Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma
Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel
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H.


La inflación alemana, Josep Pla, p. 317

La característica de Hitler es el impermeable. Es un impermeable vulgar, con cinturón y solapas grandes, pero parece el patrón del que han salido los impermeables vulgares, con solapas grandes y cinturón. En la manga del impermeable, Hitler lleva una gran cruz teutónica. Esta cruz, hoy, en Alemania, es el signo anti judío. Los judíos usan los dos triángulos superpuestos e invertidos. Los anti judíos usan una cruz con unas prolongaciones hacia los cuatro lados que le dan la impresión de ser una cruz con patas.

-La situación política en Alemania --dice Hitler para empezar- es desde el punto de vista de la dignidad de nuestro partido, desde el punto de vista de la dignidad de la raza, verdaderamente intolerable. Nosotros estamos decididos a todo, menos a petrificarnos en este estado de vergüenza y de abyección. La guerra es preferible, infinitamente preferible, a la continuación de esta abyecta servidumbre. En todas partes del mundo han triunfado los hombres de orden, de puño de hierro, los patriotas, los verdaderos amigos de su país. Aquí estamos aún dominados por una serie de experimentadores siniestros, vendidos al extranjero, marxistas y judíos. Todo esto se debe expeler. Sobre todo, tenemos que resolver de una forma general, con una explosión en los cuatro puntos cardinales del Imperio, el problema judío. Este problema lo resolveremos con la expulsión en masa. Tenemos un precedente en lo que hizo España con los judíos. Nosotros, sin embargo, corregiremos la solución española. No les dejaremos a los judíos la opción de la conversión o la expulsión, como hizo España. No. Estamos a favor de la expulsión pura y simple. Para España, el problema judío era un problema religioso: para nosotros es un problema de raza. Aquí, en Baviera, ya se está expulsando a los judíos, que no son ciudadanos bávaros. Es un primer paso para la expulsión general.


H


Un verdor terrible, Benjamin Labatut, p. 33

Uno de los que sufrió debido a la extensión de la guerra fue un joven cadete de veinticinco años; aspirante a artista, había rehuido el servicio militar obligatorio de todas las formas posibles, hasta que la policía llegó a buscarlo al número 34 de la calle Schleissheimer, en Múnich, en enero de 1914. Bajo amenaza de prisión, se presentó al examen médico en Salzburgo, pero lo declararon «no apto, demasiado débil e incapaz de portar armas». En agosto de ese año -cuando miles de hombres se inscribían voluntariamente en las fuerzas armadas, sin poder contener sus ganas de participar en la guerra venidera-, el joven pintor tuvo un súbito cambio de actitud: le escribió una petición personal al rey Luis III de Baviera para poder servir como austriaco en el ejército bávaro. El permiso llegó al día siguiente.

Adi, como lo llamaban cariñosamente sus compañeros del Regimiento List, fue enviado directamente a la batalla que en Alemania llegó a ser conocida como Kindermord bei Ypern, la matanza de los inocentes, ya que cuarenta mil jóvenes recién enlistados murieron en solo veinte días. De los doscientos cincuenta hombres que formaban su compañía, solo cuarenta lograron sobrevivir; Adi fue uno de ellos. Recibió la Cruz de Hierro, fue promovido a cabo y nombrado mensajero de la Sede de su Regimiento, por lo que pasó los siguientes años a una cómoda distancia del frente, leyendo libros de política y jugando con un fox terrier que adoptó y llamó Fuchsl, zorrito. Ocupaba sus tiempos muertos pintando acuarelas azuladas y haciendo bocetos a carboncillo de su mascota y de la vida en las barracas.


INCIPIT 1,289. PUTZI. EL CONFIDENTE DE HITLER / T.SNEGAROFF


David no había conocido nunca a ningún nazi. Le temblaban las piernas y se agarraba con fuerza al brazo de su pareja, Judith, que lo acompañaba en ese largo viaje.

El taxi los dejó al final de la calle. Había que bordear el Isar, ese río impetuoso que desaparece en el Danubio. David se detuvo un instante para recobrar la calma. A ese río, de noche para no atraer a los curiosos, habían arrojado las cenizas de los jerarcas nazis ejecutados trás los Juicios de Núremberg. Y las de Goring, que se había suicidado. Contaban que el hombre al que iban a visitar esa mañana de enero de 1973 había sido amigo suyo.

Hacía un frío cortante; sus pasos se imprimían sobre la nieve. Unos pocos pájaros y los árboles descarnados, abedules, fresnos, sauces y álamos plateados, los miraban pasar, insensibles a la angustia que los embargaba. Bordearon una majestuosa mansión blanca que había pertenecido a Thomas Mann y la casa de Ernst Hanfstaengl se alzó ante ellos.


HILTLER Y WAGNER


Wagnerismo, Alex Ross, p. 612

La literatura sobre Hitler y el nazismo es proclive a lo que el escritor Ron Rosenbaum llama la «teoría de la única bala»: explicaciones simplistas para un horror complejo. Se han sugerido diversas claves para comprender a Hitler, como que tuvo un padre violento; que se sentía demasiado cercano a su madre; que padeció encefalitis; que contrajo la sífilis con una prostituta judía; que echó la culpa de la muerte de su madre a un médico judío; que le faltaba un testículo; que fue objeto de un tratamiento de hipnosis que no surtió los efectos deseados; que era homosexual; que estaba perturbado por las drogas; y, lo más insidioso de todo, que tenía ascendencia judía. A esta discutible lista puede añadirse la idea de que Hitler recibía indícaciones póstumas de Wagner. La primera exposición definitiva de la tesis llegó en 1939, cuando el poeta e historiador Peter Viereck identificó a Wagner como «el manantial individual quizá más importante de la ideología nazi». Una variación extrema aparece en el libro Wagners Hitler. Der Prophet und sein Vollstrecker (El Hitler de Wagner. El profeta y su discípulo), de Joachim Kiihler, publicado en 1997, donde se dice que la «campaña de Hitler para exterminar judíos formaba parte de su amor por Wagner».

Hitler alimentó este tipo de especulaciones con la afirmación de que un encuentro juvenil con Rienzi fue lo que lo impulsó a emprender una carrera política. Muchos destacados  historiadores del Tercer Reich no se sienten inclinados a dar credibilidad a sus palabras y dudan de que Wagner desempeñara un papel significativo en la evolución política del dictador. Richard J. Evans, en The Third Reich in Power (El Tercer Reich en el poder), afirma que «se ha tendido a exagerar la influencia del compositor en Hitler». Joachirn Fest, que había hecho hincapié en el legado de Wagner en su clásica biografía de Hitler, concluyó más tarde que polémicas como la de Kiihler confundían el contenido de las obras con la historia de su recepción, vinculando la segunda al primero. (Kiihler aceptó más tarde la crítica y se retractó de su tesis.) Wagner fue un antisemita agresivo pero el antisemitismo no es sinónimo de una filosofía política. Una gran parte de la errática ideología del compositor -las tendencias anarquistas, la desaprobación de los ejércitos permanentes, el rechazo del poder organizado- es la antítesis de la mentalidad totalitaria.


H.PINTOR


Fin, KO Knaugard, p. 519
Su modo de sobrevivir también recuerda al del protagonista de Hamsun; no con pequeños artículos en los periódicos, sino con pequeños cuadros que vende en tabernas y restaurantes.
La producción de cuadros fue idea de Hanisch. Hitler le mintió diciendo que había ido a la Academia, Hanisch sugirió que pintara para ganarse la vida. Hitler compró material de pintura y se puso manos a la obra. Como las salas para calentarse están atestadas, se sienta a pintar en los cafés, y Hanisch vende los cuadros, el negocio va bien, y al cabo de poco tiempo se van a vivir a un nuevo albergue permanente de hombres, que no está pensado para los más pobres, en él se paga una pequeña suma semanal por una cama en un reducido cubículo y una comida. El albergue es grande, da cobijo a unos quinientos hombres, algunos viven allí permanentemente, pero para la mayoría se trata de una solución temporal. Alrededor del setenta por ciento de los residentes tienen menos de treinta y cinco años. El setenta por ciento son obreros y artesanos, por lo demás, hay cocheros, dependientes, camareros, jardineros, trabajadores no cualificados y desempleados, algunos aristócratas venidos a menos, artistas fallidos, hombres divorciados y arruinados, escribe Harnann. Las procedencias étnicas eran igual de variadas. En este ambiente vivió Hitler durante tres años. Tenía su propio pequeño espacio en el que podía permanecer entre las ocho de la tarde y las nueve de la mañana. Por lo demás, había un comedor y dos salitas de lectura, una para fumadores y otra para no fumadores. En ellas había periódicos y una pequeña biblioteca a disposición de los residentes. Según Hanisch, Hitler era el que más la frecuentaba. Leía periódicos por la mañana, pintaba por la tarde, leía por la noche, cuando no se sumaba a uno de los muchos debates y discusiones que tenían lugar constantemente, tanto allí como en todas partes de esa ciudad en la que los problemas políticos eran tan grandes y visibles. El negocio iba relativamente bien, ganaban dinero suficiente para pagar el alquiler y la comida, pero no para comprar ropa, por ejemplo, y, según Hanisch, Hitler llevaba el abrigo dentro de casa porque tenía un agujero en el trasero del pantalón y ninguna camisa. Para poder sobrevivir, Hitler tenía que pintar un cuadro al día.

WIKIPEDIA

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