A lo lejos, los muchachos corren por el tupido césped, impecablemente cortado. La pelota anticipa sus cambios de dirección, el sudor se extiende como musgo por sus camisetas. Acabarán deteniéndose y subirán la colina, con sus radiantes sonrisas, agotados. Uno empuja a otro. El grupo lo acoge; es un acto de amor.
Es a él a
quien Amos examina, el chico al que han empujado, cuyos ojos marrones observan
el campus como si fuera de su propiedad y cuyas piernas impulsan sus pies hacia
delante en largas y cómodas zancadas. No ha dicho gran cosa, pero su silencio
no lo empequeñece. A los demás, su presencia les resulta tan inevitable que ni
siquiera es necesario señalarla.
Mientras
comían, inclinados cual soldados sobre sus bandejas, alguien le había lanzado
una manzana. Ford, le gritaron. El chico la agarró al vuelo, le dio un mordisco
limpio, violento y, con un suave golpe, la dejó en la bandeja. Todos se echaron
a reír. La pulpa brillaba como un hueso.
En el terreno
de juego se movía con la indolente elegancia de un prodigio, natural y sin
esfuerzo alguno. Amos era mejor y, tiempo atrás, le agradaba. Pero ahora, al
caminar a su lado, le avergüenzan sus esfuerzos. Las horas de verano dedicadas
a sudar se vuelven imprescindibles pero poco agradables a la vista.

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