Te quiero más que a la salvación de mi alma

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Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel
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I NCIPIT 1.664. LO QUE PODEMOS SABER / IAN McEWAN


El 20 de mayo de 2119 tomé el ferri nocturno desde el puerto de Marlborough y llegué a media tarde al pequeño muelle cerca de Maentwrog-under-Sea por el que se accede a la Biblioteca Bodleiana de Snowdonia. Hacía un día de primavera cálido y tranquilo y la travesía había sido apacible, aunque, como termina descubriendo todo el mundo, dormir sentado en un banco de listones de madera es un suplicio. Ascendí tres kilómetros por un pintoresco sendero hacia el funicular accionado por el agua y la gravedad. Se unieron a mí cuatro usuarios de la biblioteca y charlamos mientras nos desplazábamos unos trescientos metros montaña arriba en la chirriante cabina de roble pulido. Cené solo en el comedor de la biblioteca y luego telefoneé a mi amiga y colega Rose Church para hacerle saber que había llegado sin incidencias. Esa noche dormí bien en la celda que era mi cuarto. No me importó, como ocurriera en mi primera visita, compartir el cuarto de baño con otros siete.


INCIPIT 1.510. CONVERSACIONS CON IAN McEWAN


INTRODUCCIÓN

En mayo de 2008, Ian McEwan y Steven Pinker mantuvieron una charla en público en el marco del Festival Voces del Mundo del PEN American Center. Su conversación giró en torno a la comunicación, la psicología evolucionista y cómo, en palabras de Pinker, «si uno repasa la transcripción de una conversación, es evidente la poca comunicación de datos que se produce. En gran parte se compone de insinuaciones y eufemismos, y contamos con que nuestro interlocutor rellenará los huecos». En un diálogo, el contexto es importante, lo mismo que los matices de la expresión y el tono, y el proceso de trasladar los intercambios verbales a la página origina, indudablemente, leves pérdidas de significado o de intencionalidad. McEwan es muy consciente de este hecho, y su implicación en las conversaciones reunidas en el presente volumen revela hasta qué punto le interesan la especificidad del lenguaje y la exactitud del sentido. Las conversaciones son muy reveladoras, pero, lo que aún es más importante, documentan un diálogo permanente entre el autor, sus obras y sus lectores. A través de esta serie de apasionantes y francos debates, McEwan ofrece una visión única de su proceso de escritura y proporciona acceso a las múltiples facetas de su persona como autor famoso, erudito, padre y escritor.


Ian McEwan


Conversaciones con Ian McEwan, p. 258

McEwan: Bueno, no creo que estar en la cámara acorazada de una biblioteca sea una vida póstuma, pero probablemente es la única vida póstuma que voy a tener, y en eso seré más afortunado que la mayoría. No veo razón alguna para pensar que algo sobrevivirá a la extinción de mi cerebro y mi cuerpo. A medida que te adentras en los sesenta, es inevitable que tu obra quede permeada por un sentido más potente de tu propia finitud. En realidad, es casi como una disciplina. Incluso en el sentido de lo más trivial, pienso en lo oneroso que es tener otro verano húmedo y nublado cuando ya sólo te quedan diez o veinte. De modo que hay una verdadera sensación de que el tiempo se acaba.

Una vez le pregunté a Updike sobre este asunto. Me dijo que estaba pensando en deshacerse de muchos libros porque tal vez se mudase a un lugar más pequeño, y yo le comenté: «Vaya, eso le producirá mucha angustia». Y él me respondió: «Bueno, eso es lo que habría pensado hasta los cincuenta y cinco años o así, pero luego algo sucede. Empieza a importarte menos. Es curioso -continuó- que pensar en tu muerte no te llene de la misma tristeza o miedo que te producía cuando tenías treinta años». Y creo que empiezo a notar un hálito de eso mismo. Así que, tal vez, sin religión te resignas biológicamente de todos modos. Simplemente te importa menos.


BARTEBLY


Conversaciones con Ian McEwan, p. 237

Querría preguntarle acerca de Bartleby el escribiente, porque se diría que rompe todas las reglas de la comunicación humana. No quiere entrar en el juego y vuelve loco al narrador del relato de Melville. En determinado momento, el narrador se da cuenta de que ése es su destino, de que Dios le ha mandado a Bartleby, y de que su papel en la vida es simplemente proporcionarle a Bartleby un lugar tras la mampara de su oficina en el que estar. Luego pasas la página y no quiere más que librarse de ese horrible íncubo. Pasa de un estado de ánimo a otro. En cierto modo, es una historia paralela a «Los muertos », porque la muerte de Bartleby produce también una poderosa sensación de humanidad. El descubrimiento por parte del narrador del único pequeño dato que ha podido averiguar sobre la vida de Bartleby-que tuvo un trabajo en otra oficina que consistía en abrir cartas muertas cuyos remitentes habían fallecido- produce el famoso grito: « ¡Ah, Bartleby! ¡Ah, humanidad!» al final del relato. Pero me pregunto, desde el punto de vista cognitivo, ¿qué le pasa a Bartleby? Siempre he pensado que era autista.

Pinker: Es posible. El déficit cognitivo más evidente en el autismo es la falta de intuición, que es precisamente lo que usamos para leer entre líneas, para meternos en la mente de otros e imaginarnos qué quieren decir. A menudo, a las personas autistas se les escapan las sutilezas de la conversación, al menos por lo que respecta a la comprensión. Un amigo mío, que tiene un hijo autista, llamó a su casa un día y el chico cogió el teléfono. Mi amigo le preguntó: «¿Está tu madre en casa?» y el chico dijo: «Sí». Y eso fue toda la conversación. Su madre estaba en casa. No comprendió que le estaba pidiendo hablar con la madre.

McEwan: Bartleby muestra esa falta de conciencia.


HOMBRES Y MUJERES


Conversaciones con Ian McEwan, p. 67

González: Uno de los temas recurrentes en su trabajo es el de la identidad de género y la actitud ambivalente de los hombres hacia las mujeres, una mezcolanza de temor y envidia al mismo tiempo, tal como se refleja, por ejemplo, en los muchos episodios de travestismo que aparecen en sus libros. ¿Podría explicar en detalle esta idea?

McEwan: No sé si puedo. Quiero decir que mis novelas, mi trabajo, son la explicación. Sí, los desencuentros entre hombres y mujeres siempre me han interesado. Hay posibilidades tan trágicas como cómicas en esta dificultad que experimentan los hombres y las mujeres para satisfacerse los unos a los otros en sus relaciones, para sentirse libres en ellas, para ser sinceros ...

González: Se ha referido al hecho de que los hombres temen a las mujeres. Recientemente lo mencionó ante una audiencia española, y, por parte de los hombres, se vieron muchos ceños fruncidos que negaban con la cabeza.

McEwan: Pienso que la insistencia de los hombres por mantenerse en el poder, tanto en el ámbito de las relaciones sentimentales como en el social, está basada en el miedo, en un miedo a ser fagocitados, en un miedo que tal vez hunda sus raíces en haber dependido de una mujer cuando eran niños. No me explico qué otra cosa puede producir tantas violaciones, tanta violencia, si no es que hay algo en las mujeres que los hombres identifican como una amenaza a su existencia. Los ceños fruncidos y las negaciones son inevitables. Creo que uno ha de profundizar bastante en sí mismo para poder vislumbrar este miedo; superficialmente se manifiesta como irritación o agresión.


INCIPIT 1.414. LECCIONES / IAN McEWAN


Este era un recuerdo insomne, no un sueño. Era la lección de piano otra vez: un suelo de baldosas naranja, una ventana alta, un instrumento de media cola en una habitación sin muebles cerca de la enfermería. Tenía once años e intentaba tocar lo que otros quizá conocieran como el primer preludio del Libro I de El clave bien temperado de Bach, versión simplificada, aunque él no sabía nada de eso. No se planteaba si era famoso u oscuro. No tenía  cuándo ni dónde. Solo alcanzaba a concebir que alguien se había tomado en algún momento el trabajo de componerlo. La música sencillamente estaba aquí, un asunto de la escuela, o algo oscuro, como un pinar en invierno, exclusivo de él, de su laberinto privado de frío pesar. Nunca le dejaría marchar.

La profesora estaba sentada a su lado en la banqueta ancha. De cara redonda, erguida, perfumada, severa. Su belleza quedaba disimulada por su compostura. No regañaba ni sonreía nunca. Había chicos que decían que estaba loca, pero él lo dudaba.

Cometió el error en el mismo lugar, el que siempre cometía, y ella se le acercó más para mostrárselo. Notó su brazo firme y cálido contra el hombro, las manos, las uñas pintadas, justo encima de su regazo. Sintió un hormigueo tremendo que le impedía prestar atención.


INCIPIT 1.404. CASCARA DE NUEZ / IAN McEWAN


Así que aquí estoy, cabeza abajo dentro de una mujer. Aguardo con los brazos pacientemente cruzados, aguardo y me pregunto dentro de quién estoy, qué hago aquí. Los ojos se me cierran con nostalgia cuando recuerdo que iba a la deriva en mi bolsa corporal translúcida, flotaba en sueños dentro de la burbuja de mis pensamientos a través de mi océano particular de volteretas a cámara lenta, chocando suavemente contra los límites transparentes de mi encierro, la membrana acogedora que vibraba, mientras las amortiguaba, con las voces de unos conspiradores de una ruin empresa. Esto fue en mi juventud despreocupada. Ahora, totalmente invertido, sin un milímetro de espacio para moverme, con las rodillas apretadas contra el vientre, mis pensamientos, al igual que mi cabeza, están muy ocupados. No me queda otro remedio que tener la oreja pegada día y noche contra las sanguinolentas paredes. Escucho, tomo notas mentalmente y estoy preocupado.


INCIPIT 955. MAQUINAS COMO YO / IAN MCEWAN


Era el anhelo religioso con el don de la esperanza; era el santo grial de la ciencia. Nuestras ambiciones fluctuaban -más alto, más bajo- gracias a un mito de la creación hecho real, a un acto monstruoso de autoamor. En cuanto fuera factible, no tendríamos otra opción que seguir nuestros deseos y atenernos a las consecuencias. En términos más elevados, aspirábamos a escapar de nuestra mortalidad, a enfrentarnos o incluso reemplazar la divinidad mediante un yo perfecto. En términos más prácticos, pretendíamos diseñar una versión mejorada, más moderna de nosotros mismos y exultar de gozo con la invención, con la emoción del dominio. En el otoño del siglo XX, llegó al fin el primer paso hacia el cumplimiento de un viejo sueño, el comienzo de la larga lección que nos enseñaríamos a nosotros mismos: que por complicados que fuéramos, por imperfectos y difíciles de describir -aun en nuestros actos y modos de ser más sencillos-, se nos podía imitar y mejorar. Y heme ahí a mí de joven, un adoptante precoz y ansioso en aquel frío amanecer.
Pero los humanos artificiales eran ya un lugar común desde mucho antes de su advenimiento, de forma que, cuando llegaron, para algunos fueron una decepción.

DEL HOMBRE


Máquinas como yo, Ian McEwan, p. 103
Me quedé en la cocina, en un viejo sillón de cuero, con una copa globo de blanco moldavo. Me resultaba muy placentero seguir una línea de pensamiento sin encontrar oposición alguna. Sin duda yo no era el primero en pensarlo, pero la historia de la autoevaluación humana como especie podía verse como una serie de degradaciones encaminadas hacia la extinción. Un día estuvimos entronizados en el centro del universo, y el sol y los planetas, y el mundo observable en su integridad, giraban en torno a nosotros en una danza intemporal de adoración. Luego, en desafío a los sacerdotes, la astronomía despiadada nos redujo a un planeta que orbitaba alrededor del sol, una más entre otras rocas. Pero seguíamos aparte, espléndidamente únicos, designados por el creador para ser señores de todo lo viviente. Luego la biología confirmó que éramos parejos al resto de los seres, y que compartíamos unos ancestros comunes con las bacterias, las violetas, las truchas y las ovejas. A principios del siglo XX nos sumimos en un exilio aún más oscuro cuando la inmensidad del universo nos desveló su ser e incluso el sol pasó a ser uno más entre los billones de soles de nuestra galaxia, galaxia que a su vez no era sino una entre billones. Al final, recurriendo a la conciencia, nuestro último reducto, quizá no nos equivocábamos al creer que ocupábamos un lugar de preeminencia respecto del resto de las criaturas del planeta. Pero la mente que un día se había rebelado contra los dioses estaba a punto de destronarse a sí misma por obra de su propio y fabuloso alcance. Dicho de forma abreviada, diseñaríamos una máquina un poco más inteligente que nosotros, y dejaríamos que esa máquina inventara otra que escaparía a nuestra comprensión. ¿Qué necesidad habría de nosotros, entonces?

LOS UNIVERSALES


Máquinas como yo, Ian McEwan, p. 37
Años atrás, siendo estudiante, leí acerca de un «primer contacto», a principios de la década de 1930, entre un explorador llamado Leahy y un grupo de montañeses de Papúa Nueva Guinea. Los miembros de la tribu no sabían discernir si aquellos seres pálidos que habían aparecido de súbito en su tierra eran humanos o espíritus. Volvieron al poblado para discutir el asunto, dejando atrás a un adolescente para que espiara al desconocido. La cuestión se zanjó cuando el chico-espía informó de que uno de los colegas de Leahy se había ido detrás de unos arbustos para defecar. Aquí, en mi cocina, en 1982, no muchos años después, las cosas no eran tan sencillas. El manual de instrucciones me hizo saber que Adán tenía un sistema operativo, y también una naturaleza -o sea, una naturaleza humana-, y una personalidad, la que esperaba que Miranda me ayudara a asignarle. No tenía ninguna certeza de cómo se solapaban estos tres sustratos, o cómo reaccionaban entre sí. Cuando estudiaba antropología, no se pensaba que existiera una naturaleza humana universal. Era una ilusión romántica, un mero producto variable de las condiciones locales. Solo los antropólogos, que estudiaban en profundidad otras culturas, y sabían del bello abanico de la variedad humana, comprendían cabalmente lo absurdo de los universales. La gente que se quedaba atrás, en la comodidad de su casa, no entendía nada, ni siquiera de sus culturas propias. A uno de mis profesores le gustaba citar a Kipling: «¿Y qué saben de Inglaterra quienes solo conocen Inglaterra?”

MUJERES DE CAMBRIDGE

Expiación, Ian McEwan, p. 63
La jerga exclusiva de Cambridge que empleaba Cecilia -los Halls, el Baile de las Doncellas, y todo aquel desaliño narcisista, las bragas secándose delante de la estufa eléctrica y el compartir dos un solo cepillo-- disgustaba un poco a Emily, aunque no le inspiraba ni por asomo celos. Había sido educada en casa hasta los dieciséis años y fue enviada a Suiza a pasar dos años que se vieron restringidos a uno solo por razones económicas, y sabía a ciencia cierta que todo aquel tinglado de las mujeres en la universidad era, en realidad, pueril, a lo sumo una juerga inocente, como el equipo femenino de regatas y el posar junto a sus hermanas,  acicaladas con la solemnidad del progreso social. Ni siquiera otorgaban a las chicas diplomas adecuados. Cuando Cecilia volvió a casa en julio con sus notas finales -¡qué descaro por su parte estar descontenta de ellas!-, no tenía trabajo ni aptitudes y todavía le faltaba buscar un marido y afrontar la maternidad, y ¿qué iban a decirle a este respecto sus profesoras intelectualoides, con sus apodos idiotas y su reputación temible? Aquellas mujeres  presuntuosas habían conquistado una inmortalidad local a causa de las excentricidades más insulsas y más tímidas: pasear a un gato atado con una correa de perro, montar en una bici de hombre, dejarse ver comiendo un bocadillo en la calle. Una generación más tarde, aquellas damas tontas e ignorantes estarían bien muertas y seguirían siendo veneradas en los refectorios universitarios, donde harían sobre ellas comentarios en voz baja.

INCIPIT 550. ENTRE LAS SABANAS / IAN MCEWAN

PORNOGRAFíA
O'Byrne atravesó a pie el mercado del Soho hasta la tienda de su hermano, en Brewer Street. Un puñado de clientes hojeaba las revistas, y Harold los observaba a través de unas gafas de culo de vaso desde su tarima, en un rincón. Harold apenas medía metro sesenta y llevaba zapatos de plataforma. Antes de convertirse en empleado suyo, O'Byrne lo llamaba Renacuajo. Junto al codo de Harold, un minúsculo transistor bramaba los detalles de las carreras previstas para aquella tarde.
-Vaya -dijo Harold con un desprecio apenas velado-, el hermano pródigo ...
Cada vez que pronunciaba una consonante, sus ojos revoloteaban tras las lentes de aumento. Miró por encima del hombro de O'Byrne.
-Aquí vendemos revistas, señores.
Los mirones se revolvieron inquietos como si alguien hubiera turbado su sueño. Uno de ellos devolvió la revista a su sitio y se marchó apresuradamente de la tienda.

-¿Dónde te hablas metido? -dijo Harold en voz más baja.

MUJERES

Entre las sábanas. Ian McEwan, p. 175
La Biblia es un libro escrito orientado hacia los hombres y que tiene hasta a un Dios masculino, que hasta tiene aspecto masculino puesto que hizo al hombre a su imagen y semejanza. A mí eso me resulta bastante sospechoso, una auténtica fantasía masculina ...
-Un momento -dijo George.

-Además -prosiguió Mary-, las mujeres salen bastante mal paradas en el cristianismo. A través del pecado original se las hace responsables de todo lo que ha sucedido en el mundo desde lo del paraíso terrenal. Las mujeres son débiles, impuras, se las condena a parir con dolor como castigo por las flaquezas de Eva, son la tentación que aparta de Dios el pensamiento de los hombres. ¡Como si las mujeres fuesen más responsables de las inclinaciones sexuales de los hombres que ellos! Como dice Simone de Beauvoir, las mujeres siempre son el “otro”, y lo verdaderamente importante es lo que pasa entre el hombre que está en el cielo y los hombres que están sobre la tierra. De hecho, las mujeres sólo existen a causa de una especie de idea tardía divina, fueron hechas a partir de una costilla para hacerles compañía a los hombres y plancharles las camisas, y el mayor favor que pueden hacerle a la cristiandad es no mancharse con el sexo y mantenerse castas, y, si al mismo tiempo, consiguen tener un bebé, estarán a la altura del ideal femenino de la Iglesia cristiana: la Virgen María. 
(En la foto Rose Selavy)

COMICO

Entre las sábanas, Ian McEwan, p. 166-167
El público empezó a desternillarse de risa y lo animó, y poco después pasó a los pataleos y las palmas. George y yo sonreíamos, quizá conteniéndonos por respeto al otro. El hombre volvió a aparecer ante el micrófono en cuanto se agotaron las últimas palmas. Ahora hablaba deprisa, y seguía mirándose los dedos. A veces echaba vistazos preocupados al fondo de la sala y veíamos el brillo de sus ojos. Nos contó que acababa de romper con su novia y cómo, mientras se alejaba de su casa en coche, había empezado a llorar, tanto que no veía lo suficiente para conducir y tuvo que detener el coche. Pensó en matarse pero primero tenía que despedirse de ella. Fue conduciendo hasta una cabina, pero estaba averiada y eso le hizo llorar de nuevo. En este momento el público, silencioso hasta entonces, empezó a reírse un poco. Llamó a su novia desde un drugstore. En cuanto ella contestó al teléfono y oyó su voz, también empezó a llorar. Pero no quería verlo. Le dijo:
-Es inútil, no hay nada que hacer. Él colgó el teléfono y aulló de dolor. En el drugstore, un dependiente le pidió que se marchara porque estaba molestando a los demás clientes. Paseó por la calle pensando en la vida y la muerte, empezó a llover, se tomó unos nitritos amílicos, intentó vender su reloj. El público empezó a impacientarse; muchos habían dejado de escucharle. Le gorroneó cincuenta centavos a un vagabundo. Entre sus lágrimas creyó ver a una mujer abortando un feto en una alcantarilla, pero, cuando se acercó, vio que se trataba de unas cajas de cartón y un montón de trapos viejos. Para entonces, el hombre hablaba entre el constante zumbido de la conversación. Circulaban entre las mesas camareras con bandejas de plata. De repente, el actor levantó una mano y dijo:

-Bueno, ya nos veremos. -Y desapareció. Algunas personas aplaudieron, pero la mayor parte del público ni se dio cuenta de que se iba.

PSICOANALISIS

Entre las sábanas, Ian McEwan, p 148
Me serví una copa y me apresuré a salir al balcón para ver la puesta del sol. Aquello no me excitaba lo más mínimo. Pensaba para mis adentros: Si la suelto, me despreciará por débil. Si la mantengo atada, es posible que me odie, pero, al menos, habré cumplido mi promesa. El sol, de color naranja claro, se zambullía entre la neblina, y la oía gritar a través de la puerta cerrada del dormitorio. Cerré los ojos y me esforcé por ser irreprochable.
En cierta ocasión, un amigo mío se hizo psicoanalizar por un señor mayor, un freudiano que tenía una clínica establecida en Nueva York. En una de las sesiones mi amigo habló largo y tendido de sus dudas sobre las teorías de Freud, de su falta de credibilidad científica, de su especificidad cultural, y así sucesivamente. Cuando terminó, el analista sonrió afablemente y le dijo: ¡Mire a su alrededor!  Al hacerlo, le señaló con la palma de la mano el cómodo despacho, el ficus y la begonia rex, las paredes forradas de libros. Finalmente, dobló hacia sí la muñeca de un modo que sugería honestidad y, al mismo tiempo, ponía de relieve las solapas de su elegante traje, y dijo: “¿De veras cree que habría llegado a estar donde estoy si Freud se hubiera equivocado?”

De igual modo, me dije mientras volvía dentro (el sol ya se había puesto y el dormitorio estaba en silencio), la simple verdad de la cuestión es que mantengo mi promesa. 

ADOLESCENCIA

La ley del menor, Ian McEwan, p. 146-147
Newcastle pertenecía a una época de su vida y se sentía como en casa allí. De adolescente lo había visitado varias veces, durante las enfermedades recurrentes de su madre, para pasar una temporada con sus primas predilectas. El tío Fred era dentista y el hombre más rico que había conocido. La tía Simone daba clases de francés en un centro de enseñanza secundaria. En la casa reinaba un caos agradable, una liberación respecto de los dominios impolutos y  asfixiantes de su madre en Finchley. Sus primas, de una edad cercana a la suya, eran alegres y revoltosas y la obligaban a salir por la noche a cumplir misiones aterradoras que incluían el consumo de alcohol y a cuatro chicos apasionados de la música, de pelo largo hasta la cintura y bigotes caídos, que parecían unos libertinos pero resultaron ser majos. A sus padres les habría asombrado y consternado saber que su estudiosa hija de dieciséis años era una cara conocida en algunos clubs, bebía aguardiente de cerezas y cubalibres y ya tenía su primer amante. Y, lo mismo que sus primas, era una fan incondicional y una ayudante novata de una banda de blues que tocaba gratis, y las tres arrastraban amplificadores y las piezas de la batería para meterlos en una furgoneta herrumbrosa que siempre se averiaba. A menudo ella afinaba las guitarras. Su emancipación tuvo mucho que ver con el hecho de que sus visitas eran infrecuentes y nunca duraban más de tres semanas. Si se hubiera quedado más tiempo -lo que nunca fue posible- quizá le hubiesen permitido cantar los blues. Quizá se hubiera casado con Keith, el cantante solista al que ella tímidamente adoraba, que tocaba la armónica y tenía un brazo atrofiado. 

INCIPIT 532. LA LEY DEL MENOR / IAN MCEWAN

Londres. Una semana después de iniciado el Trinity Term. Clima implacable de junio. Fiona Maye, magistrada del Tribunal Superior de Justicia, tumbada de espaldas una noche de domingo en un diván de su domicilio, miraba por encima de sus pies, enfundados en unas medias, hacia el fondo de la habitación, hacia unas estanterías empotradas, parcialmente visibles junto a la chimenea y, a un costado, al lado de una ventana alta, a una litografía de Renoir de una bañista, comprada treinta años antes por cincuenta libras. Probablemente falsa. Debajo, en el centro de una mesa redonda de nogal, un jarrón azul. No recordaba de dónde lo había sacado. Ni cuándo fue la última vez que lo llenó de flores. La chimenea llevaba un año sin encenderse. Gotas de lluvia ennegrecidas caían con un sonido de tictac en la rejilla a intervalos irregulares, sobre un papel de periódico hecho una bola. Una alfombra de Bujará cubría los anchos tablones encerados del suelo. En el borde de la visión periférica, un piano de media cola

KAMASUTRA

Primer amor, últimos ritos de Ian McEwan, p. 26
Casi lo único que escribo es lo que Maisie me ha dicho y lo que yo le he dicho a Maisie. A veces, para mayor intimidad, me encierro en el cuarto de baño, me siento en el retrete y apoyo el cuaderno en las rodillas. Aparte de mí, en el cuarto de baño hay de vez en cuando una o dos arañas. Suben por la tubería de desagüe y se agazapan, completamente inmóviles, sobre el esmalte blanco y reluciente. Deben preguntarse dónde han ido a parar. Después de pasarse unas cuantas horas agazapadas regresan, perplejas, o quizás decepcionadas de no haber  podido saber más. Que yo sepa, mi bisabuelo sólo se refirió en una ocasión a las arañas. El 8 de mayo de 1906 escribió: “Bismarck es una araña”.
Por la tarde, Maisie solía traerme el té y contarme sus pesadillas.
-¿Te puedo contar lo que he soñado? -preguntó--. Estaba pilotando un avión por encima de una especie de desierto ...

-Luego me lo cuentas, Maisie -dije yo-. Estoy en mitad de algo. -Cuando se fue, me puse a contemplar la pared situada frente a mi escritorio y pensé en M., que durante quince años vino regularmente a cenar y charlar con mi bisabuelo, hasta que una noche del año 1898 desapareció súbitamente y sin explicación. M, quienquiera que fuese, tenia algo de académico, no sólo de hombre de acción. La noche del 9 de agosto de 1870, por ejemplo, hablando con mi bisabuelo sobre las diversas posturas para hacer d amor, M le dice que la copulación a  posteriori es la forma más natural, debido a la posición del clítoris y porque otros antropoides prefieren este método. Mi bisabuelo, que había copulado una media docena de veces en toda su vida, todas ellas con Alicia y durante su primer año de matrimonio, se preguntó en voz alta cual sería la opinión de la Iglesia, y M supo decirle que Teodoro, teólogo del siglo VII, consideraba la copulación a posteriori como un pecado comparable a la masturbación y   merecedor, en consecuencia, de cuarenta penitencias. Más avanzada la misma noche, mi bisabuelo aportó pruebas matemáticas de que el número máximo de posiciones no puede exceder el número primo diecisiete. M se rió y le dijo que había visto una colección de dibujos de Romano, un discípulo de Rafael, donde se mostraban veinticuatro posiciones. Además, dijo, había oído hablar de un tal F. K. Forberg que relacionaba noventa. Cuando me acordé del té que Maisie había dejado a mi lado, ya se había enfriado.

INCIPIT 479. PRIMER AMOR, ULTIMOS RITOS / IAN MCEWAN

FABRICACION CASERA

Parece que lo estoy viendo, nuestro cuarto de baño, demasiado estrecho, demasiada luz, y Connie, con una toalla sobre los  hombros, llorando sentada al borde de la bañera mientras yo lleno el lavabo de agua caliente y silbo --de excelente humor  “Teddy Bear” de Elvis Presley, lo recuerdo, nunca me fue difícil recordar, pelusa de la colcha acanalada arremolinándose sobre la superficie del agua, pero sólo últimamente me he dado plena cuenta de que si éste fue el final de un determinado episodio, suponiendo que los episodios de la vida real tengan algún final, Raymond llenó, por así decirlo, el comienzo y la mitad; y si en los asuntos humanos no hay episodios, habría que insistir en que esta historia es sobre Raymond y no sobre la virginidad, el coito, el incesto y la masturbación. Empezaré pues, por deciros que, debido a razones que no se Aclararán hasta mucho más adelante -habreis de ser pacientes- tiene gracia que fuera precisamente Raymond quien quisiera alertarme sobre mi virginidad. Raymond se me acercó un día en el Parque de Finsbury y, conduciéndome hasta unos arbustos, se puso a doblar y reenderezar misteriosamente un dedo delante de mis narices, sin dejar de mirarme fijamente, Yo le miré, inexpresivo, tras lo cual doblé y estiré a mi vez el dedo y supe que estaba haciendo lo adecuado, porque Raymond sonrió abiertamente.

NATURALEZA Y LUJO

De Amor perdurable de Ian McEwan, p. 256-257
Lo dejé esperando en el asiento delantero mientras yo cogía papel y volvía hacia los árboles. Excavé un hoyo pequeño con el tacón y, mientras permanecía en cuclillas con los pantalones alrededor de los tobillos, intenté tranquilizarme partiendo las crujientes hojas muertas y  cogiendo un puñado de tierra. Algunos encuentran grandes perspectivas en las estrellas y galaxias; yo prefiero la escala prosaica de lo biológico. Me acerqué la mano a la cara y me puse a observar. En el fértil y oscuro mantillo vi dos hormigas negras, un tisanuro y una especie de lombriz de color rojo oscuro con una serie de patas marrón claro. Aquéllos eran los estruendosos gigantes de aquel mundo inferior, pues no mucho más abajo del umbral de lo visible estaba el turbulento mundo de los gusanos: los carroñeros y los depredadores que se alimentaban de ellos, e incluso éstos, eran gigantes en comparación con los moradores del mundo microscópico, los hongos parásitos y las bacterias, quizá diez millones en aquel puñado de tierra. La ciega inclinación de aquellos organismos a consumir y excretar posibilitaba la fertilidad del suelo, y por tanto, de las plantas, los árboles y las  criaturas que vivían en su entorno, en cuyo número antaño nos incluíamos nosotros. Quizá podría tranquilizarme recordando el hecho de que, a pesar de todas nuestras preocupaciones, seguíamos formando parte de aquella dependencia natural, porque los animales que comíamos se alimentaban con las plantas que, como nuestras frutas y verduras, se nutrían de la tierra formada por aquellos organismos. Pero mientras permanecía en cuclillas fertilizando el bosque, no podía creer en el significado primario de los grandes ciclos de la vida. Un poco más allá de los árboles que exhalaban oxígeno se producían las emanaciones venenosas de mi coche, dentro del cual   estaba mi pistola, y a cincuenta kilómetros de carreteras repletas se encontraba la inmensa ciudad en cuya parte norte estaba mi apartamento, donde el loco que me esperaba, un De Clérambault, mi De Clérambault, tenía secuestrado al ser que yo más quería.   ¿Había en aquella descripción algo indispensable para el ciclo del carbono o la producción del nitrógeno? Ya no formábamos parte de la gran cadena. Nuestra propia complejidad nos había expulsado del Edén. Nos encontrábamos en un caos por haber alterado nuestra naturaleza.

WIKIPEDIA

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