Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma
Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel
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BATAILLE


Contra viento y marea, II, Mario Vargas Llosa, p. 12

Hacia 1925 Bataille leyó en una revista el “Essai sur le Don”, del sociólogo Marcel Mauss, que tendría una repercusión sísmica en su obra. El resultado inmediato fue un artículo. -La notion de dépense-. en el que. a partir de la teoría de Mauss sobre la institución del "potlach" y la "práctica de las prestaciones totales” en los pueblos primitivos, sostuvo que contrariamente a lo que se creía axioma inmutable, el impulso primero y mayor de la vida humana no era producir sino consumir. gastar y no conservar, no construir sino destruir. Este texto es la primera piedra de su teoría del "intercambio generalizado". magistralmente expuesta en “La part maudite” (1949), el más ambicioso de sus libros y el único en el que trató de sistematizar una interpretación del mundo. Resumo la tesis central. Hay un excedente de energía sobre el globo terrestre —insuficiente para absorber toda la vida solar que recibe— que debe ser sistemáticamente liquidado para asegurar la continuación de la vida. Ocurre no sólo en la naturaleza, el orden vegetal y el animal, sino también en el humano, aunque en éste la perpetua operación de aniquilamiento y derroche adopta formas más sinuosas que los apocalipsis geológicos o las carnicerías animales. La demarcación entre animalidad y humanidad está en las respuestas que ha dado el hombre, a lo largo de la historia, a esa obligación en que se halla, como todo lo existente, de quemar la energía sobrante. La prodigalidad, el erotismo, el lujo, los excesos, la muerte: su función profunda es contrarrestar el esfuerzo puramente productivo, sujetar el crecimiento de la vida dentro de las fronteras de lo posible. Todo, o casi, encuentra su fundamento en esta maldición destructiva que pesa sobre la vida: los sacrificios humanos, las guerras, las religiones, la reforma calvinista, hasta los donativos del Plan Marshall. El supuesto de Bataille es que toda sociedad produce más de lo que necesita para su subsistencia y dispone siempre, por lo tanto, de un excedente.


BATAILLE


Un bárbaro en París, Mario Vargas Llosa, p. 109

Había nacido en Billom (Puy-de-Dóme), en 1897, y la contradicción, clave de su pensamiento, aparece en su vida desde joven. Hijo de un médico de ideas radicales, recibió una instrucción laica, pero, a pesar de (más bien, gracias a) ello, tuvo una adolescencia religiosa, con crisis místicas, lecturas románticas y una salud ruinosa. Su primer escrito fue un artículo sobre la catedral de Reims; en ese tiempo, al parecer, leyendo La-Bas de Huysmans, oyó hablar por primera vez de Gilles de Rais. Estudió filología románica en la École de Chartres, se graduó con la edición crítica de un relato medieval, publicó trabajos sobre numismática en revistas eruditas. Luego se vincula al surrealismo, con el que hizo un corto trecho, que terminó en ruptura violenta. Su materialismo, su alergia a cualquier ilusión idealista (lo que no lo salvará de incurrir en ciertos idealismos) le acarrearon las invectivas de Breton, quien en el Segundo Manifiesto del Surrealismo (1930) escribió: «El señor Bataille se precia de interesarse únicamente en lo más vil, lo más deprimente y lo más corrompido del mundo». La fórmula es tosca pero no está descentrada; descargándola de todo resabio moralizante, diseña un perfil de Bataille: su fascinación por lo prohibido y lo horrible. En todo hombre buscaba, veía, con ansiedad apenas contenida, bajo las ropas elegantes y las ideas generosas, al animal dañino, a la bestia camuflada: «Hay en cada hombre un animal encerrado en una prisión, como un esclavo -escribió en 1929, en la revista Documenta-; hay una puerta: si la abrimos, el animal se escapa como el esclavo que encuentra una salida; entonces el hombre muere provisoriamente y la bestia se conduce como una bestia, sin tratar de incitar la admiración poética del muerto».


LA PARTE MALDITA


No callar, Javier Cercas, p. 69

Georges Bataille, que tantas veces polemizó con Sartre, fue todavía más allá: no es solo que el mal siempre esté a nuestro alcance y siempre seamos libres de elegirlo; es que el mal habita dentro de cada ser humano, forma parte de nosotros. «La parte maldita», llamó a esa zona del ser humano Bataille, que en 1929 escribió: «Hay en cada hombre un animal encerrado en una prisión, como un esclavo; hay una puerta: si la abrimos, el animal se escapa como el esclavo que encuentra una salida; entonces el hombre muere provisoriamente y la bestia se comporta como una bestia». Esta asidua familiaridad con el mal explica que, en 1963, en Eichmann en Jerusalén, Hannah Arendt hablara, no menos famosamente, de la banalidad del mal. Lo que Arendt quería decir en ese libro que tanto escándalo suscitó en su momento no es, sin embargo, que el mal fuera banal -de hecho, pocas cosas hay menos banales que él-; lo que quería decir es que quienes cometen el mal son a menudo personas banales, empezando por Adolf Eichmann, el protagonista de su libro, uno de los mayores criminales de la historia de la humanidad, arquitecto de la llamada Solución Final -ese eufemismo con el que los nazis bautizaron el exterminio judío-, un hombre insignificante que, según concluye la propia Arendt, «no era un monstruo, pero era realmente difícil no sospechar que fuera un payaso». Dicho esto, la pregunta casi se impone: ¿ por qué sigue fascinándonos el mal? ¿cómo es posible que, sobre todo en la ficción, nos sintamos más atraídos por los criminales que por las buenas personas? ¿será verdad que, como decía André Gide, no se puede hacer buena literatura con los buenos sentimientos o que, como decía el gran poeta catalán Gabriel Ferrater, es imposible hablar de la felicidad sin poner cara de idiota?


INCIPIT 887. TEORIA DE LA RELIGION Y EL CULPABLE / BATAILLE


Esta Teoría de la religión esboza lo que sería un trabajo acabado; he intentado expresar un pensamiento móvil sin buscar su estado definitivo.
Una filosofla es una suma coherente o no es, pero expresa al individuo, no a la indisoluble humanidad. Debe mantener, en consecuencia, una apertura sobre los desarrollos que seguirán en el pensamiento humano ... , donde los que piensan, en cuanto que rechazan su alteridad, lo que no son, están ya ahogados en el universal olvido. Una filosofía no es nunca una casa, sino   una obra en construcción. Pero su inacabamiento no es el de la ciencia. La ciencia elabora una multitud de partes acabadas y solo su conjunto presenta vacíos. Mientras que en el esfuerzo de cohesión el inacabamiento no está limitado a las lagunas del pensamiento; es sobre todos los puntos, sobre cada punto, la imposibilidad del estado último.
Este principio de imposibilidad no es excusa para innegables insuficiencias, limita toda filosofía real. El sabio es quien acepta esperar. El filósofo también espera, pero no puede hacerlo por derecho. La filosofla responde desde un comienzo a una exigencia infragmentable. Nadie puede “Ser” con independencia de una respuesta a la pregunta que ella plantea

POTLACH

Ordesa, Manuel Vilas, p. 280
Les traje a mis hijos regalos de mi último viaje, los vieron, dijeron que les gustaban mucho, y los olvidaron en mi casa.
Los tengo delante ahora: inertes, despreciados, condecorados con méritos tristes. Simbolizan la desaparición de un hogar. Y por tanto, la desaparición del amor. Nunca decimos toda la verdad, porque si la dijéramos romperíamos el universo, que funciona a través de lo razonable, de lo soportable.
¿Qué hacen esos regalos encima de la cama del cuarto pequeño en el que nunca duerme nadie?
Me tumbo en la cama del cuarto grande. Me levanto de la cama y vuelvo al cuarto pequeño, y me pongo a mirar los regalos que he traído a mis hijos, que están allí, encima de la cama pequeña, abandonados, fundiéndose el abandono de los regalos con el abandono de la cama pequeña, llegando a fundir sus soledades en una sola soledad que si la ves te parte el corazón y la vida.

En absoluto me entristece que hayan olvidado los regalos, más bien me asombra, tal vez porque he superado el estadio de la tristeza, o he cambiado la tristeza por el asombro, y porque amo a mis hijos, y me da igual lo que hagan conmigo y con mis regalos. Pero un padre también tiene espíritu de supervivencia, pues es un hómbre. El poco aprecio hacia mis regalos podría causarme incluso pánico: en mi vida ha habido más pánico que tristeza. Porque el pánico procede de la culpabilidad y la tristeza procede de sí misma. Es decir, si han abandonado los regalos es porque soy culpable. A veces pienso que mi culpa es más extensa que el universo. Podría competir en extensión con las simas siderales. La culpa es uno de los dorados enigmas; como es obvio, no me refiero a la culpa que se origina en las religiones, o concretamente en el catolicismo, sino a la culpa prehistórica, a la culpa como síntoma de gravedad y de alianza con la tierra y la existencia, la culpa de Kafka, esa.  La culpa es un poderoso mecanismo de activación del progreso material y de la civilización, porque la culpa crea «tejido moral”, y la moral y la ética son los bastiones que mueven la realidad. 

FIESTA

De Campo de retamas de Ferlosio, p. 55
(Fiestas) La celebración en simulacro del reino de la abundancia y la felicidad, que eso parece representar el despilfarro de las fiestas, puede sin duda ser la conmemoración de un mundo nunca sido, de un ayer no venido, o la desesperada renovación de su promesa, sin que deje de ser al mismo tiempo la recurrente ofrenda y holocausto que, bajo forma de goce y de contento forzados y fingidos, la feroz diosa de la Necesidad exige de sus súbditos para acceder a renovar entre ellos su cotidiano reparto de raciones de mera subsistencia, reafirmando de este modo ante sus ojos lo ineluctable de su gobernación providencial y la perpetuidad de su  omnipotente señorío. 

FIESTAS

De Campo de retamas de RS Ferlosio, p.55
 (Fiestas) La celebración en simulacro del reino de la abundancia y la felicidad, que eso parece representar el despilfarro de las fiestas, puede sin duda ser la conmemoración de un mundo nunca sido, de un ayer no venido, o la desesperada renovación de su promesa, sin que deje de ser al mismo tiempo la recurrente ofrenda y holocausto que, bajo forma de goce y de contento forzados y fingidos, la feroz diosa de la Necesidad exige de sus súbditos para acceder a renovar entre ellos su cotidiano reparto de raciones de mera subsistencia, reafirmando de este modo ante sus ojos lo ineluctable de su gobernación providencial y la perpetuidad de su  omnipotente señorío. 

NATURALEZA Y LUJO

De Amor perdurable de Ian McEwan, p. 256-257
Lo dejé esperando en el asiento delantero mientras yo cogía papel y volvía hacia los árboles. Excavé un hoyo pequeño con el tacón y, mientras permanecía en cuclillas con los pantalones alrededor de los tobillos, intenté tranquilizarme partiendo las crujientes hojas muertas y  cogiendo un puñado de tierra. Algunos encuentran grandes perspectivas en las estrellas y galaxias; yo prefiero la escala prosaica de lo biológico. Me acerqué la mano a la cara y me puse a observar. En el fértil y oscuro mantillo vi dos hormigas negras, un tisanuro y una especie de lombriz de color rojo oscuro con una serie de patas marrón claro. Aquéllos eran los estruendosos gigantes de aquel mundo inferior, pues no mucho más abajo del umbral de lo visible estaba el turbulento mundo de los gusanos: los carroñeros y los depredadores que se alimentaban de ellos, e incluso éstos, eran gigantes en comparación con los moradores del mundo microscópico, los hongos parásitos y las bacterias, quizá diez millones en aquel puñado de tierra. La ciega inclinación de aquellos organismos a consumir y excretar posibilitaba la fertilidad del suelo, y por tanto, de las plantas, los árboles y las  criaturas que vivían en su entorno, en cuyo número antaño nos incluíamos nosotros. Quizá podría tranquilizarme recordando el hecho de que, a pesar de todas nuestras preocupaciones, seguíamos formando parte de aquella dependencia natural, porque los animales que comíamos se alimentaban con las plantas que, como nuestras frutas y verduras, se nutrían de la tierra formada por aquellos organismos. Pero mientras permanecía en cuclillas fertilizando el bosque, no podía creer en el significado primario de los grandes ciclos de la vida. Un poco más allá de los árboles que exhalaban oxígeno se producían las emanaciones venenosas de mi coche, dentro del cual   estaba mi pistola, y a cincuenta kilómetros de carreteras repletas se encontraba la inmensa ciudad en cuya parte norte estaba mi apartamento, donde el loco que me esperaba, un De Clérambault, mi De Clérambault, tenía secuestrado al ser que yo más quería.   ¿Había en aquella descripción algo indispensable para el ciclo del carbono o la producción del nitrógeno? Ya no formábamos parte de la gran cadena. Nuestra propia complejidad nos había expulsado del Edén. Nos encontrábamos en un caos por haber alterado nuestra naturaleza.

DE BATAILLE

De Nubosidad variable de Carmen Martín Gaite, p.108-109
Precisamente el erotismo es como una marea que rompe los diques de lo inteligible. Y tú quieres entender sin arriesgarte a dejarte anegar por esa marea.
-No me gusta correr riesgos que me anulen el entendimiento.
-Ya lo sé. Pero apóyate en la experiencia de otros que los hayan corrido. ¿Por qué no relees, por ejemplo, a Bataille?
Desde aquella conversación, mi trabajo sobre el erotismo empezó a despedir un tufillo a rancio, a caldo de cerebro, que ya no ha perdido. Y esta noche lo reconozco más que nunca. Mis ojos se han quedado prendidos precisamente en una cita de Bataille que acentúa mi malestar.
La vida humana -dice- tiende a la prodigalidad. Una agitación febril latente en nosotros pide a la muerte que ejerza sus estragos a nuestras expensas. El amor y la muerte no son más que momentos álgidos de una fiesta que la naturaleza celebra con la multitud inagotable de los seres, pues uno y otra llevan consigo el despilfarro ilimitado al  que propende la naturaleza, en contra del deseo de durar que es propio de cada ser.

Al leer esta frase y copiarla ahora para ti, se me viene a la memoria alguien que la hubiera suscrito apasionadamente, que vivía gastándose. Ya sabes quién te digo. ¿Verdad que todas sus teorías sobre el deseo amoroso iban por ese registro? Aunque la verdad es que no eran teorías siquiera, eran oleadas que irrumpían sin más. Teorías eran las que le oponía yo, en un intento terco de amurallar el mar para que no me invadiera la casa. Nunca me atreví a adaptarme a su ritmo ni fui feliz con él, ya era hora de que lo dijera, Sofía.

LA VIDA HUMANA

De La Parte maldita, de Georges Bataille
La vida humana, distinta de la existencia jurídica y tal como tiene lugar, de hecho, en un globo aislado en el espacio celeste, en cualquier momento y lugar, no puede quedar, en ningún caso, limitada a los sistemas cerrados que se le asignan en las concepciones racionales. El inmenso trabajo de abandono, de derramamiento y turbulencia que la constituye podría ser expresado diciendo que la vida humana no comienza más que con la quiebra de tales sistemas. Al menos, lo que ella admite de orden y de ponderación no tiene sentido más que a partir del momento en el que las fuerzas ordenadas y ponderadas se liberan y se pierden en fines que no pueden estar sujetos a nada sobre lo que sea posible hacer cálculos. Sólo por una insubordinación semejante, incluso aunque sea miserable, puede la especie humana dejar de estar aislada en el esplendor incondicional de las cosas materiales.
En la imagen Etant donné de Duchamp

LA NATURALEZA DE LA NATURALEZA ES EL EXCESO

De Derrumbe de Eduardo Menéndez Salmón, p. 124-125
Del corazón del hayedo en que habían encontrado refugio, como si su suelo liberara antiquísimos miasmas, emanaba un poderoso olor a vida dilapidada, a floración sin control, a festín de fieras. Las trochas abiertas durante el otoño por los excursionistas yacían sepultadas bajo légamo y helechos escarchados. Cada árbol, cada esqueje y cada espora escondía en su centro el callado homenaje a esa manifiesta tendencia al exceso que tanto asombraba al hombre devuelto a su patria natal: la Naturaleza.
Varios voluntarios luchaban contra el viento que acuchillaba sus costados, acondicionando hospitales de campaña que saludaban, con su única ventana mirando al mediodía, el sordo goteo de vecinos de Promenadia con fracturas de cúbito y anginas de pecho, vomitados sin pausa hacia los refugios levantados sobre un amasijo de lonas desgastadas, listones de conglomerado y travesaños que más recordaban inseguros trapecios que otra cosa.

Una inútil alambrada, incapaz de resistir el húmedo acoso del morro de un ternero o la patada de un transeúnte borracho, peinaba el perímetro del hayedo en apretados nudos de espino. Valdivia estaba frente a una hoguera alimentada con periódicos y maleza, sentado en un insólito taburete de cocina, sobre una loma alfombrada de musgo. A su derecha, fumando en silencio, descansaba el apuesto cabo de infantería que le había prestado sus prismáticos, unos Valentinov rusos de tanquista con escala telemétrica y revestimiento de caucho.

LA PARTE MALDITA

De Derrumbe de Eduardo Menéndez Salmón, p.187-188
-Consumamos -dijo Vera-. Esta tarde. Gastemos dinero porque sí, por el puro placer de rodearnos de cosas. Démonos un festín. ¿Quieres un televisor nuevo? -preguntó mirando a su padre-. Comprémaslo. ¿Quieres un viaje a Barbados? - preguntó mirando a su madre-. Vayamos, hagámoslo. Armani, Kenzo, Panasonic, Bulgari, Nokia, Philips, Apple, Mercedes Benz. Hermanémonos. Esta tarde. Sí. Comamos y luego subamos al coche, los tres, para derrochar el sueldo de papá de los dos últimos meses. Me compraré ropa interior musical. ¿De qué os reís? Existe. Lo sé. He oído hablar de ella. Todo aquello que puedas desear ya existe, alguien lo habrá ideado incluso antes de que tú lo soñaras. Están por todas partes -y Vera hizo un gesto vago, como si espantara moscas, mientras en su pecho la fotografía de Humberto ardía en su pequeño holocausto--: en nuestros dormitorios y baños, en nuestros lugares de trabajo y de recreo; ellos, los hacedores de mundos, los auténticos y únicos demiurgos, los constructores de cuchillas de afeitar, tuberías de plomo, diafragmas invisibles al escáner.
Cuando su hija calló, Valdivia tembló de amor.
“Ríe, Vera”, pensó. “Nunca dejes de hacerlo. Nunca”

Y sin embargo, en su corazón generoso, comprendió que aquella risa era sólo una máscara, que Vera estaba llorando por su edad, por su tiempo, por todo cuanto ya, tan joven, resultaba irrecuperable.

EL CONSUMO INUTIL

Derrumbe de Eduardo Menéndez Salmón, p. 187
-Consumamos -dijo Vera-. Esta tarde. Gastemos dinero porque sí, por el puro placer de rodearnos de cosas. Démonos un festín. ¿Quieres un televisor nuevo? -preguntó mirando a su padre-. Comprémoslo. ¿Quieres un viaje a Barbados? -preguntó mirando a su madre-. Vayamos, hagámoslo. Armani, Kenzo, Panasonic, Bulgari, Nokia, Philips, Apple, Mercedes Benz. Hermanémonos. Esta tarde. Sí. Comamos y luego subamos al coche, los tres, para derrochar el sueldo de papá de los dos últimos meses. Me compraré ropa interior musical. ¿De qué os reís? Existe. Lo sé. He oído hablar de ella. Todo aquello que puedas desear ya existe, alguien lo habrá ideado incluso antes de que tú lo soñaras. Están por todas partes -y Vera hizo un gesto vago, como si espantara moscas, mientras en su pecho la fotografía de Humberto ardía en su pequeño holocausto-: en nuestros dormitorios y baños, en nuestros lugares de trabajo y de recreo; ellos, los hacedores de mundos, los auténticos y únicos demiurgos, los constructores de cuchillas de afeitar, tuberías de plomo, diafragmas invisibles al escáner.
Cuando su hija calló, Valdivia tembló de amor. «Ríe, Vera», pensó. «Nunca dejes de hacerlo. Nunca.»
Y sin embargo, en su corazón generoso, comprendió que aquella risa era sólo una máscara, que Vera estaba llorando por su edad, por su tiempo, por todo cuanto ya, tan joven, resultaba irrecuperable.

LO QUE YO ENTIENDO POR SOBERANIA

El Palacio de la Luna de Paul Auster, p.119-120
Hoy, como nunca antes; los vagabundos, los desarrapados, las mujeres con las bolsas, los marginados y los borrachos. Van desde los simplemente menesterosos hasta los absolutamente miserables. Dondequiera que mires, allí están, en los barrios buenos como en los malos.
Algunos mendigan con una apariencia de orgullo. Dame ese dinero, parecen decir, y pronto volveré a estar entre vosotros, yendo y viniendo apresuradamente en mi rutina cotidiana. Otros han renunciado a la esperanza de salir algún día de su marginalidad. Están ahí despatarrados sobre la acera con un sombrero, una taza o una caja, sin molestarse siquiera en mirar al transeúnte, demasiado derrotados como para dar las gracias a quienes dejan caer una moneda ante ellos. Otros tratan por lo menos de trabajar para ganarse el dinero que les dan; el ciego vendedor de lápices, el borracho que te lava el parabrisas del coche. Algunos cuentan historias, generalmente trágicos relatos de su propia vida, como para dar a sus benefactores algo a cambio de su bondad, aunque sean sólo palabras .
Otros tienen verdadero talento. Por ejemplo, el viejo negro de hoy que bailaba claqué mientras hacía malabarismos con cigarrillos, aún digno, claramente en otro tiempo un artista de variedades, vestido con un traje morado, una camisa verde y una corbata amarilla, la boca fija en una sonrisa teatral a medias recordada. También están los que hacen dibujos con tizas en la acera y los músicos: saxofonistas, guitarristas, violinistas. Ocasionalmente, incluso te encuentras con un genio, como me ha ocurrido a mí hoy: Un clarinetista de edad indefinida, con un sombrero que le oscurecía la cara, sentado en la acera con las piernas cruzadas a la manera de un encantador de serpientes. Justo delante de él había dos monos de cuerda, uno con una pandereta y el otro con un tambor. Mientras uno sacudía y el otro golpeaba, marcando un extraño y preciso ritmo, el hombre improvisaba infinitas y minúsculas variaciones con su instrumento, balanceando el cuerpo rígidamente hacia adelante y hacia atrás, imitando enérgicamente el ritmo de los monos. Tocaba con garbo y elegancia, vivas y ondulantes figuras en tono menor, como si estuviera contento de encontrarse alli con sus amigos mecánicos, encerrado en el universo que él mismo había creado, sin levantar los ojos ni una sola vez.  Seguía y seguia, al final siempre lo mismo, y sin embargo cuanto más le escuchaba más me costaba marcharme. Estar dentro de esa música, ser atraído al círculo de sus repeticiones: quizá ése sea un lugar donde uno pueda al fin desaparecer.

Pero los mendigos y los artistas constituyen sólo una pequeña parte de la población vagabunda. Son la aristocracia, la élite de los caídos. Mucho más numerosos son quienes no tienen nada que hacer, ningún sitio adonde ir. 

TANATOS

Sostiene Pereira, p.9


"La relación que caracteriza de una manera más profunda y general el sentido de nuestro ser es la que une la vida con la muerte, porque la limitación de nuestra existencia por la muerte es decisiva para la comprensión y la valoración de la vida.»



ESTRATEGIAS PARA LA SUPERVIVENCIA

De Medusa, de Menéndez Salomón

Rutinas de la carnicería.


A poco que se indague en el curso de la Historia, y advertidos de que la idea de progreso es una patraña, puede acatarse sin escándalo que la indiferencia es la clave de bóveda que garantiza la cordura de nuestra especie. Casi todos aquellos que han pasado por la experiencia de los Lager o del Gulag han incidido en ese aspecto. Lo más asombroso desde el punto de vista de la razón no es la conversión del cuerpo humano en oficina para matarifes o la degradación del individuo a dígito, sino lograr que, en semejantes condiciones de pesadilla, la maquinaria intelectual y afectiva del prisionero se oriente en la dirección de la supervivencia. Vivir, aunque el precio para ello sea la suspensión de toda forma de credulidad.

MIERDA Y AGUA

De Ventajas de viajar en tren de A Orejudo, p.136


Los cándidos humanistas han creído siempre que podíamos acceder al alma humana a través del trato cálido y la amable conversación entre personas, pero la verdadera esencia del hombre está en la mierda, en esa materia despreciable que creemos bajar por una mbería anónima y sumergirse con un ruido líquido en las aguas fecales de las alcantarillas. Si alguien se tomara la molestia de recoger y analizar nuestras defecaciones, se sorprendería de la abundante información que contienen. Mucha protección de datos; mucho discutir sobre si nos controlan o no cuando pagamos con tarjeta de crédito, o cuando usamos Internet, pero luego no nos importa suministrar despreocupadamente y con alivio cuando nos creemos a salvo de cualquier mirada y nos sentamos en nuestra íntima taza del váter los aspectos más ocultos de nuestra personalidad, de nuestros gustos y nuestro temperamento, de nuestros ciclos y nuestras crisis. Así es como abrimos nuestro corazón a los demás; no somos nada más que un puñado de mierda. Un puñado de mierda y ochenta por ciento de agua.

Helga sintió que se mareaba con las palabras de Martín y con los gases, sin duda tóxicos, que emanaban de las toneladas de basura allí almacenadas. Su agobio contrastaba con la jovialidad y el bienestar que parecía sentir Martín descubriendo su propia mierda.

NUEVAS IDEAS SOBRE LA HOMINIZACION



De Panóptico, de Menéndez Salmón, p. 105



«A fin de cuentas, ser hombre consiste en interpretar signos olvidados junto a restos de viejas pasiones, en desentrañar inscripciones que otras conciencias abocetaron tras su paso por la tierra, en ser un perito de penas y faltas, del padrón de mentiras, vergüenzas y anhelos que cada débil simio heredó de sus mayores antes de legarlo a la posteridad».

DE CUANDO ENRIQUE VILA-MATAS CITO A BATAILLE

Conjuras invisibles
ENRIQUE VILA-MATAS 01/06/2010
Noche del 29 de abril de 1936 en Tossa de Mar. Georges Bataille recuerda cómo hace solo unas horas André Masson ha gritado su odio "hacia un mundo que incluso sobre la muerte hace pesar su zarpa de oficinista". No hace ni una semana que el economista Keynes acaba de publicar su Teoría general de la ocupación, el interés y el dinero, que se convertirá en una respuesta decisiva a la depresión económica del 29.
Escribo, dice Bataille, en una fría casita de un pueblo de pescadores, un perro ladra en la noche mientras en el fonógrafo suena la obertura de Don Juan. Unos párrafos antes, Bataille ha consumado unas frases que se recordarán durante tiempo: "Ya es hora de abandonar el mundo de los civilizados y su luz. Es demasiado tarde para empeñarse en ser razonable e instruido, lo que ha llevado a una vida sin atractivos. Secretamente o no, es necesario convertirse en otro o dejar de ser".
[...]
Meter dinero en una botella en medio de la noche. Podemos añadir esa alternativa subterránea a la numerosa serie de intangibles conjuras irónicas y políticas que cada día se crean al margen del envenenado y monótono discurso mediático. Ocultarlo todo en la medianoche, siempre a esa hora en la que los invisibles conjurados abandonan el mundo de los civilizados y su podrida luz.

NUEVAS VERSIONES DEL HOMBRE TUBO DE GEORGES BATAILLE

De Herzog, de Saul Bellow, p.214-215
¿Podrás expresarte con toda claridad y con pocas palabras? Todos sabemos que Eisenhower detesta los documentos largos y complicados. Una colección de declaraciones legales y útiles para inspirarnos en nuestra lucha contra el enemigo comunista, no es precisamente lo que necesitamos. El moderno ciudadano de una democracia podía dar un nuevo sentido a la antigua afirmación de Pascal (1623-1662) de que el hombre es una caña, pero una caña pensante. Sí, el hombre cree que piensa pero se siente como una caña inclinada por los vientos originados en el poder central. Con toda seguridad, no prestaría atención a esta frase. Herzog trató de expresarlo de otro modo. Tolstoi (1828-1910) dijo: «Los reyes son los esclavos de la historia». Cuanto más arriba se encuentre uno en la escala del poder, más determinados están nuestros actos. Para Tolstoi, la libertad es enteramente personal. Será libre el hombre cuya condición sea simple, real y verídica. Ser libre es haberse librado de las limitaciones históricas. Por otra parte, Hegel (1770-1831) comprendió que la esencia de la vida humana se derivaba de la historia. La historia, la memoria, eso es lo que nos hace humanos; eso, y nuestro conocimiento de la muerte: «por el hombre llega la muerte». En efecto, el conocimiento de la muerte nos hace desear que nuestras vidas sean más largas a expensas de los demás. Y ésta es la raíz de la lucha por el poder. Todo eso es un error!, pensó Herzog, de buen humor ante su propia desesperación.

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