Nada volvió a ser igual de fascinante tras la muerte de mamá y Richard Quin. No puedo pensar en dos personas más felices y entretenidas que Mary y yo tras la boda de Cordelia, cuando nos quedamos solas con nuestra madre, nuestro hermano y Kate, pero aunque perder aquel calor, aquel asombro y aquella alegría fue una tragedia peor que el hambre y la sed, también nos libró de los elementos más crueles del dolor. No nos preguntábamos adónde habían ido nuestros muertos ni pensábamos en que su destino podría haber sido otro que la podredumbre, no aborrecíamos aquella terrible pérdida. Nuestros muertos eran como las constelaciones; tal vez no pudiéramos tocarlos, pero no por eso dudábamos de su existencia. Sabíamos que estaban maravillosamente unidos y, aunque habríamos preferido un final más digno, sabíamos que su destino era para ellos algo tan propio como la música para nosotras. Aun así, tuvimos que dejar Lovegrove. Aquella casa nuestra podría habernos inclinado al pensamiento mágico; podríamos haber acabado recreando el pasado e instalándonos en él.
Te quiero más que a la salvación de mi alma
Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel
INCIPIT 1.233. LA PRIMA ROSAMUND / REBECCA WEST
Nada volvió a ser igual de fascinante tras la muerte de mamá y Richard Quin. No puedo pensar en dos personas más felices y entretenidas que Mary y yo tras la boda de Cordelia, cuando nos quedamos solas con nuestra madre, nuestro hermano y Kate, pero aunque perder aquel calor, aquel asombro y aquella alegría fue una tragedia peor que el hambre y la sed, también nos libró de los elementos más crueles del dolor. No nos preguntábamos adónde habían ido nuestros muertos ni pensábamos en que su destino podría haber sido otro que la podredumbre, no aborrecíamos aquella terrible pérdida. Nuestros muertos eran como las constelaciones; tal vez no pudiéramos tocarlos, pero no por eso dudábamos de su existencia. Sabíamos que estaban maravillosamente unidos y, aunque habríamos preferido un final más digno, sabíamos que su destino era para ellos algo tan propio como la música para nosotras. Aun así, tuvimos que dejar Lovegrove. Aquella casa nuestra podría habernos inclinado al pensamiento mágico; podríamos haber acabado recreando el pasado e instalándonos en él.
DIAMANTES
La prima Rosamund, Rebecca West, p. 134
-Por supuesto, no debe ser
alguien muerto -dijo Nestor-. Por encima de todo, debe ser alguien que esté vivo.
-Pero de pronto se golpeó en la frente-. Aun así, vivo o muerto, ¿quién puede
pintar un collar de diamantes? He estado en muchos lugares y no he escatimado
en museos, he visto muchos cuadros en los que se representa a mujeres hermosas
tal como son, pero no he visto ningún cuadro de diamantes en el que se viera un
diamante tan hermoso corno el cuadro. ¿Cómo es posible? Aunque, ¿por qué lo
pregunto? Está claro. Los artistas no piensan en diamantes. Son pobres, sobre
todo cuando son jóvenes. Cuando uno es pobre no piensa en diamantes. Lo sé, lo
sé. He sido muy pobre, ¿cómo podría haberme unido a la Brigada de Bomberos de
Estambul si hubiera tenido una moneda para morder entre los dientes? Por eso sé
que cuando uno es pobre no piensa en diamantes. Hay días y semanas, y en los
malos tiempos incluso meses, en los que el pensamiento de los diamantes ni
siquiera pasa por la mente, pero no años, porque el corazón del hombre está
lleno de esperanza. Sólo si uno es rico puede pensar en diamantes todo el
tiempo. ¿Quién de los presentes en esta sala piensa a menudo en los diamantes, excepto
yo y el señor Morpurgo? Sería una pérdida de tiempo. Lo mismo sucede con los
artistas, no piensan en diamantes, pintan acerca de lo que piensan, y piensan mucho
en mujeres, porque el hombre más pobre debe pensar en mujeres todo el tiempo,
por ese motivo los artistas pintan mujeres y más mujeres y más mujeres, y
adquieren mucha práctica en ello, y llegan a pintarlas muy bien. Pero no
piensan en diamantes, y no aprenden nunca a ponerlos en el lienzo como se ven
ahora sobre los hombros de mi mujer, no resplandecen con tonos azules y verdes
y rojos, sino que son blancos todo el tiempo. Para personas corno yo y el señor
Morpurgo eso no es justo.
GUERRA
Un reguero de pólvora, Rebecca West, p. 301
En cuanto al gran proceso de Núremberg,
el juicio de Göring y de los jerarcas nazis, se ha convertido en un
desagradable foco de infección. Discutir al respecto con conocimiento de lo que
pasó de verdad durante el juicio es una forma tan segura de volverse impopular como
hablar en Inglaterra de asuntos americanos con un conocimiento mínimo de la
Constitución de Estados Unidos; en este caso, el punto en que más irritación
provocan los informados entre los desinformados es la condena de los acusados
miembros de las fuerzas armadas. Los desinformados querían creer que los
generales y almirantes nazis fueron juzgados por obedecer órdenes, órdenes como
las que podría haber dado cualquier gobierno Aliado a sus almirantes y
generales, aunque esto no sea cierto ni en un solo caso. Tan fervientemente
desean creérselo los desinformados, que esa creencia debe responder a una
profunda necesidad; de hecho, el cinismo acerca del juicio de Núremberg ejerce
los mismos efectos sobre los supervivientes de la Segunda Guerra Mundial que el
cinismo acerca del Tratado de Versalles tuvo sobre los de la Primera Guerra
Mundial. Si en 1918 fuimos culpables del bloqueo de Alemania tras el cese de
las hostilidades, y de condenarla a la hambruna por exigir avarientas
reparaciones de guerra, si en 1946 fuimos culpables de condenar a los líderes
nazis con cargos falsos, entonces no somos mejores que nuestros enemigos. Si no
somos mejores que nuestros enemigos, quienes -en esto hay unanimidad- eran
viles, entonces sería pura hipocresía por nuestra parte ir a la guerra por una
cuestión moral. Esto no sólo impedirá que desencadenemos una guerra de
agresión: hace ridículo que nos defendamos. ¿Qué importancia puede tener que
los habitantes de otro país nos invadan para gobernarnos, puesto que no pueden
ser peores que nosotros? Es éste un mecanismo que se pondrá en marcha cada vez
que un poder victorioso inicie una gran actuación internacional después de una
guerra. Podría llamárselo mecanismo defensivo, pero no puede defender a nadie
contra nada. Muchos ingleses recurrieron a él en los años veinte y treinta,
pero Hitler declaró la guerra de todas formas.
NUREMBERG
Un reguero de pólvora, Rebecca West, p. 161
A menudo me decía la gente: «Ha
tenido usted que conocer a personas muy interesante cuando estuvo en el juicio
de Núremberg ». Así había sido, en efecto. Hubo un hombre con una sola pierna y
una niña de doce años que cultivaban enormes ciclámenes en un invernadero, y
milagrosamente conseguían venderlos en un país en el que no había más comercio
que el deprimente y público de víveres, y trueque de todo lo sucio y usado.
Desde entonces, se habían apoderado de toda Alemania Occidental. Incluso aquí,
en Hamburgo, una ciudad que después de la guerra parecía estar tan muerta como
un animal eviscerado, un comercio pertinaz estaba alcanzando un crecimiento
prodigioso.
Esto era en parte consecuencia de
los esfuerzos de los Aliados: de los grandes desconocidos, como un ingeniero de
minas de Doncaster llamado Harry Collins, hoy en día Director de Producción de
la División de Durham de la Junta Nacional del Carbón, quien realizó una de las
mayores gestas administrativas de la historia al dirigirse al Ruhr en minas,
alimentar a los mineros muertos de hambre, improvisar alojamientos e
infundirles ánimos para volver a extraer carbón del subsuelo; de los
funcionarios que llevaron a cabo la reforma monetaria de 1948, que fue
introducida por británicos, americanos y franceses con auténtica consideración
por los intereses de Alemania, a diferencia de la Unión Soviética. Pero el
factor esencial fue el prurito de la industria, el anhelo del trabajo, que
forzó a los alemanes a fabricar cosas; y venderlas, al hombre de una sola
pierna a seguir cojeando y dando tumbos entre su calorífero de leña y su
invernadero.
A los visitantes del extranjero,
el espectáculo de este renacimiento les resultaba en ocasiones bastante
repelente. Su repulsión era casi del todo injusta, aunque inevitable. Hamburgo
presentaba un espectáculo deplorable desde el punto de vista altruista con el
que Gran Bretaña se encontraba por entonces firmemente identificada. Con
excepción de la fila de casas que bordeaban el puerto y el gran lago Alster, la
ciudad entera era tierra devastada. Alrededor de ella se extendía tejido
cicatricial, más repelente que los daños similares en la City de Londres,
Plymoutb, Hull o Bristol, no sólo porque los destrozos eran mayores aquí, sino
porque la zona estaba desolada, pero no despoblada. Rebosaba de gente cansada y
polvorienta, zafia por la falta de intimidad, que seguía viviendo en sótanos y
refugios antiaéreos cuatro años después de acabada la guerra, y claramente aún
no había salido de ella. Estas personas parecían no haberse enterado de que
reinaba la paz, porque había tantas malas noticias a su alrededor que no habían
tenido tiempo de escuchar las buenas. Muchas de ellas parecían tener hambre, y
de hecho estaban hambrientas. Las comidas que hacían encima de puertas viejas o
cajas de embalar en los refugios antiaéreos eran lastimosas. Algunos ni
siquiera tenían dinero para comprar los alimentos racionados.
DOCTOR FRANK
Un reguero de pólvora, Rebecca West, p. 71
Con todos sus fallos, el sistema
consiguió llevar a los viajeros a Núremberg a su debido tiempo. Al instante se
hizo evidente una brecha entre quienes habían venido al juicio para asistir,
digamos, a la apertura y a estas últimas dos sesiones, y aquellos que tenían
una experiencia más prolongada de las sesiones. El tribunal había promulgado una
directiva prohibiendo que se les sacaran fotos a los acusados en el momento en
que se les comunicaran las sentencias. A algunos periodistas que acababan de
llegar, esto les pareció una escandalosa intromisión en las prerrogativas de la
prensa, e incluso algunos historiadores pensaron que el registro filmado del
caso quedaría de este modo lamentablemente incompleto. Ahora bien, los que
llevaban meses acudiendo a la sala de audiencias eran, en su mayoría, de otra
opinión.
La cuestión no era baladí, porque
existía la certeza de que varios de los acusados serían sentenciados a muerte.
Daba la impresión de que cuando no se había visto nunca a un hombre, o se lo
había visto sólo una o dos veces, no había nada ofensivo en la idea de
fotografiarlo mientras se lo sentenciaba a muerte, pero cuando se lo había visto
a menudo, la idea dejaba de resultar atractiva. Los corresponsales que habían
asistido al juicio un día tras otro sabían cuánto odiaban los acusados esos
momentos de cada sesión en que la rutina consistía en poner en acción las
cámaras. La mayor parte de ellos echaba mano de sus gafas oscuras en cuanto se
encendían las luces penetrantes y ácidas de los focos, con una adustez que
significaba que hacían algo más que meramente intentar proteger sus ojos; y los
que recurrían más a menudo a esas gafas oscuras eran aquellos que habían
manifestado mayor arrepentimiento. El doctor Frank, que había masacrado Polonia
y se había visto empujado por el remordimiento a una conversión al catolicismo
que las autoridades juzgaban sincera, era siempre el primero en alargar la mano
hacia el estuche de sus gafas. Puede que fuese justo colgar a estos hombres,
pero no podía serlo sacarles fotos mientras se les comunicaba que iban a ser
ahorcados. En efecto, cuando la sociedad tiene que lastimar a una persona,
tiene que hacerle el menor daño posible, y debe proteger su orgullo en la
medida que pueda, so pena de que se extiendan por esa sociedad sentimientos de
los que impulsan a la gente a cometer actos por los que acaban en la horca.
VERDUGO
Un reguero de pólvora, Rebecca West, p. 109
De hecho, morían por una lenta
estrangulación. En el pasado, ésa era considerada la forma de morir en la
horca. Un cabo suelto de la horca se pasaba por una anilla en el poste del patíbulo
y cuando la víctima se estaba balanceando en la cuerda, el verdugo tiraba del
cabo y la estrangulaba. El sistema de caída se introdujo con la esperanza de
que la caída por la trampilla le dislocara el cuello al condenado, causándole
la muerte instantánea; pero aun así, siguieron muriendo estrangulados.
Ningún médico, ningún abogado,
ningún humanitarista declarado se tomaron la molestia de averiguar por qué
había fallado el sistema. Esa tarea quedó para un zapatero analfabeto de
Lincolnshire llamado William Marwood, al que obsesionaban los ahorcamientos. Pensaba
en ellos todo el día mientras se afanaba sobre sus botas y zapatos; y lo asaltó
la idea de que los ahorcados seguían padeciendo el dolor del estrangulamiento
porque la distancia habitual del patíbulo al suelo no era lo bastante grande
para provocar una caída suficientemente violenta. También advirtió que, para
conseguir una caída lo bastante violenta para partir el espinazo, pero no tanto
que arrancara de cuajo la cabeza del tronco, la longitud de la soga había de
ser proporcional al peso del cuerpo. Marwood consiguió ser nombrado ejecutor público
en 1871, y enseguida se comprobó que su sistema reducía considerablemente el
riesgo de estrangulamiento, pero nunca logró poner a punto más que una fórmula
aproximada para calcular la longitud de la cuerda. Ésta sería perfeccionada por
uno de sus sucesores, James Berry. Estos verdugos hicieron una considerable
obra de caridad para con los más derrotados de los hijos de los hombres, y nos
quitaron a todos de encima la culpa de torturar, además de matar. Sin embargo,
nunca se lo agradecemos; sus nombres no están grabados con letras de oro, como
los de Shaftesbury y Schweitzer, y si nos los encontráramos de frente, bien
pocos recordaríamos de inmediato que les debemos reverencia y gratitud; y a los
que más les costará acordarse es a quienes han aguardado ante la puerta de una
prisión a la hora de un ahorcamiento. Ahí no hay nada que ver antes de la
ejecución, excepto un cartel blanco clavado en la gran puerta exterior de la
prisión, en el que se anuncia que un hombre va a ser colgado esa mañana.
Después de la ejecución, asoma un guardia por una puerta pequeña que se abre en
la más grande, retira el cartel y se lo lleva dentro, para al rato volver a
sacarlo y colgarlo otra vez, con dos avisos más grapados al primero: el uno, la
declaración del alguacil de que el reo ha sido colgado; el otro, la declaración
de un médico de que ha examinado al ahorcado y ha comprobado su fallecimiento. Aun
así, la gente acude de bien lejos para asistir a este espectáculo casi
invisible, y a menudo se traen a los niños, que a veces habrán berreado para
que los traigan; luego se marchan con la satisfacción de los que han alcanzado
el orgasmo. Nunca ha habido un acontecimiento lícito que apestara tanto a
ilícito como éste.
INCIPIT 1.191. UN REGUERO DE POLVORA / REBECCA WEST
El asombroso rostro del enemigo del mundo ascendió raudo hacia el avión: pinares sobre pequeñas colinas, lagos de un brillante verde grisáceo, tan pequeños que nunca podrían ser más que lisos, jardines crecidos con judías lengua de fuego, campos con hileras de trigo cobrizo, pueblos de tejados bermejos con gabletes precipitosos e iglesias con campanarios con forma de calabaza que no hubiese podido diseñar ningún arquitecto de más de siete años. Otro minuto más y el avión descendió hasta el corazón mismo del enemigo del mundo: Núremberg. No hicieron falta muchos minutos más para llegar al tribunal donde el enemigo del mundo estaba siendo juzgado por sus pecados. Ahora bien, esos pecados quedaron olvidados de inmediato ante el asombro suscitado por el conflicto que sacudía a ese tribunal, aun no teniendo nada que ver con los cargos sometidos a su consideración. El juicio se hallaba entonces en su undécimo mes y el tribunal era una ciudadela de tedio. Todos los que estaban en su ámbito eran presa de un extremo aburrimiento. Con esto no pretendo decir que el trabajo que se traían entre manos fuera desempeñado con languidez: una disciplina férrea se oponía frontalmente al tedio y no cedía ni un centímetro. Pero, con todo y con eso, el proceso más espectacular que se estaba desarrollando ante el tribunal por entonces era un cierto tira y afloja respecto al tiempo.
NUREMBERG
Un reguero de pólvora, Rebecca West, p. 34
Los Aliados reaccionaban en
consonancia con sus historias respectivas. Los franceses, muchos de los cuales
habían pasado por campos de concentración, descansaban y leían; ninguna otra
nación ha soportado más guerras ni se ha mostrado más persistente en la
creación de una cultura, y así es corno lo ha hecho. Los británicos habían
recreado un asentamiento de montaña en la India; quien desee saber cómo vivían
en Núremberg no tiene más que leer las primeras obras de Rudyard Kipling. En
chalés situados entre los pinos bávaros, rodeados de muebles de estilo
modernista alemán, que parecían todos dotados de un enorme trasero, lograron
una triple hazaña de reconstrucción: personas que estaban en Alemania fingían que
se hallaban en la selva fingiendo que estaban en Inglaterra. Los americanos
daban esas enormes fiestas cuyo modelo quedó establecido en tiempos de los
pioneros, cuando la gente que vivía en poblados diseminados se reunía con tan
poca frecuencia que no permitir que la cordialidad llegara al máximo de la
escala habría supuesto agotar a los caballos para nada; por lo demás, se
enfrentaban a la decepción. Hágase lo que se quiera con América, el hecho es que
sigue siendo vasta, y la consecuencia es que en una tierra en la que la gente
vive subyugada por la idea de la gran ciudad, la mayoría de las ciudades son
pequeñas. Y he aquí que los hijos de esas gentes, que habían cruzado un gran
océano creyendo que iban a ver algo prodigioso, se encontraban otra vez en una
pequeña ciudad, más pequeña que cualquiera de las pequeñas localidades de las
que habían huido.
Porque una ciudad pequeña es un
lugar en el que no hay nada que se pueda comprar con dinero; y en Núremberg,
como en todas las ciudades alemanas por aquel entonces, la facultad de adquirir
había caído en el olvido. Los nuremburgueses acudían a trabajar en tranvías
cochambrosos enganchados de tres en tres; así que es de suponer que pagarían
sus billetes. Compraban los escasos víveres a su disposición en tiendas tan
desabastecidas que resultaba difícil asociarlas con la satisfacción de un
apetito cualquiera. Compraban combustible; no mucho, porque era verano, pero sí
lo suficiente para cocinar y para cubrir lo que sentían, con una urgencia mucho
más imperiosa de lo que cabría imaginar: la necesidad de alumbrarse.
GÖRING EN NUREMBERG
Un reguero de pólvora, Rebecca West, p. 31
Y aunque todo el mundo llevaba
años leyendo noticias sorprendentes acerca de Göring, aún conseguía sorprender.
Era tan blando. Ocasionalmente vestía uniforme de las Fuerzas Aéreas alemanas y
a veces un liviano traje veraniego del peor gusto, y ambos le estaban muy
anchos, dando la impresión de que estaba preñado. Tenía el cabello castaño
espeso y juvenil, la tosca piel brillante de un actor que lleva décadas usando
maquillaje y las arrugas preternaturalmente
profundas del drogadicto. El conjunto venía a ser algo así como la cabeza del
muñeco de un ventrílocuo. Parecía infinitamente corrupto y actuaba de forma
ingenua. Cuando los abogados de los demás acusados se acercaban a la puerta
para recibir instrucciones, intervenía a
menudo e insistía en instruirlos él en persona, a despecho de la evidente
cólera de los imputados, que, en verdad, debía de ser muy intensa, puesto que
la mayor parte de ellos bien podían pensar que, de no haber sido por Göring,
nunca habrían tenido que contratarlos en absoluto. Uno de los abogados era un hombrecillo
diminuto de aspecto muy judío y cuando se ponía en pie ante el banquillo,
llegándole la cabeza a duras penas a la parte superior del mismo, y sacudía la
toga con irritación, porque la sonriente máscara inexpresiva de Göring se
cernía entre su cliente y él, parecía como si un ventrílocuo hubiese organizado
una pelea entre dos marionetas.
La apariencia de Göring remitía
con fuerza, aunque de forma oscura, al sexo. La historia ha demostrado que sus
líos amorosos con mujeres desempeñaron en varias ocasiones un papel decisivo en
el desarrollo del Partido Nacional Socialista, pero él tenía el aspecto de una
persona que jamás alzaría la mano contra una mujer, salvo para algo mucho más
peculiar que la gentileza. No se parecía a ningún tipo reconocido de
homosexual, pero resultaba femenino. A veces, particularmente cuando estaba de
buen humor, recordaba a la madama de un burdeL A última hora de la mañana, se
puede ver a sus semejantes asomadas a las puertas de las empinadas calles de Marsella,
con la máscara de la afabilidad profesional aún fija en el rostro, aunque estén
relajadas y ociosas, con sus gordos gatos restregándose contra sus faldones.
Ciertamente, en él se había producido una concentración de todo lo que era
apetito y elaborados proyectos para saciado, y aun así daba la sensación de sed
en el desierto. No importa qué acueductos hubiese mandado levantar para
acarrear agua hasta su campamento, alguna aberración de la arquitectura había
permitido que ésta se saliese y derramase por las arenas mucho antes de llegar
a él. En ocasiones, incluso ahora, chascaba los gruesos labios como si fuese un
hombre bien alimentado al que aún no le hubiese llegado la noticia de que se
iban a suspender sus comidas. De todos esos acusados, era el único que, de
haber tenido la oportunidad, habría salido del Palacio de Justicia y vuelto a
apoderarse de Alemania, para convertirla en la representación de la fantasía
privada que lo había llevado al banquillo.
RUDOLF HESS EN NUREMBERG
Un reguero de pólvora, Rebecca West, p. 29
Tan venidas a menos estaban sus
personalidades, que resultaba difícil recordar quién era quién, incluso después
de llevar una días ahí sentada mirándolos; los que destacaban se definían más
bien por alguna rareza que por su carácter.
Hess resultaba llamativo porque
estaba claramente loco: tan claramente loco que parecía una vergüenza someterlo
a juicio. Tenía la tez cenicienta y esa extraña facultad, propia de los
lunáticos, de adoptar posturas forzadas que ninguna persona sana podría
mantener más que unos pocos minutos, y quedarse contorsionado durante horas.
Tenía la pinta de desclasado característica de los internos de un asilo
psiquiátrico: era evidente que su personalidad perturbada había borrado
cualquier indicio de su pasado. Daba la impresión de que su mente careciera de
superficie, como si hubiesen dinamitado todas las partes de la misma, menos la
profundidad donde moran las pesadillas. Schacht era igualmente llamativo porque
no podía estar más cuerdo, y por conseguir ser tan por completo igual a sí mismo
en esas circunstancias extraordinarias. Se sentaba de lado, de forma que su
alto cuerpo, tan rígido como un tablón, se apoyaba en el extremo del banquillo,
que le servía de respaldo y no para acodarse. Así, quedaba sentado en ángulo
recto respecto a los demás acusados y miraba por encima de sus cabezas: siempre
había sostenido que era muy superior a la banda de Hitler. De este modo
asimismo, se sentaba en ángulo recto respecto a la bancada de los jueces que lo
confrontaban: su argumento era que él era un destacado banquero internacional,
un hombre de lo más respetable, y no había tribunal en la tierra con derecho a
juzgarlo. Lo petrificaba la furia porque ese tribunal pretendiera disponer de
tal derecho. Podría haber sido un cadáver envarado por el rigor mortis, un
desagradable cadáver que se las había ingeniado para agravar el proceso de modo
que resultara particularmente difícil hacerlo encajar en su ataúd.
BERLIN 1946
Un reguero de pólvora, Rebecca West, p. 60
Era un automóvil excelente para
la Alemania ocupada. Recorrió zumbando la larga carretera arenosa que bordeaba
los alegres lagos suburbanos hasta que el horror individual del Berlín
bombardeado manifestó su personalidad de repente. Las distintas ciudades presentan
diferentes modos de desolación. A primera vista aquí no había escombros, y
pocos solares, sino kilómetro tras kilómetro de enormes casas huecas, depuradas
por el viento y la lluvia, meros diagramas de vivienda. Después de haberse
pasado la vida dibujando la opulenta arquitectura de los antiguos romanos y sus
descendientes renacentistas, Piranesi enloqueció en sus últimos años y se
dedicó a dibujar edificios igual de majestuosos,
pero despojados hasta mostrar el ladrillo desnudo, y entregados a la áspera
necesidad de ser prisiones. Berlín había experimentado precisamente ese mismo cambio.
Antaño presumía de muchas grandes avenidas, bordeadas de grandes casas,
ornamentadas con exceso. Los caparazones de esas casas aún se erguían. A menudo
podía imaginarse que la casa entera se mantenía en pie, aunque despojada de
todo ornamento, para servir a algún propósito utilitario: ser un mejor asilo o
cuartel. Pero las ventanas sin cristales miraban hacia dentro, a través de la ruina
sin habitaciones, hacia las otras ventanas sin cristales en el otro extremo, y
mostraban el cielo vacío más allá, en una mirada fija de demente.
No resultaba fácil saber qué
sentían los berlineses. Por la calle, las mujeres vestían abrigos de invierno
mejores que los que habíamos visto en lnglaterra en años. Los teatros estaban
abiertos: había un festival Oscar Wilde y por las fotos se veía que el
vestuario era muy bonito. Pero por descontado, ninguna persona, ninguna
institución, eran las mismas en esta ciudad que, mientras Londres era castigada
con látigos, lo había sido a su vez con escorpiones; una continuamente se
desconcertaba a su vez al dar con alguna forma familiar sin su contenido
acostumbrado. Los locales a pie de calle de los edificios en ruinas estaban
siendo restaurados como tiendas y un buen número de ellos abrían como
librerías. Las librerías alemanas rara vez -o nunca- habían resultado tan
acogedoras como lo son las mejores librerías inglesas, francesas o finlandesas,
pero sí habían constituido la desembocadura de un negocio editorial
inmensamente poderoso y eficiente. Ahora, sin embargo, meramente contenían propaganda
aliada y una cierta cantidad de volúmenes que brindaban a algunos autores
alemanes una clase de fama singularmente desagradable. Cada librería exhibía un
buen montón de ejemplares de unas pocas obras de desconocidos autores alemanes;
era obvio que cuando estos libreros habían retomado sus actividades con permiso
de los Aliados, se habían visto forzados a surtir sus estanterías recurriendo a
la exhumación de remanentes de títulos publicados antes de la guerra, que
habían resultado un fracaso y habían tenido que ser almacenados.
INCIPIT. 1.132. LA NOCHE INTERUMPIDA / REBECA WEST
El día era tan agradable que me hizo fantasear con la posibilidad de vivir lentamente, igual que se puede tocar un instrumento con lentitud. Fue hace unos cincuenta años, en un barrio de las afueras de Londres, una calurosa tarde de finales de mayo. Yo estaba con mis dos hermanas -Cordelia y mi gemela Mary- y nuestra prima Rosamund, sentada en el cuarto de estar de nuestra casa de Lovegrove. Hacía un calor de pleno verano y la luz se reflejaba en unas tiras color miel en el suelo, el aire que había sobre ellas titilaba repleto de motas de polvo y las abejas zumbaban alrededor de una rama violeta de viburno que había en un florero sobre la repisa de la chimenea. Las cuatro estábamos sumidas en una sensación de tranquilidad que nunca habíamos experimentado antes y que nunca volveríamos a experimentar después, porque al final de aquel trimestre iba a acabar nuestro paso por el colegio y ya habíamos hecho todos los exámenes que habilitaban nuestra entrada al mundo de los adultos. Nos sentíamos tan felices como unas prisioneras que acaban de huir de la cárcel, y es que todas habíamos odiado la infancia. En aquella época existía una creencia que ha ido creciendo con el paso del tiempo desde entonces: la de que los niños no pertenecen a la misma raza que los adultos y tienen distintos tipos de percepción e inteligencia que les permiten llevar una vida aislada y satisfactoria, una creencia que me parecía entonces -y me sigue pareciendo ahora- un absurdo total.
LA INFANCIA
La noche interrumpida, Rebeca West, p. 12
Un niño no es más que un adulto
sometido temporalmente a unas condiciones que inhabilitan su felicidad. En la
infancia se actúa bajo unas circunstancias tan incapacitantes desde el punto de
vista físico y mental que son comparables a las de alguien que ha sufrido un
terrible accidente o enfermedad; pero mientras que se tiene piedad de los
mutilados y los incapacitados porque no pueden caminar, han de ser
transportados por otras personas y no son capaces de comunicar sus necesidades
ni pensar con claridad, nadie siente piedad por los bebés, a pesar de que no
paran de llorar a causa de la frustración y el orgullo herido. Es cierto que cada
año que pasa mejora su situación y les otorga un poco más de autonomía, pero
todo eso no conduce más que a una trampa. En la infancia nos vemos obligados a vivir
en desventaja en el mundo de los adultos como miembros de una raza sometida que
encima ha de admitir que existen motivos para su sometimiento. Nadie puede negar
que los adultos saben más que los niños, pero eso no se debe a ningún tipo de
superioridad, sino a que conocen mejor las mentiras de este mundo por la
sencilla razón de que han vivido un poco más en él. Es como si se enviara al
desierto a un grupo de personas, a unos se les dieran brújulas y a otros no, y
aquellos que tuvieran brújulas trataran a los que no las tienen como si fueran
inferiores y se burlaran de ellos y los regañaran sin considerar la injusticia
de su condición, preocupándose al mismo tiempo amablemente por su seguridad.
Sigo creyendo que la infancia es un periodo de tremendo desequilibrio, y que aquellas
cuatro muchachas no éramos nada tontas al sentirnos aliviadas por haber llegado
al límite del desierto.
INCIPIT 968. LA FAMILIA AUBREY / REBECCA WEST
NAZISMO Y CASAS
Y es que la pasión alemana por construir por demás debió de contribuir en no poco a la llegada de los nazis al poder. Engendró una tributación elevada y la inestabilidad, como si se levantase sobre arenas movedizas, de· la estructura financiera de Alemania, e hizo recaer sobre la industria y el comercio alemanes la obligación de retribuir a sus directivos a una escala excesiva según los criterios de cualquier otro país europeo. Supuso asimismo un creciente agobio de las finanzas municipales, ya que la multiplicación de casas de campo con grandes terrenos propios significó que las redes de agua corriente, gas, electricidad Y alcantarillado tuvieron que cubrir un área cada vez más extensa, y el transporte y el mantenimiento de los caminos se convirtieron en un problema de peso. Éstos fueron los curiosos resultados de una preocupación n excesiva por los cuentos de hadas. pues eso, y no otra cosa, era el sueño que había detrás de tanta construcción de chalés. Se aprecia a a las claras en este castillo. Las ventanas de sus torres resultaban un tanto inútiles, a menos que Rapunzel dejara caer sus guedejas por ellas; sus extrañas estancias superiores, troceadas en formas extravagantes por la inmoderada escarpadura del tejado, sólo podía ocuparlas adecuadamente un hada madrina con una rueca; la escalera de mármol estaba destinada a que descendieran por ella un príncipe y una princesa, que habrían de vivir felices y comer perdices. La mayor desgracia del pueblo alemán tal vez haya sido que su último genio, Wagner, que floreció al mismo tiempo que se producían la unificación del país, sus conquistas militares y su hegemonía industrial, y que nunca ha visto amenazado su predominio por ningún artista posterior, se mantuviese tan cerca de los cuentos de hadas en sus obras mayores. Es como si Shakespeare hubiese confirmado su imperio de Dick Whittington y su gato, y de Juan y las habichuelas mágicas en la mentalidad inglesa; y significa que la imaginación germana se vio a la vez ricamente fecundada, y encadenada a una fantasía primitiva peligrosa para adultos civilizados.

















