Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma
Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel
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EL FONDO DE LAS COSAS

El principio, Jêrome Ferrari, p. 34
Me resulta difÍcil comprender qué significa pensar, me cuesta comprender ya el lenguaje de los hombres más allá del cual se extiende el principio, pero dado que hay que expresarlo en el lenguaje de los hombres, lo haremos así: la velocidad y la posición de una partícula elemental están relacionadas de tal forma que la precisión en la medida de una comporta una  Incertidumbre, proporcional y perfectamente cuantificable, en la medida de la otra.
Si decidimos determinar exactamente la posición, nuestra ignorancia de la velocidad se vuelve literalmente infinita, cosa  que no significa que esa velocidad exista y que no la conozcamos sino que el concepto de velocidad queda en tal caso desprovisto de un sentido preciso.
Si determinamos la velocidad, lo que se vuelve impreciso es la posición, como si el electrón se extendiera en el espacio para llenarlo enteramente, hasta sus menores rincones.
La velocidad y la posición son por lo tanto puras virtualidades que solo adquieren más o menos realidad objetiva en el momento de la medición, y nunca a la par.

Pero lo que el lenguaje de los hombres expresa con tanta torpeza se puede comprender de inmediato en una ecuación de una concisión y de una simplicidad tales que ocultan la toxicidad de la misma. Puesto que mucho antes de tomar la forma de las desigualdades matemáticas a las que debe su incomparable belleza, el principio consistió primero en su convicción de que nunca llegaremos al fondo de las cosas, no en virtud de una maldición o de la debilidad de  nuestras facultades, sino por la razón definitiva y radical que, justo antes de despedirse de mí, la joven profesora, tendida hacia mí por encima de la mesa que me protege de su furor y de su indignación, me revela en ese instante: porque las cosas no tienen fondo.

DIOS Y LA FISICA

De La desaparición de Majorana de Leonardo Sciascia, p. 46
Profundamente sugestiva, decimos, en el sentido de la inquietud, del miedo. Automáticamente nos hemos visto obligados a verificarla, a disponer las palabras sobre una hoja de papel con un ritmo de dicción y de visión. Extraña operación, y gratuita, se dirá: pero el hecho es que al transmitirla hemos sentido crecer en nosotros la inquietud, el miedo. Y probad también vosotros si os parece: os encontraréis ante un tremendo epigrama. (Y decimos epigrama en su significado de composición poética breve y llena de conceptos; aunque, ¿quién sabe?, también irónica, también burlesca.)

Su hermana María recuerda que Ettore, durante aquellos años, decía frecuentemente: «La física anda por un camino equivocado», o (no lo recuerda exactamente) “Los físicos andan por un camino equivocado”; y seguro que no se refería a la investigación en sí, a los resultados experimentados o en vía de experimentación de esa investigación. Se refería posiblemente a la vida y a la muerte, quería decir, posiblemente, lo que el físico alemán Otto Hahn se dice que había dicho cuando, a principios de 1939, se empezó a hablar de la «liberación de la energía atómica»: ¡Pero esto no puede quererlo Dios!

EL ARTE DE GOBERNAR

De La desaparición de Majorana de Leonardo Sciascia, p. 45-46
Trabajaba mucho, durante un número de horas absolutamente excepcional. ¿En qué trabajaba, si de todo aquel período tan sólo quedan la Teoría simétrica del electrón y del positrón, publicada por él en 1937 y el ensayo sobre Valor de las leyes estadísticas en la fisica y en las ciencias sociales, publicado cuatro años después de su desaparición? Aquellos que son de la opinión de que no hacía nada en el campo de la física, podían tener también razón; pero en la misma medida que aquellos que son de la opinión exactamente contraria. Escribía durante horas, durante horas del día y de la noche. Y tanto si escribía sobre física o sobre fisiología, el hecho es que de todos aquellos papeles quedaron solo dos breves escritos. Indudablemente, lo destruyó todo antes de desaparecer, dejando casual, o voluntariamente, el ensayo que Giovanni Gentile junior publicaría en el número de febrero-marzo de 1942 de la revista Scientia. La conclusión de este ensayo es para nosotros, que bien poco sabemos de fisica, y menos de ciencias sociales, profundamente sugestiva:

La desintegración de un átomo radiactivo puede obligar a un contador automático a registrarlo con un efecto mecánico hecho posible mediante la adecuada amplificación. Bastan, por tanto, los recursos corrientes de un laboratorio para preparar una cadena de todos modos compleja y vistosa de fenómenos que sea “Ordenada” por la desintegración accidental de un solo átomo radiactivo. No hay nada desde el punto de vista estrictamente científico que impida considerar como plausible que en los orígenes de los acontecimientos humanos pueda encontrarse un hecho vital igual de simple, invisible e impredecible. Si es así, como nosotros sostenemos, las leyes estadísticas de las ciencias sociales ven expandida su función que no es tan sólo la de establecer empíricamente la resultante de un gran número de causas desconocidas, sino, sobre todo, dar un testimonio inmediato y concreto de la realidad, cuya interpretación requiere un arte especial y no una última aportación del arte de gobernar.

COSAS DEL REVES

De La Estrella de Ratner de Don Delillo, p.103
-¿Y usted cree que la atosiga porque las cosas que están del revés no deberían producir placer? -El cicloide es geometría. No sé por qué tenemos que mezclarlo con el sexo. La verdad es que no salgo de mi sorpresa por no haberte encontrado en la cama. Matemáticas y dolor. Reposo en cama y meditación. Debilitarte con cada hora que pasa. Lloriquear y gimotear sumido en la fatiga iridiscente de tu genialidad. La oyó hablar de la fiesta de despedida. Era como un monólogo sobre el insomnio. O como el insomnio mismo. No es que a él le importara. No tenía ningún deseo particular de ponerse a trabajar otra vez en el código. Y resultaba  agradable tener a una mujer en su habitación, aunque estuviera demasiado perjudicada por la fiesta para escribir un episodio de libertinaje en la historia de Billy. No obstante, más allá de la presencia de Soma Tobias, sin embargo, más allá de su voz, más allá de los objetos de aquella habitación y de la habitación en sí, más allá de todo aquello, se encontraba el trazado de una línea de color azul claro, la ubicación de un punto provisto de cierto grado de libertad. Azul sobre blanco. Figuras y movimientos. Pulsaciones zumbando a través de la anestesia de las cuatro dimensiones coordinadas. ¿Acaso tenía que buscar una ecuación y estirar su marco de variables a través de una gráfica interestelar? Podía valer la pena explorar aquello. Método axiomático. Un movimiento fugaz fiel a otro. El sistema de coordenadas había permitido que el cálculo fuera imaginable, mientras que aquel estudio de la suma no secuencial de la naturaleza fluida había nutrido el crecimiento de las matemáticas modernas. Billy vio cómo forzaba sus propias fronteras. Coordenadas que ascendían a n. El espacio de la naturaleza y el suyo. Aumentar de tamaño por medio del añadido de material gracias a la asimilación. Ampliarse o intensificarse. ¿Contra qué crecían las matemáticas? No contra la naturaleza, sino contra la imaginación. Y, sin embargo, cuando traspasaba las fronteras, ¿acaso regresaba al mundo físico? Leyes fundamentales. 

DEL ORIGEN DEL UNIVERSO

De La Estrella de Ratner de Don Delillo, p. 114
-Los hombres se encogen en el espacio -dijo-. Tenemos siluetas de rayos X y fotografías estereoscópicas que lo demuestran. A los astronautas se les encoge literalmente el corazón. También los miembros y el torso. Porque en el espacio nada tira del hombre. No hay ansia. No hay esa succión y deglución universal. Sus músculos pierden tono. Se les acumula la sangre en los sitios equivocados. Se les trastornan las sustancias químicas del cuerpo. En suma, allí no  existe esa poesía del desplome de la materia. El ansia lo es todo. Todo ansía. Sin ansia, los huesos pierden calcio. Sin ansia, el potasio se esfuma. Antes se pensaba que la materia se desplomaba. En el principio, la materia se desplomó. Se desplomó de manera uniforme. Desplomarse formaba parte de la naturaleza de la materia. El movimiento uniforme de la materia al desplomarse quería decir que no había interacción entre partículas. Que ninguna fuerza intervenía para interrumpir el desplome uniforme y absolutamente hermoso de todas las cosas del universo. Pero a continuación se produjo un viraje, según se creía. Algo, o quizá todo, recibió un suave empujón que le infundió el más imperceptible de los virajes. Dos partículas se tocaron con suavidad y se adhirieron durante el más imperceptible de los instantes. Aquella interacción al azar fue el origen del universo tal como hoy lo conocemos y lo tememos. No obstante, en este antiguo poema de la materia en desplome no hay nada que descarte la idea de que la materia se sigue desplomando. Ahora se cree que la materia está organizada, es interactiva y está guiada por fuerzas bien definidas, y, sin embargo, en todo el canon científico no hay ninguna evidencia que disipe la impresión poética de que la materia ahora organizada se está desplomando constantemente, que es lo mismo que dije en la frase anterior, si me estabas escuchando. Desplomarse forma parte de la naturaleza de los objetos. El universo entero se está desplomando . Ese es el sentido de los sueños en los que nos zambullimos eternamente. 

INCIPIT 369. LIMBO / AGUSTIN FERNANDEZ MALLO

En el año 1924, el joven físico Werner Heisenberg obtiene una beca para trasladarse a Copenhague; su deseo es trabajar a las órdenes del por entonces pope de la física cuántica, Niels Bohr. En ese momento aún falta una teoría completa que dé cuenta del modo en que los electrones saltan de una órbita a otra en los átomos. Werner Heisenberg alberga una serie de intuiciones al respecto que, por  descabelladas, no se atreve a verbalizar ante sus mentores. Años atrás le había oído decir a Bohr «al llegar al mundo de los átomos, al científico no le interesa tanto hacer cálculos como crear imágenes». Palabras profundamente fijadas desde entonces en la mente de Heisenberg, quien las interpreta como «el científico ha de crear  intuiciones».
A principios de junio de 1924, Heisenberg sufre un ataque de fiebre del heno. A fin de curarse decide pasar diez días en la solitaria y rocosa isla de Helgoland, mar Báltico, donde, a falta de plantas, con total seguridad estará a salvo del polen que le activa la fiebre. Se traslada con libros de física, abundantes notas que durante aquel año había ido desarrollando por su cuenta, y un libro de Goethe. Debido a la alergia, su cara presenta grandes hinchazones, lo que le hace ganarse una reprimenda de la dueña de la pensión donde se aloja, quien piensa que el aspecto del rostro es producto de alguna pelea; teme que aquel alemán resulte un huésped problemático.

Heisenberg se concentra entonces en los problemas de física atómica que en aquellos años preocupan a la comunidad científica internacional. 

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