Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma
Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel
Mostrando entradas con la etiqueta Guerra civil. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Guerra civil. Mostrar todas las entradas

PARACUELLOS


Filek, Martínez de Pisón, p. 101

Entre ellos abundaban los derechistas, incluidos muchos militares. La toma de la capital parecía ser cuestión de horas. Para evitar que esos reclusos, una vez libres, se sumaran al enemigo, se decidió su evacuación. La labor de clasificación de los presos de la Modelo por su «peligrosidad», llevada a cabo por miembros del Comité Provincial de Investigación Pública (CPIP) con la colaboración de un par de chivatos, se prolongó hasta la tarde del día 7. Después unos milicianos fueron pasando ante las celdas y leyendo en voz alta los nombres que figuraban en las listas. A los elegidos se les ataron las manos y se les agrupó en el patio. Luego se les hizo subir en unos autobuses de dos pisos, al estilo londinense, utilizados habitualmente para el servicio regular. Al poco de salir de Madrid, esos autobuses abandonaron la carretera para desviarse hacia unos cerros. Allí los presos fueron puestos en fila y fusilados mientras los vehículos regresaban en busca de nuevas víctimas. Se hizo todo deprisa y corriendo, sin entretenerse en enterrar a los muertos, y los desdichados que iban siendo conducidos en sucesivas tandas se encontraban con los cadáveres amontonados de las tandas precedentes. Finalmente se obligó a los vecinos del pueblo más próximo, Paracuellos de Jarama, a cavar unas grandes zanjas en las que sepultarlos a todos.                                                                                                                                                                  Cuando se produjeron las matanzas, el máximo responsable de las cárceles madrileñas era Santiago Carrillo, quien con sólo veintiún años acababa de hacerse cargo de la consejería de Orden Público en la recién creada Junta de Defensa. Carrillo negó siempre cualquier relación con los hechos, lo que, a juicio de los especialistas, carece de toda credibilidad.


LA GUERRA CIVIL


Hacer la guerra, Simone Weil, p. 21

Por poner otro ejemplo, si alguien osa defender delante de un hombre de partido la idea de un armisticio en España, este responderá con indignación, si es de derechas, que hay que luchar hasta el final para imponer el orden y aplastar a los promotores de anarquía; responderá con no menos indignación, si es de izquierdas, que hay que luchar hasta el final por la libertad del pueblo, por el bienestar de las masas trabajadoras, por la aniquilación de los opresores y los explotadores. El primero olvida que ningún régimen político, del tipo que sea, acarrea desórdenes que puedan igualar ni de lejos a los de la guerra civil, con las destrucciones sistemáticas, las matanzas en serie en la línea de fuego, el menoscabo de la producción y los cientos de crímenes individuales cometidos a diario en los dos bandos debido a que cualquier canalla puede tener un fusil. El hombre de izquierdas, por su parte, olvida que, incluso en el bando de los suyos, las necesidades de la guerra civil, el estado de sitio, la militarización del frente y la retaguardia, el terror policial, la falta de límites para la arbitrariedad, la falta de garantías individuales, suprimen la libertad mucho más radicalmente que la subida al poder de un partido de extrema derecha; olvida que los gastos de guerra, las ruinas y el freno de la producción condenan al pueblo, y, por mucho tiempo, a privaciones mucho más crueles que las causadas por sus explotadores. Ambos, el hombre de derechas y el hombre de izquierdas, olvidan que largos meses de guerra civil han implantado poco a poco en cada bando un régimen casi idéntico. Cada uno de ellos ha perdido su ideal sin darse cuenta, sustituyéndolo por una entidad vacía; para cada uno de ellos la victoria de lo que aún sigue llamando su idea ya solo puede definirse como el exterminio del adversario; y cada uno de ellos, si le hablan de paz, responderá desdeñosamente con el argumento contundente, el argumento de Minerva en Homero, el argumento de Poincaré en 1917: «Los muertos no lo quieren».


SIMONE WEIL


La palabra que aparece, Enrique Díaz Alvarez, p. 67

Los fusilamientos y las expediciones punitivas de su propio bando la habían decepcionado especialmente. Había descubierto que el término «fascista» era convenientemente elástico. Narra, por ejemplo, la arbitrariedad con que los republicanos ejecutaban a panaderos y presuntos combatientes de quince años. Cuenta cómo unos compañeros milicianos le explicaron entusiasmados que habían capturado a dos sacerdotes; a uno lo mataron allí mismo de un disparo y al otro, que lo había visto todo, le dijeron que podía marcharse. Luego, a los veinte pasos, lo abatieron por la espalda. Con una mezcla de incredulidad e indignación, Weil apunta en su cuaderno: «El que me contaba la historia se asombró mucho de no verme reír.»

Esta clase de abusos no solo orillaron a Simone Weil a denunciar los excesos del bando republicano, sino también a repensar la naturaleza misma de la guerra. Más-que escandalizarse por las sangrientas batallas o las cifras de la masacre, le trastorna ver la indiferencia «con respecto al hecho de matar a alguien». Intuye que lo esencial de la guerra está ahí, en la apatía que, observa continuamente entre sus mismos compañeros de lucha. Le asombra que ni siquiera los intelectuales «blandos e inofensivos» que combatían y paseaban a su lado expresasen la menor repulsión, desagrado o rechazo por toda aquella sangre inútilmente derramada.

También le indigna descubrir que los míseros y dignísimos campesinos de Aragón, por los que ella había acudido a luchar, no suscitaban la menor curiosidad entre los milicianos. Le resultaba insoportable comprobar cómo, allí mismo, en el frente, se reproducían las desigualdades contra las que supuestamente buscaban enfrentarse. En realidad, aquella indiferencia ponía de manifiesto el abismo que separaba a  los combatientes de la población desarmada: una brecha «semejante a la que separa a los pobres de los ricos».


LA RETIRADA


Volver la vista atrás, JG Vásquez, p. 42

La escena parecía el atrezzo de una mala obra de teatro: una carretera, algunos árboles, un sol que blanqueaba las cosas. Allí, en ese decorado mediocre, estaban Josefina y los Cabrera, apretujados en un Hispano-Suiza a cinco kilómetros de la frontera francesa, en medio de ninguna parte. Pero no estaban solos: como ellos, otros muchos ocupantes de muchos vehículos, y otros hombres y mujeres que habían llegado a pie con sus baúles al hombro, esperaban lo mismo. Huían de la guerra: dejaban atrás sus casas; dejaban atrás, sobre todo, a sus muertos, con esa osadía o ese desespero que le permite a cualquiera, aun al más cobarde, lanzarse a las incertidumbres del exilio. La frontera estaba cerrada y no quedaba más remedio que esperar, pero mientras esperaban, mientras pasaban las horas morosas del primer día y luego del segundo, la comida se iba acabando y las mujeres se iban poniendo más nerviosas, acaso conscientes de algo que los hijos ignoraban. Ciertas esperas son horribles porque no tienen conclusión visible, porque no están a la vista los poderes capaces de ponerles fin o de hacer que ocurra lo que volvería a poner el mundo en movimiento: por ejemplo, que las autoridades -¿pero quiénes son, dónde están?- den la orden de que se abra una frontera. Y en eso estaban Fausto y su hermano Mauro, preguntándose quién podía dar la orden y por qué se había negado hasta ahora a darla, cuando se oyó un murmullo en el aire, y luego el murmullo se convirtió en rugido,. Y antes de que la familia se diera cuenta, un avión de caza estaba pasándoles por encima, disparándoles con sus ametralladoras.

“¡A esconderse!”, gritó alguien.

Pero no había dónde hacerlo. Fausto se refugió detrás del Hispano-Suiza, pero enseguida, cuando el avión pasó de largo, tuvo la sospecha de que el ataque no había terminado, y se dio cuenta de que la parte de atrás, cuando viene un avión de un lado, era la parte de adelante cuando el avión viene del otro. Y así fue: el avión hizo un giro en el aire y volvió desde la dirección contraria. Fausto se metió entonces debajo del Hispano-Suiza, y allí, con la cara contra el suelo de tierra y sintiendo las piedras en la piel, oyó de nuevo el rugido y las metralletas y reconoció el grito de Josefina, que era un grito de miedo y de rabia: “¡Hijos de puta!”. Y entonces se hizo de nuevo el silencio. El ataque había pasado sin dejar muertos: caras de miedo por todas partes, mujeres llorando, niños recostados en las ruedas de los carros, orificios de bala -oscuros ojos que nos miran- en algunas carrocerías. Pero no muertos. Ni heridos tampoco. Era inverosímil.


HEMINGWAY


Ava en la noche, Manuel Vicent

David solo había leído algunos cuentos de este escritor, pero lo admiraba por su instinto para estar en el tiempo y en el lugar oportunos a la hora de salir en la foto en los momentos decisivos de la historia. Era uno de esos tipos fortachones que presumen de ser todo un hombre y siempre va retando a los amigos a echar un pulso o batirse en un combate de boxeo.  Parece ser que la violencia excitaba su imaginación. Hizo la Primera Guerra Mundial de conductor de ambulancias en el frente del norte de Italia. Recibió una esquirla de metralla en la pierna con la alegría con que un niño católico toma la hostia en la primera comunión. En el hospital se enamoró de una enfermera, una tal Agnes H. von Kurowski, que le serviría luego de modelo para la protagonista de Adiós a las armas. David lo admiraba y odiaba a la vez. Le atraía la forma con que convertía cualquier percance de su vida en una categoría literaria, hasta el punto de que su miseria de los años de París la convirtió en una fiesta. Pero le repugnaba la forma de exhibir su fortaleza frente a la debilidad alcohólica de Scott Fitzgerald. Se paseaba por Saint Michel, se sentaba en la terraza de Le Cloiserie des Lilas, bebía en casa de  Gertrude Stein, con Ezra Pound, visitaba la librería Shakespeare & Company, en Odeón 12, en cuya puerta se cruzaba con James Joyce cuando también acudía a pedir libros prestados a Sylvia Beach, o en el Harry's Bar, donde dejó colgados sobre la barra sus guantes de boxeo. Todo lo hacía como un dios que crea el mundo. Pero la vida pastueña de corresponsal en París no iba con su carácter. Alguien le contaría que en una pequeña ciudad del norte de España se celebraba un rito de sangre con mucho sabor étnico. En Pamplona se corrían toros en un encierro y los mozos con pantalones y camisa blancos, faja roja y pañuelo al cuello del mismo color, se iniciaban ante sus novias jugándose la vida entre un bosque de cuernos de toros y cabestros. Era cosa del gremio de carniceros, que llevaban ese pañuelo  rojo en el hombro para no mancharse de sangre cuando trasportaban reses descuartizadas. Los sanfermines dejaron de ser una brutalidad racial desconocida cuando este escritor, enamorado de la violencia castiza, bajó por primera vez, en 1925, a Pamplona desde París con su mujer Hadley y unos amigos norteamericanos a correr los encierros y a exponerse como un icono en el café Iruña antes de escribir esa novela mediocre titulada Fiesta, que lo llevaría a la fama.

La violencia parecía ser solo una aventura, tenía un buen olfato para detectarla y eso había hecho en 1937 cuando, en plena Guerra Civil, se presentó en el hotel Florida de Madrid para mojar la pluma en sangre hasta saciada por entero. El resultado fue otra novela mediocre, Por quién doblan las campanas, que David había comprado en la trastienda de una librería que vendía libros prohibidos. ¿Valía la pena haber hecho una guerra civil solo por complacer a Hemingway, por ver a Ingrid Bergman con la cabeza de miliciana rapada o a Gary Cooper como un combatiente que no se entera de nada?


ENRIQUE LISTER


Terra Alta, Javier Cercas, p. 252-253
 “Averigua que ha pasado -le ordenó Líster a su enlace-. Si han perdido la posición, dile al oficial que la recuperen como sea.» Y, para que no hubiera dudas, el general le entregó un papel donde había escrito la orden de su puño y letra. El enlace obedeció, subió la montaña, llegó a la ermita. El espectáculo que allí le aguardaba era desolador: tumbado contra el tronco de un ciprés, un capitán republicano jadeaba con la cara tiznada y el uniforme en ruinas, manchado de polvo y de sangre; a su alrededor, quince o veinte soldados deshechos por el combate sobrevivían aquí y allá, ocultos entre los árboles. El enlace de Líster le preguntó al capitán dónde estaba el resto de la unidad y el capitán le dio a entender que todos estaban muertos o desaparecidos, a pesar de lo cual el enlace le comunicó la orden de Líster y luego le entregó el papel donde el general la había puesto por escrito. El capitán leyó la orden. Una vez leída, pareció quedarse unos segundos en blanco, ausente, y a continuación empezó a mover a un lado y a otro la cabeza, como negándose en silencio a acatarla, o como si estuviese a punto de enloquecer. Luego, pasado un lapso de tiempo que el enlace no sabía si computar en minutos o en segundos, el capitán se levantó y, caminando como un sonámbulo, se acercó a donde se hallaban los hombres que le quedaban, los reunió y les dijo: «Me acaban de dar la orden de recuperar la cota». Un silencio incrédulo acogió la noticia; el capitán hizo una pausa para que sus soldados la asimilasen, tal vez para terminar de asimilarla él mismo, hasta que por fin añadió: «Yo la voy a cumplir. El que quiera seguirme que me siga. El que no, que se pierda por ahí». Siempre según el jubilado (o siempre según el relato que el enlace le hizo al jubilado), el capitán dijo esto último con un ademán indiferente que parecía querer abarcar la sierra y, una vez lo hubo dicho, desenfundó la pistola y echó a andar montaña arriba hacia la cota ocupada por los franquistas, sin mirar atrás ni tomar precauciones, sin saber si subía solo o si alguno de sus soldados caminaba tras él. El enlace vio entonces cómo, uno a uno, aquel puñado de soldados exhaustos, famélicos y polvorientos se levantaba y seguía a su capitán, vio que todos se desplegaban trepando por la ladera desprotegida, subiendo hacia la cumbre en medio de un silencio mortal, como una comitiva de fantasmas vagando en el crepúsculo de la sierra, seguros de que ofrecían un blanco fácil y de que todos iban a morir. Y en aquel momento ocurrió un milagro o algo que el enlace, paralizado de terror entre los cipreses de la ermita, temblando de pies a cabeza pero incapaz de apartar los ojos de la carnicería que estaba a punto de presenciar, sólo pudo interpretar como un milagro, y es que los franquistas que ocupaban la cota no dispararon contra aquel montón de desharrapados con los que llevaban matándose desde la salida del sol, no los masacraron a placer sino que se retiraron sin oponer resistencia, como si se rindieran ante aquel suicidio colectivo o como si estuviesen igual de hartos de guerra que sus enemigos y ya no les quedasen ánimos para seguir matando.
-Así que los quince o veinte soldados republicanos tomaron la cota sin pegar un solo tiro -terminó el jubilado.


DE LA GUERRA CIVIL


El escándalo del sigo, GG Márquez, p. 281
La historia que más me ha impresionado en mi vida, la más brutal y al mismo tiempo la más humana, se la contaron a Ricardo Muñoz Suay en 1947, cuando estaba preso en la cárcel de Ocaña, provincia de Toledo, España. Es la historia real de un prisionero republicano que fue fusilado en los primeros días de la guerra civil en la prisión de Ávila. El pelotón de fusilamiento lo sacó de su celda en un amanecer glacial, y todos tuvieron que atravesar a pie un campo nevado para llegar al sitio de la ejecución. Los guardias civiles estaban bien protegidos del frío con capas, guantes y tricornios, pero aun así tiritaban a través del yermo helado. El pobre prisionero, que sólo llevaba una chaqueta de lana deshilachada, no hacía más que frotarse el cuerpo casi petrificado, mientras se lamentaba en voz alta del frío mortal. A un cierto momento, el comandante del pelotón, exasperado con los lamentos, le gritó:
-Coño, acaba ya de hacerte el mártir con el cabrón frío. Piensa en nosotros, que tenemos que regresar.

ARGELES-SUR-MER

Un final para Walter Benjamin, Alex Chico, p. 76
Qué diremos de los campos de concentración construidos para encerrar a los refugiados españoles que huían de la guerra. Dónde conseguiremos situar el punto exacto que nos indíque el lugar de la barbarie. Un ejemplo es Argeles-sur-Mer, una de las poblaciones costeras del sur de Francia. Si no fuera por una pequeña placa informativa a la entrada de la playa, nada nos haría pensar que allí se construyó uno de los campos de concentración al que destinaron a un buen número de refugiados españoles, donde malvivieron entre alambres de espino, custodiados por tropas coloniales, senegaleses y marroquíes, y algunos gendarmes. Sin barracas, ni letrinas, ni enfermería, ni cocina, ni electricidad, los presos tuvieron que hacer frente a la dísentería, el tifus o la sarna. Muchos murieron ante la proliferación de enfermedades y epidemias, víctimas del frío, la humedad y el hambre. Así lo describe Robert Capa, cuando lo visitó en marzo de 1939: Un infierno sobre la arena: los hombres allí sobreviven bajo tiendas de fortuna y chozas de paja que ofrecen una miserable protección contra la arena y el viento. Para coronar todo ello, no hay agua potable, sino el agua salobre extraída de agujeros cavados en la arena. Más allá de la escasez de alimentos, de los piojos y pulgas, muchos de aquellos expatriados recuerdan principalmente tres cosas: la arena fina que se colaba por todas partes, los alambres de espino y, sobre todo, el menosprecio que infligian las tropas encargadas de sitiarles en las playas de Argeles. Al sufrimiento físico habría que añadirle el sufrimiento moral. El comportamiento  que adoptaron los soldados franceses fue humillante, privando a todos los refugiados de cualquier derecho reconocido por la comunidad internacional. Como escribió Agustí Bartra en su poema "La ciudad de la derrota", haber sido vencidos no era suficiente.

EL EXILIO

La familia de mi padre, Lolita Bosch, p. 232
Huyendo con mi padre de aquel mundo oscurantista y prejuicioso en el que él creció. Yo sólo nací. Y ahora, juntos, nos alejábamos corriendo del millón y medio de muertos de la guerra civil que todavía se discuten. De los cincuenta mil asesinados en los dias inmediatamente posteriores al golpe de Estado franquista. De las vejaciones contra las mujeres republicanas, la ley marcial, la prohibición de reunión, de expresión, de oponernos. Huyendo de la brutalidad policial, la tortura, la reclusión, la censura, los niños perdidos del franquismo, los archivos requisados de cartas personales y recuerdos, las bibliotecas secuestradas que todavía hoy no han podido recuperar sus legítimos propietarios, los miles de presos y perseguidos a los que nadie les ha pedido disculpas, las fosas comunes olvidadas. La guerra y todos sus muertos. Lejos del  mundo opresivo que se instauró luego y que yo recuerdo, sobre todo, porque me lo contó mi padre. Lejos del primer medio millón de personas exiliadas en Francia, en Argentina, en México, lejos de la generosidad chilena, venezolana, rusa, de Francesc Trabal, de Pere Calders y su L'ombra de l'atzavara, de Leon Felipe, de la Pasionaria. De aquel país en el que creció mi  padre y del que se habían ido Luis Cernuda, Max Aub, Luis Buñuel, Pablo Picasso, María Zambrano, Tísner, Adolfo Sánchez  y Vázquez y Ramón J. Sender, que dijo: “España se  va de España” Un lugar letárgico en el que tuvieron que quedarse muchos, callados y retorcidos en un exilio interior similar a un caracol. Se quedó María Moliner e hizo su  diccionario imprescindible. Se quedó Vicente Aleixandre que a pesar de todo recibió el premio de poesía Francisco Franco en l949.Y se quedó también Miguel Hernández, porque cuando trató de irse fue detenido camino de Portugal y entregado por la policía de Salazar a las autoridades franquistas. Acababa de imprimir en Valencia El hombre acecha y, antes de su edición, una comisión franquista presidida por el filólogo Joaquín de Entrambasaguas ordenó la destrucción de todas las impresiones.

Se salvaron dos ejemplares y permitieron la reedición del libro en 1981.

VIRGEN DE BENLLIURE

Coto vedado, Juan Goytisolo, p. 54-55
Las predicciones apocalípticas de la señorita se cumplían: el último número de «Mickey», nuestra revista favorita, había salido pintarrajeado de los colores rojo y negro de la F Al; las iglesias ardían unas tras otras como en la época del Imperio Romano. Desde el cenador del jardín, contemplábamos el camión de «los rojos» estacionado junto a Santa Cecilia, la densa columna de humo que se extendía sobre el minúsculo edificio blanco. ¿Hubo información malintencionada respecto al oratorio familiar de casa? Si bien la hipótesis, formulada después por mi padre, tiene visos de verdad, lo cierto es que la capilla, perfectamente visible desde el lugar en el que se hallaban los incendiarios, podía ser tentadora sin necesidad de ninguna denuncia. Fruto del azar u objetivo programado, la irrupción de los hombres del camión en la era minutos más tarde nos llenó en cualquier caso de terror. La señorita María sollozaba: ella, cuya lectura predilecta era un manual de piedad compuesto por biografías de niños santos, acariciaba quizá en sus adentros la exaltadora posibilidad de un martirio cercano. Mi madre, que se había asomado a una ventana cuando los intrusos se hicieron abrir por los masoveros la puerta de la capilla, fue conminada a retirarse a sus habitaciones a punta de revólver. Refugiados en la galería escuchábamos voces, golpeteos, gritos. Mi madre nos imponía silencio y la señorita rezaba el rosario en voz baja.

A pesar de que el desarrollo de este lance presenta en mi memoria opacidades y huecos, recuerdo bien el momento en que, desaparecidos los autores de la incursión, nos aventuramos a la era a ver los destrozos. La estatua de mármol de la Virgen, obra de Mariano Benlliure, había sido derribada del altar y yacía fuera con la cabeza partida a golpes de maza. En una fogata, ardían todavía, amontonados, diferentes objetos litúrgicos. Contrastando con nuestro desconsuelo, el masovero y su familia examinaban aquel estrago con silenciosa impasibilidad.

VIVA LA REPUBLICA

Al presidente de la Liga de Escritores Americanos
Con la máxima sinceridad deseo dejar constancia pública de que me opongo irrevocablemente a Franco y al fascismo, a todas las violaciones del gobierno legal y a los ultrajes contra el pueblo de la España Republicana.
William Faulkner

EL FIN DE LA GUERRA CIVIL EN REGION

De Volverás a región de JB, p. 67-68
Un mes más tarde, un día que debía visitar las avanzadas y poco después de abandonar el cuartelillo que había organizado en la clínica del doctor Sebastián, en un recodo de la carretera su coche fue tiroteado por un grupo de guerrilleros y allí, en una cuneta y a media mañana, murió junto a su chófer -sólo un ayudante escapó con unas heridas en la cabeza- el hombre  que, movilizando todo un ejército, había intentado, con el pretexto de una vieja afrenta, violar la inaccesibilidad de aquella montaña y poner a la luz el secreto que envuelve su atraso. Pocos días más tarde el Mando ordenó suspender sine die la operación de limpieza y la guerra concluyó, en la sierra de Región, dejando las cosas (en lo que a la tradición se refieren) no sólo igual que estaban el año 36 sino agravadas por la oculta y no desmentida presencia de unos pocos hombres de la resistencia que buscaron su cobijo en los terrenos prohibidos.

Años más tarde se asegurará que se trata de un ejército fantasmal (con la ropa, la carne y el cabello desteñidos), escondido entre los piornales, que flota vaporoso sobre las ciénagas insalubres y que asciende por entre las urces, en las madrugadas, al tiempo que se retira la niebla nocturna. Un nuevo regimiento espectral que ha venido a unirse a los fieros voluntarios carlistas que hundieron sus lanzas y clavaron sus gallardetes en el valle del Tarrentino; a los monásticos y rubios y acorazados caballeros que despiertan con las avenidas de octubre para pasear su altivez y su desprecio por las márgenes del río asesino; a los rencorosos guardianes y guardabosques de las viejas mansiones, la carabina al hombro, las guerreras destrozadas y las barbas enredadas con el mismo arañuelo parásito, como hilas de algodón, que se cría en los rosales bravíos y en los espinos; a los viejos y hostiles pastores de ojos menudos y vivos que habitan en las alturas y se esconden bajo sus montones de leña. En realidad no hay una sola noticia exacta con referencia a aquellos fugitivos que -una mañana muy fría de enero del año 1939- abandonaron el último aprisco para, trepando penosamente por entre las laderas de brezo, perderse en la niebla, un día tan cerrado que hasta los primeros farallones calizos se ocultaban a la vista. Se dice que horas más tarde una serie de disparos llamó la atención de una avanzada navarra que había ascendido hasta el refugio de Muerte y que salió en descubierta, durante toda la tarde, para volver al mismo sitio, empapados de agua y escarcha, sin haber podido encontrar el menor rastro. Tampoco hay acuerdo acerca de la identidad y el número de los fugitivos: quizá sólo eran diez o quince -según el sentir común- y entre ellos, Eugenio Mazón, el viejo Constantino transportado en unas angarillas, herido en un pie y con un ojo vendado, el ahijado del doctor Sebastián acompañado de aquel hombre maduro y enigmático que le había acompañado durante toda la guerra, tres o cuatro soldados y -cerrando la fila el mayor de aquellos hermanos alemanes que miraba siempre hacia atrás (tenía unos ojos de color de paja, una mirada inalterable no expresiva pero emotiva) no tanto para vigilar como para despedirse de aquel valle del Torce donde habían perdido la vida todos los suyos.

LA POSTGUERRA

¿Tú tenías idea de que ese pintor catalán, cómo se llama, uno de los más jaleados, fue falangista de paliza y pistola? Todo el mundo lo ignora y los que no se lo guardan, no vayamos a desprestigiar a izquierdistas de cartel ya consagrados. Aquí la gente ha pasado de franquista a antifranquista como por arte de magia, y la población entera tragándoselo y aplaudiendo el número, los periodistas los primeros. No hay mucho que hacer contra eso. Mira, yo mismo, de no ser por el Doctor Naval, que me merece todo el crédito (bueno, y de lo que me confirmaron luego en mi propia familia), supongo que yo mismo consideraría a Van Vechten un ejemplo de generosidad, reconciliación y decencia en épocas difíciles. Sonriente y campechano, además, cuando visitaba el Ruber. También a mí me daba palmadas, pese a no ser nadie. Sí, los dos  atendieron a las familias de quienes después de la Guerra estaban pringados, y hasta comienzos de los sesenta, no te creas, cuando la dictadura levantó la vara y se fue olvidando de los que ya había hundido. Lo que sólo saben sus beneficiados es por qué y a qué precio. Y claro, parte del precio era que éste no trascendiera jamás, que sólo quedara lo de puertas afuera, la buena imagen, la buena fama, aquellos médicos vencedores que curaban a los niños a domicilio sin cobrar ni una peseta, a cambio de nada. A los niños de los enemigos, ojo,  hombres modélicos, Arranz y Van Vechten; y habría más como ellos, me imagino, en toda España y en muchos oficios (abogados, notarios, policías, jueces, alcaldes, y hasta el último funcionario), cuántos no habrán sacado partido de esa situación a lo largo de años, décadas. La mayoría sin exigir dinero, ya se les pagaba en especie. A estos dos por lo menos. Ya les iba bien pasarse por los domicilios. Hablo de ellos.
-¿En especie? ¿Qué especie, si esas familias tenían poco o nada?

-Tenían pasado. Tenían secretos y tenían mujeres, Juan. Suficiente -dijo Vidal, y al decirlo pareció envolverlo  una niebla, de disgusto, de mal humor, de resentimiento largamente postergado y que debería seguir postergando, quizá para siempre; ahora lo exhalaba un instante, y en privado, y casi en susurros, como las historias de la vida íntima, que son la inmensa mayoría y ya es un logro si se murmuran: poco es lo que se hace público, poco lo que interesa, poco lo que quiere conocer la gente, que está fijada en lo suyo, cada uno en lo propio y lo de los demás qué importa. A veces se escucha, sí, distraídamente o con curiosidad superficial o por deferencia, porque nunca es comparable lo ajeno con lo que le sucede a uno. Aunque lo del otro sea desesperante, un tormento, y lo nuestro una pasajera minucia.

EL ORGULLO DE LOS PERDEDORES

De Así empieza lo malo de Javier Marías, p. 422
Es curioso que haya desaparecido el orgullo, durante la postguerra era muy fuerte el que alimentaba a los vencidos, que ni siquiera hablaban de sus muertos y presos, como si sacarlos a relucir -aun en privado- fuera ya un oprobio; no sé, un acatamiento, un reconocimiento del bando que se los había causado y de su potestad para hacer daño. No se callaba sólo por miedo y por no refrescar la memoria de quienes aún tenían capacidad de infligirlo, aumentarlo y ampliarlo; también por no darles un triunfo, por no agachar más la cabeza ante ellos, con lamentos.
(En la foro los españoles de Mauthausen saludan a los aliados en la liberación)

LA VIDA COTIDIANA EN LA GUERRA

De El balcón en invierno de Luis Landero p.129-130
Siempre me ha intrigado, como un rasgo significativo y misterioso de la psicología humana, que la vida de diario encuentre un cauce para seguir fluyendo como si tal cosa durante las guerras, que los niños sigan jugando, los músicos haciendo música, los bailarines danzando, los escritores (que acaso ni siquiera hacen mención en sus libros al momento histórico que viven) escribiendo, las muchachas poniéndose guapas, los novios bailando incansablemente a media luz ... Es inquietante, y reveladora de los fondos turbios de nuestra alma, la facilidad que a veces tenemos para convivir con el horror y para reajustar o acomodar a las circunstancias, de un día para otro, nuestra tabla usual de valores.
En estos casos, siempre me acuerdo de la siguiente historia. Dos jóvenes filósofos alemanes se encuentran un día de finales de julio de 1914. ¿Te has enterado ya de lo sucedido?, pregunta Falkenfeld, trémulo de ansiedad. Sí, claro, Sarajevo, dice Herbert Marcuse, que es quien cuenta el suceso. No, no, dice Falkenfeld, escandalizado, que mañana se suspende el seminario de Rickert. ¿Qué pasa, que está enfermo? No, es por la  amenaza de la guerra. Y precisamente mañana me tocaba a mí exponer el trabajo sobre Kant. Falkenfeld fue llamado a filas. Me va bien, como siempre, le escribe a Marcuse desde las trincheras, solo que el ruido de los cañones me ha dejado casi sordo. Más abajo dice: Sigo opinando que la tercera antinomia de Kant es más importante que toda esta guerra mundial. Más abajo especula sobre la posibilidad de que una granada francesa hiera su cuerpo empírico, y acaba diciendo: iViva la filosofía  trascendental! A Falkenfeld lo mataron en  el frente poco tiempo después.

Cuando conocí esta historia, pensé de inmediato en mi padre, que regresó de la guerra derrotado no por la armas sino por las letras, por la visión alucinada de una realidad desconocida y ni siquiera imaginada o soñada hasta entonces por él. Descubrió el ancho mundo, y con él el progreso, los prodigios de la modernidad, las complejidades y el brillo de la vida urbana, la invitación a la aventura de los barcos que zarpan hacia los confines oceánicos, y la ilustración y el saber, claro está: el hombre que sabía hablar en francés o en inglés, el que sabía tocar el acordeón o la guitarra, el que sabía hacer versos, el que sabía expresarse con una elocuencia que te embelesaba y persuadía ya de antemano, el que sabía escribir a máquina con todos los dedos a la velocidad del rayo, el que sabía ser ingenioso, el que sabía pintar, el que sabía juegos de manos, el que sabía de mecánica, de medicina, de leyes, de política ... 

INCIPIT 407. CAPITAL DE LA GLORIA / JUAN EDUARDO ZUÑIGA

Los deseos, la noche
-¿Vas a salir ahora? Ya es de noche, te puede ocurrir una desgracia -había oído la voz del padre, reducida su fuerza por llegar del fondo de la casa donde coincidía el ronroneo de la radio encendida y el tictac del reloj de pared.
Ella no le contestó, distraída en otros pensamientos, atenta a escuchar algo extraño, imprecisamente percibido, y dio un paso y se acercó a la ventana y oyó una voz distante, era una voz de mujer que cantaba en el patio, voz casi imposible en el atardecer frío y amenazado, una canción cuyas palabras se perdían, pero el tono apasionado atravesaba los cristales y, aunque en algunos momentos se esfumaba, volvía como una llamada pertinaz.
Atendió a aquella voz y salió de su casa cuando ya terminaba la hora de la luz y el horizonte en el alto cielo, sobre las casas, perdía su color grana y aparecían el violeta y el azul cobalto y así cada rincón de la calle por la que iba se velaba en sombras que pronto sedan negrura.
Pensó que la canción era para ella, para una enamorada, que una persona desconocida

se la hada llegar, segura de que la escucharía y le infundiría un decidido ánimo.

EL FIN DE LA SEGUNDA GUERRA MUNDIAL

De Matadero 5 de Kurt Vonnegut jr., p. 222
Había centenares de refugios llenos de cadáveres esparcidos por todas partes. Al principio no olían mal, eran  como personajes de un museo de cera. Pero después los cuerpos empezaron a corromperse y a descomponerse, y su hedor era parecido al del gas de mostaza y rosas.
Asi era.
El maorí que había estado trabajando con Billy, murió después de que le ordenaron bajar a uno de aquellos pozos para que trabajaran alli. Se quedó hecho añicos, de tanto vomitar.
Así fue.
Tuvieron que inventar una nueva técnica. No izaron más cadáveres. Los soldados, provistos de antorchas, los quemaban en el mismo sitio en que los encontraban. Era mucho más sencilo: sólo  había que provocar un incendio, sin siquiera necesidad de bajar.
Trabajando en aquellos lugares, el pobre profesor de escuela superior, Edgar Derby, fue atrapado con un tetera que babia tomado de las catacumbas. Fue arrestado por pillaje, juzgado y muerto.
Así fue.
En algún lugar, cerca de alli, empezaba la primavera. Los refugios llenos de cadáveres fueron cerrados. Los soldados dejaron de luchar contra los rusos.  En el campo, las mujeres y los niños hacían hoyos para enterrar las armas. Billy y el resto de su grupo fueron encerrados en unos establos de una casa de campo. Y una buena mañana, se levantaron descubriendo que la puerta no estaba cerrada. En Europa, la Segunda Guerra Mundial había terminado.
Billy y el resto de los americanos salieron a vagabundear. Iban por una carretera sombreada. En los árboles empezaban a brotar las hojas. No había nadie ni pasaba nada. Sólo un vehiculo, una carreta abandonada, tirada por dos caballos. La carreta era de color verde y tenía forma de ataúd,
Los pájaros trinaban.

Un pájaro le dijo a Billy Pilgrim: a¿Pio-pío-pi?»

EN LA GUERRA SE APRENDE

De Catalanes todos de Javier Pérez Andújar, p.215
La diada del millón
Aquel domingo 11 de septiembre de 1977 el antiguo gerifalte carlita Felip Huget i Almuall, que siempre que podía explicaba como sobrevivió al terremoto de San Francisco de 1905, salió con sus nietos a dar una vuelta entre los libros antiguos y usados del mercado de Sant Antoni. Como a las doce de la mañana los corredores estaban tan concurridos que no se podía dar un paso, Felip y  los chicos se escaparon para tomar el aperitivo en el bar de enfrente. Ese día Felip Huguet había encontrado un ejemplar de Corona de sonetos en honor de José Antonio Primo de Rivera. Estaba impecable. Parecía que el tiempo no hubiera pasado, pero nunca es el mismo el tiempo de la palabra que el de la vida. Lo hojeó mucho rato antes de comprarlo y cuando lo hizo pidió una bolsa de plástlco para que nadie lo viera.
-Avi, ¿qué libro es ese? -le preguntó uno de sus nietos con granujería.
-Una estupidez. Recuerdos de juventud. Pero para que se lo lleve un indeseable o se lo coma el polvo en ese puesto, prefiero tenerlo yo en casa .
-¿Me lo dejas ver?
-No,  aquí en la calle no, que se estropea.
-Avi...
-¿Qué te ocurre ahora? Un terremoto teníais que haber pasado. Dime ...
-¿Qué aprendiste en la guerra?

-Ay, hijo mío. En la guerra se aprende a olvidar.

MUERTE Y SUEÑO


De A sangre y fuego, de Chaves Nogales, p.60 
Siguió el auto su camino descubriendo resquicios de ciudad en aquel hondón tenebroso hasta que se lo tragó la distancia. El miliciano Pedro, arrastrando la culata del fusil por el adoquinado, volvió a su portal y a su somnolencia. De la guerra y de la revolución -pensaba- lo peor es el sueño que se tiene siempre. ¡Si se pudiera dormir! La guerra y la revolución serían menos duras y menos crueles si los hombres que las hacen hubieran dormido bien, a gusto, en una cama blanda y grande en la que fuese posible estirar las piernas entre unas sábanas frescas. Cuando se tienen los ojos como si fuesen de cristal y los párpados pesan como el plomo, cuando se siente en la espalda corvada por la fatiga una punzada sutil, no cabe andarse con contemplaciones. Había que ganar la guerra aunque no fuese más que para poder dormir. Luego haríamos todo lo demás. Pero hay que hacerlo todo ahora, sin quitarse nunca el correaje, sin dormir, sin pararse a pensar lo que se hace. ¡Tantas cosas hay que hacer!

WIKIPEDIA

Todo el saber universal a tu alcance en mi enciclopedia mundial: Pinciopedia