Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma
Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel
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INCIPIT 1.569. MAO II / DELILLO

 


Aquí llegan, iluminados por el resplandor del sol de Norteamérica. Vienen agrupados de dos en dos, la eterna pareja chico-chica, surgiendo de la pista que rodea la verja del campo de béisbol. La música los arrastra sobre la hierba a docenas, a cientos, demasiado numerosos para poder contarlos. Atraviesan el amplio arco del extremo del campo tan estrechamente apiñados que producen un efecto de transformación. La larga serie de parejas se convierte en una única y enorme ola que cubre de azul y blanco los espacios abiertos.

Al contemplarlos desde la tribuna, el padre de Karen no puede evitarlo y piensa: de eso se trata. Ahora, constituyen un único cuerpo, una masa homogénea, y ese pensamiento le produce desasosiego. Enfoca sus prismáticos sobre una joven, luego sobre otra, luego sobre otra más. Tantas y tantas columnas apretadas entre sí. Jamás había visto nada similar, ni imaginaba que fuera posible. Aunque no es el espectáculo lo que le ha impulsado a acudir, lo cierto es que no puede por menos de asombrarle. Son ya miles, casi una división, y el sonido de las viejas melodías, solemnes y sentimentaloides, comienza a parecerle sarcástico. Su mujer, Maureen, permanece sentada junto a él. Su aspecto es vigoroso y llamativo, y se ha ataviado con alegres colores que disimulan la zozobra que experimenta su corazón.

INCIPIT 861. LOS NOMBRES / DON DELILLO

Durante largo tiempo me mantuve alejado de la Acrópolis. Su sombría masa me intimidaba. Prefería vagar por la ciudad moderna, ruidosa e imperfecta. El peso y la importancia de aquellas piedras labradas sugerían que su contemplación no habría de ser fácil. Demasiadas cosas convergen sobre ellas. Encierran todo aquello que hemos podido rescatar de la locura. Belleza, dignidad, orden, proporción ... una visita semejante conlleva ciertas obligaciones. Por otra parte, estaba la cuestión de su propio renombre. Me veía a mí mismo subiendo a través de las tortuosas calles de Plaka, dejando atrás las discotecas, las tiendas de bolsos, las hileras de butacas de bambú. Lentamente, surgiendo de la cima de cada cuesta en oleadas de sonido y color, los turistas paseaban en zapatillas a rayas, abanicándose con tarjetas postales, los helenófilos, ascendiendo trabajosamente, enormemente infelices, formando con su mezcolanza una fila ininterrumpida que conducía al monumental pórtico.
Qué ambigüedad hallamos en las cosas que exaltamos. Un poco, las despreciamos.

Una y otra vez, aplazaba mi visita. Las ruinas se elevaban sobre el rumor del tráfico como quién sabe qué monumento a una esperanza condenada. 

TURISTAS

Los nombres, Don De Lillo, p. 47
Mi vida se hallaba repleta de sorpresas rutinarias. Un día era un grupo de corredores de maratón esquivando a los taxis junto al Hilton de Atenas, y al siguiente doblaba una esquina en Estambul y me topaba con un gitano que llevaba un oso atado a una cuerda. Comencé a verme a mí mismo como un turista permanente. En cierto modo, resultaba agradable. Ser un turista equivale a escapar del control. Los fallos y los errores no te caen encima como sucede si permaneces en casa. Uno puede recorrer continentes y lenguas y paralizar temporalmente su sentido común. El turismo es un desfile de papanatismo. Se espera de ti que te comportes como un imbécil. Todos los mecanismos del pais anfitrión se encuentran diseñados para unos viajeros que obrarán de modo idiota. Uno se mueve en círculos, aturdido, dejándose las pestañas en mapas plegables. Uno no sabe cómo dirigirse a la gente, cómo llegar a ningún sitio, qué representa el dinero, qué hora es, qué debe comer ni cómo debe comerlo. La estupidez constituye un modo establecido de comportamiento, un estándar, una norma. Uno puede sobrevivir de este modo durante semanas y meses sin ser reprendido ni sufrir ninguna consecuencia directa por ello. Junto con miles de otras personas, uno disfruta de bulas y de amplias libertades. Junto con ellos, forma parte de un ejército de idiotas que, vestidos con ropas sintéticas de alegres colores, montan en camellos y se fotografían unos a otros agobiados por el cansancio, la sed y la disentería. Ninguno tiene que pensar en nada que no sea la próxima de sus absurdas actividades. 

ATICA

Los nombres, Don De Lillo, p. 143
Había ocasiones en que pensaba que Atenas era una negación de Grecia, un enmascaramiento literal de esta reminiscencia de sangre, de rostros que observan desde paisajes rocosos. A medida que crecía, la ciudad iría consumiendo la amarga historia que la rodeaba hasta que no quedara nada sino calles grisáceas y edificios de seis pisos con ropa tendida a secar en las azoteas. Luego, advertí que la propia ciudad era una invención de personas procedentes de lugares perdidos, personas reasentadas por la fuerza, huyendo de la guerra, de las masacres, las unas de las otras, hambrientas, necesitadas de trabajo. Iban exiliados a su hogar, a Atenas, que se extendía hacia el mar e iba cubriendo las colinas más bajas en dirección a la llanura ática, buscando su dirección. Una rosa de los vientos del recuerdo.

ATENAS

Los nombres Don De Lillo, p. 97
Las noches de verano pertenecen a los viandantes. Todo el mundo sale y se apelotona contra un escenario de cemento. Reconcebimos la ciudad corno una colección de espacios unitarios que la gente ocupa en un orden de sucesión establecido. Los bancos de los parques, las mesas de los cafés, los asientos de balancín de las norias de los parques de atracciones. El placer no es diversión, sino una urgente forma de existencia, un orden social que percibimos como temporal. La gente acude a ver películas proyectadas en solares desocupados y come en tabernas improvisadas según la topografía del terreno. Por las aceras, las azoteas y los patios, por las avenidas escalonadas y los callejones se esparcen sillas y mesas, y la música de los altavoces rasga la suavidad de la noche. Los automóviles, los jeeps, las motos y las motocicletas están en la calle, y uno escucha discusiones, radios, bocinas. Bocinas que campanillean, que pitan, que chillan, que organizan una fanfarria, bocinas que tocan melodías populares, jóvenes a la caza de romances veraniegos. Bocinas, neumáticos, tubos de escape en mal estado. Sentirnos que todo ese ruido es algo premonitorio. Nos anuncian que están en camino, que están cerca, que están aquí.
Tan sólo los parroquianos de los cafés permanecen ocultos, allí donde hay buena luz y pueden jugar al pinacle y al backgammon y leer periódicos de enormes titulares: su propia forma de ruido. Siempre están ahí, detrás de los ventanales, escépticos ante la cadencia de la vida. Y en invierno, seguirán ahí, en su sitio, arropados bajo sus sombreros y sus abrigos en las noches más frías, repartiendo naipes a través de la densa humareda.

No hay lugar en el que la gente no se encuentre absorta en conversación. Sentados bajo los árboles, bajo los toldos a rayas de las plazas, se inclinan sobre su comida y su bebida y dejan oír sus voces, oscuramente enmarañadas entre lamentos orientales que fluyen de las radios de los sótanos y las cocinas. La conversación es la vida; el lenguaje, el ser más profundo. Vernos cómo se repiten sus modelos, cómo los gestos arrastran las palabras. Percibimos la imagen y el sonido de seres humanos que se comunican. Se trata del habla corno definición de sí misma. El habla. Las voces que surgen de los portales y las ventanas abiertas, las voces de los balcones de estuco, el chófer que separa ambas manos del volante para gesticular mientras conversa. Toda conversación es una narración compartida, algo que se ve impulsado hacia delante, algo tan denso que no deja lugar para lo tácito, para lo estéril. El habla es incondicional, y sus participantes se sumergen en ella por completo.

INCIPIT 857. FASCINACION / DON DELILLO

Aquí no hallarás gente corriente. No después de anochecer, y no en estas calles, bajo las marquesinas de las viejas naves industriales. Pero eso, claro está, ya lo sabes. De eso se trata. A ello se debe, evidentemente, que estés aquí. Del rio llegan ráfagas de viento que agitan el aire polvoriento de los solares de los edificios recién demolidos. Cerca de los muelles, los vagabundos encienden sus hogueras en oxidados bidones de aceite. Puedes verles apiñados entre sí, arropados con cualquier variedad de abrigo o jersey viejo o combinación de ambos que hayan logrado obtener. Cerca de las fábricas hay camiones estacionados, algunos de ellos ocupados por hombres que fuman en la oscuridad a la espera de que bajen los homosexuales procedentes de los bares que hay más allá de Canal Street. Alargas la zancada, aunque no para huir del frio. Te gusta ese viento gélido. Doblas una esquina y notas su caricia brevemente, sintiendo cómo tus muslos muestran su forma bajo el placentero contacto del tejido en tensión. En las parcelas vacías brillan los trozos de vidrio como si fueran de mica. Esta noche, el río despide cierto aroma a almizcle.

Ya en dirección Este, ves cuatro letras pintadas con aerosol sobre el costado de un edificio. Garabatos. ANGW. Pero, de algún modo, te resultan familiares, como si abrieran un agujero en el tiempo. 

INCIPIT 766. CERO K / DON DELILLO

Todo el mundo quiere apropiarse del fin del mundo. Me lo dijo mi padre, de pie junto a las ventanas francesas de su despacho de Nueva York; gestión privada de la sanidad, fondos fiduciarios dinásticos, mercados emergentes. Estábamos compartiendo un punto temporal curioso, contemplativo, y ese momento estaba rematado por sus gafas de sol vintage, que traían la noche al despacho. Examiné las obras de arte de la sala, abstractas de distintos estilos, y empecé a entender que el silencio prolongado que había seguido a su comentario no nos pertenecía a ninguno de los dos. Me acordé de su mujer, la segunda, la arqueóloga, la mujer cuya mente y cuyo cuerpo deteriorado pronto empezarían a adentrarse, de forma programada, en el vacío.

Aquel momento me volvió a la cabeza unos meses más tarde y a medio mundo de distancia. Estaba sentado, con el cinturón de seguridad puesto, en el asiento de atrás de un coche blindado de cinco puertas con las ventanillas 

INCIPIT 460. LA ESTRELLA DE RATNER / DON DELILLO

SUBSTRATO
El pequeño Billy Twillig se subió a bordo de un 747 con rumbo a una tierra lejana. Esto se sabe a ciencia cierta. El hecho de que se subió al avión. El avión era un Sony 747, etiquetado como tal y programado para llegar a su punto de destino un número exacto de horas después del despegue. Todo esto es susceptible de verificación, marcado con guijarros (khalix, calculus), tan real como el número uno. Pero por delante quedaba el horizonte soñoliento, latiendo entre el polvo y los gases, una ficción cuyos límites venían determinados por la perspectiva de uno, un poco como esas cantidades imaginarias (la raíz cuadrada de menos uno, por ejemplo) que conducen a dimensiones nuevas.

El avión fue rodando hasta una pista de despegue remota. Billy iba sujeto con el cinturón a un asiento de ventanilla. A su lado, en la hilera de asientos dispuestos en formación 5-2-3- 2-5, iba sentado un hombre leyendo una revista de navegación deportiva, y al lado del hombre había una, dos y hasta tres niñas. Aquélla era toda la proximidad que a Billy le apetecía explorar de momento. Tenía catorce años y era más pequeño que la mayoría de los chicos de su edad. Si se lo examinaba de cerca, se podía encontrar en él una capacidad asombrosa de concentración

JESUITAS

De La Estrella de Ratner de Don  DeLillo, p.201
[…] mientras está practicando el coito sexual-dijo el jesuita-. Es una actividad que ejerce presión sobre el corazón y provoca paradas cardíacas. El sexo no debería ser nunca furtivo. Eso causa todavía más presión. Si hay que practicarlo, se tiene que practicar con un cónyuge, en la cama y en medio de una atmósfera de amor y confianza mutuos. Hay que evitar la técnica. La técnica causa muchos problemas. La técnica puede matar. Si durante el coito se producen palpitaciones del corazón, hay que interrumpirlo de inmediato y pensar en los gusanos parásitos que infestan el canal anal. Es lo que denominamos contención análoga por medio de ideas. Si, al interrumpirte, no consigues ni por medio de la pura fuerza de voluntad ni de la imaginación cancelar el impulso de emitir, entonces has de efectuar tu emisión dentro de un vaso limpio o frasco de especímenes desinfectado y dejado junto a la cama a este fin. No te deshagas de tu emisión. Llévasela de inmediato a tu esposa y ayúdala en la ingesta uterina inmediata y directa de tu emisión, valiéndote de cualquier medio no mecánico que sea necesario para garantizar que la fertilización no quede impedida. Se trata de distinciones sutiles pero emocionantes. Si el derrame de tu emisión es voluntario, como fin o como medio, habrás cometido el mayor de los pecados.

COSAS DEL REVES

De La Estrella de Ratner de Don Delillo, p.103
-¿Y usted cree que la atosiga porque las cosas que están del revés no deberían producir placer? -El cicloide es geometría. No sé por qué tenemos que mezclarlo con el sexo. La verdad es que no salgo de mi sorpresa por no haberte encontrado en la cama. Matemáticas y dolor. Reposo en cama y meditación. Debilitarte con cada hora que pasa. Lloriquear y gimotear sumido en la fatiga iridiscente de tu genialidad. La oyó hablar de la fiesta de despedida. Era como un monólogo sobre el insomnio. O como el insomnio mismo. No es que a él le importara. No tenía ningún deseo particular de ponerse a trabajar otra vez en el código. Y resultaba  agradable tener a una mujer en su habitación, aunque estuviera demasiado perjudicada por la fiesta para escribir un episodio de libertinaje en la historia de Billy. No obstante, más allá de la presencia de Soma Tobias, sin embargo, más allá de su voz, más allá de los objetos de aquella habitación y de la habitación en sí, más allá de todo aquello, se encontraba el trazado de una línea de color azul claro, la ubicación de un punto provisto de cierto grado de libertad. Azul sobre blanco. Figuras y movimientos. Pulsaciones zumbando a través de la anestesia de las cuatro dimensiones coordinadas. ¿Acaso tenía que buscar una ecuación y estirar su marco de variables a través de una gráfica interestelar? Podía valer la pena explorar aquello. Método axiomático. Un movimiento fugaz fiel a otro. El sistema de coordenadas había permitido que el cálculo fuera imaginable, mientras que aquel estudio de la suma no secuencial de la naturaleza fluida había nutrido el crecimiento de las matemáticas modernas. Billy vio cómo forzaba sus propias fronteras. Coordenadas que ascendían a n. El espacio de la naturaleza y el suyo. Aumentar de tamaño por medio del añadido de material gracias a la asimilación. Ampliarse o intensificarse. ¿Contra qué crecían las matemáticas? No contra la naturaleza, sino contra la imaginación. Y, sin embargo, cuando traspasaba las fronteras, ¿acaso regresaba al mundo físico? Leyes fundamentales. 

DEL ORIGEN DEL UNIVERSO

De La Estrella de Ratner de Don Delillo, p. 114
-Los hombres se encogen en el espacio -dijo-. Tenemos siluetas de rayos X y fotografías estereoscópicas que lo demuestran. A los astronautas se les encoge literalmente el corazón. También los miembros y el torso. Porque en el espacio nada tira del hombre. No hay ansia. No hay esa succión y deglución universal. Sus músculos pierden tono. Se les acumula la sangre en los sitios equivocados. Se les trastornan las sustancias químicas del cuerpo. En suma, allí no  existe esa poesía del desplome de la materia. El ansia lo es todo. Todo ansía. Sin ansia, los huesos pierden calcio. Sin ansia, el potasio se esfuma. Antes se pensaba que la materia se desplomaba. En el principio, la materia se desplomó. Se desplomó de manera uniforme. Desplomarse formaba parte de la naturaleza de la materia. El movimiento uniforme de la materia al desplomarse quería decir que no había interacción entre partículas. Que ninguna fuerza intervenía para interrumpir el desplome uniforme y absolutamente hermoso de todas las cosas del universo. Pero a continuación se produjo un viraje, según se creía. Algo, o quizá todo, recibió un suave empujón que le infundió el más imperceptible de los virajes. Dos partículas se tocaron con suavidad y se adhirieron durante el más imperceptible de los instantes. Aquella interacción al azar fue el origen del universo tal como hoy lo conocemos y lo tememos. No obstante, en este antiguo poema de la materia en desplome no hay nada que descarte la idea de que la materia se sigue desplomando. Ahora se cree que la materia está organizada, es interactiva y está guiada por fuerzas bien definidas, y, sin embargo, en todo el canon científico no hay ninguna evidencia que disipe la impresión poética de que la materia ahora organizada se está desplomando constantemente, que es lo mismo que dije en la frase anterior, si me estabas escuchando. Desplomarse forma parte de la naturaleza de los objetos. El universo entero se está desplomando . Ese es el sentido de los sueños en los que nos zambullimos eternamente. 

INCIPIT 352. LA CALLE GREAT JONES / DON DELILLO

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La fama requiere toda clase de excesos. Me refiero a la fama de verdad, a un neón que te devora, no a ese renombre sombrío de los estadistas en declive o de los reyes timoratos. Me refiero a los largos viajes por el espacio gris. Me refiero al peligro, al borde mismo del vacío, a  la circunstancia de un hombre que les infunde un terror erótico a los sueños de la república. Entiendan al hombre obligado a habitar esas regiones extremas, monstruoso y vulvar, humedecido por los recuerdos de la violación. Por mucho que esté medio loco, lo absorberá la locura total del público; por mucho que sea plenamente racional, un burócrata en el infierno, un genio secreto de la supervivencia, está claro que lo destruirá el desprecio que el público siente hacia los supervivientes. La fama, al menos esta modalidad especial, se alimenta del  escándalo, de lo que los asesores de hombres de menos valía considerarían publicidad negativa: histeria a bordo de limusinas, peleas a navajazos entre el público, litigios grotescos,  traiciones, pandemonio y drogas. Tal vez la única ley natural que se aplica a la fama verdadera es que el famoso se acaba viendo forzado a suicidarse.

INCIPIT 286, PUNTO OMEGA / DON DELILLO


ANONIMATO
3 de septiembre
Había un hombre de pie contra la pared norte, apenas visible. La gente entraba de dos en dos y de tres en tres y se detenía en la oscuridad mirando la pantalla y luego se iba. En ocasiones apenas traspasaban el umbral, grupos más grandes entrando como sin rumbo, turistas aturdidos, y miraban y trasladaban el peso del cuerpo de un pie al otro y luego se iban
No había donde sentarSe en la galería. La pantalla descansaba directamente en el suelo, unos tres por cuatro metros, sin elevación, en mitad de la sala. Era una pantalla translúcida y había personaS pocas que se demoraban el tiempo suficiente como para ir derivando hasta el otro
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