Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma
Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel
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LACAN


Fortuna, Hernán Díaz, p. 121

El doctor Frahm le habló en un inglés académico, imperfecto y brusco. En vez de reprimir las diatribas incontenibles de la señora Rask y redirigirlas al terreno de la normalidad (o bien amordazarla con sedantes), le explicó, deseaba promover sus monólogos. Si Helen no podía parar de hablar era porque no podía parar de intentar explicar su enfermedad: su deseo de entender su propia enfermedad era, en gran medida, la enfermedad misma. Si Frahm la escuchaba y la enseñaba a escuchar, pronto descubrirían que sus peroratas interminables estaban llenas de instrucciones en clave. Cada vez que se encontraba con uno de aquellos momentos reveladores del discurso de la señora Rask en los que su enfermedad arrojaba luz sobre sí misma, interrumpirla repentinamente servía para subrayar la epifanía y obligabarla a escucharse. Por eso había muchas sesiones que eran tan cortas. Y si tenían lugar en cualquier parte (y en cualquier momento), era para inculcarle a la paciente la idea de que su examen de sí misma no debía limitarse a una oficina, sino que era un proceso continuo. Por medio de aquellas sesiones «por sorpresa», Frahm quería enseñarle a tenderse emboscadas a sí misma.


LACAN


El fin del mundo, Jorge Volpi, p. 86
Resultaba muy fácil confundirlo con un zorro: las matas blanquecinas que invadian sus parietales insinuaban un obvio parentesco que se desvanecía al imaginarlo huyendo a toda velocidad de una jauría. Para sus críticos, Lacan se asemejaba más bien a una serpiente, la encarnación de la fatuidad y la sevicia, mientras que su cada vez más acuciada pasión por los coches de carreras, los abrigos de pieles y las obras de arte extravagantes (baste recordar su legendaria adquisición del Origen del mundo) lo asemejaban a esas comadrejas decadentes y ampulosas que a veces ilustran el Paris-Match. En cambio, sus partidarios lo veneraban como a un semidiós, un titán merecedor de libaciones y sacrificios, un Moisés laico que, en vez de las tablas de la ley, había descendido del Sinaí del inconsciente cargando los conceptos fundamentales del psicoanálisis. Las razones de esta divergencia de criterios se originaban en la propia naturaleza de su trabajo: si hubiese tramado un corpus claro y legible, si le hubiese concedido a sus escritos cierta transparencia, nadie se habría atrevido a cuestionar su talento; al renunciar a la inteligibilidad, adentrándose en el reino del ocultismo y el secreto,  tácitamente autorizó que cada cual lo interpretase a su manera, provocando la creación de un sinfin de escuelas, sectas y herejías lacanianas.
A pesar de estos prejuicios, aquella vez Lacan me pareció tan afable como un hermano mayor. Una nota de timidez distinguía sus modales, un matiz de pudor se filtraba en su vehemencia y su voz desentonada señalaba a un individuo inseguro y falto de cariño, un hijo cuyo padre nunca fue capaz de transmitirle la confianza necesaria, un sabio endeble y apasionado que, a pesar de sus caprichos, no se sentía cómodo en el mundo. Nada en su trato íntimo recordaba al grave conferencista ensalzado por cientos de devotos o al violento reconstructor del psicoanálisis que yo admiraba. Lejos de los reflectores, destacaba la crueldad de su humor, la rapidez de su ingenio y su natural capacidad de seducción. De pronto vislumbré los motivos que mantenían a Claire atada a él: si bien sus detractores lo tachaban de banal y mezquino, de sordo y rencoroso, ciegamente embelesado de sí mismo, aquel día yo vi (deseé) un Lacan curioso, atento y tolerante. Un igual.

LACAN CAN

La séptima función del lengauje, L. Binet, p. 151
Lacan canturrea en voz baja una especie de nana judía. Pone cara de no enterarse de nada. En la cocina, Kristeva coge a la china por la cintura. BHL dice a Sollers: «Bien pensado, Philippe, tú eres superior a Sartre: estalinista, maoísta, papista ... Dicen que él se ha equivocado siempre, pero ¡anda que tú!... Cambias de opinión tan rápido que no te da tiempo a equivocarte». Sollers mete un cigarrillo en su boquilla. Lacan balbuce: «Sartre no existe». BHL prosigue: «Yo, en mi próximo libro ...”. Sollers le corta: «Sartre decía que todo anticomunista es un perro ... Yo digo que todo anticatólico es un perro ... Además, está claro, no hay ningún judío válido que no haya estado tentado de convertirse al catolicismo ... ¿No es así? ... Querida, ¿nos traes ya el postre? ... ». Desde la cocina, la voz sofocada de Kristeva responde que ya va.

El editor dice a Sollers que quizá publique a Hélene Cixous. Sollers responde: «Ese pobre Derrida ... No es precisamente Cixous quien va a animarlo ... Ja, ja, ja». BHL, en un nuevo intento de precisión: «Siento mucho afecto por Derrida. Ha sido mi maestro en la École. Como tú, querido Louis. Pero no es un filósofo. Filósofos franceses que estén aún vivos solo conozco a tres: Sartre, Levinas y Althusser». Althusser tampoco se da por aludido ante el pequeño halago. Hélene disimula su irritación. El estadounidense pregunta: “¿Y Pierre BoUrdieu, no es un buen filósofo?». BHL contesta que es de la Normale, en efecto, pero que seguro que no es un filósofo. El editor matiza, en atención al estadounidense, que es un sociólogo que trabaja mucho sobre las desigualdades invisibles, el capital cultural, social, simbólico ... Sollers bosteza ostensiblemente: «Lo que es sobre todo es un perfecto cañazo ... Sus habitus ... ¡Sí, no somos todos iguales, menuda noticia! Pues bien, os diré un secreto ... Schss ... Acercaos ... Eso ha sido así siempre y no cambiará nunca. Increíble, ¿Verdad?

TODOS LOS GALLEGOS SON MENTIROSOS (AN Feijoo)

De Una temporada con Lacan, de Pierre Rey, p.139
Un mentiroso dice: «Miento.»
Al decir «miento» dice la verdad.
Y si la dice ya no miente. En estas condiciones sigue mintiendo, pero si miente es porque dice la verdad contestando ser un mentiroso.
Por consiguiente, diciendo la verdad cuando reconoce mentir, vuelve a ser mentiroso al asegurar que miente.  Conclusión: se puede mentir porque se dice la verdad,  y a la inversa, decir la verdad cuando se miente.
Ejemplo arquetípico de callejón sin salida de la lógica en el que el  “logos” se da la vuelta como un guante para jugar con el sujeto el juego mortal del «mÍ» en el que se aliena el “ yo”.
¿Cuándo interfiere en el discurso la falsa moneda del lenguaje, en el que, por ser reversibles, se insinúan los sentidos contrarios del sentido, el sujeto de qué?
¿De la verdad? ¿De la mentira?

Al decirme cuando nos conocimos que tenía una amiga en el periódico en el que yo trabajaba -lo cual era faJso, Lacan sólo me había mentido para provocar así un efecto de verdad: saber si yo era un mentiroso. En cambio, por la misma naturaleza de su contenido y que su continente, como toda mentira no es más que el punto focal del lugar donde la verdad se manifiesta, mentirle por mi parte hubiese equivalido cuando yo resistía  a que se desvelara demasiado aprisa lo que yo no estaba dispuesto a oír. Dicho de otra forma, sólo podía mentirme a mí mismo diciendo la verdad, pues “ la  verdad” no era más que una defensa suplementaria para reprimir las revelaciones prematuras que yo hubiese podido arrancar a mi inconsciente.

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