island. Si hasta Pin Ups el afuera de lo humano estaba representado por el superhombre nietzscheano o los extraterrestres, en Diamond Dogs se apela a una continuidad con lo animal y al mundo de los outsiders, a partir de peliculas como el clásico Freaks.


Pin Ups (1973).


Quizá convenía a la idea de un disco de covers en cuya portada el sujeto emisor de la música se representara junto a otro: en este caso Twiggy, icono pop de la década de los sesenta, precisamente esa de la que eran tomadas las canciones a versionar. Twiggy estuvo allí, en el spotlight, mientras Bowie todavía luchaba por tocar con una banda competente  o, mejor aún, lanzar un single que lograra entrar en top 20. El encuentro de Bowie y Twiggy en 1973 (después de que el primero mencionara a la segunda en la letra de “Drive-In Saturday” ese mismo año) era la unión de dos décadas, los sesenta y los setenta; pero, del mismo modo que las covers del álbum presentaban canciones mod disfrazadas de glam, también Twiggy es sometida a un formateo específico que, en lugar de mostrarla como aparecía en los sesenta, la vuelve otra. Después de Aladdin Sane encontrarnos con un Bowie ciborg no debería sorprender, pero hay un significado extra en el hecho de que Twiggy, a su lado en la portada, comparta los mismos artificios de efectos especiales que dibujan una máscara sobre el rostro, acentuada por el maquillaje claro que contrasta con la piel bronceada, al contrario de lo que vemos en Bowie, cuyo torso pálido choca con la barrera de la máscara dibujada para aparecer, del lado de adentro, con una tonalidad más oscura. Twiggy lleva el cabello cubierto de una manera que puede evocar la indumentaria de un astronauta imaginado en los años cincuenta, a la vez que exhibe un maquillaje más complejo que Bowie, que además del tono base de la piel y del dibujo en la máscara lleva apenas los ojos delineados. En este caso, la famosa diferencia entre los ojos de Bowie queda resaltada por el uso de una lentilla aplicada sobre el ojo izquierdo (el de la pupila permanentemente dilatada), que lo hace lucir de iris amarronado mientras el otro permanece de su celeste natural. La pose que forman ambas figuras es en última instancia tan significativa como el juego de las miradas y las expresiones; ambos miran hacia adelante, hacia el espectador, pero en el rostro de Bowie hay asombro, pasmo o incluso sorpresa, mientras que en el de Twiggy sólo se lee tedio, efecto apuntalado por su cabeza recostada sobre el hombro derecho de Bowie. Si bien el contacto queda sugerido, en lo que ofrece la mirada, en lo que dejan ver sus ojos, no hay una verdadera conexión, como si no fueran capaces de compartir el momento o, incluso, como si no estuvieran viendo lo mismo: uno es un fantasma (el del pasado, el del futuro incierto) para el otro, pero al final de alguna manera deberán haber sido siempre el mismo (¿no se preguntaban los periodistas de moda de los sesenta si Twiggy era un chico o una chica?). El fondo ha sido abstraído una vez más, en este caso con un color celeste que se aclara ligeramente hacia el borde inferior de la imagen, con las letras que forman el titulo del álbum presentadas en el alto contraste de un rojo intenso con detalles en amarillo.


Hunky Dory (1971).


Si Hollywood fue descrito como la máquina creadora de sueños, y si en última instancia el sujeto que sueña es la cultura occidental del siglo XX (y, en el momento de publicación de este álbum, la modernidad tardía), las figuras que pueblan ese sueño son los mitos de nuestra época, esos que, en la mirada retrospectiva de J.G. Ballard en Hola América, pautan su propio panteón de deidades. En la portada de Hunky Dory David Bowie es Marlene Dietrich, Greta Garbo y Lauren Bacall, y elude una vez más confrontarnos mirando hacia la cámara, a la vez que fija su mirada (pero sin intensidad) en algo que flota por encima del espacio de la representación. La imagen está coloreada artificialmente, como si fuera una fotografía del pasado vuelta a circular y el presente sólo pudiera hacerse visible en esa coloración que soñaba estrella de cine en la carátula de Hunky Dory, ahora se presenta ante todo como parte de un sueño más amplio. Aladdin Sane (1973). Quizá Bowie no estaba del todo en la portada de The Rise and Fall, o si estaba allí era por fuera de toda ubicación privilegiada, como un elemento más en la escenografía. Para su sexto álbum eligió volver a la posición central, pero quien vuelve no es “David Bowie” ya para entonces célebre estrella de rock, ni mucho menos “David Jones”, el adolescente de los suburbios de Londres que se propuso llegar a la fama, sino una criatura sintética, inhumana, de piel grisácea, apenas rosada en el rostro. Una gota de mercurio quiere caer desde su clavícula izquierda, a la vez que refleja el color naranja encendido del cabello. ¿Se trata de un androide apagado, con los ojos cerrados y los labios libres de toda humedad o humanidad? Si los ojos son “las ventanas del alma”, aqui, simplemente, no podemos saber gran cosa. El T-800 de la saga Terminator, en su inhumanídad maquíníca, al menos nos permitía reconocer una chispa de vida en la pequeña luz roja que inquietaba detrás de sus pupilas, apagada como signo

de interrupción de la consciencia o incluso de muerte; aquí, simplemente, no podemos decidir en cuanto a una interioridad. Y, de hecho, tampoco en cuanto a una exterioridad: el fondo es  la blancura vacante absoluta, sin siquiera las texturas del primer álbum o de Hunky Dory, y parece abrirse camino por el cuerpo representado desde los brazos y el pecho, como si esta nueva versión de Bowie fluctuara entre nuestro mundo y un vacío, borrando todo posible habitante del espacio exterior/ interior. Y después está el rayo, el elemento emblemático de la portada, que atraviesa frente y costado derecho del rostro en rojo, azul y negro; se interrumpe al llegar al párpado superior, libre del contorno de la ceja (allí se vuelve dientes) y sigue más allá, hasta la mandibula inferior. Ian Chapman propone una serie de lecturas posibles: puede tratarse del “símbolo del peligro, particularmente del peligro eléctrico”, pero también “evoca recuerdos de la Segunda Guerra Mundial, cuando fue usado como insignia de las tropas de élite nazis». Al mismo tiempo, “en tanto desciende del cielo, el rayo ha sido empleado ampliamente como una metáfora de la inspiración divina o de la comprensión repentina”. En términos de su uso sobre un rostro, podría aludir a la esquizofrenia, la división del sujeto y disgregación de su personalidad. El título, después de todo, que aparece en una tipografía que retoma los colores azul y rojo del rayo, a la vez que añade una suerte de llama a manera de punto de la i, juega con la idea de locura: “Aladdin Sane” tanto remite a Aladino (quien podría pensarse que tuvo acceso al rayo divino encerrado en una lámpara y lo usó, a modo de pacto faustiano, para cumplir sus deseos) como se descompone en “A lad insane” (“un chaval  demente”).


The Man Who Sold the World (1970)



Tras el no-espacio de la portada de su primer disco, y del espacio en expansión del segundo, para su tercera portada de álbum Bowie eligió un espacio reconocible, real: cortinas, una repisa con adornos, un armario, un suelo con moquette y un sofá (o chaise longue) cubierto de seda azul y violeta. Y del mismo modo que la escenografía se ha vuelto concreta, casi específica, ahora nos encontramos con algo más que una cabeza flotante en tanto vemos su cuerpo: completo, recostado en una suerte de pose hedónica sobre el sofá, los pies enfundados en botas de cuero, los antebrazos adornados con pulseras, el cuello abierto hasta la mitad del pecho y, especialmente, un vestido que la economía de género e indumentaria de los setenta, y sin duda la del presente, entiende ante todo como femenino. Puede ser un “vestido de hombre”, como diría Bowie en algún momento, pero la distinción era demasiado sutil para su época y quizá ya se ha alejado de la nuestra. El cabello largo, castaño y enrulado, la mirada perdida, la mano izquierda levantada sobre la cabeza para jugar distraídamente con un mechón mientras la derecha apunta hacia abajo y sostiene un naipe (el suelo, de hecho, está lleno de naipes: una tirada de tarot perdida para siempre, la confusión del destino) terminan de conformar una imagen que ha sido comparada con la obra de los pintores prerrafaelitas, en particular la del poeta y artista plástico Dante Gabriel Rossetti: estetas que reaccionaron a la modernidad, pastoralistas de una Inglaterra idealizada, amantes de la androginia. Por supuesto, Bowie no fue el primer andrógino del rock/pop, ni sería el último, pero la portada de The Man Who Sold the World planteó como pocas la pauta de una confusión que en los dos años siguientes se volvería fundan te del proceso David Bowie. La orientación del rostro destaca la mandíbula inferior y el mentón, más sólidos, más fuertes, más imbuidos de las cualidades que la economía de género atribuía a lo masculino. El cabello, a la vez, queda presentado como el de los músicos del hard rock de moda en 1970, Jimmy Page, Ian Gillan, Robert Plant, y de hecho el álbum será lo más parecido al protometal de Zeppelin, Purple y Sabbath jamás grabado por Bowie (al menos hasta Tim Machine); pero donde las bandas recién mencionadas apostaban por connotar ante todo contundencia, oscuridad y cierta brutalidad, Bowie hace una apuesta más arriesgada e híbrida.


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