Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma
Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel
Mostrando entradas con la etiqueta Roma. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Roma. Mostrar todas las entradas

Villa Giulia


Fractal, Andrés Trapiello, p. 166

Es un lugar extraordinariamente hermoso, una casa romana pasada por el Renacimiento, y que despierta en uno sentimientos diferentes, quizá complementarios. Por un lado, uno es feliz conociendo algo así. Pero por el hecho de conocerlo, se ve uno comprometido con esa misma belleza. No puede seguir viviendo de la misma manera. El ideal le obliga a uno a muchas cosas, la belleza lo mismo. Es difícil que ninguno de nosotros llegue a vivir jamás en una casa parecida, eso está fuera de toda duda (y los que son millonarios, tampoco tienen ningún interés, por lo general, en vivir en una casa como esa, ya que son millonarios, casi siempre, porque han estado alejados de esa manera de creer que el ideal es la Villa Giulia), pero después de haberla visto, debería llegar uno a la suya, pobre, en cualquier rincón del mundo, y tratar de que, en lo que es, se acerque lo más posible a su propio canon.

Vivir en Roma tiene además esa cotidianeidad con lo que es excepcional. Llega a ser una parte de la rutina. Todo es hermoso, llega a creer uno. Y a medida que pasan los días va encontrando uno su rutina, que es la única fértil.


Adriano y su villa


La herencia viva de los clásicos, Mary Beard, p. 82

El emperador Adriano fue una vez a los baños públicos y encontró a un viejo soldado que se frotaba la espalda contra la pared. Intrigado, le preguntó al anciano qué estaba haciendo. “Frotarme contra el mármol para limpiarme el aceite,porque no puedo costearme un esclavo”, le explicó el anciano. El emperador inmediatamente le hizo  entrega de un equipo de esclavos y del dinero para su mantenimiento. Unas semanas más tarde, volvió a los baños de nuevo. Previsiblemente, tal vez, se encontró con todo un grupo de ancianos que se frotaba llamativamente la espalda contra la pared, tratando de sacar provecho de su generosidad. Él les hizo la misma pregunta y obtuvo la misma contestación. «Pero ¿no se os ha ocurrido frotaros la espalda unos a otros?», les respondió el astuto emperador.

Esta anécdota está recogida en una extraordinaria «fantasía biográfica» de Adriano que se compiló en algún momento del siglo IV d.C., aproximadamente doscientos años después de la muerte de Adriano, por un hombre que escribía bajo el pretencioso seudónimo de «Elio Esparciano». Esta es una anécdota que debe de haberse contado sobre un cierto número de emperadores romanos. El hecho de que aparezca aquí vinculada al nombre de Adriano probablemente no tenga en absoluto relevancia alguna. Lo que sí es significativo es la visión que ofrece acerca de algunas suposiciones romanas sobre en qué consiste ser un buen emperador. Debe ser generoso, tener visión de futuro (nótese la subvención para el mantenimiento de los esclavos: los romanos sabían que incluso los esclavos regalados no resultaban baratos) y, por encima de todo, inteligente, no la clase de hombre a quien se le toma el pelo. Debía tener también el arrojo de tratar cara a cara con su gente, no debía agradarle el aislamiento propio de la élite en algún balneario privado, sino bromear con todos los que fuesen a los baños públicos. El emperador romano debía ser uno más de la pandilla, o al menos fingir serlo.

Foto: Busto neo-egipcio de Antinoo. Escultor desconocido (años 20 del siglo XX). Mármol negro, altura: 71 cm. Milán, colección privada. Foto © Franco Maria Ricci.

Quousque tandem ...?


La herencia viva de los clásicos, Mary Beard, p. 115

Marco Tulio Cicerón fue asesinado el 7 de diciembre del año 43 a. C.: el orador más famoso de Roma, defensor ocasional de la libertad republicana y crítico implacable de la autocracia. Finalmente, acabaron con él los lacayos de Marco Antonio, uno de los miembros del triunvirato que gobernaba Roma y principal víctima de su deslumbrante y última invectiva: más de una docena de discursos llamados Filípicas, en honor a los ataques casi igual de desagradables que Demóstenes había dedicado a Filipo de Macedonia, tres siglos antes. La persecución había degenerado en un elaborado y, ocasionalmente cómico, juego del escondite, puesto que Cicerón pasaba su tiempo resguardándose en su villa a la espera de la inevitable llamada en la puerta y haciendo veloces escapadas junto al mar. Finalmente, sus asesinos lo cogieron en su litera de camino a la costa, le rebanaron la garganta y le enviaron su cabeza y sus manos a Antonio y a su mujer Fulvia, como prueba de la hazaña que habían realizado. Cuando el terrible paquete llegó, Antonio ordenó que los restos fueran expuestos en el Foro, clavados en el lugar en el que Cicerón había pronunciado muchos de sus devastadores discursos; pero antes, Fulvia puso la cabeza en su regazo y, según cuenta la historia, le abrió la boca, le sacó la lengua y se la atravesó una y otra vez con un alfiler que se había desprendido del pelo.

La decapitación, y la parafernalia que se desplegaba con ella, era en cierto modo un peligro que iba con el cargo para las figuras políticas de primera línea en Roma, durante los cien años de guerra civil que condujeron al asesinato de Julio César.


CATON EL CENSOR


Historia menor de Grecia. Pedro Olalla, p. 81

Quien toma la palabra es Catón el Censor, un adusto varón de ochenta y cinco años a quien todos conocen y estiman por su larga trayectoria política, su influencia sobre la sociedad romana y su conocimiento de la tradición. Catón es también uno de los pocos ciudadanos romanos que ha dedicado esfuerzo y tiempo a conocer la lengua y los escritos de los griegos. En el silencio de la espaciosa sala, Catón recuerda a todos los presentes que el fin de la educación romana es formar a los líderes en el ejercicio de la política y las armas. Por tanto, es de los magistrados y de los militares de quienes los jóvenes deben aprender la honestidad, la lealtad, el valor, la justicia y todas las virtudes de Roma, evitando prestar oídos a las extravagancias y las dudas de los filósofos. Moviéndose con lentitud por el estrado, Catón habla de Sócrates como de un charlatán perverso que aspiró a tiranizar a su patria abominando contra las costumbres e inculcando en sus conciudadanos pensamientos contrarios a la ley. En una pausa y con rictus de conmiseración, menciona a los alumnos de la escuela de Isócrates, que permanecían en ella hasta llegar a viejos, como si fuera en el Hades y ante Minos donde hubieran de poner en práctica lo que allí aprendían.

Recuperando el gesto de rigor y elevando la voz en ocasiones, el anciano Catón advierte a los romanos de lo subversivo de esos discursos que ahora admiran, del peligro de su persuasión-mayor aún que el de su doctrina-y de los males que los fiósofos pueden acarrear a la república. Y finalmente, en una última moción, propone que se dé pronta respuesta a la embajada de los atenienses y que se les envíe de vuelta a sus escuelas a confundir con sus brillantes pláticas a los jóvenes griegos, pues para él es evidente que, si nada se hace por impedirlo, la perdición de Roma vendrá por la influencia de lo griego.


Subproletariado


Manual corsario, PP Pasolini, p. 381

Lo que me atrae del subproletariado es su rostro, porque es limpio (mientras que el del burgués es sucio); porque es inocente (mientras que el del burgués es culpable); porque es puro (mientras que el del burgués es vulgar); porque es religioso (mientras que el del burgués es hipócrita); porque es loco (mientras que el del burgués es prudente); porque es sensual (mientras que el del burgués es frío); porque es infantil (mientras que el del burgués es adulto); porque es inmediato (mientras que el del burgués es previsor); porque es amable (mientras que el del burgués es insolente); porque es vulnerable (mientras que el del burgués es altivo); porque es incompleto (mientras que el del burgués es aquilatado) porque es confiado (mientras que el del burgués es duro); porque es tierno (mientras que el del burgués es irónico); porque es peligroso (mientras que el del burgués es blando); porque es feroz  (mientras que el del burgués es chantajista); porque tiene color (mientras que el del burgués es blanco).


ROMA MALANDRINA


Manual corsario, PPPasolini, p. 152

 Le digo siempre a todo el mundo, cuando tengo ocasión, que Roma es la ciudad más hermosa del mundo. De las ciudades que conozco, es aquella en la que prefiero vivir: es más, a estas alturas, no puedo concebir siquiera el vivir en otra parte. Mis peores pesadillas son aquellas en las que sueño que tengo que abandonar Roma para volver a la Italia del norte. Su belleza es, por supuesto, un misterio: podemos recurrir cuanto queramos al barroco, a la atmósfera, a la composición, toda depresiones y alturas del terreno, que le confiere continuas e inesperadas  perspectivas, al Tíber que la surca y la abre en corazones maravillosos vacíos de aire, y sobre todo a la estratificación de estilos que en cada esquina donde uno gire se ofrece la vista de una sección diferente, que es un verdadero trauma debido al exceso de belleza. Pero ¿sería Roma la ciudad más hermosa del mundo si, al mismo tiempo, no fuera la ciudad más fea del mundo?

Como es natural, belleza y fealdad están vinculadas: la segunda vuelve a la primera patética y humana, la primera nos hace olvidar la segunda.

Los lugares de la ciudad que son «solo» hermosos y los lugares de la ciudad «solo» feos son raros. Cuando la belleza se aísla tiene algo de arqueológico en el mejor de los casos: pero más a menudo es una expresión de una historia no democrática, en la que el pueblo está ahí para aportar color, como en una estampa de Pinelli.

Y del mismo modo -y por el contrario-, la fealdad, cuando se aísla y llega casi a lo atroz, nunca es completamente depresiva y arisca: el hambre, el dolor son allí alegoría, la historia es nuestra historia, la del fascismo, la de la guerra, la de la posguerra, toda trágica, pero en progreso, y por eso llena de vida. La esperanza no es tampoco política, puesto que el subproletariado que vive allí profesa un comunismo confuso y bastante extraño. Es una esperanza pura; la de aquellos que, al vivir antes de la historia, tienen aún toda la historia ante ellos: condición anárquica e infantil. Los crímenes acerca de los que se lee cada día en la crónica negra de Roma son todos de gente débil, aterrorizada: matan para que no los maten, previenen el mal con el mal. Quien sale antes va el primero con ventaja, piensa un chico del pueblo romano que se va de paseo «dentro de Roma», siempre en guardia para liarse a mamporros, para buscar follón; su moral es una moral de la jungla por ser, precisamente, un débil.


MONDO DI MEZZO


La ciudad de los vivos, Nicola Lagiola, p. 181

Cuando llegué, veinte años atrás, no conocía a nadie. Tenía poco dinero y un trabajo ridículo y, sin embargo, a las pocas semanas la ciudad ya me había abrumado con su desordenada generosidad; era caótica, vital, tremendamente cínica, por lo tanto, incapaz de tomarse en serio su propia maldad. Si tenías un mínimo de ambición, te la echaban por tierra; si te atrevías a confesar que querías abrirte camino en la vida, o incluso triunfar, te daban una palmadita en la espalda y empezaban a burlarse de ti. ¿Dónde te creías que estabas? Roma existía desde hacía 2. 700 años, las había visto de todos los colores, contenía la irrepetible concentración de parálisis y artificio retórico de la política italiana, albergaba además el epicentro de la desilusión teocrática mundial. Por aquí, la gente no era tan ingenua como para pensar que la autoafirmación o, peor aún, la gloria, valieran algo en sí mismas. En Roma conocías a gente de todos los tipos, te mezclabas con otros cuerpos; si la cosa te iba bien, te metías algo de dinero en el bolsillo, te morías, y el ponentino barría hasta las cenizas de tu recuerdo.

 Todo permanecía suspendido entre la armonía y el desorden, la belleza y el abandono, la sociabilidad y la decadencia. Luego, sin embargo, todo empezó a deslizarse rápidamente hacia la parte nocturna. Hubo el escándalo del Mondo di Mezzo. La investigación involucraba a particulares y a cargos institucionales por delitos de todo tipo. Adjudicaciones manipuladas, corrupción, estafas, especulación en sectores como la vivienda social, la inmigración, la recogida de residuos; compra y venta de funcionarios públicos, extorsión, reciclaje ... algo gigantesco. El nombre de la operación lo habían tomado de una escucha telefónica de los carabinieri: «Es la teoría del Mondo di Mezzo, tío -decía uno de los interceptados-, los vivos están arriba y los muertos abajo. Nosotros estamos en el medio porque hay un mundo, un Mondo di Mezzo, donde todos se encuentran. Tú dices: "Coño, ¿cómo va a ser posible ... no sé, que mañana me encuentre cenando con Berlusconi?". En cambio, es posible. En el Mondo di Mezzo todos se encuentran con todos. Encuentras personas del supramundo porque tal vez tienen interés en que alguien del inframundo le haga algunos favores que nadie más puede hacerle».


ROMA


El Reino, Emmanuel Carrère, p. 364

En La vida cotidiana en Roma en el apogeo del imperio, Jéróme Carcopino se interroga sobre la población de la ciudad en el siglo I y, tras haber dedicado tres páginas grandes a exponer, impugnar y por último demoler las estimaciones de sus colegas, termina disculpándose de su imprecisión proponiendo una cifra «que oscila entre 1.165.050 y 1.677.672 habitantes». Se sitúe la verdad hacia arriba o hacia abajo de esta sorprendente horquilla, Roma era la ciudad más grande del mundo: una metrópoli moderna, una auténtica torre de Babel, y cuando decimos torre hay que entenderlo literalmente, porque bajo la presión incesante de aquellos inmigrantes, cuyo número y costumbres deploraba Juvenal, había crecido verticalmente, un caso único en la Antigüedad. Tito Livio habla de un toro que se escapa del mercado de ganado y sube los escalones de un edificio hasta el tercer piso, desde donde se lanza al vacío, sembrando el pánico entre los viandantes: este tercer piso lo menciona de pasada, como si fuera evidente, cuando en cualquier parte que no fuera Roma resultaría un dato de ciencia ficción. Los edificios se habían elevado tanto desde hacía un siglo, se habían vuelto tan inseguros que el emperador Augusto tuvo que prohibir que sobrepasaran ocho plantas, decreto que los promotores se las ingeniaban para infringir por todos los medios.

Si señalo esto es para que al leer en los Hechos que Pablo, cuando llegó a Roma, fue autorizado a alquilar un pequeño alojamiento, nos lo representemos no como una de aquellas tiendas habitadas que había siempre en las medinas mediterráneas, sino como un estudio o un apartamento de dos habitaciones en uno de esos bloques que hoy conocemos tan bien, donde se amontonan pobres indocumentados en la periferia de las ciudades: degradados al instante después de construidos, insalubres, explotados por arrendadores abusivos que los estrechan todo lo que pueden, con paredes finas como el papel para no perder espacio y escaleras donde la gente mea y caga sin que nadie las limpie. Sólo había verdaderos retretes en los bellos domicilios horizontales de los ricos, y eran una especie de salones fastuosamente decorados, provistos de un círculo de sillas que permitían aliviarse mientras conversaban. Los pordioseros que ocupaban los edificios alquilados debían conformarse con letrinas públicas que además estaban lejos, y las calles al caer la noche se volvían peligrosas: antes de salir a cenar, dice también Juvenal, más valía haber hecho testamento.


NERON


El Reino, Emmanuel Carrère, p. 362

Cuesta siempre recordarlo a causa de lo que vino más tarde, pero Nerón causó una impresión bastante buena cuando vistió la púrpura imperial después de Tiberio, que era un paranoico, Calígula, que estaba loco de remate, y Claudio, que era tartamudo, borracho, cornudo y estaba dominado por mujeres cuyos nombres han quedado en la historia asociados con el libertinaje (Mesalina) y la intriga (Agripina). Tras haberse desembarazado de Claudio gracias a un plato de setas envenenadas, Agripina maniobró para apartar de la sucesión al heredero legítimo, Británico, en beneficio del hijo de ella, Nerón, que sólo tenía diecisiete años y a través del cual Agripina pensaba reinar. Para ayudarla, hizo que regresara de Córcega, donde, perdido el favor de Claudio, se aburría desde hacía ocho años un personaje con el que ya nos hemos cruzado: Séneca, la voz oficial del estoicismo, banquero riquísimo, político ambicioso y desilusionado que efectuó su gran retorno a los negocios en el papel de preceptor y eminencia gris del joven príncipe. Éste se ganó, en sus comienzos, una reputación de filósofo y filántropo. Se citaba su comentario, cuando le habían hecho firmar su primera sentencia de muerte: “Cómo me gustaría no saber escribir ...” Más que la filosofía, de hecho, Nerón amaba las artes: la poesía, el canto, y también los juegos de circo. Empezó a subir al escenario para declamar versos de su cosecha acompañándose de la lira, y a bajar a la pista para conducir carros. Esta costumbre desagradaba al Senado pero gustaba a la plebe. Nerón fue el emperador más popular de toda la dinastía julio-claudiana, y cuando tuvo conciencia de ello el muchacho mofletudo y socarrón cuya vida su madre creía controlar totalmente empezó a emanciparse. Ella se inquietó. Para llamarle al orden, hizo reaparecer de entre bastidores a Británico, el hijastro al que había expulsado. Amenazado por su madre, Nerón hizo exactamente lo que ella habría hecho en su lugar: Británico, como Claudio, murió envenenado.


LUPERCALES


El Cazador Celeste, Calasso, p. 196

Ovidio arriesga una imprudente explicación que nada explica acerca del origen de las lupercales, fiesta antigua y rústica. Unos mil novecientos años más tarde, James Frazer trató de dar razón de ese rito desconcertante. Según su reconstrucción, jóvenes completamente desnudos, con excepción de un cinturón de piel, corrían alrededor del perímetro de la Roma antigua. Con tiras de piel que habían arrancado de las cabras sacrificadas por los lupercales azotaban a quienquiera que se encontraran, pero sobre todo a las mujeres, «que ofrecían las manos para recibir los golpes, convencidas de que era una manera segura de obtener descendencia y un buen parto·. El relato de Frazer es eufemístico y no dice los detalles que todavía hoy «permanecen sin explicación», como observó Dumézil: después de haber  sacrificado a las cabras, los lupercales tienen que untarse la frente de sangre con un cuchillo, después otros jóvenes secan la sangre con un trozo de lana embebido en leche -y «los jóvenes tienen que reír después de que la sangre haya sido secada”. Esto escribió Plutarco. De esa sangre y de esa risa obligada nadie ha sabido dar razón. En cuanto a las mujeres azotadas en las manos, no siempre el rito debía limitarse a esto. En un mosaico encontrado en Túnez se ve a una mujer levantada por dos jóvenes por las axilas y las piernas, mientras un Luperco está a punto de azotarla en la parte inferior del cuerpo, desnudada.

Frazer describió las lupercales con el mismo tono impasible con el que había descrito los ritos sangrientos de muchas tribus ignotas. Esas descripciones se yuxtaponen fácilmente. Pero en el caso de las lupercales era de rigor referirse también a las crónicas de Roma, y en particular a lo que había sucedido el 15 de febrero del 44 a. C., un mes antes del asesinato de César y un año antes del nacimiento de Ovidio. Recordaba que el 15 de febrero era, en Roma, un día especial: «Una vez al año, durante un día, el equilibro entre el mundo regulado, explorado, acotado, y el mundo salvaje se rompía: Fauno lo ocupaba todo.”


COMODO


SPQR, Mary Berad, p. 424

¿«Buenos emperadores» y «malos emperadores»?

La historia convencional de los casi dos siglos de autocracia entre Tiberio y Cómodo, aquellos catorce emperadores que desfilaron a lo largo de tres dinastías imperiales, se centra en las virtudes y los vicios del ocupante del trono, y en su uso y abuso del poder autocrático. Es difícil imaginar la historia de Roma sin Nerón «tañendo mientras ardía Roma» (más exactamente, tocando irresponsablemente la lira mientras la ciudad quedaba destruida por un descomunal incendio en el año 64 d. C.), fallando chapuceramente en su intento de asesinar a su madre haciendo que se ahogase en una barca extremadamente frágil (una peculiar mezcla de ingenuidad, crueldad y disparate) o torturando a los cristianos, como si fueran los culpables del gran incendio: la primera de una serie de esporádicas reacciones violentas contra la nueva religión. Sin embargo, Nerón es solo uno del extenso repertorio de las diferentes versiones de sadismo imperial.

La imagen del emperador Cómodo, vestido de gladiador y amenazando a los senadores sentados en las primeras filas del Coliseo mientras blandía ante ellos la cabeza de un avestruz decapitada, resume a la perfección el ridículo sadismo de la autocracia corrupta. Un testigo presencial, que describió el incidente, admite que estaba aterrorizado pero, al mismo tiempo, tuvo que reprimir un peligroso ataque de risa arrancando unas hojas de laurel de la corona que llevaba y metiéndoselas en la boca para sofocar las carcajadas. Las excentricidades del huraño Tiberio en su piscina de la isla de Capri, donde según decían empleaba a muchachos («pececitos») para que le mordisqueasen los genitales bajo el agua, apuntan a la sexualidad coercitiva del poder imperial. Las escenas se recrean con regodeo en la película Calígula de Bob Guccione de la década de 1970. Todavía más espeluznante es la historia de cómo convirtió Domiciano el sadismo en un pasatiempo solitario. De él se decía que se encerraba solo en su habitación y se pasaba las horas torturando moscas y matándolas con su cálamo. “¿Hay alguien ahí con el emperador?», inquirió alguien en una ocasión. «Ni siquiera una mosca», respondió bruscamente un cortesano.

Hay también algunos ejemplos de destacada virtud imperial. Los Pensamientos filosóficos de Marco Aurelio, por más cliché que sean («No actúes como si fueras a vivir diez mil años. La muerte se cierne sobre ti»), hoy en día siguen sumando admiradores, compradores y defensores, desde gurús de la autoayuda hasta el ex presidente de Estados Unidos, Bill Clinton.


CAYO CALIGULA


SPQR , Mary Beard, p. 42

¿Fue Cayo en realidad tan monstruoso como normalmente se le ha descrito? ¿Acaso la gente corriente, como sugiere Josefo, se había dejado engañar por un emperador conocido por llevar a cabo gestos extravagantemente generosos con las masas? Se decía que en una ocasión se había subido a la parte más alta de un edificio del foro y que desde allí había lanzado dinero a los transeúntes. Quizá sí. No obstante, hay poderosas razones para sospechar de muchos de los relatos tradicionales sobre la maldad de Cayo, que hemos heredado. Algunas de estas historias son sencillamente inverosímiles. Dejando de lado su histrionismo de la bahía de Nápoles, ¿pudo en realidad haber construido en Roma un inmenso puente desde la colina Palatina hasta la colina Capitalina del que no quedan restos concluyentes? Casi todas estas historias se escribieron años después de la muerte del emperador, y las más extravagantes se debilitan cuanto más las examinamos. La de las conchas bien puede remontarse a una confusión en torno a la palabra latina musculi, que puede significar tanto «conchas» como «cabañas militares». ¿Desmantelaban los soldados un campamento provisional y no buscaban conchas? Y la primera referencia que existe al incesto no la encontramos hasta finales del siglo 1 d. C., mientras que la evidencia más clara de ello parece ser su profunda aflicción por la muerte de su hermana Drusila, que difícilmente puede ser considerada una prueba irrefutable de que mantuvieran relaciones sexuales. La idea de algunos escritores modernos de que sus cenas se parecían mucho a las orgías, con sus hermanas «debajo de él» y su esposa «encima», descansa en una mala traducción de las palabras de Suetonio, que alude a la ubicación, “arriba» y «abajo», en la mesa romana.

Sería ingenuo pensar que Cayo era un gobernante inocente y benévolo, terriblemente incomprendido o sistemáticamente malinterpretado. No obstante, es difícil resistirse a la conclusión de que, por más que hubiera un atisbo de verdad en ellas, las historias que se narran sobre él son una mezcla inextricable de hechos, exageración, deliberada malinterpretación y descarada invención. Urdidas en gran medida después de su muerte, y en buena parte en beneficio del nuevo emperador Claudia, cuya legitimidad en el trono dependía en parte de la idea de que su predecesor había sido justamente eliminado. El mismo interés que tenía Augusto en vilipendiar a Marco Antonio lo tenía también el régimen de Claudia y aquellos que se encontraban al servicio del nuevo emperador y querían distanciarse del viejo sumando abusos en el haber de Cayo, fuera cual fuese la verdad. Dicho de otro modo, puede que Cayo fuera asesinado porque era un monstruo, pero también es posible que se le convirtiera en un monstruo porque fue asesinado.


AUGUSTO


SPQR, Mary Beard

Augusto ha muerto. ¡Larga vida a Augusto!

Augusto murió el 19 de agosto del año 14 d. C., poco antes de su septuagésimo sexto cumpleaños, en una de sus casas en el sur de Italia. Ségún Suetonio, había estado de vacaciones en la isla de Capri, jugando a juegos instruidos con sus invitados; insistía, por ejemplo, en que todos los invitados romanos vistieran como los griegos y hablasen griego, mientras que los invitados griegos tenían que actuar como si fuesen romanos. El final fue todo muy discreto. A su regreso al continente, empezó a sentir molestias en el estómago y al final se vio obligado a guardar cama, donde, sin demasiado revuelo, dado el destino de tantos contemporáneos suyos, murió. Más tarde se rumoreó que Livia había tenido algo que ver en todo aquello con unos higos envenenados para facilitar el acceso de Tiberio al poder, del mismo modo que se dijo que había acelerado el fin de otros miembros de la familia por temor a que estropeasen las oportunidades de Tiberio de subir al trono. No obstante, fue otro caso de muertes inexplicables del mundo romano -dado que la mayoría ocurrían fuera del campo de batalla, en el parto o por accidente- que suscitaban este tipo de rumores, tanto si estaban fundamentados como si no. Además, el envenenamiento siempre se consideró el instrumento preferido de las mujeres. No requería fuerza física, solo astucia, y era una temible inversión de su tradicional rol nutricio. Otros pensaron, de forma más verosímil, que Livia había desempeñado un papel importante allanando la transición de Augusto a Tiberio. En cuanto pareció inminente la muerte de su marido, mandó a por su hijo, que estaba a unos cinco días de viaje al otro lado del Adriático. Entretanto continuó publicando boletines optimistas sobre la salud de Augusto hasta que llegó Tiberio y pudo anunciarse su muerte. El momento exacto de su fallecimiento ha sido siempre tema de disputa. No obstante, con independencia de si aconteció antes o después de la llegada de su heredero, el acceso se produjo con bastante tranquilidad y sin fisuras. El cuerpo fue trasladado más de 160 kilómetros desde Nola, donde murió, hasta Roma, a hombros de los dirigentes de las ciudades situadas a lo largo del camino. No hubo ceremonia de coronación, y a pesar de lo que hiciera Augusto con su triunfo en el año 29 a. C., no había ningún ritual romano concreto para señalar el acceso imperial. No obstante, Tiberio se había hecho con el control como nuevo emperador cuando convocó una reunión del Senado para hacer público el testamento de Augusto, su legado y demás instrucciones para el futuro y para acordar la organización del funeral.


AUGUSTO


SPQR, Mary Beard, p. 382
Incluso allí donde parece más visible, Augusto resulta ser escurridizo, y este presumiblemente fue parte de su secreto. Una de sus innovaciones más importantes y duraderas fue la de inundar el mundo romano con su retrato: cabezas estampadas en las pequeñas monedas de cambio para los bolsillos de la gente, estatuas de tamaño natural o más grandes en mármol y bronce erigidas  en plazas públicas y templos, miniaturas repujadas o grabadas en anillos, gemas y en vajillas de plata de comedor. Todo ello a un nivel antes desconocido. No hay ningún romano anterior del que se conozcan más de un puñado de posibles retratos, y muchos de ellos de dudosa identificación (la tentación de dar un nombre a cabezas que de lo contrario serían anónimas, o de encontrarle rostro a Cicerón y a Bruto, resulta irresistible, a pesar de la falta de evidencias). Incluso para Julio César, aparte de algunas monedas, hay tan solo un par de candidatos muy dudosos que pueden ser retratos suyos realizados en vida. En cambio, se han encontrado aproximadamente unas doscientas cincuenta estatuas, por no mencionar las imágenes que aparecen en joyas y gemas, por todos los territorios romanos e incluso más lejos, desde la moderna España hasta Turquía y Sudán, que representan a Augusto con diferentes apariencias, desde conquistador heroico hasta devoto sacerdote.
Todas ellas presentan rasgos faciales tan similares que seguramente se enviaron modelos estándar desde Roma, en un intento coordinado por difundir la imagen del emperador a sus súbditos. Todas adoptan un estilo juvenil e idealizante que recuerda al arte clásico de la Atenas del siglo va. C. y constituyen un evidente y acusado contraste con el exagerado «realismo» característico de los retratos de ancianos llenos de surcos y arrugas de la élite romana de principios del siglo I a. C. Todas tenían por objeto presentar a la población más alejada a su gobernante, al que nunca podrían ver en persona. Y sin embargo, casi sin lugar a dudas no se parecían en nada al Augusto real. No solo no se ajustan a una descripción escrita conservada de sus rasgos, que -fiable o no- prefiere hacer hincapié en su cabello alborotado, su mala dentadura y el calzado con plataforma que, como muchos autócratas desde entonces, utilizaba para ocultar su baja estatura. Por otro lado, todas presentan el mismo aspecto a lo largo de toda su vida, de manera que a los setenta y tantos años seguía siendo retratado como un joven perfecto. Se trataba como mucho de una imagen oficial -para decirlo de manera menos halagadora, una máscara de poder- y la diferencia entre aquella y el emperador de carne y hueso, el hombre que había detrás de la máscara, ha sido siempre, para la mayoría de la gente, imposible de salvar.

BARES


SPQR, Mary Berad, p. 487
Un historiador romano que escribió en el siglo IV d. C. se lamentaba de que la gente de «más baja» ralea se pasaba la noche entera en los bares, y destacaba el ruido especialmente desagradable de los resoplidos que daban los jugadores de dados cuando se concentraban en el tablero e inspiraban aire por la nariz llena de mocos.
También hay constancia de repetidos intentos por imponer restricciones legales o tasas a estos establecimientos. Tiberio, por ejemplo, prohibió al parecer la venta de pastas; a Claudio se le atribuye haber abolido por completo las «tabernas» y prohibido que se sirviera carne hervida y agua caliente (es de suponer que para mezclarla, a la manera romana habitual, con el vino; pero entonces ¿por qué no prohibir el vino?); y Vespasiano, según parece, dictó una ley que no permitía la venta de ningún tipo de comida, salvo guisantes y judías, en bares y cantinas. Suponiendo que esto no sea ninguna fantasía de los antiguos biógrafos e historiadores, no debió de ser más que un gesto inútil, una legislación como mucho simbólica, porque los recursos del Estado romano carecían de medios para imponer su cumplimiento.
Las élites de todas partes tienden a preocuparse por los lugares en los que se congregan las clases bajas, y -a pesar de que sin duda había un lado hostil y charlas groseras-la realidad del bar corriente era más contenida que su reputación. Los bares no eran solo antros de bebida, sino una parte esencial de la vida cotidiana para aquellos que, en el mejor de los casos, tenían instalaciones, aunque limitadas, para cocinar en sus alojamientos. Lo lllismo que ocurre con los bloques de apartamentos, la norma romana era exactamente la contraria a la nuestra: los romanos ricos, con sus cocinas y múltiples comedores, comían en casa; los pobres, sí querían algo más que el antiguo equivalente a un bocadillo, tenían que comer fuera, Las ciudades romanas estaban llenas de tabernas y bares baratos, y allí un gran número de romanos corrientes pasaba largas horas de su vida no laboral. De nuevo Pompeya es uno de los mejores ejemplos. Teniendo en cuenta las partes aún no excavadas de la ciudad y resistiendo la tentación (cosa que muchos arqueólogos no han hecho) de llamar bar a todo edificio con un mostrador para servir, podemos calcular que había más de cien lugares de este tipo para una población de alrededor de 12.000 residentes y viajeros que estaban de paso.
Había un plan de construcción estandarizado: un mostrador que daba a la acera, para el servicio de «Comida para llevar»; una sala interior con mesas y sillas para comer allí con servicio de camarero; y normalmente un expositor para comida y bebida, así como un brasero u horno para preparar platos y bebidas calientes. En Pompeya, en un par de casos, del mismo modo que en el tallar de abatanado, la decoración consistía en una serie de pinturas que representaban escenas, en parte fantasiosas y en parte reales, de la vida en la taberna. N o hay demasiados testimonios de aquella terrible bajeza moral que los escritores romanos temían.

CESAR


SPQR, Mary Beard, p. 361
Es muy posible que Cicerón estuviera sentado en el Senado en los idus de marzo de 44 a. C. cuando César fue asesinado, y que fuera testigo presencial del caótico y chapucero homicidio. Una  banda de unos veinte senadores se arremolinó en torno a César con el pretexto de entregarle una petición. Un senador sin cargo dio la señal para el ataque arrodillándose a los pies del dictador y tirando de su toga. Los asesinos no fueron muy precisos en su objetico, o quizás estaban aterrorizados hasta la torpeza. Uno de los primeros golpes con la daga falló por completo y le dio a César la oportunidad de defenderse con la única arma que tenía a mano: su afilada pluma. Según el relato más antiguo que se conserva, el de Nicolás de Damasco, un historiador griego de Siria que escribió cincuenta años después pero inspirándose en descripciones de testigos presenciales, algunos asesinos quedaron atrapados bajo el “fuego amigo»: Cayo Casio Longino arremetió contra César pero terminó apuñalando a Bruto; otro golpe falló el blanco y aterrizó en el muslo de un camarada.
Mientras caía, César gritó en griego a Bruto: «Tú también, hijo”, que bien podía ser una amenaza («¡Te pillaré, muchacho”) o un conmovedor lamento por la deslealtad de un joven amigo (“¿Tú también, hijo mío?»), o incluso, como algunos contemporáneos sospecharon, una revelación final de que Bruto era, de hecho, el hijo natural de la víctima y que aquello no era un simple asesinato sino un parricidio. La famosa frase latina “¿Et tu, Brute” («¿Tú también, Bruto?») es un invento de Shakespeare.
Los senadores que contemplaron la escena pusieron pies en polvorosa; si Cicerón estaba allí, no fue más valiente que los demás. No obstante, cualquier huida precipitada se vio interceptada por una multitud de miles de personas que en aquel momento salían del teatro de Pompeyo que estaba al lado, tras asistir a un espectáculo de gladiadores. Cuando se enteraron de lo que había ocurrido, también quisieron refugiarse en la seguridad de sus casas lo más rápido posible, a pesar de los intentos de Bruto clamando tranquilidad y diciendo que no tenían de qué preocuparse, que era una buena noticia, no mala. La confusión empeoró aún más cuando Marco Emilio Lépido, uno de los colegas más íntimos de César, abandonó el foro para reunir a algunos soldados acantonados justo fuera de la ciudad, casi chocando con un grupo de asesinos que venían del otro lado para anunciar su victoriosa hazaña, seguidos de cerca por tres esclavos que transportaban por turnos el cuerpo de César en una litera a su casa. Era una tarea complicada para solo tres personas y, según informes, los brazos heridos del dictador colgaban de forma estremecedora a ambos lados.

CICERON


SPQR, Mary Beard, p. 366
Y Cicerón estaba muerto. Había cometido el error de denunciar con demasiada contundencia a Marco Antonio, y en la siguiente ronda de asesinatos en masa que fue la mayor hazaña del triunvirato, su nombre figuraba entre el de otros cientos de senadores y caballeros en las temidas listas. En diciembre del año 43 a. C. le enviaron un escuadrón especial de asalto, que le cortó la cabeza cuando se alejaba en litera de una de sus propiedades en el campo en un inútil intento por esconderse (inútil en parte porque uno de los ex esclavos de la familia había informado de su paradero). Fue otra apoteosis simbólica de la República romana, que se debatió durante siglos. De hecho, los últimos momentos de Cicerón se reprodujeron una y otra vez en las escuelas de oratoria de Roma, donde la cuestión de si debería haber suplicado clemencia a Marco Antonio o (todavía más complicado) haberse ofrecido a destruir todos sus escritos a cambio de su vida era el tema de debate favorito del programa. En realidad, la secuela fue mucho más sórdida. Su cabeza y mano derecha se enviaron a Roma y se clavaron en la rostra del foro. Fulvia, la esposa de Marco Antonio, que antes había estado casada con Clodio, el otro gran enemigo de Cicerón, acudió a contemplar el trofeo. La historia cuenta que, para su regodeo, cogió la cabeza, escupió en ella y estiró la lengua y la agujereó una y otra vez con los alfileres que llevaba en el pelo.

ROMANAS


SPQR, Mary Berad, p. 328
Es particularmente llamativo el contraste con la Atenas clásica, donde las mujeres de familias ricas habían de vivir vidas recluidas y aisladas, lejos de la vista del público, segregadas de los hombres y de la vida social masculina (huelga decir que los pobres no tenían el dinero ni el espacio suficientes para imponer tales divisiones). Evidentemente, también había incómodas restricciones para las mujeres en Roma: el emperador Augusto, por ejemplo, las relegó a las últimas filas de los teatros y circos de gladiadores; las dependencias de las mujeres en los baños públicos normalmente estaban mucho más abarrotadas que las de los hombres; en la práctica las actividades masculinas probablemente dominaban las zonas más ostentosas de la casa romana. No obstante, las mujeres no estaban obligadas a ser públicamente invisibles, y la vida doméstica no parece que estuviera formalmente dividida en espacios masculinos y femeninos, con zonas de género prohibidas.
Las mujeres comían normalmente con los hombres, y no solo las trabajadoras sexuales, prostitutas y artistas que proporcionaban compañía femenina en las fiestas de la Grecia clásica. De hecho, una de las primeras fechorías de Verres fue ignorar esta diferencia entre las prácticas griegas y romanas a la hora de comer. En la década de los años 80 a. C., cuando servía en Asia Menor, más de diez años antes de su período en Sicilia, Verres y parte de su personal maquinaron una invitación a cenar en casa de un pobre griego y después de haber consumido una considerable cantidad de alcohol le preguntaron al anfitrión si su hija podía unirse a ellos. Cuando el hombre explicó que las mujeres griegas respetables no comían en compañía masculina, los romanos se negaron a dar crédito a sus palabras y fueron a buscarla. Se produjo una reyerta en la que resultó muerto uno de los guardaespaldas de V erres y empaparon al anfitrión con agua hirviendo y más tarde lo ejecutaron por asesinato. Cicerón describe todo aquel incidente de forma extravagante, casi como una reposición de la violación de Lucrecia. Sin embargo, el suceso también estuvo plagado de una serie de malentendidos debidos a la embriaguez sobre las convenciones del comportamiento femenino al otro lado de las fronteras culturales del imperio.

LA VIOLACION DE LUCRECIA


SPQR, Mary Beard, p. 126
Sin embargo, no fue la explotación de los pobres trabajadores lo que finalmente acabó con la monarquía, sino la violencia sexual: la violación de Lucrecia por parte de uno de los hijos del rey. Esta violación es casi con toda seguridad tan mítica como el rapto de las sabinas: los ataques a las mujeres marcan simbólicamente el inicio y el fin del período monárquico. Es más, los autores romanos que más tarde contaron la historia probablemente estaban influenciados por las tradiciones griegas, que a menudo vinculaban la culminación, y el fin, de la tiranía con delitos sexuales. Por ejemplo, en la Atenas del siglo VI a. C., se decía que las insinuaciones sexuales del hermano menor del gobernante a la pareja de otro hombre habían conducido al derrocamiento de la dinastía pisistrátida. Pero, mítica o no, para el resto de la época romana, la violación de Lucrecia supuso un punto de inflexión en la política, y empezó a debatirse su moralidad. Este tema se ha representado e imaginado repetidas veces en la cultura occidental desde entonces, desde Botticelli, pasando por Tiziano y Shakespeare, hasta Benjamin Britten; Lucrecia tiene también su pequeño papel en la exposición feminista de Judy Chicago, The Dinner Party, entre otras mil heroínas de la historia universal.
Livio cuenta un relato muy colorido de estos últimos ·momentos de la monarquía. Empieza con un grupo de jóvenes romanos que buscaban la manera de pasar el tiempo mientras asediaban a la vecina ciudad de Ardea. Una noche, mientras apostaban borrachos sobre cuál de sus esposas era mejor, uno de ellos, Lucio Tarquinio Colatino, propuso cabalgar de vuelta a casa (estaba tan solo a unos pocos kilómetros) y examinar a sus mujeres; esto, afirmó, demostraría la superioridad de su Lucrecia. Y así fue: porque mientras que todas las otras esposas fueron descubiertas de fiesta en ausencia de sus hombres, Lucrecia estaba haciendo exactamente lo que se esperaba de una mujer romana virtuosa: trabajar en el telar junto con sus criadas. Entonces, obedientemente, dio de cenar a su marido y a sus invitados.
No obstante, hubo una terrible secuela. Durante la visita, dice el relato, Sexto Tarquinio concibió una pasión .fatal por Lucrecia, y poco tiempo después cabalgó de noche hasta su casa. Tras ser de nuevo atendido cortésmente, entró en su habitación y exigió tener sexo con ella a punta de cuchillo. Cuando vio que la simple amenaza de muerte no la afectaba, Tarquinio  explotó su miedo al deshonor: amenazó con matarla a ella y a un esclavo (como se ve en el cuadro de Tiziano para que pareciese que había sido descubierta en el más ignominioso acto de adulterio. Ante esto, Lucrecia accedió, pero cuando Tarquinio hubo regresado a Ardea, ella mandó llamar a su marido y a su padre, les contó lo sucedido y se suicidó.

INCIPIT 963. SPQR / MARY BEARD


La antigua Roma es sumamente importante, por lo que ignorar a los romanos no es solo dar la espalda al pasado remoto, ya que Roma todavía contribuye a definir la forma en que entendemos nuestro mundo y pensamos en nosotros, desde la teoría más elevada hasta la comedia más vulgar. Después de 2.000 años, sigue siendo la base de la cultura y la política occidental, de lo que escribimos y de cómo vemos el mundo y nuestro lugar en él. El asesinato de Julio César, en lo que los romanos denominaban los idus de marzo de 44 a. C., se ha erigido desde entonces en modelo, y a veces incluso en peligrosa justificación, para la matanza de tiranos. La distribución del territorio imperial romano sustenta la geografía política de la Europa moderna y de territorios más alejados. El motivo principal de que Londres sea la capital de Reino Unido es que los romanos la convirtieron en capital de la provincia de Britania, un lugar peligroso, tal como ellos lo veían, situado más allá del gran océano que rodeaba al mundo civilizado. Roma nos ha legado en la misma medida ideas de libertad, ciudadanía y explotación imperial, combinadas con un vocabulario de política moderna como «senadores» y «dictadores ». También nos ha prestado sus locuciones: desde «temer a los griegos que portan regalos» hasta «pan y circo», «tocar el violín mientras arde Roma» o incluso «mientras hay vida hay esperanza”.

WIKIPEDIA

Todo el saber universal a tu alcance en mi enciclopedia mundial: Pinciopedia