Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma
Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel
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INCIPIT 1.626. TIERRAS DE PONIENTE / JM COETZEE


Me llamo Eugene Dawn. No puedo hacer nada al respecto. Empiezo, pues.

1

Coetzee me ha pedido que revise mi ensayo. Se le atraganta. Lo quiere más fácil de digerir, en caso contrario lo quiere ver eliminado. Y también me quiere quitar de en medio, me doy cuenta. Me estoy armando de valor contra ese hombre poderoso, genial y ordinario, tan completamente desprovisto de visión. Le temo y desprecio su ceguera. Me merecía algo mejor. Heme aquí sometido a un director, un tipo ante el cual mi primer instinto es arrastrarme. Siempre he obedecido a mis superiores y he estado encantado de hacerlo. No me habría embarcado en el Proyecto Vietnam de haber imaginado que acabaría entrando en conflicto con un superior. El conflicto trae infelicidad, y la infelicidad envenena la existencia. No soporto la infelicidad, lo que yo necesito es paz y amor y orden para mi trabajo. Necesito mimos. Soy un huevo que necesita estar en el más mullido de los nidos bajo la más paciente de las ponedoras antes de que se agriete mi cascarón liso y poco prometedor y emerja mi tímida vida secreta. Se me tiene que tratar con indulgencia. Rumio, soy un pensador, una persona creativa, alguien que no carece de valor para el mundo. Lo normal sería que Coetzee me entendiera mejor, pues tendría que estar acostumbrado a tratar con gente creativa. Habiendo sido él también un creador en el pasado, ahora es una persona creativa fracasada que vive de segunda mano a expensas de los verdaderos creadores. Su reputación se la ha labrado gracias al trabajo de los demás. Y aquí lo han puesto a cargo del Proyecto Vida Nueva sin que él sepa nada del Vietnam ni de la vida. Me merezco algo mejor.

 


LAS BIBLIOTECAS MAÑANA


Aquí y ahora: Cartas, Paul Auster, JM Coetzee, p. 190

No cabe duda de que al diseñar la biblioteca los arquitectos siguieron el consejo de los bibliotecarios, esos bibliotecarios de la nueva generación que consideran que los libros están anticuados, y que sueñan con una biblioteca sin papel.

¿Qué tiene esa gente contra los libros? ¿Por qué no comparten mi idea de la biblioteca como hectáreas y hectáreas de estanterías sumidas en penumbra que sostienen hileras interminables de libros apelotonados extendiéndose hasta el infinito en todas direcciones?

El argumento en contra de la biblioteca borgiana es casi demasiado tedioso como para repetirlo: demasiado tedioso y demasiado concluyente, en una época en que la economía ha sido proclamada reina de las ciencias. Y es que los libros ocupan demasiado espacio. No hay forma de justificar la preservación de un objeto físico que ocupa veinte centímetros por quince por tres de costoso espacio, y que además puede pasarse décadas y hasta centurias cogiendo polvo en una estantería sin que nadie Io toque ni lo lea. Si dejamos a nuestros seres amados difuntos dentro de agujeros en el bien los consignamos a las llamas, ¿por qué iba a ser un sacrilegio deshacerse de los libros muertos?

Deshacerse de los libros, reemplazarlos por imágenes de libros, imágenes electrónicas. Deshacerse de los muertos, reemplazarlos por fotografías.

Me llena de aflicción la perspectiva de las bibliotecas del futuro. Y estoy seguro de que muchos comparten ese sentimiento. Pero, sentimentalismos aparte, ¿qué puede justificar esa aflicción? ¿Un ansia de realidad en un mundo de sombras? Los libros no son reales, por lo menoS no lo son en ningún sentido importante. Las letras mismas de las páginas son signos, imágenes de sonidos, o sea imágenes de ideas. El hecho de que lo que llamamos libro se pueda coger con las manos y tenga Olor y tacto propios es un simple accidente de su producción que no tiene relevancia alguna para lo que transmite el libro.


INIPIT 1.620. AQUI Y AHORA : CARTAS 2008-2011 / PAUL AUSTER, JM COETZEE


14-15 de julio de 2008

Querido Paul:

He estado pensando en las amistades, en cómo surgen, en por qué duran –algunas– tanto tiempo, más tiempo que los compromisos pasionales de los que a veces se considera (erróneamente) que son tibias imitaciones. Estaba a punto de escribirte una carta sobre todo esto, empezando por la observación de que, teniendo en cuenta lo importantes que son las amistades en la vida social, y lo mucho que significan para nosotros, particularmente durante la infancia, resulta sorprendente lo poco que se ha escrito sobre el tema.

Pero luego me he preguntado a mí mismo si esto es realmente cierto. De manera que antes de sentarme a escribir he ido a la biblioteca a hacer una comprobación rápida. Y, oh maravilla, no me podría haber equivocado más. En el catálogo de la biblioteca había montones de libros sobre el tema, veintenas, muchos de ellos bastante recientes. Cuando fui un poco más allá y les eché un vistazo a aquellos libros, sin embargo, recuperé algo de autoestima. A fin de cuentas yo había tenido razón, o por lo menos la había tenido a medias: la mayor parte de lo que aquellos libros decían de la amistad no tenía demasiado interés. Parece ser que la amistad sigue siendo en cierto modo un enigma: sabemos que es importante, pero no tenemos nada claro por qué la gente traba amistad y la conserva.


INCIPIT 1.526, EL VIGILANTE DE SALA / JM COETZEE


Su nombre es José Eduardo, pero sus amigos lo conocen como Pepe, Vive con su madre en un antiguo y cómodo apartamento en el barrio de Salamanca, en Madrid. Ha tenido novias a lo largo de los anos pero nunca se ha casado. Ahora, llegando a los 45, ha comenzado a preguntarse si eso no ha sido un error.

En la escuela era estudioso pero no brillante, Como hijo único le estaba destinado seguir los pasos de su padre (un abogado exitoso, fallecido cuando él tenía doce años). Llegado el momento se inscribió, obediente, en la Facultad de Derecho, pero al segundo ano sus estudios le fastidiaban tanto que convenció a su madre de que le permitiera dejarlos. Desde entonces ha seguido una senda azarosa: ha sido camarero en un crucero, conductor de autobús, profesor de idiomas y, de cuando en cuando, jardinero por Loras.

Durante un curso de dibujo del natural (para lo que tenía algún talento) en el Instituto Superior de Arte, conoce a un hombre empleado como vigilante en el Prado. Hay plazas libres en la plantilla, dice el hombre. Dado que le gusta el arte, tal vez debería presentarse. Es un trabajo poco exigente, y siempre se ven muchachas bonitas pasar.

Pepe se postula, aprueba el examen con facilidad, y acepta un puesto de vigilante de sala, sus tareas comienzan el 1 de julio. El trabajo le resulta agradable, aprecia a sus colegas y ellos lo aprecian también.


El Sur de Faulkner


Mecanismos internos, JM Coetzee, p. 217

El Sur de Faulkner es un Sur blanco acosado por presencias negras. Incluso Luz de agosto, la novela que más claramente habla sobre la raza y el racismo, no tiene a un hombre negro en su centro, sino en realidad a un hombre cuyo destino es enfrentarse a o ser enfrentado por la negrura con10 una interpelación, una acusación desde el exterior de sí mismo.

Como historiador del Sur moderno, el logro perdurable de Faulkner es la trilogía de Snopes (El villorrio, 1940; La ciudad, 1957; La mansí6n., 1959), donde sigue la conquista del poder político a cargo de una clase de pobres blancos en ascenso en una revolución tan silenciosa, implacable y amoral como una invasión de termitas. Su crónica del ascenso del empresario perteneciente a la clase baja, rural y reaccionaria de los sureños es al mismo tiempo mordaz, elegíaca y desesperanzada: mordaz porque detesta lo que ve tanto como se siente fascinado por ello; elegíaca porque ama ese viejo mundo que va carcomiéndose ante sus ojos; y desesperanzada por muchas razones, algunas de las cuales son que, primero, el Sur que él ama se construyó, como él sabe mejor que nadie, sobre los crímenes mellizos del desposeimiento y la esclavitud; segundo, que los Snopes no son más que otros avatares de los Falkner, ladrones y violadores de la tierra en su día; y, por lo tanto, tercero, él, William «Faulkner», no tiene ningún terreno en el que sostenerse como crítico y juez.

Ningún terreno hasta que recae en las verdades eternas. «El valor y el honor y el orgullo y la piedad y el amor por la justicia y por la libertad», es la letanía de virtudes recitada en Desciende, Moisés por McCaslin, que en gran medida es un portavoz del ser deseado e ideal de Faulkner, un hombre que, después de haber hecho un balance de su historia y del mundo disminuido y en rápida disminución que lo rodea, renuncia a su patrimonio, abjura de la paternidad (poniendo fin a la procesión de generaciones) y se convierte en un simple carpintero.


INCIPIT 1.446. MECANISMOS INTERNOS / JM COETZEE


ITALO SVEVO

Un hombre-un hombre muy grande al lado del cual uno se siente muy pequeño- te invita a conocer a sus hijas con la idea de que escojas a una de ellas para desposarla. Son cuatro y todos sus nombres empiezan con A; tu nombre empieza con Z. Vas a verlas a su casa y tratas de iniciar una conversación amable, pero de tu boca no dejan de salir insultos. Te das cuenta de que estás haciendo chistes subidos de tono; esos chistes solo reciben como respuesta un silencio helado. En la oscuridad, susurras palabras seductoras a la A más bonita; cuando se prende la luz descubres que estabas cortejando a la A bizca. Te apoyas en tu paraguas con actitud despreocupada; el paraguas se parte en dos; todos se ríen.

Suena a pesadilla, o si no a uno de esos sueños que, en manos de un talentoso intérprete de sueños vienés, Sigmund Freud, por ejemplo, revelarían toda clase de cosas embarazosas sobre ti. Pero no es un sueño. Es un día en la vida de Zeno Cosini, protagonista de La coscienza di Zeno, una novela de !talo Svevo (1861- 1928). Si Svevo es un novelista freudiano, ¿lo es en el sentido de que enseña cómo la vida de la gente común y corriente está llena de lapsus y parapraxias y símbolos, o en el sentido de que, usando La interpretación de los sueños y El chiste y su relaci6n con el inconsciente y Psicopatología de la vida cotidiana, se inventa un personaje cuya vida interior parece salida de un manual freudiano?


WILLIAM FAULKNER


Mecanismos internos, JM Coetzee, p. 207

«Ahora me doy cuenta por primera vez -le escribió William Faulkner a una amiga, recordando desde la posición ventajosa que le daba estar en plena cincuentena- de qué asombroso don he tenido: haber hecho, sin ninguna clase de educación formal, sin siquiera tener compañeros muy instruidos, mucho menos literarios, las cosas que hice. No sé de dónde salieron. No sé por qué Dios o los dioses o quien fuera me escogió a mí de recipiente.»

Esa incredulidad que con estas palabras asegura sentir Faulkner no es del todo sincera. Para la clase de escritor que quería ser, tenía toda la educación, incluso todo el conocimiento libresco, que necesitaba. En cuanto a la compañía, tenía más que ganar de vejetes parlanchines de manos nudosas y larga memoria que de littérateurs decadentes. De todas maneras, es normal un grado de asombro. ¿Quién habría imaginado que un muchacho de un pequeño pueblo de Mississippi sin ninguna distinción intelectual excepcional se convertiría no solo en un escritor famoso, célebre en su país y en el extranjero, sino también en la clase de escritor en la que se convirtió: uno de los innovadores más radicales de los anales de la ficción estadounidense, un escritor de quien aprenderían las vanguardias europeas y latinoamericanas?


WALTER BENJAMIN


Mecanismos internos, JM Coetzee, p. 58

A estas alturas, la historia es tan conocida que prácticamente no hace falta volver a contarla. El escenario es la frontera francoespañola; el año, 1940. Walter Benjamín, que estaba huyendo de la Francia ocupada, busca a la esposa de un tal Fittko, que ha conocido en un campo de concentración. Entiende, le dice a frau Fittko, que ella podrá pasarlos a él y a sus compañeros a la España neutral a través de los Pirineos. Cuando la mujer lo lleva a reconocer la mejor ruta, nota que él ha traído consigo una pesada cartera. “¿Es realmente necesaria?», le pregunta. «Contiene un manuscrito -responde él-. No puedo arriesgarme a perderlo. Debe salvarse. Es más importante que yo.»

Al día siguiente, mientras cruzan las 1nontañas, Benjamin se para a descansar cada pocos minutos a causa de su debilitado corazón. Cuando llegan a la frontera los detiene la policía española. Sus papeles no están en orden, les dicen; tienen que volver a Francia. Desesperado, Benjamín toma una sobredosis de morfina. La policía hace un inventario de las pertenencias del difunto. En ese inventario no se menciona ningún manuscrito. Solo podemos hacer conjeturas sobre qué había en la cartera y dónde fue a parar su contenido. Gershom Scholern, amigo de Benjamín, sugirió que la obra desaparecida era la última revisión del todavía inconcluso Passagen- Werk, conocido en inglés corno el Arcades Project [y en castellano como Libro de los Pasajes]. («Para los grandes escritores -escribió Benjamín-, las obras terminadas pesan menos que aquellos fragmentos en los que trabajan durante toda su vida.») Pero gracias a su heroico esfuerzo por salvar su manuscriro de los fuegos del fascismo y de transportarlo consigo a España, que él creía que era un lugar seguro, y más adelante, a Estados Unidos, Benjamín se convirtió en un icono del erudito de nuestros tiempos.

Por supuesto, la historia tiene un final feliz. Georges Bataille, amigo de Benjamín, había ocultado una copia del manuscrito de los Pasajes en la Bibliotheque Nationale. Recuperado después de la guerra, se publicó en 1982


ROBERT WALSER


Mecanismos internos, JM Coetzee, p. 33

Robert Walser nació en 1878 en el cantón de Berna, el séptimo de ocho hijos. Su padre, formado como encuadernador, tenía una tienda de artículos de papelería. A los catorce años, sacaron a Robert de la escuela y lo pusieron como aprendiz en un banco, donde desempeñaba tareas de oficina de manera ejemplar hasta que, sin previo aviso, poseído por el sueño de convertirse en actor, dejó el puesto y huyó a Stuttgart. Una vez allí, se presentó a una audición, que terminó siendo un fracaso humillante: lo rechazaron por demasiado acartonado, demasiado inexpresivo. Abandonadas sus ambiciones escénicas, resolvió convertirse -«si Dios quiere»- en poeta.3 Vagaba de empleo en empleo, escribiendo poemas, bocetos en prosa y pequeñas obras en verso (dramolets) para la prensa, con bastante éxito. Insel Verlag, editorial de Rilke y Hofrnannsthal, no tardó en publicar su primer libro.

En 1905, con el objetivo de hacer avanzar su carrera literaria, siguió a su hermano mayor, un exitoso ilustrador de libros y escenógrafo, a Berlín. Como medida prudente, también se inscribió en un instituto de formación de sirvientes y durante un corto período trabajó como mayordomo en una casa de campo, donde llevaba librea y respondía al nombre de «monsieur Robert ». Sin embargo, en poco tiempo, descubrió que podía mantenerse con las ganancias que le reportaba la escritura. Su obra comenzó a aparecer en prestigiosas revistas literarias y él era bien recibido en círculos artísticos serios. Pero no le resultaba fácil acomodarse al papel de intelectual metropolitano. Después de unas copas, tendía a mostrarse grosero y agresivamente provinciano. Poco a poco fue alejándose de la sociedad para vivir de manera solitaria y frugal, pasando la mayor parte del tiempo en pequeñas habitaciones.


INCIPIT 1.435. CONTRA LA CENSURA / COETZEE


Ofenderse

LA OFENSA

A principios de la década de 1990, en el discurso público sudafricano se produjo un cambio revelador. Los blancos, que durante siglos habían sido afablemente insensibles a lo que los negros pensaran de ellos o a cón10 los llamaran, e1npezaron a reaccionar con susceptibilidad e incluso con indignación ante la denominación “colono”. Una de las consignas de guerra del Congreso Panafricanista tocó una fibra particularmente sensible: «UN COLONO, UNA BALA». Los blancos señalaban la amenaza a sus vidas que contenía la palabra «bala», pero, según creo, era «colono» lo que suscitaba una perturbación más profunda. Los colonos, en el lenguaje de la Sudáfrica blanca, son los británicos que recibieron concesiones de tierras en Kenia y las Rodesias, personas que se negaron a echar raíces en África, que enviaban a sus hijos a formarse en el extranjero y que hablaban de Gran Bretaña corno “la patria”. Cuando entraron en acción los Mau Man, los colonos huyeron. Para los sudafricanos, tanto blancos como negros, un colono es alguien que está de paso, diga lo que diga el diccionario.

 Cuando los europeos llegaron al sur de África, se llamaron a sí mismos «cristianos», y a los indígenas «salvajes” o “paganos”. Posteriormente la díada «cristiano/pagano» se transformó y fue adoptando una serie de formas, entre ellas «civilizado/primnitivo», «europeo/nativo» y «blanco/no blanco».


YO


Contra la censura, JM Coetzee, p. 58

El yo, según lo entendemos en la actualidad, no es la unidad que el racionalismo clásico daba por sentado que era. Por el contrario, es múltiple y está dividido de manera múltiple contra sí mismo. Es, por utilizar una metáfora, un zoológico en el cual residen una multitud de animales sobre los cuales el angustiado guardián, desbordado de trabajo, ejerce un control bastante limitado. Por la noche, el guardián del zoo duerme y los animales se dedican a rondar, realizando su tarea onírica.

En este zoo metafórico, algunos de los animales tienen nombre, como la figura del padre o la figura de la madre; otros son recuerdos o fragmentos de recuerdos transformados, a los que se vinculan poderosos elementos de sentimiento; una subcolonia entera la constituyen versiones anteriores del yo, semidomesticadas pero aún traicioneras, cada una de ellas con un zoo interior propio sobre el cual no tiene precisamente un control completo.

Los artistas, según la explicación de Freud, son personas que pueden llevar a cabo un recorrido de visita a la colección interior de animales salvajes con cierto grado de confianza y salir, cuando así lo desean, más o menos ilesos. De la explicación de Freud sobre el trabajo creativo tomo un elemento: que la creatividad de cierto tipo comporta habitar, manejar y explotar partes bastante primitivas del yo. Si bien no se trata de una actividad particularmente peligrosa, sí es delicada. Pueden ser necesarios años de preparación antes de que el artista dé con los códigos, las claves y los equilibrios correctos y pueda entrar y salir más o menos libremente. También es una actividad muy privada, tan privada que casi constituye la definición de privacidad: cómo estoy conmigo mismo.


INCIPIT 1.308. EL POLACO / JM COETZEE


1 La mujer es la primera en causarle problemas, seguida pronto por el hombre.

2 Al principio tiene una idea perfectamente clara de quién es la mujer. Es alta y grácil; según los estándares convencionales, acaso no sea calificable como una belleza, pero sus rasgos -cabello y ojos oscuros, pómulos marcados, boca prominente- son llamativos y su voz, en leve contralto, tiene un suave poder de atracción. ¿Sexy? No, no es sexy, y sin dudas no es seductora. Es posible que haya sido sexy cuando era joven -¿cómo no haberlo sido con semejante figura? Pero ahora, con sus cuarenta y tantos, practica un cierto aire de lejanía. Camina -esto se nota especialmente- sin balancear las caderas, deslizándose sobre el suelo de manera muy recta, casi noble. Así resumiría él su aspecto exterior. En lo referente a ella  misma, a su alma, habrá tiempo para que esto se devele. De una cosa está convencido: ella es una buena persona, amable, amigable.

3 El hombre es más problemático. En la idea, como queda dicho, resulta perfectamente claro. Es polaco, ronda los setenta, unos setentas vigorosos, es un pianista conocido como intérprete de Chopin, pero un intérprete controvertido: su Chopin no es nada romántico


INICPIT 1.246. VARIACIONES COETZEE


PRESENTACIÓN

Basilio Baltasar

Los personajes de J.M. Coetzee dejarán en el imaginario una huella más nítida que muchos de los individuos de carne y hueso que protagonizan los acontecimientos de la actualidad. La influencia de sus robustas figuras literarias será duradera, aunque no tan solo por el interés que suscita la historia que nos cuenta el autor, sino por el carácter de su personalidad, el genio de su conciencia, y el temperamento con que actúan en el escenario de la ficción novelesca.

La intensa obra creativa de Coetzee ha renovado los modos narrativos, consumado inesperados logros estéticos, y expandido el campo de creación reclamado por la novela moderna.


INCIPIT 1.118. RETRATOS DE INFANCIA / JM COETZEE


Recientemente, y tras permanecer más de sesenta años guardadas, han salido a la luz las primeras fotografías tomadas por J. M. Coetzee. Al emigrar a Australia en 2002, Coetzee conservó un piso en Ciudad del Cabo, y cuando vendió la propiedad en 2014 tuvo que deshacerse de muchos de los efectos personales almacenados en él.

La compañera de Coetzee, Dorothy Driver, que se había trasladado a Ciudad del Cabo para encargarse de los trámites, me preguntó si me interesaba una ampliadora fotográfica vieja y material diverso para un cuarto oscuro. En aquel momento yo había colaborado con Coetzee en la publicación de sus guiones cinematográficos (Two Screenplays, UCT Press). Llegó la ampliadora junto con una anticuada maleta de cartón con un equipo completo para un cuarto oscuro (cubetas de revelado, bandejas, filtros, jarras de medición, marcos y un surtido de productos químicos y papel fotográfico), así como unas cuantas fotografías y varios carretes  revelados. Estos eran rollos de negativos de 35 mm en blanco y negro, guardados dentro de las típicas latas de aluminio. A juzgar por las fechas de caducidad de las latas de Ilford y Afrox (ABRIL, 1957, SEPT., 1956, etcétera), eran de mediados de la década de 1950, cuando la familia Coetzee se mudó de Worcester a Ciudad del Cabo y John asistió al colegio marista Saint Joseph de Rondebosch.

Escribí inmediatamente a Coetzee un correo electrónico para hablarle de las fotografías, sugiriéndole que se trataba de documentación que era necesario conservar y que podía tener interés para los estudiosos.]. C. Kannemeyer no había utilizado este material en su biografía sobre Coetze, lo que indicaba que este podía haberlo pasado por alto cuando le permitió acceder a sus archivos personales. Coetzee me contestó dándome autorización para que me ocupara de ello, aunque también expresó sus dudas acerca del interés que podían tener las fotografías de aficionado de un chaval de dieciséis años.


FEMINISMO


Cosas extrañas, JM Coetzee
A partir de la publicación de El cuaderno dorado, en 1962, Lessing mantuvo una relación incómoda con el movimiento feminista, que reivindicaba ese libro como documento fundador, y una relación claramente hostil con los círculos académicos, que atribuían a su libro la   condición de prototipo de la novela posmoderna. Ha mantenido una cautelosa distancia con sus discípulas feministas más entusiastas, y ha desdeñado a los críticos literarios, a los que considera pulgas adosadas a la espalda de los escritores. Por otra parte, las feministas (Adrienne Rich, entre otras) la han atacado por haber fracasado en la concepción de una política feminista autónoma, y la academia lo ha hecho por tratar de controlar la interpretación de sus libros en vez de permitir que surgieran productos derivados de ellos en el espacio textual.
En su autobiografía, Lessing no duda en arremeter contra las actitudes políticamente «correctas», que apenas difieren de lo que en el apogeo del Partido se llamó «la línea”.Así pues, pese a las cosquillas que le hacía su padre, considera que la preocupación de finales del siglo XX por el abuso sexual a los niños es un “movimiento histérico de masas”. Ella condena “el uso de los términos avariciosos o vengadores que se emplean para el divorcio que con tanta frecuencia piden las feministas”. Desde su adolescencia le han interesado más las “increíbles posibilidades” de la vagina que “el placer secundario e inferior” del clítoris. “Si me hubieran contado que los orgasmos de vagina y de clítoris se convertirían entre sí en enemigos ideológicos al cabo de unas décadas, habría pensado que era un chiste.» En cuanto a la construcción social del género, evoca la “crueldad” con que ella le robó su primer marido a otra mujer, una «crueldad típicamente femenina ... [que] viene de tiempos más antiguos que el cristianismo o cualquier otro lenitivo que pretenda suavizar actitudes más salvajes. Es mi derecho. Cuando he visto surgir esta criatura en mí misma o en otras mujeres, he sentido  pavor”

INCIPIT 1.006. COSTAS EXTRAÑAS / JM COETZEE


«¿Qué es un clásico?», una conferencia
En octubre de 1944, mientras las fuerzas aliadas combatían en el continente europeo y los proyectiles alemanes caían sobre Londres, Thomas Stearns Eliot, de cincuenta y seis años de edad, pronunciaba su discurso de investidura como presidente de la Sociedad de Estudios  Virgilianos de Londres. En su conferencia, Eliot no menciona las circunstancias del conflicto bélico, a excepción de una única referencia –tangencial e implícita, al mejor estilo británico- a “dos contratiempos del momento presente” que habían estorbado el acceso a los libros que necesitaba  para preparar su conferencia. De este modo recuerda a sus oyentes que hay una perspectiva desde la cual la guerra es solamente un tropiezo, por inmenso que sea, en la historia de Europa.
El título de la conferencia era “¿Qué es un clásico?” y su objetivo era consolidar y refundar una tesis que Eliot llevaba mucho tiempo anunciando: que la civilización de Europa occidental es una única civilización cuya vía de descendencia procede de Roma a través de la Iglesia de Roma y del Sacro Imperio Romano, y cuyo texto clásico originario debía ser, por tanto, la Eneida, el poema épico de Virgilio. Cada vez que se debatía sobre este asunto, era un hombre de creciente autoridad pública quien lo defendía, un hombre del que, en 1944, cabía decir que dominaba el panorama de las letras inglesas por su condición de poeta, dramaturgo, crítico, editor y analista de la cultura.

DON QUIJOTE


La muerte de Jesús, JM Coetzee, p. 67
-Don Quijote sabía que era una jaula, no una carreta, pero de todos modos dejó que el hechicero lo encerrara. Porque sabía que si quería ...
Se detienen en la puerta. Sentada a los pies de la cama de David, escuchando lo que dice, hay una joven con uniforme de enfermera, oronda como una paloma. Alrededor de ella, se apiñan los otros niños de la sala.
-Quijote sabía que podía escaparse cuando quisiera porque no se había inventado ninguna cerradura capaz de derrotarlo. Entonces, el hechicero hizo restallar el látigo y los dos corceles comenzaron a tirar de la jaula en la que estaba el noble caballero. Los caballos se llamaban Sombra y Marfil. Marfil era blanco y Sombra, negro; tenían la misma fuerza, pero Marfil era un animal tranquilo que tenía siempre la cabeza en otra parte, siempre estaba pensando; Sombra, en cambio, era fiero y caprichoso; eso significa que quería hacer lo que se le antojaba, de modo que a veces el hechicero tenía que usar el látigo para que obedeciera. ¡Hola, Inés! ¡Hola, Simón! ¿Estaban escuchando mi historia?
La enfermera se puso de pie de un salto y se escabulló en el corredor con la cabeza gacha y aire de culpa.
Los niños, que llevaban todos el pijama color celeste del hospital, no les prestaron atención. Esperaban con impaciencia que David reanudara la narración. La más pequeña, una niñita con el pelo recogido en dos coletas, no tenía más de cuatro o cinco años; el mayor era un muchachito robusto en cuya cara ya apuntaba el bozo.
-Anduvieron y anduvieron hasta que al fin llegaron a la frontera de un extraño país. “Aquí os abandono, Don Quijote”, dijo el hechicero. «Ese es el reino del Príncipe Negro, que ni siquiera yo me atrevo a pisar. Dejaré que Marfil, el caballo blanco, y Sombra, el caballo negro, os guíen ahora en vuestras aventuras.” Hizo restallar el látigo una vez más y los dos caballos emprendieron la marcha, llevando a Don Quijote y la jaula a esa tierra desconocida.
David se detuvo, mirando a lo lejos.
-¿Y? -dijo la pequeñita de las coletas.
-Mañana leo el resto y veré qué pasa con Don Quijote.
-Pero no le pasa nada malo, ¿verdad? -dice la chiquitina.
-A Don Quijote nunca le pasa nada malo porque es dueño de su destino -replica David.
-Qué suerte -contesta ella.

INCIPIT 945. SIETE CUENTOS MORALES / JM COETZEE

El letrero colocado en la verja dice Chien méchant y el perro es méchant, sin la menor duda. Cada vez que ella pasa por allí, el perro se lanza contra la verja dando aullidos en su afán de atacarla y destrozarla. Es un perro grande y respetable, algún tipo de ovejero alemán o rottweiler (ella sabe muy poco de razas de perros). Pero siente el purísimo odio que parte de s Sus ojos amarillos.
Después, cuando deja atrás la casa del chien méchant, se pone a cavilar sobre ese odio. Sabe que no es algo personal: está dirigido contra cualquiera que se aproxime a la verja, cualquiera que camine por allí o pase en bicicleta. Sin embargo, ¿cuán profundo es ese odio?¿ Es como una corriente eléctrica, que se enciende cuando un objeto entra en el campo visual del perro y se apaga cuando el objeto desaparece al dar vuelta la esquina? ¿Los espasmos de odio siguen   convulsionando al animal cuando vuelve a estar solo o la furia amaina de golpe y él retoma a un estado de tranquilidad?

Pasa en bicicleta frente a la casa dos veces por día, todos los días hábiles; una vez cuando va al hospital donde trabaja y otra vez cuando termina su turno. 

KAFKA

Las manos de los maestros, JM Coetzee, p. 200-201
Tal vez el caso más famoso de un albacea que contraviene las instrucciones del difunto lo constituye Max Brod, albacea del legado literario de su íntimo amigo Franz Kafka. Kafka, que tenía formación jurídica, no podría haber transmitido sus instrucciones con mayor claridad:
Querido Max, mi última petición: todo lo que dejo atrás ... en forma de cuadernos, manuscritos, cartas tanto mías como de otros, dibujos y demás, ha de ser quemado sin leerse y  hasta la última página, así como todos mis escritos o notas que tengáis tú u otras personas, a quienes se los tendrás que pedir en mi nombre. Las cartas que no te sean entregadas deberán ser al menos fielmente quemadas por quienes las tengan. Atentamente, Franz Kafka.
Si Brod hubiera cumplido con su deber, no tendríamos ni El proceso ni El castillo. Como resultado de su traición, sin embargo, el mundo no solo se ha beneficiado, sino que se ha metamorfoseado y transfigurado. ¿Acaso el ejemplo de Brod y Kafka nos persuade de que a los albaceas literarios, y tal vez a los albaceas en general, se les tiene que dar margen para reinterpretar las instrucciones que reciben en aras del bien general?
Hay un prolegómeno implícito a la carta de Kafka, que puede aplicarse también a la mayoría de las instrucciones testamentarias de este tipo: «Para cuando yo esté en mi lecho de muerte, y tenga que afrontar el hecho de que ya nunca seré capaz de seguir trabajando en los fragmentos que tengo en el cajón, ya no estaré en situación de destruirlos. Por tanto, no veo otra salida que pedirte que lo hagas tú en mi nombre. Pero como no te puedo obligar, solo puedo confiar en que respetes mi petición”.
A fin de justificar el hecho de no haber «cometido el acto incendiario”, Brod apeló a dos argumentos. El primero era que el listón que Kafka tenía a la hora de permitir que su obra viera la luz era exageradamente alto: «unos criterios prácticamente religiosos», los llamó Brod. El segundo argumento era más terrenal: aunque él ya le había dicho con claridad a Kafka que no pensaba seguir sus instrucciones, Kafka no lo desestimó como albacea, por consiguiente (pensaba él) en el fondo Kafka debía de saber que sus manuscritos no serian destruidos.
En términos legales, las palabras de un testamento han de transmitir la intención plena y final del testador. Así pues, si el testamento está bien construido -es decir, si el contenido está bien expresado, de acuerdo con las fórmulas legales de la tradición testamentaria-, entonces la interpretación del testamento es bastante mecánica: solo necesitamos un manual de fórmulas testamentarias para interpretar sin ambigüedades la intención del testador. En el sistema legal angloamericano, ese manual de fórmulas se conoce como las reglas de construcción, y la  tradición interpretativa basada en ellas se denomina la doctrina del significado claro.

La doctrina del significado claro lleva bastante tiempo siendo cuestionada. La esencia de su critica la planteó hace más de un siglo el académico en leyes John H. Wigmore: “La falacia consiste en dar por sentado que puede existir un significado real o absoluto. La verdad es que solo puede existir el significado subjetivo para una persona, y esa persona, cuya intención significativa quiere entender la ley, es el autor del documento."

¡¡¡FAULKNER¡¡¡

Las manos de los maestros, JM Coetzee, p. 157-158
WILLIAM FAULKNER Y SUS BIÓGRAFOS
“Ahora me doy cuenta por primera vez -le escribió William  Faulkner a una amiga, recordando desde la posición ventajosa que le daba estar en plena cincuentena- de qué asombroso don he tenido: haber hecho, sin ninguna clase de educación formal, sin siquiera tener compañeros muy instruidos, mucho menos literarios, las cosas que hice. No sé de dónde salieron. No sé por qué Dios o los dioses o quien fuera me escogió a mí de recipiente.”
Esa incredulidad que con estas palabras asegura sentir Faulkner no es del todo sincera. Para la clase de escritor que quería ser, tenía toda la educación, incluso todo el conocimiento libresco, que necesitaba. En cuanto a la compañía, tenía más que ganar de vejetes parlanchines de manos nudosas y larga memoria que de líttérateurs decadentes. De todas maneras, es normal un grado de asombro. ¿Quién habria imaginado que un muchacho de un pequeño pueblo de Mississippi sin ninguna distinción intelectual excepcional se convertiría no solo en un escritor famoso, célebre en su país y en el extranjero, sino también en la dase de escritor en la que se convirtió: uno de los innovadores más radicales de los anales de la ficción estadounidense, un escritor de quien aprenderían las vanguardias europeas y latinoamericanas?
No hay duda de que la educación formal de Faulkner no pasó del mínimo. Dejó el instituto en el primer año (al parecer, sus padres no armaron ningún escándalo al respecto), y aunque asistió durante un breve periodo a la Universidad de Mississippi, eso fue solo gracias a una autorización especial para excombatientes (más adelante me referiré al desempeño de Faulkner durante la guerra). Su historial universitario fue mediocre: un semestre de lengua y literatura inglesas (puntuación: D), dos semestres de francés y español. Este explorador del Sur posbélico no asistió a ningún curso de historia; este novelista que entrelazaría el tiempo bergsoniano en la sintaxis de la memoria, no estudió nada de filosofía ni psicología.

En lo que Billy Faulkner, que era más bien un soñador, se volcó en lugar de los estudios fue en una estrecha pero intensa lectura de la poesía inglesa de fin de siglo, en especial Swinburne y Housman, y de tres novelistas que habían dado a luz mundos de ficción lo bastante nítidos y coherentes como para rivalizar con el real: Balzac, Dickens y Conrad. Si a esto le añadimos una familiaridad con las cadencias del Antiguo Testamento, Shakespeare y Moby Dick, y, pocos años más tarde, un rápido estudio de lo que estaban haciendo sus contemporáneos de más edad T. S. Eliot y James Joyce, ya estaba totalmente equipado. En cuanto a materiales, lo que oía a su alrededor en Oxford, Mississippi, resultó ser más que suficiente: la épica, contada una y otra vez, incesantemente, del Sur, una historia de crueldad e injusticia y esperanza y desilusión y victimización y resistencia.

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