Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma
Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel

INCIPIT 1.627. ENTRE AMIGOS / HAL EBBOTT


A lo lejos, los muchachos corren por el tupido césped, impecablemente cortado. La pelota anticipa sus cambios de dirección, el sudor se extiende como musgo por sus camisetas. Acabarán deteniéndose y subirán la colina, con sus radiantes sonrisas, agotados. Uno empuja a otro. El grupo lo acoge; es un acto de amor.

Es a él a quien Amos examina, el chico al que han empujado, cuyos ojos marrones observan el campus como si fuera de su propiedad y cuyas piernas impulsan sus pies hacia delante en largas y cómodas zancadas. No ha dicho gran cosa, pero su silencio no lo empequeñece. A los demás, su presencia les resulta tan inevitable que ni siquiera es necesario señalarla.

Mientras comían, inclinados cual soldados sobre sus bandejas, alguien le había lanzado una manzana. Ford, le gritaron. El chico la agarró al vuelo, le dio un mordisco limpio, violento y, con un suave golpe, la dejó en la bandeja. Todos se echaron a reír. La pulpa brillaba como un hueso.

En el terreno de juego se movía con la indolente elegancia de un prodigio, natural y sin esfuerzo alguno. Amos era mejor y, tiempo atrás, le agradaba. Pero ahora, al caminar a su lado, le avergüenzan sus esfuerzos. Las horas de verano dedicadas a sudar se vuelven imprescindibles pero poco agradables a la vista.


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