Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma
Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel
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INCIPIT 1.562. LAS BUENAS NOCHES / ISAAC ROSA


[00:34]

No podemos dormir. Cada noche retrasamos la hora de acostarnos, cada noche nos vamos antes a la cama, cada noche lo hacemos a la misma hora y no: no podemos dormir. Tardamos en coger el sueño, lo logramos enseguida para despertarnos poco después, nos sorprende la alarma nada más cerrar los ojos. Nos sentimos llenos de energía y por eso no podemos dormir, nos sentimos agotadas y por eso no podemos dormir. No podemos dormir porque somos jóvenes y las jóvenes no duermen mucho, no podemos dormir porque somos viejos y los viejos no duermen tanto, no podemos dormir porque estamos en la mediana edad y es cuando peor se duerme. Tenemos calor, tenemos frío, giramos cambiando de postura, boca arriba, sobre el costado derecho, con los brazos haciendo almohada y no podemos dormir. Colocamos un cojín  entre las piernas, nos tapamos y destapamos, nos incordian pequeños calambres, cosquilleos, picores acuciantes, pliegues y costuras, el guisante bajo veinte colchones, y no podemos dormir.


LA GELIFRACCION


Lugar seguro, Isaac Rosa, p.174

Pero el muro tiene grietas, respondió Gaya. Oh, dios mío, las grietas. Cuántas veces he oído la teoría botijera de las grietas. La cuña de hielo. ¡La gelifracción! La repiten todos como loros. La teoría de las grietas me la he comido con lentejas no pocas veces. Gaya debió de notar mi fastidio, así que se concentró en explicársela a Segis, novato él. Le preguntó si era de ciencias; respuesta afirmativa. Si había estudiado los procesos de meteorización; sí, los había estudiado y los recordaba bien. Entonces sabría cómo actúa la gelifracción: el agua, de lluvia o del deshielo, se infiltra en las grietas de una roca, y al bajar la temperatura se congela y aumenta su volumen, ejerciendo tal presión sobre las paredes internas que, a fuerza de congelarse y  descongelarse una y otra vez, acaba por fragmentarla. Hasta las rocas más sólidas pueden acabar quebradas por unas gotas de rocío que en sus grietas se congelan y expanden, haciendo cada vez más ancha la fisura y por tanto acumulando más agua que se seguirá congelando y descongelando, formando una cuña de hielo que con el paso del tiempo crece hasta reventar la roca, el muro. Así nosotros, afirmó Gaya, incluyéndonos en su nosotros, o al menos a Segis, pues ya solo lo miraba a él. Así nosotros estamos construyendo un nuevo mundo, pero no sobre los escombros del viejo, sino en sus grietas. No esperamos a hacer la revolución, sino que empezamos el futuro aquí mismo. Cada comunidad rural o de barrio, cada cooperativa, cada red de distribución, cada manzana de vecinos que se suma, es una cuña de hielo. Este mismo comedor, que puede parecer tan poca cosa, es una gota en una grieta, ni siquiera en una grieta, en un poro; pero crecerá y agrandará el poro hasta ser finísima hendidura, que dilatará una grieta y finalmente provocará una fractura. Y tanta gente que nunca se irá a una comunidad, ni siquiera participa en la de su barrio, pero comparte la misma preocupación, introduce cada vez más cambios en su vida, y cuando llega el momento vota en consecuencia. Esa acumulación de pequeñas transformaciones es la que acabará transformando el sistema entero. Y mientras tanto, cada una de ellas mejora la vida de la gente. No estamos persiguiendo una utopía, una promesa de paraíso lejano: todo lo que proponemos lo hacemos, es real, está ya aquí, es esto. La gente puede asomarse a las grietas. Lo que se ve en ellas es el otro lado del muro. ¡El futuro!


BOTIJOS


Lugar seguro, Isaac Rosa, p. 172

Sigan jugando, a ver si la próxima generación tiene más suerte. Pues no. No vamos a repetir errores pasados. Hemos aprendido. Respetamos a quienes siguen intentándolo, a quienes trabajan en las instituciones, son nuestros aliados y nos abren muchas puertas. Y asumimos que solo mediante -comunidades y trabajo de barrio no conseguiremos grandes cambios, también necesitamos al Estado, porque además la transformación debe ser global, no en un solo país. Pero la vía electoral no es nuestro camino, al menos por ahora. Demasiado esfuerzo para tan poco resultado, lo hemos visto ya antes. Esta vez es diferente. Esta vez se trata de hacer, hacer, hacer. Forzar los cambios para que a los gobernantes no les quede más remedio que legislar esos mismos cambios ya consolidados, convertirlos en norma, inscribirlos en el boletín oficial. Generar nuevas realidades, nuevas formas de vida. Una sociedad diferente, no desde arriba sino por abajo. Un pueblo entero dispuesto a hacer la transición, a empujar a favor, a resistir los retrocesos, a soportar las contradicciones. Producir un nuevo sentido común, y hacerlo mediante prácticas. Y el último paso, muy al final del camino, ya sin apenas esfuerzo, podría ser llegar al gobierno, no digo que no. Pero con todo ese trabajo previo ya hecho. Vencidas las resistencias. Mientras tanto, ya conseguimos cambios sin estar en ningún ejecutivo. Partidos que incluyen nuestras propuestas en sus programas. Ayuntamientos que asumen y financian proyectos. Gobiernos autonómicos que colaboran, o al menos no obstaculizan. Y leyes que no se habrían conseguido sin esta gran masa crítica. Ahí está la última reforma del mercado energético, que no es suficiente, vale, pero hace pocos años era impensable. Solo cuando han visto que estábamos dispuestos a llenar los tejados de todo el país con paneles y crear nuestras propias redes de distribución han reformado un mercado intocable. Y la nueva ley de vivienda, qué me dices. O el debate sobre la semana laboral de cuatro días, que cada vez tiene más partidarios. Típico comportamiento botijero: atribuirse todo tipo de éxitos, sobre todo ajenos.


INCIPIT 1.261. LUGAR SEGURO / ISAAC ROSA


Desde aquí, en línea recta hacia el sudoeste,  podría llegar a mi casa avanzando bajo tierra.

Eso le dije al tipo, asomados a su balcón, señalando por encima de los tejados en dirección al río. Se lo dije como argumento comercial, claro,  pero al decirlo me imaginé que de verdad salía de aquel edificio por el sótano y cruzaba media ciudad bajo tierra: no de lugar seguro en lugar seguro, que ya sabes que no son tantos todavía, sino deslizándome por otros sótanos, garajes, túneles, alcantarillas, cuevas enladrilladas, pozos, arroyos entubados, restos arqueológicos por descubrir y estaciones de metro; en perfecta línea recta, atravesando sin esfuerzo muros, cimientos, cableado, tierra compactada y raíces gruesas como quien bucea a ciegas, braceando a ratos y dejándome llevar por una corriente subterránea y caliente, conteniendo la respiración hasta llegar a casa agotado. Agotado y feliz, porque aquel era un pensamiento bonito, tal vez el recuerdo de un sueño.


LA PAGUITA


Lugar seguro, Isaac Rosa, p. 42

Y eso que tampoco llegaste a enterarte del experimento de renta básica rural, la paguita, que duró solo dos años hasta que el nuevo gobierno la eliminó, y que era una cuantía pequeña pero suficiente, junto con las ayudas europeas a la repoblación, para que la primera expedición dejase las ciudades. El Gran Regreso, así lo llamó la prensa, con mayúsculas históricas y ese afán por identificar y bautizar un nuevo fenómeno sociológico cada pocos meses. Y en parte era cierto, algunos estaban de verdad regresando: desde las grandes capitales, incluso desde el extranjero aprovechando las ayudas para retornados, volvían a sus pueblos y ciudades pequeñas, al lugar de origen de sus padres o hasta de sus abuelos, el pueblo donde ya no iban ni de vacaciones pero que ahora señalaban como raíz, y sobre todo fuente de derecho para cobrar ellos también la paguita. Muchos otros no regresaban a ningún sitio, si acaso al pueblo que conocieron en algún fin de semana de casa rural; más bien elegían el destino mejor puntuado en las webs de repoblación, o el pueblo donde ya se habían instalado sus amigos y familiares, o simplemente el que ofrecía casas baratas o incluso gratis para nuevos pobladores. La mayoría, por supuesto, no tenía más intención que vivir de la paguita y aprovecharse de las ayudas, habitar un sitio tranquilo y asequible, criar a sus hijos en la idealizada naturaleza, teletrabajar con buenas vistas y no muy lejos de la capital, montar pequeños negocios  teniendo la subsistencia garantizada, unirse a alguna de las primeras cooperativas, tontear con la agricultura o dedicarse a sus inquietudes artísticas y demás chorradas improductivas que les íbamos a pagar entre todos. Esperaban encontrar en lo rural la confirmación de sus romantizaciones urbanitas: una vida sencilla y auténtica, con más tiempo, relaciones sociales incontaminadas, escala humana, manzanas que siguen sabiendo a manzana. Lo que encontraron al principio fue, en muchos casos, el rechazo de los que nunca se habían marchado de esos mismos pueblos, o de los que ya habían regresado años antes sin ayudas, y que ahora se sentían más invadidos que repoblados.


INCIPIT 1.126. TINTA ROJA / ISAAC ROSA


CINCUENTA INTENTOS POR CONTAR QUÉ NOS PASA (PRÓLOGO)

No soy escritor de cuentos, vaya por delante esta confesión, extraña para introducir un libro de cuentos. Si excluyo mis primeros textos de juventud (uno siempre empieza tanteando la distancia corta), diría que nunca he escrito un cuento por iniciativa propia. Nunca. No me sale escribir relatos. Acumulo notas y cuadernos para una docena de futuras novelas, pero no tengo ni un pósit con una idea para un próximo cuento. Y sin embargo, he escrito y publicado más de un centenar en los últimos ocho años, y voy a seguir haciéndolo.

A diferencia de mis novelas, todos los cuentos que he escrito y publicado han sido de encargo: alguien me pidió que escribiese cada uno de ellos. Y ahí va mi primer agradecimiento en este prólogo: a quienes en estos años me han encargado relatos, me han ofrecido las páginas de sus revistas, periódicos y libros para publicarlos. Como mi editora me avisa de que me está quedando un prólogo más bien disuasorio (quién querrá leer los cuentos de un autor que dice que no le sale escribirlos, que solo lo hace cuando se lo encargan, y por tanto siempre que le paguen)


GPS


Tinta roja, Isaac Rosa, p. 324

GPS

Sabía que me engañabas, y solo necesitaba probarlo. He dicho «sabía», y no «sospechaba”, porque era una certeza. Es verdad que no tenía ninguna evidencia, pero la falta de pruebas solo significaba que eras muy hábil disimulando. Sabía que me engañabas pero preferí callar, no decir nada, no preguntarte. ¿Qué te iba a decir? Tú lo habrías negado, como ahora lo niegas, y mi pregunta solo habría servido para prevenirte, para que pusieses más cuidado en no dejar huellas de tu engaño.

Debo reconocer que fuiste muy hábil en ocultar esas huellas. De hecho, nunca encontré ninguna. Ni una sola. Por más que revisé tu teléfono buscando mensajes o llamadas, escudriñé tu agenda de contactos para encontrar un nombre simulado bajo el que ocultases a tu amante, y espié durante semanas tu correo electrónico, tu historial de navegación, tu actividad en redes sociales, rompiendo incluso contraseñas. Pero no encontré nada. Nada.

Otro en mi lugar habría desistido, convencido de que todo era un temor sin fundamento. Yo   no. Yo sabía que me eras infiel. ¿Que por qué insistía en pensar que había otro hombre, pese a la falta de pruebas? Porque te conozco bien. Porque a mí no puedes engañarme. Porque llevarnos quince años juntos. Dieciséis. Y de repente comencé a observar en ti un extraño cambio de actitud. Ni siquiera ahora sabría explicártelo, ponerte ejemplos. En realidad todo era igual, mantenías tus rutinas, tus horarios, tus entradas y salidas, tampoco en casa habías cambiado tus hábitos. Ni siquiera conmigo: me besabas al llegar, hablábamos durante la cena, follábamos en fin de semana. ¿Entonces? No lo sé. Había algo en ti, un aire extraño, una forma de quedarte callada, de ausentarte, una sospechosa sonrisa al descuido, un entusiasmo por cualquier minucia que no te había visto en muchos años. Incluso físicamente: estabas más hermosa, ni siquiera diría que te arreglabas más, era otra cosa, la mirada, la piel, un resplandor.


EMPRENDEDORES


Tinta roja, Isaac Rosa, p. 188

WORKAMPING

Quiero empezar esta charla motivacional con un consejo para los emprendedores: marchaos de vacaciones. Sí, ya sé lo que estáis pensando: “No puedo cerrar mi negocio, perderé clientes”, “Si no trabajo, no ingreso”, «Los gastos fijos no se van de vacaciones”, «Tengo que pagar la cuota de autónomo”... Sí, yo pensaba lo mismo. Me pasé seis años sin vacaciones. O, más bien, sin lo que llaman «vacaciones” quienes no se sienten emprendedores, porque para mí emprender no es un trabajo sino una pasión. Ya lo dijo Confucio: «Elige un trabajo que te guste y no tendrás que trabajar ni un día de tu vida”.

Como muchos de vosotros, para triunfar, primero tuve que fracasar. La inspiración me víno después de caer. De hecho, me tomé mis primeras vacaciones en seis años para recuperarme de ese fracaso. Y ya sabéis lo que dijo Forbes: «El fracaso es éxito si aprendemos de él”.

Me fui de vacaciones, sí. Cogí a mi familia y me los llevé a un camping, que era lo único que podíamos permitirnos. Y fue allí, estando de vacaciones, cuando encontré mi oportunidad. Lo dijo uno de los hombres que más admiro, Richard Branson: «Las oportunidades de negocio son como los autobuses: siempre viene otro en camino”. Y así fue: mi autobús llegó cuando acababa de perder uno. Habrá quien lo llame suerte, pero para un emprendedor la suerte no existe, es el nombre que damos a la capacidad innata de reconocer una oportunidad y aprovecharla.

Allí estaba yo hace dos años, en mi camping, intentando aprender alguna lección de mi último fracaso. Entonces me di cuenta de algo: yo no era el único emprendedor allí. Entre los campistas había muchos como yo. Normal, pensaréis: la mayoría de los autónomos no pueden cogerse vacaciones, y los que sí pueden, solo les llega para irse un par de semanas a un camping.


UNA SEPARACION


Feliz final, Isaac Rosa, p. 304
Porque en toda separación hay algo de profecía autocumplida: desde el momento de la ruptura, los separados se van distanciando, se vuelven extraños, tan ajenos e incompatibles que un día sus hijos se preguntarán cómo fue posible que alguna vez se amasen dos personas tan opuestas, y entenderán y hasta celebrarán que se separasen a tiempo, vista la deriva divergente posterior. En toda ruptura dolorosa, la hostilidad que se desata acaba por justificar la propia ruptura: no solo la hace irreparable, sin posibilidad de vuelta atrás, sino que trampea causas y consecuencias, hasta que esa misma hostilidad se convierte en el más contundente argumento para la separación: mira cómo nos odiamos, lo mejor que pudimos hacer fue separarnos. Cada vez que Teresa y yo nos gritábamos por teléfono, más justificada quedaba mi decisión. Cada vez que ella me enviaba mensajes telefónicos acusándome de ser un egoísta y un monstruo sin sentimientos al que nunca iba a perdonar lo que le había hecho a ella y sobre todo lo que le había hecho a Germán; cada vez que me escribía un largo correo más sereno donde decía desear no haberme conocido nunca y no haber tenido un hijo conmigo, más acertado parecía que nos hubiésemos separado, y también a ella se lo parecería. Su rechazo a acordar una custodia compartida y su rigidez con el tiempo de visitas acabarían por convencer de lo razonable de mi decisión incluso a mi reacia madre, al principio solidaria con Teresa desde su propia cicatriz de mujer divorciada. Que llegásemos hasta el juzgado era la prueba definitiva de que no teníamos futuro juntos, y de que lo más conveniente para Germán, ante la evidencia de unos progenitores tan cargados de rencor, eran una madre y un padre alistados a la legión de divorciados que, concentrados en hacer felices a sus vulnerables hijos, se esfuerzan por demostrar el argumento consolador de que para los hijos siempre es mejor un buen divorcio que un mal matrimonio.

PAREJA


Feliz final, Isaac Rosa, p. 226
Que no sufra como ese bebé que, a fuerza de sentirse abandonado en la cuna, una noche acaba provocándose él mismo una muerte súbita. Que no sufra como las crías de rata que en el laboratorio son separadas de sus madres y disparan sus niveles de cortisol. Que no sufra como los niños rumanos huérfanos que tienen mayor tendencia al suicidio y a la delincuencia en la edad adulta. No quiero ser sarcástico, Ángela, estoy recordando de memoria lo que encontré en los libros que me diste a leer entonces, que leí porque quería entenderte y acercarme a ti. Y lo que encontré fue culpa, mucha culpa, una culpa infinita que se vertía sulfúrica sobre madres y padres ansiosos con cada decisión que toman respecto a sus hijos, por si les deja una huella dañina de por vida, por si desaprovechan oportunidades para  asegurarles una vida feliz, por si sufren, sufren, sufren.
Espera, que sigo yo, que lo recuerdo perfectamente: aquella genialidad que soltaste en una comida de amigos, lo del quijotismo, ¿recuerdas? Hablábamos de estilos de crianza, y te sumaste a quienes hacían chistes sobre crianza natural: lo que me pasaba, a mí y a todas las madres locas como yo, era lo mismo que a don Quijote, dijiste. Espera, tengo que imitarte, aquella voz declamatoria que pusiste al interpretar tu parodia del famoso fragmento cervantino: ¡del poco dormir y del mucho leer, a las madres se les secó el cerebro, de manera que vinieron a perder el juicio, y vinieron a dar en el más extraño pensamiento que jamás dio loco en el mundo, y fue que les pareció convenible y necesario hacerse madres naturales! A partir de ahí estiraste la broma comparando los libros de caballería con los de crianza, y hasta reelaboraste burlón el famoso discurso de don Quijote sobre la edad de oro: ¡dichosa edad y siglos dichosos aquellos!, exclamaste, payaso, y evocaste un pasado mítico de cazadores y recolectores donde las madres llevaban todo el día a sus hijos colgados del pecho y dormía la familia en un mismo jergón y los bebés comían cuando tenían hambre, dormían cuando tenían sueño, contenían los esfínteres cuando les parecía adecuado, y lloraban si su madre desaparecía de su vista para así asegurarse de que no morirían de frío o de hambre ni serían devorados por las fieras. Lo raro es que no escribieses un gracioso artículo de polémica fácil para ser el más leído del día; o un libro, otro jodido hueco editorial, un nicho de mercado, miles de maridos corriendo a comprarlo, yo hice la EGB, mí mujer se volvió una loca de la crianza natural.

DINERO Y AMOR


Feliz final, Isaac Rosa, p. 160
El mismo análisis siempre. Si tu hermana se divorciaba, era porque su marido y ella habían tomado malas decisiones hipotecarias. Si Natalia y Jaime exhibían una felicidad inverosímil, era porque entre los dos sumaban cinco mil euros mensuales. Si tu madre había aguantado tantos años de humillaciones con su segundo marido, era porque no tenía asegurada su pensión de jubilación. Y si nosotros llevamos tantos años cuesta abajo, no hay que buscar más explicaciones: todo empezó el día que te quedaste sin nómina. No hay más preguntas, señoría. El acusado es inocente. No fue él, la culpa es de las condiciones materiales. El amor es para el que pueda pagárselo. El matrimonio es una empresa, acuérdate de eso que dijo Fabio después de su divorcio: el matrimonio es una empresa, dijo, es una empresa y yo lo he entendido demasiado tarde; nuestros matrimonios fracasan porque lo fiamos todo al amor y nos empeñamos en querer ser felices, desentendiéndonos del aprendizaje de generaciones de matrimonios pragmáticos a lo largo de los siglos; antes la gente se casaba por compromisos familiares e intereses económicos, formaban una sociedad cuya prioridad era obtener recursos y administrarlos bien, acumular capital, protegerse de los imprevistos, dejar patrimonio a los herederos, pero ahora nos casamos por amor, qué disparate, y en seguida llega la decepción, dejamos de estar enamorados y si no has sido capaz de convertir ese amor en estrategia empresarial, acabas en la ruina sentimental, como yo.

DEL AMOR


Feliz final, Isaac Rosa, p. 142
Me hiciste un recuento minucioso y asombrosamente memorioso de mis despistes y extravíos en más de una década: el bolso en el metro, la cartera en una cafetería, el teléfono en el salpicadero del coche provocando que nos rompiesen la ventanilla para robarlo, la cámara de fotos en la piscina, ropa en armarios de hoteles, equipajes siempre faltos de algo esencial, prendas delicadas arruinadas en la lavadora, cazos de leche en el fuego, y muchos otros despistes y extravíos que no habían llegado a ocurrir porque tú estabas siempre detrás de mí apagando las putas luces, cerrando los putos grifos, recuperando las putas llaves, la puta cartera y el puto teléfono, pero también recogiendo los putos restos del desayuno que nunca limpiaba por la mañana y la puta ropa tirada y los putos pelos taponando el desagüe, todo ese recuento mezquino y como de monólogo tonto de club de la comedia sobre la vida en pareja, pero que tú pronunciabas muy en serio porque yo era un desastre y no podías confiar en mí y era muy difícil vivir conmigo y durante años había estado incapacitada por la atención exagerada a las niñas, momento en que yo empecé también a gritar y prefiero no recordar lo que te dije, lo que nos dijimos. Eso fue solo un mes antes de que Mateo se cruzase en mi vida. Ese era el monte que solo necesitaba una chispa. Aquella noche, tras la discusión, me buscaste en la cama y me pediste perdón, perdón, perdón y me abrazaste y dijiste que habías perdido los nervios porque estabas sometido a mucha presión, te habían rechazado dos colaboraciones en los últimos días y creías que era una represalia por tu implicación en la huelga. Estabas además preocupado por tu madre, que acababa de escapar de su marido y se había instalado con tu hermana tras pasar dos semanas con nosotros, dos semanas que también habían sido difíciles, el mal humor que nos vencía cuando algún familiar se quedaba en casa, agravado por el estado anímico que traía tu madre. Acepté tus disculpas, te pedí yo también perdón por mis despistes y me comprometí a ser más cuidadosa, lloré con más desconcierto que tristeza. Esa noche incluso acepté tu mano bajo la camiseta y tu erección contra mis nalgas y tus besos y tus te quiero, y follamos como una forma de encomendarnos a viejas reconciliaciones que ya no funcionaban, como tampoco funcionaba suplir la distancia y los desencuentros del día con una intimidad nocturna que reparase todo lo destrozado durante la jornada y nos devolviese intactos a la mañana siguiente.

GESTION


Feliz Final, Isaac Rosa, p. 113
Gestionar mi deseo, esa expresión te gusta más, ¿verdad? Me acusaste de no haber sabido gestionar mi deseo, eso me dijiste tras descubrir el engaño: la vida en pareja implica una permanente gestión del deseo, me dijiste, por supuesto todos deseamos, yo mismo siento deseo por otras personas pero me concentro en gestionar mi deseo, de eso va la vida en pareja, Ángela, el compromiso, la lealtad, dos sujetos deseantes que aprenden a gestionar el deseo. Qué espanto, escúchate. Gestionar el deseo. Como gestionar tu resentimiento, eso que dijiste antes. Otras veces me acusaste de no ser capaz de gestionar mis miedos, cuando me aterrorizaba dejar a Ana en el colegio tiempo después de su hospitalización, o cuando una fiebre persistente me ponía en guardia y acabábamos otra vez en urgencias: debes gestionar tus miedos, me decías. Todo debía ser gestionado: el deseo, el resentimiento, el miedo, la culpa, el dolor, los recuerdos. Gestionar, gestionar, gestionar. Germán debía aprender a gestionar sus tiempos de estudio. Las niñas tenían que gestionar su frustración, gestionar sus celos, gestionar sus horas de sueño. Tu madre había acabado mal por no saber gestionar su dependencia emocional y su miedo a la soledad. En casa debíamos gestionar horarios, tareas domésticas, menús diarios, ingresos y gastos. ¿Por qué no escribes un libro de autoayuda? Aprende a gestionar tu vida en diez pasos. Gestiona tus sentimientos para alcanzar tus objetivos. Perdona el sarcasmo. Estoy harta de gestionar, qué mierda de palabra, llevamos años gestionando y mira dónde hemos acabado. Y no, no supe gestionar mi deseo tras reencontrarme con Mateo. O si prefieres, no quise gestionar mi deseo. No me importó que se volviese ingestionable. Sé que cualquier cosa que hoy te cuente sobre cómo me sentía yo antes de encontrar a Mateo te sonará a coartada tardía: una reelaboración posterior para justificar el engaño. Yo misma dudo, me pregunto también si la culpa engaña a la memoria, porque me cuesta recuperar sensaciones de aquel tiempo. Nuestro “antes”, el invierno donde prevenir incendios, el monte descuidado a falta de una chispa. Lástima no haber llevado un cuaderno de pena como el tuyo. Tampoco me extraña que pienses que exagero mi malestar previo para exculparme: tú ignorabas cómo estaba yo, de la misma forma que yo desconocía cómo estabas tú, cada uno encerrado en su malestar.

DE LA SEDUCCION


Feliz final, Isaac Rosa, p. 131
: ojo con la seducción, que es el verdadero peligro de las pantallas; la seducción es la marca de nuestro tiempo, el deporte favorito, seducimos a todas horas, yo mismo os estoy seduciendo ahora mismo con mí discurso, pero esa seducción deportiva se vuelve inevitable e irresistible cuando hay una pantalla por medio, todos acabamos seduciendo y siendo seducidos; reconoced/o, en cuanto empezáis a intercambiar mensajes con alguien, no tardáis en arrancar un juego de seducción; podríamos hasta formular una ley científica: toda conversación en redes sociales o mensajes de móvil entre dos personas mínimamente susceptibles de sentir atracción mutua, y que se prolongue en el tiempo, deriva inevitablemente en juego de seducción; es la plaga de nuestro tiempo, la mayoría de las relaciones amorosas empiezan con un intercambio de mensajes pero también terminan por otro intercambio de mensajes, al ser descubierto, por la boca muere el pez. Seguiste pontificando sobre cómo hoy todos necesitamos tasar y revalorizar nuestro capital erótico, los circuitos cerebrales de recompensa que se activan al seducir, la matraca de la dopamina, se notaba que tenías todo muy pensado, no recuerdo si habías incluso publicado algún artículo o estarías pensando en otro posible libro por escribir: un hueco editorial, un nicho de mercado, miles de seducidos y seductores digitales corriendo a comprarlo, yo hice la EGB, a mí me sedujeron en un chat, etcétera. Y remataste señalándome a mí, que estaba al margen de la conversación, teléfono en mano: ahí tenéis a mi mujer, Ángela, lleva toda la tarde con el móvil, ¿quién te está seduciendo, querida? Todos reímos, yo también, pero ya habrás adivinado con quién intercambiaba mensajes en ese momento. Mateo y yo aún estábamos en los primeros peldaños, en pleno juego de seducción, sí, intercambiando bromas, recuerdos, confidencias, planes, canciones favoritas y hasta ese léxico propio que toda pareja construye. Aunque yo rebajaba y hasta descreía cuanto me decía Mateo, pues sabía que era parte de su estrategia seductora, me alcanzaba de lleno, cada mensaje caía ruidoso en el pozo seco de mi autoestima: que yo era una mujer fascinante. Deliciosa. Luminosa. Que estaba haciendo un gran trabajo en el proyecto de Historias de Vida. Que mis hijas eran afortunadas por tener una madre como yo. Que merecía alguien que me valorase. Y por supuesto, que parecía más joven de mis cuarenta, que estaba más bonita ahora  que años antes. Que poseía una sonrisa desarman te, que ya sé, es una expresión trillada, tú dirías que mala literatura, sonrisa desarmante, pero yo también necesitaba mala literatura. Nos estábamos seduciendo, sí, con cada vez menos prudencia aunque aún no sabíamos adónde llegaría tanta palabra disparada. Te concedo la validez de tu teoría: lo que en principio era solo una conversación entre dos conocidos que se descubren llenos de coincidencias y padecen la misma necesidad de ser escuchados fue trepando con tesón de hiedra por esa escalera de caracol que levanta la seducción.

INCIPIT 878. FELIZ FINAL / ISAAC ROSA


EPÍLOGO
Nosotros íbamos a envejecer juntos. Lo digo en voz alta por escucharme, y compruebo lo melodramático que suena: nosotros íbamos a envejecer juntos. Lo repito con más fuerza, buscando el eco en el dormitorio vacío, exclamatorio: ¡nosotros íbamos a envejecer juntos! Pruebo a decirlo sonriendo, como un vendedor telefónico: nosotros íbamos a envejecer juntos. Nada. Sigue sonando aparatoso. Ahora engolando la voz, rodilla en tierra, calavera en mano, pausas dramáticas: Nosotros. Íbamos. A envejecer. Juntos. Abro los brazos para llenar pulmones de tenor, la orquesta se eleva, el público se estremece, tintinea la gran lámpara sobre la platea: nosotroooooos íbamos a envejecer juuuntooooooooos. Caigo muerto en el escenario, baja el telón, aplausos, hipidos. Lo tecleo en el teléfono, en varios intentos: Nosotros íbam, y borro. Nosotros íbamos a env, y borro

FUTURO PERFECTO


Feliz final, Isaac Rosa, p. 70
Te habría contado sobre un futuro que era expresión de voluntad y deseo, pero sometidos a una verosimilitud estrecha. En ese futuro estamos juntos, sí: vamos a envejecer juntos. Con las metáforas odiseicas que sabes que me gustan tanto, hemos superado la travesía, sobrevivido a tormentas, naufragios, extravíos y cantos sirénidos, sobrevivido incluso al cansancio, y no nos hemos ahogado en la orilla. Hemos alcanzado tierra firme. Tenemos nuestra casa, un lugar propio, del que nadie podrá echarnos ya, donde sobreviviríamos como robinsones si todo fuese mal ahí afuera. Nos queremos, seguramente no nos amamos pero nos queremos, no nos deseamos pero nos queremos, podríamos vivir el uno sin el otro pero nos queremos, hemos aceptado que esa forma tranquila de quererse no es una merma ni un fracaso sino al contrario, un triunfo. Estamos juntos, no por ninguna predestinación ni ridículas medias naranjas inseparables, ni siquiera por necesidad económica, sino porque hemos decidido seguir juntos. Hemos aprendido a disfrutar lo que compartimos, en primer lugar nuestras hijas. Hemos aprendido también a tener cada uno su propio espacio y tiempo, negociando las zonas comunes, respetándonos tanto que de mutuo acuerdo hemos preferido ampliar el territorio compartido. No nos exigimos exclusividades ni fidelidades frustrantes, y esa libertad es la que nos desinteresa del exterior, porque incluso hemos reconstruido nuestro deseo,  acomodándolo a la necesidad de cada uno hasta sincronizarlo.  Paseamos. Paseamos mucho, todas las tardes, por el monte cercano a la casa. Hasta nos sabemos ya los nombres de los árboles. Cuidamos juntos el huerto porque, aunque te burles, en mi fantasía de vida no falta un huerto, más como subsistencia que como actividad espiritual. Estamos juntos. Sabemos que nos tendremos el uno al otro si en algún momento nos golpea la enfermedad, la depresión, la degeneración cerebral, la parálisis corporal, la incontinencia de esfínteres y el olvido salvaje de rostros y nombres. Somos nuestro propio Estado de Bienestar. Estamos a salvo. Estamos en casa, esa casa que gritábamos en los juegos infantiles y al alcanzarla detenía el peligro y te protegía como una campana de acero. Casa.

CUSTODIA COMPARTIDA

Feliz Final, Isaac Rosa, p. 24
¿Cuánto dinero vas a pasarles a las niñas? ¿Dinero, qué dinero?, estamos hablando de custodia compartida. Pero las niñas van a vivir conmigo. Es custodia compartida, propongo que hagamos una estimación de gastos, abrimos una cuenta y cada uno ingresa la mitad mensualmente. Y el piso qué, yo no puedo pagar un piso sola, te lo advertí antes de alquilarlo y entendí que estábamos de acuerdo. Yo tampoco puedo pagar un piso, por eso me voy con mi madre. Pero las niñas necesitan una casa. Si la pagamos entre los dos, deberíamos poder vivir los dos. No empieces otra vez con tu película de padres separados que siguen compartiendo casa como amigos. Y o no puedo pasarte una pensión, y lo sabes. Yo no quiero una pensión, Antonio, y tú también sabes que yo sola no puedo pagar ese piso. Busca uno más pequeño. Es de dos habitaciones, dónde coño quieres que nos metamos. No perdamos los nervios, Ángela, se trata de llegar a un acuerdo. A esto llamas tú ponernos de acuerdo. Íbamos muy bien hasta que hemos empezado a hablar de dinero. Y a ves, somos como cualquier pareja que se separa, un asco. Tenemos que hacer un esfuerzo. Yo estoy harta de hacer esfuerzos, no me quedan fuerzas para más. Hazlo por las niñas. Eso hago, preocuparme por ellas. Sabes que no estoy en mi mejor momento, lleguemos a un acuerdo provisional y cuando esté en mejor situación retomamos lo del dinero. El momento lo elegiste tú. Eso no es justo. Tú has querido separarte. Alguien tenía que tomar la decisión tarde o temprano. Pero ha sido temprano, porque tú no podías esperar más. ¿Crees que tengo prisa por separarme? Sí, eso creo, mucha prisa, porque tienes planes mejores. No sé de qué hablas. ¿Cómo esperas que acordemos nada si no me dices la verdad?, remataste tú. Y entonces te conté, tarde, lo que ya sabías.

CHIVATOS ESPAÑOLES

El vano ayer, Isaac Rosa, p. 77
El chivato español es muy gregario. Varios individuos pueden formar, por estrecha cohabitación, una banda compuesta por 150 o 200 animales que se reconocen entre ellos probablemente por el sentido del olfato, que está muy desarrollado. Por otro lado, existe entre los miembros de una misma banda una gran facilidad para comunicarse entre ellos. Cuando un chivato se halla delante de un cebo, lo examina, lo estudia largamente, lo olfatea, observa los alrededores y finalmente decide si pueden consumirlo o no sus semejantes. En caso de duda, les comunica sus recelos y, para evitar cualquier equivocación por su parte, deposita en la superficie del cebo orina o excrementos. De esta forma los chivatos inexpertos están protegidos de los accidentes.
Sus espacios naturales de desenvolvimiento son variados. En realidad existen pocos hábitat donde no pueda desarrollarse una comunidad de chivatos; incluso se han hallado restos fósiles  de chivatos en condiciones adversas, como las alturas andinas (ruinas de la civilización incaica) o el círculo polar antártico (base científica francesa Dumont d'Urville, 140° de longitud este, donde la acción invisible de un chivato motivó en 1993 el relevo del profesor Bayrou por uso inapropiado de las comunicaciones vía satélite).
En la actualidad y entre nosotros, su espacio preferente es el centro de trabajo, donde la desintegración de los lazos de solidaridad de clase, la devaluación de las condiciones laborales y la acción decidida de los departamentos de personal han favorecido la aparición de un caldo de cultivo ideal, en el que los chivatos crecen y se reproducen en la horizontalidad y la verticalidad de las empresas, causando enfrentamientos, disoluciones, intrigas y una general desconfianza defensiva que impide acciones conjuntas del cuerpo asalariado. Aunque suele ser identificado y aislado, el chivato se beneficia de la alta movilidad laboral y de las inevitables relaciones de poder que se forman en la conspiración de pasillos, recreos de café y lealtades variables.

Pese a su preferencia por el centro de trabajo, el chivato no ha desaparecido de otros hábitats en los que su presencia es endémica, tales corno los centros escolares (donde podemos hallar ejemplares cachorros que ya prometen una memorable madurez, alentados por ciertos miembros incautos del cuerpo docente que no son conscientes del monstruo que están creando, y pese a las represalias ejemplarizantes que sufren por parte de los alumnos: la conocida fórmula "chivato paga el plato" que incluye castigos corporales a merced de la cruel imaginación infantil), las comunidades de vecinos (donde, junto a ejemplares ya identificados, como la "vecina cotilla de patio" o el "vecino-mirilla", reina sin discusión el tipo "portero': tradicionalmente considerado como la especie de chivato por antonomasia, y tradicionalmente aprovechado por su potencial informativo por las autoridades, aunque hoy en retroceso por la proliferación de porteros electrónicos y el recorte de gastos en las comunidades), el colectivo de taxistas (esos hombres ociosos que en las paradas empujan el vehículo en punto muerto y leen prensa deportiva pasada de fecha no pueden tramar nada bueno) y, por supuesto, ciertas alturas biológicas cuyo estudio escapa a nuestro alcance, tales como la comunidad política y la periodística
(En la foto Bowie como Judas en la última tentación de Cristo)

INCIPIT 767. EL VANO AYER / ISAAC ROSA

En las páginas de un libro: oculta entre la páginas de un libro, tenaz como flor desecada y en su interior prisionera de aniversarios o lecturas memorables; en la página cuatrocientos veintisiete, cincuenta y tres, ciento dieciséis, doscientos cuatro, en cualquier página de cualquier libro abandonado en los estantes superiores a la espera de un moroso rescate (el acceso es fácil: biblioteca pública, y un torniquete de entrada, cuchicheos de estudiantes y sudor industrial, los catálogos siempre en proceso de actualización, el ecuménico Sistema de Clasificación Decimal Universal, orden pervertido por el descuido del funcionario, por la trampa de quien cambia de lugar los libros favoritos), Ciencias Sociales, Historia de España, Siglo Veinte: el título puede ser elegido al azar o fruto de varios meses de dedicación. Una vez escogido, podemos ayudamos de una lectura minuciosa y discriminadora o confiarnos a un veloz ojeo al índice onomástico en el que seleccionar aquellos nombres menos mencionados, y entre éstos los desconocidos, los completamente desconocidos, los olvidados, centrar la atención finalmente en uno de ellos y probar suerte: tirar de la lengüeta adjunta, del pliegue que inaugure un nuevo libro, un rincón poco frecuentado, invisible por pequeño o por gigante

LA CRISIS COMENZO A LAS CINCO DE LA TARDE

De Compro oro, de Isaac Rosa, p. 12-13
ESCRIBIR UN NOSOTROS PARA QUE NO NOS LO ESCRIBAN ELLOS
Vivimos rodeados de ficciones. Diría más: asediados por ficciones. Por representaciones ficticias de la realidad. No me refiero a novelas. Ni cuentos. Ni siquiera series de televisión. Sino esas otras narrativas que hoy detentan la hegemonía de la ficción: la política. La economía. El periodismo de los grandes medios. ¿Qué otra cosa ofrecen todos ellos, sino ficciones? Y por supuesto la publicidad, como síntesis y modelo de las tres anteriores. ¿Te gusta conducir?
Las versiones oficiales hace tiempo que son ficciones. Relatos. El triunfo del storytelling de marras, el arte de contar historias, válido en todo lugar y hora. Narraciones que poseen todo lo que debe tener un buen relato para ser eficaz, para persuadir, para imponerse: personajes, cronología, intriga, nudos, conflicto, desenlace, estructura, ritmo, estilo. Héroes, villanos, incertidumbre. Final feliz, a veces. Final abierto otras: continuará. No se vayan todavía, aún hay más. La conexión emocional y la seducción irresistible propias del pensamiento narrativo y que tan bien conocen los vendedores de cuentos de este tiempo.

La crisis, por supuesto. La versión oficial, dominante, institucional, consensual de esto que llaman crisis es otra ficción, una gran ficción, con una base narrativa impecable. La  ficcionalización empieza por el propio manejo del tiempo, su linealidad y su acotación: que tenga un comienzo y un final. La crisis, nos cuentan, empezó exactamente el 15 de septiembre de 2008, día de la caída de Lehmann Brothers. Podrían precisar la hora, para así conseguir un arranque tópico de mala novela: "La marquesa salió a las cinco de la tarde". "La crisis comenzó a las cinco de la tarde". La trampa está ya en la propia cronología: en nuestro cerebro de consumidores de relatos damos por cierto que si hay un comienzo tiene que haber un final. con su fecha y hora. Que la crisis terminará el 23 de abril de 2015, o el 18 de septiembre de 2017, o el 30 de febrero de 2022. A las cinco de la tarde.

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