El 20 de mayo de 2119 tomé el ferri nocturno desde el puerto de Marlborough y llegué a media tarde al pequeño muelle cerca de Maentwrog-under-Sea por el que se accede a la Biblioteca Bodleiana de Snowdonia. Hacía un día de primavera cálido y tranquilo y la travesía había sido apacible, aunque, como termina descubriendo todo el mundo, dormir sentado en un banco de listones de madera es un suplicio. Ascendí tres kilómetros por un pintoresco sendero hacia el funicular accionado por el agua y la gravedad. Se unieron a mí cuatro usuarios de la biblioteca y charlamos mientras nos desplazábamos unos trescientos metros montaña arriba en la chirriante cabina de roble pulido. Cené solo en el comedor de la biblioteca y luego telefoneé a mi amiga y colega Rose Church para hacerle saber que había llegado sin incidencias. Esa noche dormí bien en la celda que era mi cuarto. No me importó, como ocurriera en mi primera visita, compartir el cuarto de baño con otros siete.
Te quiero más que a la salvación de mi alma
Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel
I NCIPIT 1.664. LO QUE PODEMOS SABER / IAN McEWAN
El 20 de mayo de 2119 tomé el ferri nocturno desde el puerto de Marlborough y llegué a media tarde al pequeño muelle cerca de Maentwrog-under-Sea por el que se accede a la Biblioteca Bodleiana de Snowdonia. Hacía un día de primavera cálido y tranquilo y la travesía había sido apacible, aunque, como termina descubriendo todo el mundo, dormir sentado en un banco de listones de madera es un suplicio. Ascendí tres kilómetros por un pintoresco sendero hacia el funicular accionado por el agua y la gravedad. Se unieron a mí cuatro usuarios de la biblioteca y charlamos mientras nos desplazábamos unos trescientos metros montaña arriba en la chirriante cabina de roble pulido. Cené solo en el comedor de la biblioteca y luego telefoneé a mi amiga y colega Rose Church para hacerle saber que había llegado sin incidencias. Esa noche dormí bien en la celda que era mi cuarto. No me importó, como ocurriera en mi primera visita, compartir el cuarto de baño con otros siete.
INCIPIT 1.510. CONVERSACIONS CON IAN McEWAN
INTRODUCCIÓN
En mayo de 2008, Ian McEwan y
Steven Pinker mantuvieron una charla en público en el marco del Festival Voces del
Mundo del PEN American Center. Su conversación giró en torno a la comunicación,
la psicología evolucionista y cómo, en palabras de Pinker, «si uno repasa la
transcripción de una conversación, es evidente la poca comunicación de datos
que se produce. En gran parte se compone de insinuaciones y eufemismos, y
contamos con que nuestro interlocutor rellenará los huecos». En un diálogo, el
contexto es importante, lo mismo que los matices de la expresión y el tono, y
el proceso de trasladar los intercambios verbales a la página origina,
indudablemente, leves pérdidas de significado o de intencionalidad. McEwan es
muy consciente de este hecho, y su implicación en las conversaciones reunidas en
el presente volumen revela hasta qué punto le interesan la especificidad del
lenguaje y la exactitud del sentido. Las conversaciones son muy reveladoras,
pero, lo que aún es más importante, documentan un diálogo permanente entre el
autor, sus obras y sus lectores. A través de esta serie de apasionantes y
francos debates, McEwan ofrece una visión única de su proceso de escritura y
proporciona acceso a las múltiples facetas de su persona como autor famoso,
erudito, padre y escritor.
Ian McEwan
Conversaciones con Ian McEwan, p. 258
McEwan: Bueno, no creo que estar
en la cámara acorazada de una biblioteca sea una vida póstuma, pero
probablemente es la única vida póstuma que voy a tener, y en eso seré más
afortunado que la mayoría. No veo razón alguna para pensar que algo sobrevivirá
a la extinción de mi cerebro y mi cuerpo. A medida que te adentras en los
sesenta, es inevitable que tu obra quede permeada por un sentido más potente de
tu propia finitud. En realidad, es casi como una disciplina. Incluso en el
sentido de lo más trivial, pienso en lo oneroso que es tener otro verano húmedo
y nublado cuando ya sólo te quedan diez o veinte. De modo que hay una verdadera
sensación de que el tiempo se acaba.
Una vez le pregunté a Updike
sobre este asunto. Me dijo que estaba pensando en deshacerse de muchos libros porque
tal vez se mudase a un lugar más pequeño, y yo le comenté: «Vaya, eso le
producirá mucha angustia». Y él me respondió: «Bueno, eso es lo que habría
pensado hasta los cincuenta y cinco años o así, pero luego algo sucede. Empieza
a importarte menos. Es curioso -continuó- que pensar en tu muerte no te llene
de la misma tristeza o miedo que te producía cuando tenías treinta años». Y
creo que empiezo a notar un hálito de eso mismo. Así que, tal vez, sin religión
te resignas biológicamente de todos modos. Simplemente te importa menos.
BARTEBLY
Conversaciones con Ian McEwan, p. 237
Querría preguntarle acerca de
Bartleby el escribiente, porque se diría que rompe todas las reglas de la comunicación
humana. No quiere entrar en el juego y vuelve loco al narrador del relato de
Melville. En determinado momento, el narrador se da cuenta de que ése es su
destino, de que Dios le ha mandado a Bartleby, y de que su papel en la vida es
simplemente proporcionarle a Bartleby un lugar tras la mampara de su oficina en
el que estar. Luego pasas la página y no quiere más que librarse de ese
horrible íncubo. Pasa de un estado de ánimo a otro. En cierto modo, es una
historia paralela a «Los muertos », porque la muerte de Bartleby produce
también una poderosa sensación de humanidad. El descubrimiento por parte del
narrador del único pequeño dato que ha podido averiguar sobre la vida de
Bartleby-que tuvo un trabajo en otra oficina que consistía en abrir cartas
muertas cuyos remitentes habían fallecido- produce el famoso grito: « ¡Ah,
Bartleby! ¡Ah, humanidad!» al final del relato. Pero me pregunto, desde el
punto de vista cognitivo, ¿qué le pasa a Bartleby? Siempre he pensado que era
autista.
Pinker: Es posible. El déficit
cognitivo más evidente en el autismo es la falta de intuición, que es
precisamente lo que usamos para leer entre líneas, para meternos en la mente de
otros e imaginarnos qué quieren decir. A menudo, a las personas autistas se les
escapan las sutilezas de la conversación, al menos por lo que respecta a la
comprensión. Un amigo mío, que tiene un hijo autista, llamó a su casa un día y
el chico cogió el teléfono. Mi amigo le preguntó: «¿Está tu madre en casa?» y
el chico dijo: «Sí». Y eso fue toda la conversación. Su madre estaba en casa.
No comprendió que le estaba pidiendo hablar con la madre.
McEwan: Bartleby muestra esa
falta de conciencia.
HOMBRES Y MUJERES
Conversaciones con Ian McEwan, p. 67
González: Uno de los temas
recurrentes en su trabajo es el de la identidad de género y la actitud
ambivalente de los hombres hacia las mujeres, una mezcolanza de temor y envidia
al mismo tiempo, tal como se refleja, por ejemplo, en los muchos episodios de
travestismo que aparecen en sus libros. ¿Podría explicar en detalle esta idea?
McEwan: No sé si puedo. Quiero
decir que mis novelas, mi trabajo, son la explicación. Sí, los desencuentros entre
hombres y mujeres siempre me han interesado. Hay posibilidades tan trágicas
como cómicas en esta dificultad que experimentan los hombres y las mujeres para
satisfacerse los unos a los otros en sus relaciones, para sentirse libres en
ellas, para ser sinceros ...
González: Se ha referido al hecho
de que los hombres temen a las mujeres. Recientemente lo mencionó ante una audiencia
española, y, por parte de los hombres, se vieron muchos ceños fruncidos que
negaban con la cabeza.
McEwan: Pienso que la insistencia
de los hombres por mantenerse en el poder, tanto en el ámbito de las relaciones
sentimentales como en el social, está basada en el miedo, en un miedo a ser
fagocitados, en un miedo que tal vez hunda sus raíces en haber dependido de una
mujer cuando eran niños. No me explico qué otra cosa puede producir tantas
violaciones, tanta violencia, si no es que hay algo en las mujeres que los
hombres identifican como una amenaza a su existencia. Los ceños fruncidos y las
negaciones son inevitables. Creo que uno ha de profundizar bastante en sí mismo
para poder vislumbrar este miedo; superficialmente se manifiesta como
irritación o agresión.
INCIPIT 1.414. LECCIONES / IAN McEWAN
Este era un recuerdo insomne, no un sueño. Era la lección de piano otra vez: un suelo de baldosas naranja, una ventana alta, un instrumento de media cola en una habitación sin muebles cerca de la enfermería. Tenía once años e intentaba tocar lo que otros quizá conocieran como el primer preludio del Libro I de El clave bien temperado de Bach, versión simplificada, aunque él no sabía nada de eso. No se planteaba si era famoso u oscuro. No tenía cuándo ni dónde. Solo alcanzaba a concebir que alguien se había tomado en algún momento el trabajo de componerlo. La música sencillamente estaba aquí, un asunto de la escuela, o algo oscuro, como un pinar en invierno, exclusivo de él, de su laberinto privado de frío pesar. Nunca le dejaría marchar.
La profesora estaba sentada a su
lado en la banqueta ancha. De cara redonda, erguida, perfumada, severa. Su
belleza quedaba disimulada por su compostura. No regañaba ni sonreía nunca. Había
chicos que decían que estaba loca, pero él lo dudaba.
Cometió el error en el mismo
lugar, el que siempre cometía, y ella se le acercó más para mostrárselo. Notó
su brazo firme y cálido contra el hombro, las manos, las uñas pintadas, justo encima
de su regazo. Sintió un hormigueo tremendo que le impedía prestar atención.
INCIPIT 1.404. CASCARA DE NUEZ / IAN McEWAN
Así que aquí estoy, cabeza abajo dentro de una mujer. Aguardo con los brazos pacientemente cruzados, aguardo y me pregunto dentro de quién estoy, qué hago aquí. Los ojos se me cierran con nostalgia cuando recuerdo que iba a la deriva en mi bolsa corporal translúcida, flotaba en sueños dentro de la burbuja de mis pensamientos a través de mi océano particular de volteretas a cámara lenta, chocando suavemente contra los límites transparentes de mi encierro, la membrana acogedora que vibraba, mientras las amortiguaba, con las voces de unos conspiradores de una ruin empresa. Esto fue en mi juventud despreocupada. Ahora, totalmente invertido, sin un milímetro de espacio para moverme, con las rodillas apretadas contra el vientre, mis pensamientos, al igual que mi cabeza, están muy ocupados. No me queda otro remedio que tener la oreja pegada día y noche contra las sanguinolentas paredes. Escucho, tomo notas mentalmente y estoy preocupado.


















