Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma
Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel
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1.155. EL CLAMOR DE LOS BOSQUES / RICHARD POWERS


Al principio no había nada. Después hubo de todo.

En ese momento, después de anochecer, en un parque sobre una ciudad occidental, el aire derrama una lluvia de mensajes.

 Hay una mujer sentada en el suelo, apoyada en un pino. La corteza, dura como la vida, le oprime la espalda. Las agujas del árbol perfuman el ambiente y una fuerza bulle en el corazón del bosque. Los oídos de la mujer sintonizan las frecuencias más bajas. El árbol dice cosas con palabras anteriores a las palabras.

 Dice: El sol y el agua son preguntas siempre dignas de respuesta.

Dice: Una buena solución debe ser reinventada muchas veces, desde el principio.

Dice: Cada pedazo de planeta necesita que lo aferren de una forma nueva. Existen más modos de ramificarse de los que un lápiz de cedro hallaría jamás. Las cosas pueden viajar a cualquier sitio; para ello, no hay más que permanecer inmóvil.

Eso es justo lo que hace la mujer. Las señales llueven a su alrededor como semillas.

Esta noche las palabras recorren largas distancias. Las curvaturas de los alisos hablan de antiguos desastres. Los filamentos de las pálidas flores de castaño sacuden su polen; pronto se convertirán en frutos con púas. Los álamos repiten el murmullo del viento. Los caquis y nogales muestran sus cebos, y los serbales, sus racimos color rojo sangre. Los viejos robles blanden profecías del clima venidero.


MESSIAEN


Orfeo, Richard Powers, p. 128 

Los alemanes pretenden enviar a Pasquier a las canteras de Strzegom. Pero uno de los administradores del campo reconoce al chelista del famoso Trío Pasquier y le conmuta la pena. Los otros músicos también consiguen algo más de comida y una ligera disminución de trabajo. La guerra es la guerra, pero, para los alemanes, la música es la música.

Uno de los capitanes del campo, Kari-Aibert Brüll, le pasa a Messiaen un poco de pan de vez en cuando. Hauptmann Brüll consigue papel pautado sin usar: páginas con pentagramas prístinos rescatados del caos de la guerra. Le da las hojas a Messiaen junto con lápices y gomas. Quién sabe por qué razón: culpa, compasión, curiosidad. El caso es que quiere oír la música recién nacida del enemigo. Quiere saber qué tipo de sonidos puede traerle un hombre como Messiaen a un lugar tan maldito como ese.

Brüll exime a Messiaen de todas sus tareas y lo sitúa en un lugar donde puede estar solo. Coloca a un guarda en la entrada del barracón para evitar interrupciones. Y Messiaen, que pensaba que no volvería a componer jamás, regresa con sigilo al hechizo de los sonidos estructurados. No necesita otra cosa, solo notas que conforman, una a una, un conjunto  oscuro. A medida que el verano muere y el otoño lo sigue hacia la extinción, algo empieza a llenar las páginas vacías: un cuarteto desde más allá de todas las estaciones.

Los sonidos se arremolinan desde fuera de los sueños desnutridos de Messiaen. Habla de la caída de Francia, del triunfo nazi, del horror de la existencia en el campo. Una visión de ocho partes toma forma, un destello del apocalipsis para violín, clarinete, chelo y piano liberado de las ataduras del compás y lleno de arcoíris.

Messiaen reelabora de memoria dos piezas que escribió en otra vida, antes de la guerra, y les añade sonidos de un futuro rememorado. Allí, en ese campo, en medio de una Europa  devastada, las notas brotan de su interior como la criatura de luz revelada a Juan:

Vi descender del cielo a otro ángel fuerte, envuelto en una nube, con el arcoíris sobre la cabeza; y su rostro era como el sol [ ... ].Y el ángel que vi en pie sobre el mar y sobre la tierra levantó la mano al cielo[ ... ] y juró por el que vive por los siglos de los siglos, que .creó el cielo y las cosas que están en él, y la tierra y las cosas que están en ella, y el mar y las cosas que están en él, que el tiempo no sería más[ ... ].


MALHER


Orfeo, Richard Powers, p. 44

La historia acompañaría a Peter más que los detalles de su propia infancia. Durante el primer año del nuevo siglo, Mahler el vagabundo, tres veces indigente -un bohemio en Austria, un austriaco entre alemanes, un judío por el mundo sufrió una enorme hemorragia causada por la excesiva carga de trabajo. Gracias a una operación de urgencia, se salvó. Durante la convalecencia forzosa, se fijó en una colección de Friedrich Rückert que contenía más de cuatrocientos poemas dedicados a sus dos hijos, muertos a una edad muy temprana a causa de la escarlatina en el intervalo de catorce días.

Rückert escribía poemas sin parar, a razón de dos o tres por jornada: miles de estrofas crudas y compulsivas. Algunos poemas nacieron ya muertos. Otros estaban impregnados de una quietud enfermiza. Algunos se hundían en lo trillado, mientras que otros hablaban consigo mismos en una cripta sin aire. Rückert los ocultó para su uso privado. Ninguno se publicó en vida.

Con su reciente experiencia cercana a la muerte, Mahler leyó los poemas como si fueran un diario perdido. Siete de sus trece hermanos habían muerto a los dos años. Su querido hermano   equeño falleció en el umbral de la pubertad. Y ahí  la guía de campo para esas muertes. El solterón de cuarenta y un años se empapó de los cientos de poemas como un padre abatido por el dolor.

Las canciones tomaron forma, fueron un ejercicio de convalecencia. Luego llegó el apasionado matrimonio con la jovencísima Alma Schindler. Tuvieron dos hijas sanas, una detrás de otra. Cuando, durante el verano de 1904, Mahler volvió a trabajar en las canciones, su mujer se quedó horrorizada. Era incomprensible que le pusiera música a la muerte de unos niños cuando momentos antes había besado a sus propias hijas para darles las buenas noches. “¡Por Dios, no tientes al destino!”, Pero tentar al destino era la descripción del trabajo musical.


INCIPIT 1.148. ORFEO / RICHARD POWERS


Una obertura pues:

Unas luces resplandecen en una casa de estilo craftsman de un barrio modesto, a última hora de una tarde primaveral, en el décimo año del mundo modificado. Las sombras bailan contra las cortinas: un hombre trabaja tarde, como todas las noches durante ese invierno, delante de unas estanterías repletas de objetos de cristal. Está vestido de calle, con gafas protectoras y guantes hospitalarios de látex, con el cuerpo giacomettiano encorvado como si rezara. Un flequillo beatle gris y todavía espeso le cuelga por delante de los ojos.

Examina un libro sobre la mesa de trabajo abarrotada de instrumentos. En la mano, una pipeta monocanal inclinada como una daga. De un pequeño vial refrigerado extrae una cantidad de líquido incoloro menor de la que tomaría un sírfido del brote de una monarda. La gota, demasiado pequeña para asegurar que sigue ahí, va a parar a un tubo no más grande que el hocico de un ratón. Las manos enguantadas tiemblan al tirar la pipeta usada a la basura.

Otros líquidos van de los matraces al cóctel en miniatura: cebadores de aligas para comenzar la magia; polimerasas catalizadoras estabilizadas con calor; nucleótidos que se alinean, como reclutas a las cinco de la mañana cuando toca diana


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