Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma
Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel
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SOLO

Hombre lento,Coetzee, p. 15
El seguro no es un problema. Está asegurado hasta las cejas, lleva un carné en la cartera que lo demuestra (“pero ¿dónde está su cartera, dónde está su ropa?”). Los familiares son un asunto más complicado. ¿Quién es su familia? ¿Cuál es la respuesta correcta? Tiene una hermana. Murió hace doce años, pero sigue viviendo en él, o con él, del mismo modo que tiene una madre que, cuando no se encuentra en él o con él, aguarda el toque de rebato de los ángeles en su parcela del cementerio de Ballarat. Y un padre, que aguarda también un poco más lejos, en el cementerio de Pau, desde donde viene de visita en contadas ocasiones. ¿Son ellos sus familiares, esos tres? “Aquellos en cuyas vidas naces nunca mueren -le gustaría informar a quienquiera que haya escrito la pregunta-. Los llevas contigo, igual que confías en que te lleven los que vienen detrás de ti.” Pero el formulario no deja espacio para respuestas largas.

Lo que puede afirmar de forma más categórica es que no tiene esposa ni descendencia. Es cierto que estuvo casado una vez. Pero su socia en aquella empresa ya no forma parte de él. Huyó de él, huyó por completo. Todavía no entiende cómo hizo ella aquel truco, pero lo hizo: escapó a una vida sin él. A todos los fines prácticos, por tanto, y en lo que concierne al formulario, no está casado: soltero, solo, solitario.

HIJOS UNICOS

París, Marcos Giralt Torrente, p.103
Cuando se es hijo único, cuando no se tiene el espejo de unos hermanos donde mirarse, la inseguridad sobre lo que somos parece mayor que si los tuviéramos, que si hubiéramos crecido aliado de alguien que ha tenido las mismas influencias, los mismos padres, y aun así es nítidamente diferente de ellos y por supuesto de nosotros. Cuando no hay hermanos al lado en los que descargar peso, los padres son lo único, la única referencia, nuestro único punto de mira. Todo empieza y se agota en uno y fenómenos tales como la traición, el amor, la admiración o el deber se sienten con mayor intensidad. Los lazos son más fuerces o marcan más, y muy a menudo resulta difícil distinguir lo propio de lo heredado. No tenemos con quién contrastar, la soledad nos ahoga. ¿Con quién compartir o descargar peso? ¿A quién preguntar, a quién responder, a quién culpar? ¿Cómo tomar distancia? ¿Cómo construir con la memoria una historia equilibrada cuando tan sólo disponemos de una mirada y esa mirada está tamizada, influida además, por nuestro propio ser único? Cuando no se tienen hermanos todo parece diseñado especialmente para nosotros. El peligro es que tendemos a magnificar y que de cada palabra que nos dicen, de cada mirada recibida o de cada desaire que nos hacen, de cada suceso presenciado, intuido, que nos cuentan o que no sucede siquiera, sacamos conclusiones infinitas. De ahí que nos atemos más y que nos equivoquemos también más. Puede que sobreestimemos a nuestros padres, que nos sea más difícil la necesaria ruptura, y puede que en ocasiones no los valoremos como merecen. Todo puede dolernos más, y más que cualquier otra cosa nuestro propio ser único. Estamos solos.

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