Cuando los problemas llegan a la ciudad, suelen venir por las vías férreas de la North Shore Line. Y dados los tiempos convulsos que vive el lago Michigan a la altura de Chicago, con los vientos cambiantes, la derogación de la ley seca a la vuelta de la esquina, Big Al Capone en la trena federal de Atlanta, y los asuntos de la Mafia de Chicago más alterados e imprevisibles, todo el mundo que necesita una excusa para salir pitando de la ciudad acaba viniendo aquí, a Milwaukee, donde, por lo general, lo más grave que te puede ocurrir es que te roben la pasta.
Hicks
McTaggart ha estado dando vueltas por el distrito de Third Ward, la mayor parte
del día sin quitar ojo a un par de turistas con sombreros Borsalino y gabanes
de pelo de camello, procedentes sin duda de sus cuarteles generales, lago
Michigan abajo, en el cruce de la Calle 22 y la avenida Wabash, pues la Mafia
de Chicago se ocupa de todo lo que se precise en Milwaukee desde que Vito
Guardalabene la palmó, aunque al sucesor de Vito, Pete Guardalabene, todavía se
le considera el jefe en el Third Ward y sus fotografías aparecen en las páginas
de sociedad, sonriendo en bodas y esas cosas.
Merodeando por
el callejón al que da la parte trasera del Bella Palermo, el restaurante de
Pasquale, Hicks oye la algarabía de un compadreo que enrolla fideos, le llega
el olor a salsa de espaguetis, a ajo friéndose y a sfinciuni bagherese
haciéndose sobre un fuego de ramas de olivo, y eso le da hambre, aunque hoy,
tan cerca del día de cobro, el menú de su comida es un termo de café y un
buñuelo de mantequilla que lleva metido en alguno de sus bolsillos.

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