El ángel de la Inteligencia Artificial, Agustín Fernández Mallo, p. 211
No hay conocimiento de que nadie
ni nada haya creado o diseñado jamás un ser o un objeto más inteligente que ese
creador o diseñador. En efecto, ya hemos comentado capítulos atrás que no hay
prueba alguna de que el homo sapiens haya incrementado su inteligencia, ni mucho
menos que nuestra civilización sea más inteligente que otras anteriores, por
muy antiguas que éstas sean. ¿Alguien puede asegurar hoy que es más inteligente
que Aristóteles, o más inteligente que quien creó una piedra para cortar la
piel de los animales, o más inteligente que quien creó el sistema de escritura
cuneiforme? En realidad, esas preguntas ya vienen con trampa desde su formulación
porque nadie ha creado jamás nada por sí mismo, toda invención responde, en
directo o en diferido, y en mayor o menor medida, a un trabajo que excede
propio sujeto creador —lo cual no implica, por supuesto su legítimo derecho de
autoría—. El constante crecimiento de la inteligencia individual es una
apariencia generada por el aumento del conocimiento colectivo, derivado a su vez
del crecimiento de lo que acabamos de denominar la era de la Humanidad. Porque
ningún progenitor crea un hijo más individualmente inteligente que lo ya individualmente
inteligente era el progenitor de origen. Esta idea ya fue puesta en evidencia
por uno de los padres de la computación, el matemático John von Neumann, cuando
dijo que, en caso de poder darse una procreación entre máquinas tal que diera
lugar a una maquina nueva, la máquina madre debería ser necesariamente más compleja
que la creada; concretamente: “la organización sintetizadora ha de ser por
necesidad más compleja, de un orden superior a la organización sintetizada”.
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