Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma
Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel
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INCIPIT 1.629. A OSCURAS / THOMAS PYNCHON


    Cuando los problemas llegan a la ciudad, suelen venir por las vías férreas de la North Shore Line. Y dados los tiempos convulsos que vive el lago Michigan a la altura de Chicago, con los vientos cambiantes, la derogación de la ley seca a la vuelta de la esquina, Big Al Capone en la trena federal de Atlanta, y los asuntos de la Mafia de Chicago más alterados e imprevisibles, todo el mundo que necesita una excusa para salir pitando de la ciudad acaba viniendo aquí, a Milwaukee, donde, por lo general, lo más grave que te puede ocurrir es que te roben la pasta.

Hicks McTaggart ha estado dando vueltas por el distrito de Third Ward, la mayor parte del día sin quitar ojo a un par de turistas con sombreros Borsalino y gabanes de pelo de camello, procedentes sin duda de sus cuarteles generales, lago Michigan abajo, en el cruce de la Calle 22 y la avenida Wabash, pues la Mafia de Chicago se ocupa de todo lo que se precise en Milwaukee desde que Vito Guardalabene la palmó, aunque al sucesor de Vito, Pete Guardalabene, todavía se le considera el jefe en el Third Ward y sus fotografías aparecen en las páginas de sociedad, sonriendo en bodas y esas cosas.

Merodeando por el callejón al que da la parte trasera del Bella Palermo, el restaurante de Pasquale, Hicks oye la algarabía de un compadreo que enrolla fideos, le llega el olor a salsa de espaguetis, a ajo friéndose y a sfinciuni bagherese haciéndose sobre un fuego de ramas de olivo, y eso le da hambre, aunque hoy, tan cerca del día de cobro, el menú de su comida es un termo de café y un buñuelo de mantequilla que lleva metido en alguno de sus bolsillos.

 


Pynchon


Bartebly y compañía, Enrique Vila-Matas, p. 166

Pynchon se graduó en literatura inglcsa en la Universidad de Cornell en 1958 y trabajó como redactor para la Boeing. A partir de ahí, nada de nada. Y ni una foto o, mejor dicho, una de sus años de escuela en la que se ve a un adolescente francamente feo y que no tiene, además, por qué necesariamente ser Pynchon, sino una más que probable cortina de humo.

Cuenta José Antonio Gurpegui una anécdota que hace años le contó su añorado amigo Peter Messent, profesor de literatura norteamericana en la Universidad de Nottingham. Messent hizo su tesis sobre Pynchon y, como es normal, se obsesionó por conocer al escritor que tanto había estudiado. Tras no pocos contratiempos, consiguió una breve entrevista en Nueva York con el deslumbrante autor de Subasta del lote 49. Los años pasaron y cuando Messent se había convertido ya en el prestigioso profesor Messent —autor de un gran libro sobre Hemingway— fue invitado, en Los Ángeles, a una reunión de íntimos con Pynchon. Para su sorpresa, el Pynchon de Los Ángeles no era en absoluto la misma persona con la que él se había entrevistado años antes en Nueva York', pero al igual que aquél conocía perfectamente incluso los detalles más de su obra. Al terminar la reunión, Messent se atrevió a exponer la duplicidad de personajes, a lo que Pynchon, o quien fuere, contesté) sin la menor turbación:

—Entonces usted tendrá que decidir cuál es el verdadero.


PYNCHON

Bartebly y compañía, Vila-Matas, p. 174


79) Mucho más oculto que Gracq o que Salinger, el neoyorquino Thomas Pynchon, escritor del que sólo se sabe que nació en Long Island en 1937, se graduó en Literatura Inglesa en la Universidad de Cornell en 1958 y trabajó como redactor para la Boeing. A partir de ahí, nada de nada. Y ni una foto o, mejor dicho, una de sus años de escuela en la que se ve a un adolescente francamente feo y que no tiene, además, por qué necesariamente ser Pynchon, sino una más que probable cortina de humo.

Cuenta José Antonio Gurpegui una anécdota que hace años le contó su añorado amigo Peter Messent, profesor de literatura norteamericana en la Universidad de Nottingham. Messent hizo su tesis sobre Pynchon y, como es normal, se obsesionó por conocer al escritor que tanto había estudiado. Tras no pocos contratiempos, consiguió una breve entrevista en Nueva York con el deslumbrante autor de Subasta del lote 49. Los años pasaron y cuando Messent se había convertido ya en el prestigioso profesor Messent -autor de un gran libro sobre Herningway- fue invitado, en Los Angeles, a una reunión de íntimos con Pynchon. Para su sorpresa, el Pynchon de Los Angeles no era en absoluto la misma persona con la que él se había entrevistado años antes en Nueva York, pero al igual que aquél conocía perfectamente incluso los detalles más insignificantes de su obra. Al terminar la reunión, Messent se atrevió a exponer la duplicidad de personajes, a lo que Pynchon, o quien fuere, contestó sin la menor turbación:

-Entonces usted tendrá que decidir cuál es el verdadero.

ENTROPIA, PYNCHON


Los lenguajes de la verdad, Salman Rushdie, p. 267

Las dos grandes ideas opuestas en la obra del solitario novelista estadounidense Thomas Pynchon son la paranoia y la entropía. Sus numerosos personajes paranoicos, como Herbert Stencil en V. y casi todos los de La subasta del lote 49, están convencidos de que se les oculta la verdadera forma y el verdadero significado del mundo, y que unas fuerzas colosales -Gobiernos, empresas, extraterrestres- están actuando y manejan el mundo al mismo tiempo que ocultan su existencia tras pantallas impenetrables. Estos personajes existen en contraposición con otro grupo de arquetipos, como el marinero Benny Profane y sus amigos de «Toda la tripulación enferma» en V., para quienes la vida parece ser una fiesta de la cerveza que va decayendo lenta y casi catatónicamente sin llegar nunca a acabar.

La segunda ley de la termodinámica nos dice que el calor siempre fluye del objeto más caliente al más frío, de modo que, gradualmente, el más caliente se vuelve menos caliente y el más frío se calienta más. Cuando este principio se aplica a escala universal, se da a entender que  la energía calorífica de todos  los objetos calientes -es decir, las estrellas- se disipará lentamente, extendiéndose a la materia menos caliente, hasta que, al final, toda la materia del universo estará a la misma temperatura y no quedará energía utilizable. Todo el cosmos será víctima de un enervamiento terminal. Esto es lo que William Thomson, el primer barón Kelvin ( una persona de carne y hueso, y no una invención pynchoniana) describió en 1851 como «la muerte por calor del universo». Con la disipación universal de la energía habría un momento en el que cesaría todo movimiento. La interminable fiesta de la cerveza de Benny Profane por fin acabaría.


PYN CHON


Esta bruma insensanta, Vila-Matas, p. 184
Me lancé a recordar una historia relacionada con Peter Messent, profesor de literatura norteamericana en la Universidad de Nottingham. Hizo su tesis sobre Pynchon y, como cabía esperar, se obsesionó por conocer al escritor que tanto había estudiado. Tras no pocos contratiempos, consiguió una breve entrevista en Nueva York con el autor de La subasta del lote 49, es decir, con Pynchon, y estuvo hablando con él a lo largo de un par de horas que él siempre recordó como muy intensas. Pasaron después los años, y cuando Messent se había convertido ya en el prestigioso profesor Messent, fue invitado en Los Ángeles a una reunión de amigos entre los que estaba el propio Pynchon. Para su gran sorpresa, el Pynchon de Los Ángeles no era en absoluto la misma persona con la que él se había entrevistado años antes en Nueva York, pero, al igual que aquél, conocía perfectamente incluso los detalles más insignificantes de su obra. Fue raro. Y, al terminar la reunión, Messent se atrevió a exponer su problema o dilema ante la existencia de dos Pynchon. Y Pynchon, o quien fuera que estaba ante él, sin turbarse lo más mínimo, dijo: “Entonces usted tendrá que decidir cuál es el verdadero”.

TANATOIDE

Vineland, Thomas Pynchon, p. 165
-¿Qué es un tanatoide? Vale, en realidad es una abreviatura de «personalidad tanatoide». «Tanatoide» significa «como la muerte, sólo que distinto».
-¿Tú lo entiendes? -preguntó Takeshi a LO.
-Por lo que yo sé, viven todos juntos, en edificios de apartamentos tanatoides, o en casas tanatoides en pueblos tanatoides. Vivienda modular y más bien poco amueblada, no tienen muchos estéreos, cuadros, alfombras, muebles, chucherías, vajillas, cuberterías, nada de eso, porque para qué preocuparse, ¿me equivoco, OB?
--Uh ee ahkhh uh akh uh Oomb -dijo el chaval, con la boca llena de la comida de Takeshi.
-«Pero vemos mucha tele» -tradujo LD. Mientras esperaban los datos necesarios para satisfacer sus necesidades y cumplir sus objetivos entre los a6n vivos, los tanatoides pasaban al menos parte de cada hora de vigilia coa un ojo en la tete.

-Jamás habrá una comedia situacional tanatoide -predijo Ortho Bob, lleno de confianza-, porque lo único que podrían enseñar serían escenas de tanatoides viendo la tele. Dependiendo de lo desesperado que se sintiera el espectador de ese tipo de programas, incluso aquello podría haber sido marginalmente interesante de no haber aprendido los tanatoides recientemente, antes de la profusión ininterrumpida de vídeos, a limitarse exclusivamente, como ya hacían en otras esferas, a las emociones que contribuyeran a arreglar lo que les impidiera progresar hacia la condición mortal. Entre esas emociones, constreñidos como estaban los tanatoides por la historia y por las reglas del desequilibrio y la restauración a sentir poco más que sus necesidades de venganza, la más común era con mucho el resentimiento.

NON FINITO. MAXON Y DIXON / THOMAS PYNCHON

Los copos de nieve, que vuelan trazando arcos, han cuajado de estrellas las paredes de los edificios anexos, y también la ropa de los primos, cuyos sombreros ha arrebatado el fuerte viento que sopla, procedente de Delaware. Los muchachos ponen los trineos a cubierto, secan y engrasan con esmero los patines, depositan los zapatos en el zaguán de la entrada trasera y, con los pies enfundados en las medias, bajan a la gran cocina, donde desde la mañana reina una agitación en absoluto improvisada, un bullicio acentuado por las resonantes tapaderas de varias ollas y cacerolas con estofado, y por la atmósfera, que huele a las especias que se utilizarán para los pasteles, a frutas peladas, a sebo y azúcar caliente. Los muchachos, tras bajar precipitadamente y, entre golpes rítmicos de batidor y de cuchara, pedir y birlar lo que pueden, prosiguen su camino, como hacen cada tarde de este nevado Adviento, hacia una confortable sala que hay en la parte trasera de la casa, cedida desde hace años a sus alegres desmanes. Aquí han venido a parar una larga mesa con caballetes, llena de muescas e incisiones, y dos bancos desparejados, procedentes de la rama familiar del condado de Lancaster, algunos muebles Chippendale construidos en la calle Segunda de Filadelfia, donde se concentran las ebanisterías, entre ellos una versión del célebre Sorn Chino, provisto de un alto dosel de varas y varas de tela violeta que se pueden desplegar para formar una tienda cómoda y penumbrosa, y unas pocas sillas, todas ellas distintas, enviadas desde Inglaterra antes de la guerra. 

INCIPIT 813. LA SUBASTA DEL LOTE 49 / THOMAS PYNCHON

Una tarde de verano, al volver de una fiesta organizada por TuppeiWare donde la anfitriona había puesto quizá demasiado kirsch en la fondue, la señora Edipa Maas se enteró de que la habían nombrado albacea de la herencia de un tal Pierce lnverarity, un magnate californiano de las inmobiliarias que cierta vez había perdido dos millones de dólares en su tiempo libre pero cuyos restantes bienes eran aún lo bastante numerosos y complicados como para que el trabajo de clasificarlos fuese algo más que simbólico. Edipa se detuvo en la sala de estar y, bajo la atenta mirada del ojo apagado y verdoso de la pantalla del televisor, invocó el nombre de Dios y se esforzó por sentirse embriagada al máximo. No dio resultado. Pensó en la habitación de cierto hotel de Mazatlán cuya puerta se había cerrado de golpe, por lo visto definitivamente, despertando a doscientos pájaros que dormitaban en el vestíbulo; en un amanecer en la cuesta de la biblioteca de la Universidad de Cornell que nadie más había visto porque dicha cuesta daba a poniente; en una melodía triste y sin adornos del cuarto movimiento del Concierto para Orquesta de Bartók; en un busto encalado de Jay Gould que Pierce tenía sobre la cama, en un anaquel tan estrecho que a ella siempre le asaltaba el temor de que se les cayera encima. ¿Habría muerto así, pensó, sumido en sueños, aplastado por la única escultura de la casa? Sólo se le ocurrió echarse a reír, a carcajadas, con impotencia: qué morbosa eres, dijo para sí, o para la habitación, que estaba al tanto.

JARDIN DEL EDEN

De Vineland, Pynchon, p. 161
Esto es importante, así que escucha. Ocurre en el Jardín del Edén. Entonces, hace mucho, no había hombres. El paraíso era femenino. Eva y su hermana, Lilith, estaban solas en el Jardín. Después colaron en la historia a un tipo llamado Adán, para que los hombres parecieran más legítimos, pero de hecho el primer hombre no fue Adán ... fue la Serpiente.
-Me gusta esta historia -dijo Takeshi, acurrucándose sobre la almohada.

-Fue el hombre, sórdido y escurridizo -prosiguió Rochell. Quien inventó el “bien” y el “mal”, cuando hasta entonces las mujeres se habían conformado simplemente con ser. Entre otros timos, los hombres nos convencieron de que éramos administradoras naturales de ese asunto de la moral, que acababan de inventar. Nos metieron a la fuerza en el desastre que habían hecho de la creación, toda subdividida y etiquetada, nos dieron las llaves de la iglesia y ellos se fueron a los salones de baile y los puticlubes. En fin ... detrás de esas gafas de Osear Goldman de pacotilla pareces lo bastante listo como para comprender que me estoy refiriendo a Louise Darryl. Por mucho que se distancie personalmente de la gente, no le será fácil andar por ahí fuera contigo, porque nunca le ha sido fácil, y tal vez no estuviera mal que de vez en cuando le dedicaras algún pensamiento simpático. 

INCIPIT 573. VINELAND / THOMAS PYNCHON

Una mañana de verano de 1984, máis tarde de lo habitual, Zoyd Wheeler se despertó flotando entre rayos de sol que atravesaban una higuera trepadora colgada de la ventana, mientras un escuadrón de arrendajos azules caminaba ruidosamente sobre el tejado. En su sueño, los arrendajos eran palomas mensajeras de algún lugar lejano, allende el océano, que aterrizaban y despegaban de nuevo una por una, todas ellas con un mensaje para él y una vibración de luz en las alas, pero no podía alcanzar a tiempo a ninguna. Comprendió que era otro poderoso empujón de fuerzas invisibles, relacionado, casi con seguridad, con la carta que había llegado con su último cheque por discapacitado mental, recordándole que si no hacía alguna locura en público antes de una fecha para la que ya faltaba menos de una semana, perdería el derecho a percibir prestaciones. Se levantó de la cama gimiendo. En algún lugar indeterminado, al pie de la colina, se afanaban martillos y sierras, y en la radio de algún camión sonaba música popular americana. A Zoyd se le habían acabado los pitillos.
En la mesa de la cocina, al lado de la caja de ChocoDrácula, que resultó estar vacía, encontró una nota de Prairie. «Papá, me han vuelto a cambiar el tumo, así que me fui con Thapsia. Tienes una llamada del Canal 86, dijeron que urgente, les dije que trataran ellos de  despertarte. De todas formas te quiero, Prairie.»
-Me temo que tendrán que ser Froot Loops otra vez -murmuró, hablando  a la nota. Con suficiente Nesquick encima no eran tan malos, y varios ceniceros rindieron media docena de colillas fumables. Después de demorarse cuanto pudo en el cuarto de baño, se decidió  finalmente a localizar el teléfono y llamar a la emisora local de televisión para recitarles el comunicado de prensa de ese año. Pero «será mejor que pregunte, señor Wheeler. Nos dicen que le han cambiado la hora».
-¿Preguntar a quién, el que lo hace soy yo, no?
-Nos han dicho que vayamos todos al Cucumber Lounge. 
-Pues yo no pienso ir, estaré en el Log Jam de Del Norte. –iQué demonio les pasaba? Zoyd llevaba semanas planeando el asunto.

MAS SOBRE EL 11S

De Al límite de Pynchon, p. 345-346
-Parece que lo de salir con policías se ha terminado. Todas las chicas de la ciudad, independientemente de su coeficiente intelectual, se han transformado de la noche a la mañana en desamparadas estúpidas que se desviven por que las cuide uno de esos grandes y fuertotes uniformados de emergencias. ¿Modernas ellas?, ¿modernillas de pitiminí? Puaj. Unas descerebradas que no se enteran de nada, eso es lo que son.
Reprime las ganas de preguntar si Carmine, incapaz de resistirse a tanta atención, ha estado engañándola:
-Pero ¿qué ha pasado exactamente?, bueno, no, mejor exactamente no.
-Carrnine ha estado leyendo los periódicos, se ha tragado la historia entera. Ahora se cree que es un héroe.
_¿y no lo es?
-Es un detective de comisaría. No ve las emergencias ni en pintura, para cuando él llega ya se han ido todos. Se pasa la mayor parte del tiempo en la oficina. El mismo trabajo que ha hecho siempre, los mismos ladronzuelos de siempre, los mismos camellos, los mismos maltratadores domésticos. Pero ahora Carmine cree que está en primera línea de la Guerra contra el Terror y que yo no me muestro lo debidamente respetuosa.
-Pero (lo has sido alguna vez?, ¿acaso antes no se daba cuenta? -Él apreciaba que una mujer tuviera carácter, una personalidad fuerte. Eso decía. Y eso creía yo. Pero desde el ataque ...

-Sí, ya, se nota lo mucho que se han agriado algunos caracteres. -Los policías de Nueva York siempre han sido arrogantes, pero últimamente aparcan siempre en la acera, gritan a los civiles sin motivo; cada vez que un chaval intenta saltarse un tomo, se suspende el servicio de metro y vehículos policiales de todas las clases, de superficie y aerotransportados, convergen en la zona y ahí se quedan. En Fairway han empezado a vender mezclas de café con los nombres de los distritos policiales. Las panaderías que sirven a las cafeterías han inventado un gigantesco bollo relleno de mermelada llamado «Héroe», con la forma del conocido sándwich del mismo nombre, para cuando aparecen los coches patrulla. Heidi ha estado trabajando en un artículo para el journal of Memespace Cartography que ha titulado «Estrella  heteronormativa en alza, compañero oscuro homófobo", en el que argumenta que la ironía, que se supone que es un rasgo básico del humor gay urbano y era muy popular en los 90, se ha convertido ahora en una víctima colateral más del 11S porque no habría impedido que ocurriese la tragedia.

DEL 11S

De Al límite de Thomas Pynchon, p. 410
«Tras el ataque del 11 de septiembre», editorializa March una mañana, «entre todo aquel caos y confusión, se abrió silenciosamente un agujero en la historia de Estados Unidos, un vacío de responsabilidad, por el que empezaron a desaparecer valores humanos y financieros. En los tiempos de la candidez hippy, a la gente le gustaba culpar a "la CIN' o a una "operación secreta ilegal". Pero éste es un enemigo nuevo, innombrable, ilocalizable en ningún organigrama ni en ningún presupuesto ... , quién sabe, a lo mejor hasta la CIA le tiene miedo. »Tal vez sea invencible, o tal vez haya formas de resistirse a él. Lo que se requiere es un grupo de gente preparada, combatientes dedicados y dispuestos a sacrificar tiempo, ingresos, seguridad personal, una fraternidad de hombres y mujeres consagrada a una lucha incierta que puede prolongarse durante generaciones y, aun así, acabar en una derrota absoluta.»

INTERNET Y LA CONSPIRANOIA

De Al límite de Thomas Pynchon, p. 430-431
-Tal vez la televisión de entonces lavaba el cerebro, pero eso ya no podría pasar hoy. Nadie controla internet.
-¿Lo dices en serio? Créetelo mientras puedas, alma benditia.  ¿sabes de dónde sale todo eso, ese paraíso online tuyo? Empezó en la Guerra Fría, cuando los think tanks estaban llenos de genios que se planteaban las consecuencias de una posible guerra nuclear. .. Maletines y gafas de pasta, el traje completo de la cordura académica, que cada día acudían a un trabajo que consistía en imaginar todas las variantes en que podía llegar el 6n del mundo. Por entonces el Departamento de Defensa denominaba a tu internet DARPAnet, Y su verdadero propósito original era asegurar la supervivencia del mando y control de Estados Unidos después de un intercambio nuclear con los soviéticos.
-Qué me dices. . .
-Pues sí, la idea era establecer los suficientes nodos para que, sin importar lo que fuera destruido, siempre pudieran reorganizar alguna especie de red conectando lo que quedara en pie. . ..
En eso puede desembocar una inocente conversación padre-hija ahí, en la capital del insomnio, cuando todavía faltan horas para que amanezca. Bajo esas ventanas oyen el anárquico paisaje sonoro de la calle a medianoche, las roturas, gritos, tubos de escape, carcajadas neoyorquinas, demasiado altas, demasiado banales, los frenos pisados demasiado tarde antes del subsiguiente estampido angustioso. Cuando Maxine era pequeña, creía que ese alboroto nocturno procedía de demasiado lejos para preocuparse, como las sirenas. Ahora siempre suena demasiado cerca, forma parte de la existencia diaria. , ?
-Sí, Y tu internet fue una invención suya, este chisme mágico que ahora se filtra como un olor a través de los detalles más nimios de nuestras vidas, la compra, los quehaceres domésticos, los deberes, los impuestos, absorbiendo nuestra energía, devorando nuestro precioso tiempo. Y no es inocente. En ninguna parte. Nunca lo ha sido. Fue concebido en pecado, el peor pecado posible. Ha ido creciendo pero nunca se. ha desprendido del gélido deseo de muerte para el planeta  que anida en su corazón, y no, no creo que haya cambiado nada, hija.
Maxine rebusca entre los granos de maíz que no han estallado las pocas palomitas que queden.
-Pero la historia sigue, como siempre te gusta recordamos. La Guerra Fría acabó, ¿no?, internet evolucionó sin parar, apartándose cada vez más de los militares, volviéndose civil; hoy en día son los chats, la World Wide Web, las compras online, lo peor que puede decirse es que tal vez se esté mercantilizando demasiado, y mira el poder, la fuerza, que está concediendo a miles de millones de personas, la promesa, la libertad que ofrece.
Emie empieza a zapear, como si estuviera irritado.
-Llámalo libertad, pero está basada en el control. Todo el mundo conectado Y todos juntos, ya es imposible que nadie se pierda, jamás. Da el paso siguiente, conéctala a los teléfonos móviles, y tienes una red de vigilancia total, ineludible, de la que nadie puede escapar.
¿Te acuerdas de los cómics del Daily News? ¿la radio de muñeca de Dick Tracy?, pues estará por todas partes, todos los patanes llevarán una, serán las esposas del futuro. Tremendo. El sueño del Pentágono: la ley marcial universal.

-Ya veo de dónde he heredado la paranoia.

LACAN Y EL ZEN

De Al límite de Pynchon, p.256
-Puede que deje un tanto que desear éticamente -piensa Shawn-, pero son pocas sesiones por semana, y no siempre duran los cincuenta minutos enteros. Y al cabo de un tiempo empecé a comprender lo mucho que Lacan se parece al zen.
-iEh?
-La falacia total del ego, básicamente. Quien crees ser no es quien eres en absoluto. Lo que es mucho menos, y al mismo tiempo ...
-Mucho más, sí, gracias por la aclaración, Shawn.
Teniendo en cuenta la historia de Leopoldo, parece un buen momento para sacar el tema de Windust.
-¿Tu psiquiatra te habla alguna vez de la economía de allá?
-No mucho, es un tema doloroso. El peor insulto que se le ocurre es llamar neoliberal a la madre de quien sea. Esas políticas destruyeron la clase media argentina, jodieron más vidas de las que nadie haya sido capaz de contar hasta ahora. Tal vez no sea tan terrible como que te hagan desaparecer, claro, pero no deja de ser una putada 'loquesea'.
-¿Por qué lo preguntas?
-Alguien que conozco estuvo metido en todo eso, a principios de los noventa, y ahora trabaja fuera del D.C., pero sigue todavía en ese tipo de negocios repugnantes, y estoy preocupada por él; soy como el tipo con la brasa de carbón: no puedo desprenderme de él. Es peligroso para mi salud, y ni siquiera tiene nada hermoso, pero aun así necesito seguir aferrándolo.
-¿Es que ahora te has colgado de ... de criminales de guerra del Partido Republicano? Espero que utilices condón.
-Qué gracioso, Shawn.
-Vamos, se nota que no te ha molestado.
-¿Que no me ha molestado? Espera un momento. Ese de ahí es un Buda de hierro forjado, ¿no?, pues mira. - Alarga la mano hacia la cabeza del Buda que, por descontado, en cuanto la alcanza, se ajusta a su mano a la perfección, como si estuviera diseñada a propósito como empuñadura de un arma. Al instante, todos los impulsos agresivos se calman.

- Me he leído sus antecedentes -intentando no caer en el tono del Pato Lucas-: tortura con picanas eléctricas, deseca acuíferos y expulsa a campesinos de sus tierras, destruye gobiernos enteros en nombre de una mierdosa teoría económica en la que posiblemente ni crea, no me hago ilusiones con respecto a lo que es ...

INCIPIT 420. AL LIMITE DE PYNCHON

Es el primer día de la primavera de 2001 y Maxine Tarnow, a la que algunos todavía guardan en la memoria con su apellido de soltera, Loeffler, lleva a sus hijos a la escuela. Sí, es más que posible que ya no estén en edad de necesitar acompañante, y también es posible que Maxine se resista, todavía, a dejarles ir a su aire, además, son sólo un par de manzanas, le pilla de camino al trabajo y le gusta hacerlo, así que ¿qué tiene de malo?
Esta mañana, por las calles, da la impresión de que hasta el último peral de Callery del Upper West Side ha reventado por la noche en racimos de flores blancas. Mientras Maxine mira, la luz del sol se abre paso más allá de los perfiles de los tejados y los depósitos de agua hasta el extremo de la manzana, e incide en un árbol en concreto, que de repente se ilumina.
—¿Mamá? —Ziggy, con su prisa de siempre—, eh, vamos.
—Chicos, no os lo perdáis, ¿habéis visto ese árbol? Otis se entretiene un suspiro contemplándolo.
—Increíble, mamá.
—Mola —coincide Zig.
Los chicos siguen adelante. Maxine se demora medio suspiro más mirando el árbol antes de alcanzarlos. En la esquina, por un acto reflejo, realiza un bloqueo baloncestístico, como si quisiera interponerse entre ellos y cualquier conductor cuyo concepto del deporte consista en aparecer por la esquina y arrollarte. La luz del sol reflejada por las ventanas de los apartamentos que dan al este ha empezado a formar dibujos borrosos sobre las fachadas de los edificios al otro lado de la calle. Autobuses articulados, nuevos en estas rutas, reptan con cautela por las calles transversales de la ciudad como insectos gigantescos. Se levantan persianas de acero, camionetas tempraneras aparcan en doble fila, hombres con mangueras

11S

De Al límite de Thomas Pyncho, p.350-351
También me ha estado pasando a mí. Veo a gente por la calle que se supone que ha muerto, a veces incluso a personas que sé que estaban en las torres cuando se desmoronaron, que no pueden estar aquí, pero aquí están.
Se quedan mirándose un rato, ahí abajo, en el suelo del bar de la historia, sintiéndose pillados a traición, sin tener claro cómo levantarse y seguir adelante con un día que de repente se ha llenado de agujeros: familia, amigos, amigos de amigos, números de teléfono en el Rolodex que ya no responden ... , la sensación desoladora, algunas mañanas, de que hasta el país mismo ya no está ahí, de que está siendo reemplazado silenciosamente, pantalla tras pantalla, por otra cosa, por una caja de paquetes informáticos impresa, en manos de tipos que mantienen la cabeza fría y los dedos a punto para cliquear.
-Lo siento, Shawn. ¿y qué crees que puede ser?
-Aparte de lo mucho que los echo de menos, no sé. Es sólo esta puta ciudad de mierda; demasiadas caras, que nos vuelven locos a todos. ¿No estaremos presenciando un regreso al por mayor de los muertos?
-¿Preferirías que fuera al detalle?
-He acuerdas de aquel trozo de la grabación de las noticias locales, cuando la primera torre se viene abajo? Una mujer corre por la calle, se mete en una tienda y cierra la puerta, y entonces llega esa terrible nube negra de ceniza y escombros que asuela las calles, y pasa con la fuerza de un vendaval por delante del escaparate ... , ése fue el momento, Maxi. No el momento en que «todo cambió», sino en el que todo se reveló. Nada de una grandiosa iluminación zen, sino una avalancha de tinieblas y muerte. Que nos enseñaba exactamente en qué nos hemos convertido, lo que hemos sido todo el tiempo. -Y eso que hemos sido siempre es ...
-Es que vivimos un tiempo prestado. Y nos ha salido barato.

Sin preocuparnos nunca de quién paga, de quien se está muriendo de hambre en otra partee, esa gente amontonada y aplastada por ahí para que nosotros tengamos comida barata, una casa, un jardín en las afueras…, a escala planetaria más cada día que pasa,  el desquite va preparándose. Y mientras tanto, la única ayuda que recibimos de los medios es el lloriqueo por los muertos inocentes. ¿Sabes una cosa? Todos los muertos son inocentes. No hay ninguno que no lo sea.

11S

De Al límite de Thomas Pynchon, p.345-346
-Sí, ya, se nota lo mucho que se han agriado algunos caracteres. -Los policías de Nueva York siempre han sido arrogantes, pero últimamente aparcan siempre en la acera, gritan a los civiles sin motivo; cada vez que un chaval intenta saltarse un tomo, se suspende el servicio de metro y vehículos policiales de todas las clases, de superficie y aerotransportados, convergen en la zona y ahí se quedan. En Fairway han empezado a vender mezclas de café con los  nombres de los distritos policiales. Las panaderías que sirven a las cafeterías han inventado un gigantesco bollo relleno de mermelada llamado «Héroe», con la forma del conocido sándwich del mismo nombre, para cuando aparecen los coches patrulla.
Heidi ha estado trabajando en un artículo para el Journal of Memespace Cartography que ha titulado «Estrella heteronormariva en alza, compañero oscuro homófobo», en el que argumenta que la ironía, que se supone que es un rasgo básico del humor gay urbano y era muy popular en los años noventa, se ha convertido ahora en una víctima colateral más del 11 de septiembre porque no habría impedido queocurriese la tragedia.
-Como si, no se sabe por qué, la ironía -recapitula para Maxine-, tal como la practicaba una quinta columna de refinados entre risitas, hubiera provocado de hecho los sucesos del 11 de septiembre, al impedir que el país estuviera todo Jo serio que debería, debilitando su anclaje en «la realidad». Así que todo lo que sea fruto de la fantasía (y no me refiero al estado de delirio en el que se ha sumido el país) también debe sufrir las consecuencias. Ahora todo debe ser literal.
-Sí, los chicos están recibiendo ese tipo de discurso en la escuela. -La señora Cheung, una profesora de inglés que si la Kugelblitz fuera un pueblo sería la bruja del barrio, ha anunciado que no les pondrá más trabajos de lecturas de ficción. Otis está aterrado; Ziggy, un poco menos. Cuando Maxine los sorprende viendo Rugrats: Aventuras en pañales o reposiciones de La vida de Rocko, ellos gritan asustados, por reflejo: «iNo se lo digas a la señora Cheung!”.

-¿Te has fijado -prosigue Heidi- en cómo la programación de «realidad» ha llenado de repente todos los canales por cable, como mierda de perro? Claro que así los productores no tienen que pagar la escala salarial de los actores reales. Pero, espera, iaún hay más! Alguien necesita que esta nación de mirones pasmados se crea que por fin ha espabilado, que todos se han curtido y están a la altura de la condición humana, que se han liberado por fin de las ficciones que los llevaban por mal camino, como si prestar atención a vidas inventadas fuera una forma de abuso de drogas malignas que el desmoronamiento de las torres ha curado al meterles de nuevo el miedo en el cuerpo a todos, sin excepción. Y, a propósito, ¿qué pasa en la otra habitación?

INCIPIT 301. VICIO PROPIO / THOMAS PYNCHON


Uno
Ella vino por el callejón y subió las escaleras traseras, como antes. Hacía un año que Doc no la veía. Que nadie la había visto. Por entonces iba siempre en sandalias, con la parte de abajo de un bikini estampado de flores y una camiseta desteñida de Country loe & the Fish. Pero esa   noche vestía de pies a cabeza como una chica de tierra adentro y llevaba el pelo mucho más corto de lo que él recordaba: la pinta que ella juraba, en el pasado, que nunca tendría.
-Eres tú, Shasta?
-Se cree que está alucinando.
-Supongo que es por el nuevo envoltorio.
Los iluminaba la luz de la calle que entraba a través de la ventana de la cocina, a la que nunca se había molestado en poner cortinas, y desde la falda de la colina les llegaba el estampido de
las olas. Algunas noches, con el viento apropiado, se oía el oleaje en toda la ciudad.
-Necesito tu ayuda, Doc.
-¿Sabes que ahora tengo una oficina?, ¿como un empleo normal y todo eso?
-Te busqué en el listín telefónico; estuve a punto de pasarme por allí. Pero luego me dije: mejor para todos que esto parezca una cita secreta.
Pues muy bien, nada romántico esta noche. Mal rollo. Pero a lo mejor todavía caía algún encargo remunerado.
-Te vigilan?
-Acabo de tirarme una hora dando vueltas por las calles de los alrededores para no llamar la atención.

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