Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma
Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel
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INCIPIT 1.123. EL SINDROME WOODY ALLEN / EDU GALÁN


UNOS AÑOS ANTES

Octubre de 2007

Portada de la edición española de la revista estadounidense Esquire: una foto de Woody Allen en blanco y negro con el titular “La tercera vida de Woody Allem. El subtítulo: “0 cómo buscar en Europa un mecenas que pague, pero que no toque ... los guiones». Añaden: “¿Y por qué no lo adoptamos?».

Julio-agosto de 2007

Allen rueda Vicky Cristina Barcelona en diversos puntos de España: Barcelona, Avilés, Oviedo y hasta en mi pueblo, Tiñana. Protagonizada por Scarlett Johansson,Javier Bardem y Penélope Cruz, el rodaje de la película transcurrió con normalidad en el paseo de Gracia, la Pedrera y la iglesia de Santa María del Mar de Barcelona, en la catedral, el desaparecido restaurante La Gorrada del Obispo, la pastelería Camilo de Bias de Oviedo y en el quiosco de la música del parque Ferrera de Avilés.


HUGH HEFNER


A propósito de nada, Woody Allen
En algunas ocasiones, Jean, John y yo íbamos a casa de Hugh Hefner. No con mucha frecuencia, pero sí de vez en cuando. Era una casa abierta casi las veinticuatro horas, con cuadros de Picasso en las paredes y llena de famosos, deportistas y mujeres sexis. El verdadero atractivo eran las mujeres sexis y no los cuadros de Picasso, creedme. Cada vez que yo pasaba por Chicago recibía una llamada de la Mansión Playboy para invitarme a que me hospedara allí. Jamás lo hice, pero en ocasiones nos dejábamos caer y socializábamos. Yo tengo una regla fundamental en la vida: jamás me quedo como invitado en casa de nadie. Y tampoco intenté ligarme jamás a ninguna de las compañeras de piso de Hefner. La mera idea de que alguna de esas exuberantes maravillas de la naturaleza malgastara un cuark de su atención en una persona como yo, cuya mejor descripción sería la de un tipo torpe a quien el simple hecho de tener presentarse lo hacía morirse de miedo, me volvía completamente tímido. Con los años llegué a mantener relaciones breves algunas protagonistas del póster central desplegable, pero eso nunca tuvo lugar durante una visita a la mansión de  Hefner. Por lo general, me confundían con otra persona. Hefner me bien y recuerdo que una noche me explicó que de niño siempre había soñado con tener una casa en la que todo el tiempo estuviera pasando algo y en la que nadie prestara atención al reloj Te despertabas cuando se te antojaba, desayunabas cuando parecía bien, hacías lo que querías. A la hora que fuera. Si levantabas a las dos de la mañana, entonces tu día empezaba en ese momento y tu calendario se acomodaba a tus propios tiempos. A mí aquello me tenía sin cuidado, puesto que sueños de los demás nunca significan nada para mí, pero si Hefner le hacía feliz vivir así, y así era, entonces genial. Lo único que sé es que era un anfitrión amable y generoso y un rico y exitoso, y si a él le gustaba levantarse a las once de noche, desayunar y luego jugar al Monopoly con celebridades, ¿quién era yo para objetar algo?

DISEÑO INTELIGENTE


A propósito de nada, Woody Allen, p. 87
El hecho de que resolver esos problemas sea una ilusión y de que siempre seguirás siendo el mismo atormentado desdichado incapaz de comprar pastas danesas en la panadería porque el mundo te avergüenza y te hace sentir incómodo no tiene importancia. La propia ilusión de que estás haciendo algo para ayudarte ayuda. De alguna manera, te sientes un poco mejor, un poco menos desamparado. Depositas tus esperanzas en un Godot que nunca llega, pero la idea de que tal vez sí se presente con algunas respuestas te ayuda a sobrevivir a la pesadilla que te rodea. Como ocurre con la religión, donde es la ilusión lo que te hace salir adelante. Y, como yo estoy en las artes, envidio a las personas que se consuelan con la convicción de que el mundo que crearon perdurará, que se hablará mucho de él y que, de alguna manera, al igual que ocurre con los católicos y su fe en la vida después de la muerte, el “legado” que dejan como artistas los hará inmortales. La cuestión es que todas las personas que discuten sobre el legado del artista y que comentan lo genial que es su obra están vivas y pidiendo pastrarni, mientras que el propio artista está metido en una urna o enterrado en Queens. Toda esa gente que desfila ante la tumba de Shakespeare recitando alabanzas le importa un reverendo comino al bardo, y llegará el día -un día muy lejano, pero va a llegar sin el menor asomo de duda- en que todas las obras de Shakespeare, a pesar de sus brillantes tramas y sus estirados pentámetros yámbicos, así corno cada uno de los puntitos de Seurat, se esfumarán con cada átomo del universo. De hecho, el propio universo desaparecerá y no habrá ningún lugar donde puedas colgar el sombrero. Después de todo, no somos más que un accidente de la física. Y un accidente bastante torpe, por cierto. No el producto de un diseño inteligente, sino, en realidad, la obra de un vulgar metepatas.

OVIEDO


A propósito de nada. Woody Allen, p. 75
Hoy en día en Konigsberg hay un monumento en mi honor (a menos que algunos airados ciudadanos ya lo hayan derribado con una cuerda, como ocurrió con el de Sadam Husein) y no hay ninguna razón para hacerme un homenaje en Konigsberg. No provengo de allí, jamás he estado y desde luego no he hecho nada para mejorar la vida de sus habitantes, pero mi apees Konisberg y tal vez tengan una gran necesidad de héroes. La escultura en cuestión la escogí yo, de entre las muchas opciones que se postularon en un concurso. Me sorprendió lo buenas e inteligentes que eran todas y terminé decidiéndome por la más sencilla y modesta, que consistía en un par de gafas sobre una vara. En la realidad es mejor que lo que acabo de describir. También en la adorable ciudad española de Oviedo hay una estatua de mi figura que es un retrato fiel. Nunca me solicitaron mi opinión y ni siquiera me informaron de que iban a instalarla. Simplemente, erigieron una estatua de mí en la ciudad, una verdadera estatua de bronce de esas sobre las que les gusta posarse a las palomas. También en este caso, a menos que una muchedumbre enfurecida la haya arrancado, sigue allí. Desde el momento que la instalaron unos vándalos robaron de la estatua unas gafas iguales a las mías. Esas son de bronce y están incrustadas en la escultura, que es de tamaño real, por lo que hace falta un   soplete para sacarlas. Pero no importa cuántas veces vuelvan a colocarlas, siempre hay alguien que las roba. Me gustaría decir que realicé algo noble y valiente en Oviedo para merecer este honor, pero, además de ir de visita, filmar un poco en esa ciudad, pasearme por sus calles y disfrutar de su hermoso clima (al igual que Londres, en pleno verano está fresco y gris y cambia todo el tiempo), no hice ningún mérito que justifique un retrato escultórico, salvo dejar que ahorcaran un muñeco igual a mí. Oviedo es un pequeño paraíso, solo estropeado por la antinatural presencia de una imagen en bronce de un pobre infeliz.

MANHATTAN


A propósito de nada, Woody Allen,  28
Y ahora miras la pantalla y, al compás de la música de Cole Porter o de las indescriptiblemente hermosas melodías de Irving Berlin, aparece la línea de edificios de Manhattan. Estoy en buenas manos. No voy a ver una historia de tíos vestidos con petos en una granja que se levantan temprano para ordeñar las vacas y cuyo objetivo en la vida es ganar una medalla en la feria de ganado del estado o entrenar a su caballo para que trascienda una serie de tribulaciones equinas y llegue primero en la carrera local de trotones. Y, felizmente, ningún perro salvará a nadie y ningún personaje de voz gangosa meterá el dedo en el asa de una jarray dará cuenta de su contenido ni habrá ningún cordel atado al dedo del pie de ningún niño mientras se va quedando dormido junto al viejo remanso de pesca.
Incluso hoy, si la escena inicial de una película es un primer plano de una bandera que cae y se trata de la bandera del taxímetro de un taxi neoyorquino, me quedo. Si es la bandera de un buzón, me largo de la sala. No; mis personajes se despiertan y las cortinas de sus dormitorios se abren para exhibir la ciudad de Nueva York con sus altos edificios y cada una de las excitantes posibilidades que ofrece, y mis actores o bien desayunan en la cama con una bandeja en la que no falta un soporte para el periódico de la mañana o lo hacen sentados a una mesa con mantel y cubiertos de plata, y al tipo le traen el huevo a la mesa en una huevera de modo que él no tenga más que dar unos golpecitos a la cáscara para llegar a la yema, y no habrá ninguna noticia sobre campos de exterminio, quizás solo una primera plana en la que se  vea a una chica hermosa con otro tipo, para disgusto de Fred Astaire, que está enamorado de ella. O, si es una pareja casada desayunando, se quieren de verdad después de años de estar juntos y ella no se regodea en los puntos débiles de él y él no la trata de gilipollas. Y cuando la película acaba, la segunda es de misterio, donde un endurecido investigador privado resuelve todos los problemas de la vida con un puñetazo en la mandíbula y se larga con una pechugona como las que no existían en ninguna de mis clases ni en ninguna de las bodas, funerales o bar mitzvá a los que asistía. Y, por cierto, jamás asistí a un funeral: siempre me ahorraron tener que enfrentarme a la realidad. El primer y único cadáver que he visto en mi vida fue el de Thelonious Monk, cuando iba de camino a Elaine's para cenar y me detuve en una funeraria de la Tercera Avenida para presentarle mis respetos. Mia Farrow estaba conmigo; hacía poco que habíamos empezado a salir y ella se comportó de manera cortés pero consternada, y tal vez en ese momento debería haberse dado cuenta de que estaba iniciando una relación con el soñador equivocado, pero ya hablaremos de todo ese mishigas, de toda esa locura, más tarde.

LECTURAS


A propósito de nada, Woody Allen.
Leía indiscriminadamente y seguía teniendo grandes lagunas en mi conocimiento, pero empecé a escuchar música clásica además de jazz, visitaba cada vez más museos y me educaba lo mejor que podía, no para obtener un título universitario ni por ninguna aspiración noble, sino para no parecer un asno delante de las mujeres que me gustaban; aunque, en la mayoría de los aspectos, seguí siendo un asno. Aún hoy, mis poetas son los de “Tin Pan Alley» y no hay nada en La tierra baldía o en Pound o Anden que me conmueva tanto como la frase «no vales el precio de un espárrago fuera de temporada» de Cole Porter.
Sé que Edith Wharton, Henry James y Fitzgerald escribieron sobre Nueva York, pero la ciudad que yo reconocía estaba mejor descrita en los artículos deportivos de ese sentimental reportero irlandés llamado Jimmy Cannon. Os quedaríais impresionados por todo lo que no sé, no he leído o no he visto. Después de todo, soy director, es decir, escritor. Jamás he visto una representación en directo de Hamlet. Jamás he visto Our Town, en ninguna versión. Jamás he leído el Ulises, ni el Quijote, ni Lo lita, ni Trampa 22, ni 1984, ni nada de Virginia Woolf, E. M. Forster o D. H. Lawrence. Nada de las hermanas Bronte ni de Dickens. Por otra parte, soy uno de los pocos entre mis pares que ha leído la novela de Joseph Goebbels. Sí, Goebbels, ese pequeño supositorio de pacotilla que trabajaba como publicista del Führer, probó suerte con una novela titulada Michael, y no creáis que el personaje principal era un chico ansioso y lleno de nervios que no sabía qué hacer para gustarle a la chica.

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