Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma
Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel

LA INTELIGENCIA DE LA IA


El ángel de la Inteligencia Artificial, Agustín Fernández Mallo, p. 211

No hay conocimiento de que nadie ni nada haya creado o diseñado jamás un ser o un objeto más inteligente que ese creador o diseñador. En efecto, ya hemos comentado capítulos atrás que no hay prueba alguna de que el homo sapiens haya incrementado su inteligencia, ni mucho menos que nuestra civilización sea más inteligente que otras anteriores, por muy antiguas que éstas sean. ¿Alguien puede asegurar hoy que es más inteligente que Aristóteles, o más inteligente que quien creó una piedra para cortar la piel de los animales, o más inteligente que quien creó el sistema de escritura cuneiforme? En realidad, esas preguntas ya vienen con trampa desde su formulación porque nadie ha creado jamás nada por sí mismo, toda invención responde, en directo o en diferido, y en mayor o menor medida, a un trabajo que excede propio sujeto creador —lo cual no implica, por supuesto su legítimo derecho de autoría—. El constante crecimiento de la inteligencia individual es una apariencia generada por el aumento del conocimiento colectivo, derivado a su vez del crecimiento de lo que acabamos de denominar la era de la Humanidad. Porque ningún progenitor crea un hijo más individualmente inteligente que lo ya individualmente inteligente era el progenitor de origen. Esta idea ya fue puesta en evidencia por uno de los padres de la computación, el matemático John von Neumann, cuando dijo que, en caso de poder darse una procreación entre máquinas tal que diera lugar a una maquina nueva, la máquina madre debería ser necesariamente más compleja que la creada; concretamente: “la organización sintetizadora ha de ser por necesidad más compleja, de un orden superior a la organización sintetizada”.


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