Te quiero más que a la salvación de mi alma

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Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel
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INCIPIT 1.233. LA PRIMA ROSAMUND / REBECCA WEST


Nada volvió a ser igual de fascinante tras la muerte de mamá y Richard Quin. No puedo pensar en dos personas más felices y entretenidas que Mary y yo tras la boda de Cordelia, cuando nos quedamos solas con nuestra madre, nuestro hermano y Kate, pero aunque perder aquel calor,  aquel asombro y aquella alegría fue una tragedia peor que el hambre y la sed, también nos libró de los elementos más crueles del dolor. No nos preguntábamos adónde habían ido nuestros muertos ni pensábamos en que su destino podría haber sido otro que la podredumbre, no aborrecíamos aquella terrible pérdida. Nuestros muertos eran como las constelaciones; tal vez no pudiéramos tocarlos, pero no por eso dudábamos de su existencia. Sabíamos que estaban maravillosamente unidos y, aunque habríamos preferido un final más digno, sabíamos que su destino era para ellos algo tan propio como la música para nosotras. Aun así, tuvimos que dejar Lovegrove. Aquella casa nuestra podría habernos inclinado al pensamiento mágico; podríamos haber acabado recreando el pasado e instalándonos en él.


DIAMANTES


La prima Rosamund, Rebecca West, p. 134

-Por supuesto, no debe ser alguien muerto -dijo Nestor-. Por encima de todo, debe ser alguien que esté vivo. -Pero de pronto se golpeó en la frente-. Aun así, vivo o muerto, ¿quién puede pintar un collar de diamantes? He estado en muchos lugares y no he escatimado en museos, he visto muchos cuadros en los que se representa a mujeres hermosas tal como son, pero no he visto ningún cuadro de diamantes en el que se viera un diamante tan hermoso corno el cuadro. ¿Cómo es posible? Aunque, ¿por qué lo pregunto? Está claro. Los artistas no piensan en diamantes. Son pobres, sobre todo cuando son jóvenes. Cuando uno es pobre no piensa en diamantes. Lo sé, lo sé. He sido muy pobre, ¿cómo podría haberme unido a la Brigada de Bomberos de Estambul si hubiera tenido una moneda para morder entre los dientes? Por eso sé que cuando uno es pobre no piensa en diamantes. Hay días y semanas, y en los malos tiempos incluso meses, en los que el pensamiento de los diamantes ni siquiera pasa por la mente, pero no años, porque el corazón del hombre está lleno de esperanza. Sólo si uno es rico puede pensar en diamantes todo el tiempo. ¿Quién de los presentes en esta sala piensa a menudo en los diamantes, excepto yo y el señor Morpurgo? Sería una pérdida de tiempo. Lo mismo sucede con los artistas, no piensan en diamantes, pintan acerca de lo que piensan, y piensan mucho en mujeres, porque el hombre más pobre debe pensar en mujeres todo el tiempo, por ese motivo los artistas pintan mujeres y más mujeres y más mujeres, y adquieren mucha práctica en ello, y llegan a pintarlas muy bien. Pero no piensan en diamantes, y no aprenden nunca a ponerlos en el lienzo como se ven ahora sobre los hombros de mi mujer, no resplandecen con tonos azules y verdes y rojos, sino que son blancos todo el tiempo. Para personas corno yo y el señor Morpurgo eso no es justo.


GUERRA


Un reguero de pólvora, Rebecca West, p. 301

En cuanto al gran proceso de Núremberg, el juicio de Göring y de los jerarcas nazis, se ha convertido en un desagradable foco de infección. Discutir al respecto con conocimiento de lo que pasó de verdad durante el juicio es una forma tan segura de volverse impopular como hablar en Inglaterra de asuntos americanos con un conocimiento mínimo de la Constitución de Estados Unidos; en este caso, el punto en que más irritación provocan los informados entre los desinformados es la condena de los acusados miembros de las fuerzas armadas. Los desinformados querían creer que los generales y almirantes nazis fueron juzgados por obedecer órdenes, órdenes como las que podría haber dado cualquier gobierno Aliado a sus almirantes y generales, aunque esto no sea cierto ni en un solo caso. Tan fervientemente desean creérselo los desinformados, que esa creencia debe responder a una profunda necesidad; de hecho, el cinismo acerca del juicio de Núremberg ejerce los mismos efectos sobre los supervivientes de la Segunda Guerra Mundial que el cinismo acerca del Tratado de Versalles tuvo sobre los de la Primera Guerra Mundial. Si en 1918 fuimos culpables del bloqueo de Alemania tras el cese de las hostilidades, y de condenarla a la hambruna por exigir avarientas reparaciones de guerra, si en 1946 fuimos culpables de condenar a los líderes nazis con cargos falsos, entonces no somos mejores que nuestros enemigos. Si no somos mejores que nuestros enemigos, quienes -en esto hay unanimidad- eran viles, entonces sería pura hipocresía por nuestra parte ir a la guerra por una cuestión moral. Esto no sólo impedirá que desencadenemos una guerra de agresión: hace ridículo que nos defendamos. ¿Qué importancia puede tener que los habitantes de otro país nos invadan para gobernarnos, puesto que no pueden ser peores que nosotros? Es éste un mecanismo que se pondrá en marcha cada vez que un poder victorioso inicie una gran actuación internacional después de una guerra. Podría llamárselo mecanismo defensivo, pero no puede defender a nadie contra nada. Muchos ingleses recurrieron a él en los años veinte y treinta, pero Hitler declaró la guerra de todas formas.


NUREMBERG


Un reguero de pólvora, Rebecca West, p. 161

A menudo me decía la gente: «Ha tenido usted que conocer a personas muy interesante cuando estuvo en el juicio de Núremberg ». Así había sido, en efecto. Hubo un hombre con una sola pierna y una niña de doce años que cultivaban enormes ciclámenes en un invernadero, y milagrosamente conseguían venderlos en un país en el que no había más comercio que el deprimente y público de víveres, y trueque de todo lo sucio y usado. Desde entonces, se habían apoderado de toda Alemania Occidental. Incluso aquí, en Hamburgo, una ciudad que después de la guerra parecía estar tan muerta como un animal eviscerado, un comercio pertinaz estaba alcanzando un crecimiento prodigioso.

Esto era en parte consecuencia de los esfuerzos de los Aliados: de los grandes desconocidos, como un ingeniero de minas de Doncaster llamado Harry Collins, hoy en día Director de Producción de la División de Durham de la Junta Nacional del Carbón, quien realizó una de las mayores gestas administrativas de la historia al dirigirse al Ruhr en minas, alimentar a los mineros muertos de hambre, improvisar alojamientos e infundirles ánimos para volver a extraer carbón del subsuelo; de los funcionarios que llevaron a cabo la reforma monetaria de 1948, que fue introducida por británicos, americanos y franceses con auténtica consideración por los intereses de Alemania, a diferencia de la Unión Soviética. Pero el factor esencial fue el prurito de la industria, el anhelo del trabajo, que forzó a los alemanes a fabricar cosas; y venderlas, al hombre de una sola pierna a seguir cojeando y dando tumbos entre su calorífero de leña y su invernadero.

A los visitantes del extranjero, el espectáculo de este renacimiento les resultaba en ocasiones bastante repelente. Su repulsión era casi del todo injusta, aunque inevitable. Hamburgo presentaba un espectáculo deplorable desde el punto de vista altruista con el que Gran Bretaña se encontraba por entonces firmemente identificada. Con excepción de la fila de casas que bordeaban el puerto y el gran lago Alster, la ciudad entera era tierra devastada. Alrededor de ella se extendía tejido cicatricial, más repelente que los daños similares en la City de Londres, Plymoutb, Hull o Bristol, no sólo porque los destrozos eran mayores aquí, sino porque la zona estaba desolada, pero no despoblada. Rebosaba de gente cansada y polvorienta, zafia por la falta de intimidad, que seguía viviendo en sótanos y refugios antiaéreos cuatro años después de acabada la guerra, y claramente aún no había salido de ella. Estas personas parecían no haberse enterado de que reinaba la paz, porque había tantas malas noticias a su alrededor que no habían tenido tiempo de escuchar las buenas. Muchas de ellas parecían tener hambre, y de hecho estaban hambrientas. Las comidas que hacían encima de puertas viejas o cajas de embalar en los refugios antiaéreos eran lastimosas. Algunos ni siquiera tenían dinero para comprar los alimentos racionados.


DOCTOR FRANK


Un reguero de pólvora, Rebecca West, p. 71

Con todos sus fallos, el sistema consiguió llevar a los viajeros a Núremberg a su debido tiempo. Al instante se hizo evidente una brecha entre quienes habían venido al juicio para asistir, digamos, a la apertura y a estas últimas dos sesiones, y aquellos que tenían una experiencia más prolongada de las sesiones. El tribunal había promulgado una directiva prohibiendo que se les sacaran fotos a los acusados en el momento en que se les comunicaran las sentencias. A algunos periodistas que acababan de llegar, esto les pareció una escandalosa intromisión en las prerrogativas de la prensa, e incluso algunos historiadores pensaron que el registro filmado del caso quedaría de este modo lamentablemente incompleto. Ahora bien, los que llevaban meses acudiendo a la sala de audiencias eran, en su mayoría, de otra opinión.

La cuestión no era baladí, porque existía la certeza de que varios de los acusados serían sentenciados a muerte. Daba la impresión de que cuando no se había visto nunca a un hombre, o se lo había visto sólo una o dos veces, no había nada ofensivo en la idea de fotografiarlo mientras se lo sentenciaba a muerte, pero cuando se lo había visto a menudo, la idea dejaba de resultar atractiva. Los corresponsales que habían asistido al juicio un día tras otro sabían cuánto odiaban los acusados esos momentos de cada sesión en que la rutina consistía en poner en acción las cámaras. La mayor parte de ellos echaba mano de sus gafas oscuras en cuanto se encendían las luces penetrantes y ácidas de los focos, con una adustez que significaba que hacían algo más que meramente intentar proteger sus ojos; y los que recurrían más a menudo a esas gafas oscuras eran aquellos que habían manifestado mayor arrepentimiento. El doctor Frank, que había masacrado Polonia y se había visto empujado por el remordimiento a una conversión al catolicismo que las autoridades juzgaban sincera, era siempre el primero en alargar la mano hacia el estuche de sus gafas. Puede que fuese justo colgar a estos hombres, pero no podía serlo sacarles fotos mientras se les comunicaba que iban a ser ahorcados. En efecto, cuando la sociedad tiene que lastimar a una persona, tiene que hacerle el menor daño posible, y debe proteger su orgullo en la medida que pueda, so pena de que se extiendan por esa sociedad sentimientos de los que impulsan a la gente a cometer actos por los que acaban en la horca.


VERDUGO


Un reguero de pólvora, Rebecca West,  p. 109

De hecho, morían por una lenta estrangulación. En el pasado, ésa era considerada la forma de morir en la horca. Un cabo suelto de la horca se pasaba por una anilla en el poste del patíbulo y cuando la víctima se estaba balanceando en la cuerda, el verdugo tiraba del cabo y la estrangulaba. El sistema de caída se introdujo con la esperanza de que la caída por la trampilla le dislocara el cuello al condenado, causándole la muerte instantánea; pero aun así, siguieron muriendo estrangulados.

Ningún médico, ningún abogado, ningún humanitarista declarado se tomaron la molestia de averiguar por qué había fallado el sistema. Esa tarea quedó para un zapatero analfabeto de Lincolnshire llamado William Marwood, al que obsesionaban los ahorcamientos. Pensaba en ellos todo el día mientras se afanaba sobre sus botas y zapatos; y lo asaltó la idea de que los ahorcados seguían padeciendo el dolor del estrangulamiento porque la distancia habitual del patíbulo al suelo no era lo bastante grande para provocar una caída suficientemente violenta. También advirtió que, para conseguir una caída lo bastante violenta para partir el espinazo, pero no tanto que arrancara de cuajo la cabeza del tronco, la longitud de la soga había de ser proporcional al peso del cuerpo. Marwood consiguió ser nombrado ejecutor público en 1871, y enseguida se comprobó que su sistema reducía considerablemente el riesgo de estrangulamiento, pero nunca logró poner a punto más que una fórmula aproximada para calcular la longitud de la cuerda. Ésta sería perfeccionada por uno de sus sucesores, James Berry. Estos verdugos hicieron una considerable obra de caridad para con los más derrotados de los hijos de los hombres, y nos quitaron a todos de encima la culpa de torturar, además de matar. Sin embargo, nunca se lo agradecemos; sus nombres no están grabados con letras de oro, como los de Shaftesbury y Schweitzer, y si nos los encontráramos de frente, bien pocos recordaríamos de inmediato que les debemos reverencia y gratitud; y a los que más les costará acordarse es a quienes han aguardado ante la puerta de una prisión a la hora de un ahorcamiento. Ahí no hay nada que ver antes de la ejecución, excepto un cartel blanco clavado en la gran puerta exterior de la prisión, en el que se anuncia que un hombre va a ser colgado esa mañana. Después de la ejecución, asoma un guardia por una puerta pequeña que se abre en la más grande, retira el cartel y se lo lleva dentro, para al rato volver a sacarlo y colgarlo otra vez, con dos avisos más grapados al primero: el uno, la declaración del alguacil de que el reo ha sido colgado; el otro, la declaración de un médico de que ha examinado al ahorcado y ha comprobado su fallecimiento. Aun así, la gente acude de bien lejos para asistir a este espectáculo casi invisible, y a menudo se traen a los niños, que a veces habrán berreado para que los traigan; luego se marchan con la satisfacción de los que han alcanzado el orgasmo. Nunca ha habido un acontecimiento lícito que apestara tanto a ilícito como éste.


INCIPIT 1.191. UN REGUERO DE POLVORA / REBECCA WEST


El asombroso rostro del enemigo del mundo ascendió raudo hacia el avión: pinares sobre pequeñas colinas, lagos de un brillante verde grisáceo, tan pequeños que nunca podrían ser más que lisos, jardines crecidos con judías lengua de fuego, campos con hileras de trigo cobrizo, pueblos de tejados bermejos con gabletes precipitosos e iglesias con campanarios con forma de calabaza que no hubiese podido diseñar ningún arquitecto de más de siete años. Otro minuto más y el avión descendió hasta el corazón mismo del enemigo del mundo: Núremberg. No hicieron falta muchos minutos más para llegar al tribunal donde el enemigo del mundo estaba siendo juzgado por sus pecados. Ahora bien, esos pecados quedaron olvidados de inmediato ante el asombro suscitado por el conflicto que sacudía a ese tribunal, aun no teniendo nada que ver con los cargos sometidos a su consideración. El juicio se hallaba entonces en su undécimo mes y el tribunal era una ciudadela de tedio. Todos los que estaban en su ámbito eran presa de un extremo aburrimiento. Con esto no pretendo decir que el  trabajo que se traían entre manos fuera desempeñado con languidez: una disciplina férrea se oponía frontalmente al tedio y no cedía ni un centímetro. Pero, con todo y con eso, el proceso más espectacular que se estaba desarrollando ante el tribunal por entonces era un cierto tira y afloja respecto al tiempo.


NUREMBERG


Un reguero de pólvora, Rebecca West, p. 34

Los Aliados reaccionaban en consonancia con sus historias respectivas. Los franceses, muchos de los cuales habían pasado por campos de concentración, descansaban y leían; ninguna otra nación ha soportado más guerras ni se ha mostrado más persistente en la creación de una cultura, y así es corno lo ha hecho. Los británicos habían recreado un asentamiento de montaña en la India; quien desee saber cómo vivían en Núremberg no tiene más que leer las primeras obras de Rudyard Kipling. En chalés situados entre los pinos bávaros, rodeados de muebles de estilo modernista alemán, que parecían todos dotados de un enorme trasero, lograron una triple hazaña de reconstrucción: personas que estaban en Alemania fingían que se hallaban en la selva fingiendo que estaban en Inglaterra. Los americanos daban esas enormes fiestas cuyo modelo quedó establecido en tiempos de los pioneros, cuando la gente que vivía en poblados diseminados se reunía con tan poca frecuencia que no permitir que la cordialidad llegara al máximo de la escala habría supuesto agotar a los caballos para nada; por lo demás, se enfrentaban a la decepción. Hágase lo que se quiera con América, el hecho es que sigue siendo vasta, y la consecuencia es que en una tierra en la que la gente vive subyugada por la idea de la gran ciudad, la mayoría de las ciudades son pequeñas. Y he aquí que los hijos de esas gentes, que habían cruzado un gran océano creyendo que iban a ver algo prodigioso, se encontraban otra vez en una pequeña ciudad, más pequeña que cualquiera de las pequeñas localidades de las que habían huido.

Porque una ciudad pequeña es un lugar en el que no hay nada que se pueda comprar con dinero; y en Núremberg, como en todas las ciudades alemanas por aquel entonces, la facultad de adquirir había caído en el olvido. Los nuremburgueses acudían a trabajar en tranvías cochambrosos enganchados de tres en tres; así que es de suponer que pagarían sus billetes. Compraban los escasos víveres a su disposición en tiendas tan desabastecidas que resultaba difícil asociarlas con la satisfacción de un apetito cualquiera. Compraban combustible; no mucho, porque era verano, pero sí lo suficiente para cocinar y para cubrir lo que sentían, con una urgencia mucho más imperiosa de lo que cabría imaginar: la necesidad de alumbrarse.


GÖRING EN NUREMBERG


Un reguero de pólvora, Rebecca West, p. 31

Y aunque todo el mundo llevaba años leyendo noticias sorprendentes acerca de Göring, aún conseguía sorprender. Era tan blando. Ocasionalmente vestía uniforme de las Fuerzas Aéreas alemanas y a veces un liviano traje veraniego del peor gusto, y ambos le estaban muy anchos, dando la impresión de que estaba preñado. Tenía el cabello castaño espeso y juvenil, la tosca piel brillante de un actor que lleva décadas usando maquillaje y las arrugas  preternaturalmente profundas del drogadicto. El conjunto venía a ser algo así como la cabeza del muñeco de un ventrílocuo. Parecía infinitamente corrupto y actuaba de forma ingenua. Cuando los abogados de los demás acusados se acercaban a la puerta para recibir  instrucciones, intervenía a menudo e insistía en instruirlos él en persona, a despecho de la evidente cólera de los imputados, que, en verdad, debía de ser muy intensa, puesto que la mayor parte de ellos bien podían pensar que, de no haber sido por Göring, nunca habrían tenido que contratarlos en absoluto. Uno de los abogados era un hombrecillo diminuto de aspecto muy judío y cuando se ponía en pie ante el banquillo, llegándole la cabeza a duras penas a la parte superior del mismo, y sacudía la toga con irritación, porque la sonriente máscara inexpresiva de Göring se cernía entre su cliente y él, parecía como si un ventrílocuo hubiese organizado una pelea entre dos marionetas.

La apariencia de Göring remitía con fuerza, aunque de forma oscura, al sexo. La historia ha demostrado que sus líos amorosos con mujeres desempeñaron en varias ocasiones un papel decisivo en el desarrollo del Partido Nacional Socialista, pero él tenía el aspecto de una persona que jamás alzaría la mano contra una mujer, salvo para algo mucho más peculiar que la gentileza. No se parecía a ningún tipo reconocido de homosexual, pero resultaba femenino. A veces, particularmente cuando estaba de buen humor, recordaba a la madama de un burdeL A última hora de la mañana, se puede ver a sus semejantes asomadas a las puertas de las empinadas calles de Marsella, con la máscara de la afabilidad profesional aún fija en el rostro, aunque estén relajadas y ociosas, con sus gordos gatos restregándose contra sus faldones. Ciertamente, en él se había producido una concentración de todo lo que era apetito y elaborados proyectos para saciado, y aun así daba la sensación de sed en el desierto. No importa qué acueductos hubiese mandado levantar para acarrear agua hasta su campamento, alguna aberración de la arquitectura había permitido que ésta se saliese y derramase por las arenas mucho antes de llegar a él. En ocasiones, incluso ahora, chascaba los gruesos labios como si fuese un hombre bien alimentado al que aún no le hubiese llegado la noticia de que se iban a suspender sus comidas. De todos esos acusados, era el único que, de haber tenido la oportunidad, habría salido del Palacio de Justicia y vuelto a apoderarse de Alemania, para convertirla en la representación de la fantasía privada que lo había llevado al banquillo.


RUDOLF HESS EN NUREMBERG


Un reguero de pólvora, Rebecca West, p. 29

Tan venidas a menos estaban sus personalidades, que resultaba difícil recordar quién era quién, incluso después de llevar una días ahí sentada mirándolos; los que destacaban se definían más bien por alguna rareza que por su carácter.

Hess resultaba llamativo porque estaba claramente loco: tan claramente loco que parecía una vergüenza someterlo a juicio. Tenía la tez cenicienta y esa extraña facultad, propia de los lunáticos, de adoptar posturas forzadas que ninguna persona sana podría mantener más que unos pocos minutos, y quedarse contorsionado durante horas. Tenía la pinta de desclasado característica de los internos de un asilo psiquiátrico: era evidente que su personalidad perturbada había borrado cualquier indicio de su pasado. Daba la impresión de que su mente careciera de superficie, como si hubiesen dinamitado todas las partes de la misma, menos la profundidad donde moran las pesadillas. Schacht era igualmente llamativo porque no podía estar más cuerdo, y por conseguir ser tan por completo igual a sí mismo en esas circunstancias extraordinarias. Se sentaba de lado, de forma que su alto cuerpo, tan rígido como un tablón, se apoyaba en el extremo del banquillo, que le servía de respaldo y no para acodarse. Así, quedaba sentado en ángulo recto respecto a los demás acusados y miraba por encima de sus cabezas: siempre había sostenido que era muy superior a la banda de Hitler. De este modo asimismo, se sentaba en ángulo recto respecto a la bancada de los jueces que lo confrontaban: su argumento era que él era un destacado banquero internacional, un hombre de lo más respetable, y no había tribunal en la tierra con derecho a juzgarlo. Lo petrificaba la furia porque ese tribunal pretendiera disponer de tal derecho. Podría haber sido un cadáver envarado por el rigor mortis, un desagradable cadáver que se las había ingeniado para agravar el proceso de modo que resultara particularmente difícil hacerlo encajar en su ataúd.


BERLIN 1946


Un reguero de pólvora, Rebecca West, p. 60

Era un automóvil excelente para la Alemania ocupada. Recorrió zumbando la larga carretera arenosa que bordeaba los alegres lagos suburbanos hasta que el horror individual del Berlín bombardeado manifestó su personalidad de repente. Las distintas ciudades presentan diferentes modos de desolación. A primera vista aquí no había escombros, y pocos solares, sino kilómetro tras kilómetro de enormes casas huecas, depuradas por el viento y la lluvia, meros diagramas de vivienda. Después de haberse pasado la vida dibujando la opulenta arquitectura de los antiguos romanos y sus descendientes renacentistas, Piranesi enloqueció en sus últimos años y se dedicó a dibujar  edificios igual de majestuosos, pero despojados hasta mostrar el ladrillo desnudo, y entregados a la áspera necesidad de ser prisiones. Berlín había experimentado precisamente ese mismo cambio. Antaño presumía de muchas grandes avenidas, bordeadas de grandes casas, ornamentadas con exceso. Los caparazones de esas casas aún se erguían. A menudo podía imaginarse que la casa entera se mantenía en pie, aunque despojada de todo ornamento, para servir a algún propósito utilitario: ser un mejor asilo o cuartel. Pero las ventanas sin cristales miraban hacia dentro, a través de la ruina sin habitaciones, hacia las otras ventanas sin cristales en el otro extremo, y mostraban el cielo vacío más allá, en una mirada fija de demente.

No resultaba fácil saber qué sentían los berlineses. Por la calle, las mujeres vestían abrigos de invierno mejores que los que habíamos visto en lnglaterra en años. Los teatros estaban abiertos: había un festival Oscar Wilde y por las fotos se veía que el vestuario era muy bonito. Pero por descontado, ninguna persona, ninguna institución, eran las mismas en esta ciudad que, mientras Londres era castigada con látigos, lo había sido a su vez con escorpiones; una continuamente se desconcertaba a su vez al dar con alguna forma familiar sin su contenido acostumbrado. Los locales a pie de calle de los edificios en ruinas estaban siendo restaurados como tiendas y un buen número de ellos abrían como librerías. Las librerías alemanas rara vez -o nunca- habían resultado tan acogedoras como lo son las mejores librerías inglesas, francesas o finlandesas, pero sí habían constituido la desembocadura de un negocio editorial inmensamente poderoso y eficiente. Ahora, sin embargo, meramente contenían propaganda aliada y una cierta cantidad de volúmenes que brindaban a algunos autores alemanes una clase de fama singularmente desagradable. Cada librería exhibía un buen montón de ejemplares de unas pocas obras de desconocidos autores alemanes; era obvio que cuando estos libreros habían retomado sus actividades con permiso de los Aliados, se habían visto forzados a surtir sus estanterías recurriendo a la exhumación de remanentes de títulos publicados antes de la guerra, que habían resultado un fracaso y habían tenido que ser almacenados.


INCIPIT. 1.132. LA NOCHE INTERUMPIDA / REBECA WEST


El día era tan agradable que me hizo fantasear con la posibilidad de vivir lentamente, igual que se puede tocar un instrumento con lentitud. Fue hace unos cincuenta años, en un barrio de las afueras de Londres, una calurosa tarde de finales de mayo. Yo estaba con mis dos hermanas -Cordelia y mi gemela Mary- y nuestra prima Rosamund, sentada en el cuarto de estar de nuestra casa de Lovegrove. Hacía un calor de pleno verano y la luz se reflejaba en unas tiras color miel en el suelo, el aire que había sobre ellas titilaba repleto de motas de polvo y las abejas zumbaban alrededor de una rama violeta de viburno que había en un florero sobre la repisa de la chimenea. Las cuatro estábamos sumidas en una sensación de tranquilidad que nunca habíamos experimentado antes y que nunca volveríamos a experimentar después, porque al final de aquel trimestre iba a acabar nuestro paso por el colegio y ya habíamos hecho todos los exámenes que habilitaban nuestra entrada al mundo de los adultos. Nos sentíamos tan felices como unas prisioneras que acaban de huir de la cárcel, y es que todas habíamos odiado la infancia. En aquella época existía una creencia que ha ido creciendo con el paso del tiempo desde entonces: la de que los niños no pertenecen a la misma raza que los adultos y tienen distintos tipos de percepción e inteligencia que les permiten llevar una vida aislada y satisfactoria, una creencia que me parecía entonces -y me sigue pareciendo ahora- un absurdo total.


LA INFANCIA


La noche interrumpida, Rebeca West, p. 12

Un niño no es más que un adulto sometido temporalmente a unas condiciones que inhabilitan su felicidad. En la infancia se actúa bajo unas circunstancias tan incapacitantes desde el punto de vista físico y mental que son comparables a las de alguien que ha sufrido un terrible accidente o enfermedad; pero mientras que se tiene piedad de los mutilados y los incapacitados porque no pueden caminar, han de ser transportados por otras personas y no son capaces de comunicar sus necesidades ni pensar con claridad, nadie siente piedad por los bebés, a pesar de que no paran de llorar a causa de la frustración y el orgullo herido. Es cierto que cada año que pasa mejora su situación y les otorga un poco más de autonomía, pero todo eso no conduce más que a una trampa. En la infancia nos vemos obligados a vivir en desventaja en el mundo de los adultos como miembros de una raza sometida que encima ha de admitir que existen motivos para su sometimiento. Nadie puede negar que los adultos saben más que los niños, pero eso no se debe a ningún tipo de superioridad, sino a que conocen mejor las mentiras de este mundo por la sencilla razón de que han vivido un poco más en él. Es como si se enviara al desierto a un grupo de personas, a unos se les dieran brújulas y a otros no, y aquellos que tuvieran brújulas trataran a los que no las tienen como si fueran inferiores y se burlaran de ellos y los regañaran sin considerar la injusticia de su condición, preocupándose al mismo tiempo amablemente por su seguridad. Sigo creyendo que la infancia es un periodo de tremendo desequilibrio, y que aquellas cuatro muchachas no éramos nada tontas al sentirnos aliviadas por haber llegado al límite del desierto.


INCIPIT 968. LA FAMILIA AUBREY / REBECCA WEST


PRÓLOGO
La infancia del artista es uno de los grandes temas de la novela del siglo xx. Constituye el eje de coordenadas natural entre la Bildungsroman alemana -la tradicional novela de construcción esencialmente romántica- y las tendencias psicologistas que catapultaron la narración desde el espacio social en el que la había situado la novela realista del XIX hasta el abismo de la subjetividad privada que investigó el siglo xx. Algunos de los ilustres padres literarios de Rebecca West (como Henry James o Flaubert, por nombrar sólo dos influencias reconocidas por ella) desarrollaron una sofisticada estructura literaria para explicar hasta qué punto la construcción de nuestros yoes está entreverada tanto de pulsiones personales como de circunstancias familiares, sociales, políticas o hasta genéticas conformando un abanico no siempre descifrable, ni siquiera para nosotros mismos. No es de extrañar que obras como El corazón es un cazador solitario de Carson McCullers, Las tribulaciones del estudiante Torless de Musil, Retrato del artista adolescente de Joyce, La infancia de un jefe de Sartre, El diablo de Marina Tsvietáieva o esta memorable La familia Aubrey de West tengan todas algo en común a pesar de proceder de tradiciones tan distintas como el realismo, el existencialismo, el pragmatismo, el psicoanálisis o la literatura memorialística.

NAZISMO Y CASAS

De Un reguero de polvo de Rebecca West
Y es que la pasión alemana por construir por demás debió de contribuir en no poco a la llegada de los nazis al poder. Engendró una tributación elevada y la inestabilidad, como si se levantase sobre arenas movedizas, de· la estructura financiera de Alemania, e hizo recaer sobre la industria y el comercio alemanes la obligación de retribuir a sus directivos  a una escala excesiva según los criterios de cualquier otro país europeo. Supuso asimismo un creciente agobio de  las finanzas municipales, ya que la multiplicación de casas de campo con grandes terrenos propios significó que las redes de agua corriente, gas, electricidad Y alcantarillado tuvieron que cubrir un área cada vez  más extensa, y el transporte y el mantenimiento de los caminos se convirtieron en un problema de peso. Éstos fueron los curiosos resultados de una preocupación n excesiva por los cuentos de hadas. pues eso, y no otra cosa, era el sueño que  había detrás de tanta construcción de chalés. Se aprecia a a las claras en este castillo. Las ventanas de sus torres resultaban un tanto inútiles, a menos que Rapunzel dejara caer sus guedejas por ellas; sus extrañas estancias superiores, troceadas en formas extravagantes por la inmoderada escarpadura del tejado, sólo podía ocuparlas adecuadamente un hada madrina con una rueca; la escalera de mármol estaba destinada a que descendieran por ella un príncipe y una princesa, que habrían de vivir felices y comer perdices. La mayor desgracia del pueblo alemán tal vez haya sido que su último genio, Wagner, que floreció al mismo tiempo que  se producían la unificación del país, sus conquistas militares y su hegemonía industrial, y que nunca ha visto amenazado su predominio por ningún artista posterior, se mantuviese tan cerca de los cuentos de hadas en sus obras mayores. Es como si Shakespeare hubiese confirmado su imperio de Dick Whittington y su gato, y de Juan y las habichuelas mágicas en la mentalidad inglesa; y significa que la imaginación germana se  vio a la vez ricamente fecundada, y encadenada a una fantasía primitiva peligrosa para adultos civilizados.

DE LA VIDA MODERNA

De El regreso del soldado de Rebecca West, p. 47-48
En aquella noche llena de frases interrumpidas porque terminarlas implicaba dolor siempre, de una existencia normal disuelta en lágrimas, los acordes de Beethoven sonaban serenos.
-Típico de ti, Jenny -dijo Kitty de pronto-, tocar Beethoven cuando la guerra es la que ha causado todo esto. Estaba segura de que, precisamente esta noche, elegirías tocar música alemana.

De manera que empecé una zarabanda de Pureen, una pieza alegre que te hace pensar en una mujer sana y regordeta bailando en un suelo de tierra en una vieja posada, rodeada de jarras de buena cerveza y de un mundo de sol y campos de mayo. Conforme tocaba me preguntaba si estas cosas existirían cuando Pureen compuso esta música, despojada de todo lo que no  sean risas o apetitos y satisfacciones básicas, como mucho el lamento del amor no correspondido. ¿Por qué la vida moderna había traído consigo estos horrores que hacen que las antiguas tragedias parezcan espectáculos de guardería? Tal vez se debe a que la ambición de algunos hombres ha alterado en exceso el mundo exterior, que es lo que engendra la vida. Ahora hay ciudades, e incluso los árboles y las flores ya no son como solían ser; las hojas de azafrán en el césped, cuyas aristas parecían blancas al iluminarlas el haz de luz que salía de la ventana que había abierto Chris, deberían brotar del suelo en acantilados mediterráneos; el alerce dorado un poco más allá debería estar proyectando su alargada sombra sobre pequeños hombres de piel amarilla que atraviesan una planicie china. Detrás de la cabeza de Chris, de pie, quieto frente a la ventana abierta, un reflector cortaba la oscuridad en todas las direcciones corno una espada blandida entre las estrellas.
En la imagen, Rebecca West

INCIPIT 454. EL REGRESO DEL GUERRERO / REBECA WEST

Por favor, ¡no empieces a ponerte nerviosa! –protestó Kitty-. ¡Si a las mujeres nos diera por preocuparnos en estos tiempos cada vez que nuestros maridos pasan quince días sin escribir ... ! Y además, si estuviera en algún sitio interesante, en algún lugar realmente peligroso, habría encontrado la manera de hacérmelo saber, en lugar de limitarse a un simple «en alguna parte de Francia». Seguro que está bien. Estábamos en la habitación del bebé. Me había hecho el propósito de no entrar allí nunca más después de su muerte, pero me había encontrado de repente con Kitty en el preciso momento en que metía la llave en la cerradura y me había detenido a mirar aquella habitación de techos altos, toda en blanco y colores claros, tan insoportablemente alegre y familiar, conservada a todos los efectos como si siguiera habiendo un niño en la casa. Era el primer día verdaderamente primaveral del año y el sol entraba a raudales por

NAZIS

De Un reguero de pólvora de Rebeca West, p.30-31
Algunos de los demás seguían siendo individuos. Streicher era patético, porque obviamente era la comunidad la culpable de sus pecados, no él. Era un viejo rijoso de los que causan  problemas en los parques públicos, y una Alemania sana lo habría encerrado en un manicomio mucho antes. Baldur van Schirach, el líder de las juventudes, sorprendía porque parecía una mujer de una forma que no es común entre los hombres que parecen mujeres. Era como ver sentada ahí a una institutriz pulcra y apocada; bonita no, pero siempre perfectamente aseada y en quien se podía tener total confianza de que nunca interrumpiría cuando hubiese visitas: podría ser Jane Eyre. Y aunque todo el mundo llevaba años leyendo noticias sorprendentes acerca de Goring, aún conseguía sorprender. Era tan blando. Ocasionalmente vestía uniforme de las Fuerzas Aéreas alemanas y a veces un liviano traje veraniego del peor gusto, y ambos le estaban muy anchos, dando la impresión de que estaba preñado. Tenía el cabello castaño espeso y juvenil, la tosca piel brillante de un actor que lleva décadas usando maquillaje y las arrugas preternaturamente profundas del drogadicto. El conjunto venía a ser algo así como la cabeza del muñeco de un ventrílocuo. Parecía infinitamente corrupto y actuaba de forma ingenua. Cuando los abogados de los demás acusados se acercaban a la puerta para recibir instrucciones, intervenía a menudo e insistía en instruirlos él en persona, a despecho de la evidente cólera de los imputados, que, en verdad, debía de ser muy intensa, puesto que la mayor parte de ellos bien podían pensar que, de no haber sido por Goring, nunca habrían tenido que contratarlos en absoluto. Uno de los abogados era un hombrecillo diminuto de aspecto muy judío y cuando se ponía en pie ante el banquillo, llegándole la cabeza a duras penas a la parte superior del mismo, y sacudía la toga con irritación, porque la sonriente máscara inexpresiva de Goring se cernía entre su cliente y él, parecía como si un ventrílocuo hubiese organizado una pelea entre dos marionetas.

La apariencia de Goring remitía con fuerza, aunque de forma oscura, al sexo. La historia ha demostrado que sus líos amorosos con mujeres desempeñaron en varias ocasiones un papel decisivo en el desarrollo del Partido Nacional Socialista, pero él tenía el aspecto de una persona que jamás alzaría la mano contra una mujer, salvo para algo mucho más peculiar que la gentileza. No se parecía a ningún tipo reconocido de homosexual, pero resultaba femenino. A veces, particularmente cuando estaba de buen humor, recordaba a la madama de un burdel. A última hora de la mañana, se puede ver a sus semejantes asomadas a las puertas de las empinadas calles de Marsella, con la máscara de la afabilidad profesional aún fija en el rostro, aunque estén relajadas y ociosas, con sus gordos gatos restregándose contra sus faldones. Ciertamente, en él se había producido una concentración de todo lo que era apetito y elaborados proyectos para saciarlo, y aun así daba la sensación de sed en el desierto. No importa qué acueductos hubiese mandado levantar para acarrear agua hasta su campamento, alguna aberración de la arquitectura había permitido que ésta se saliese y derramase por las arenas mucho antes de llegar a él. En ocasiones, incluso ahora, chascaba los gruesos labios como si fuese un hombre bien alimentado al que aún no le hubiese llegado la no tiria de que se iban a suspender sus comidas. De todos esos acusados, era el único que, de haber tenido la oportunidad, habría salido del Palacio de Justicia y vuelto a apoderarse de Alemania, para convertirla en la representación de la fantasía privada que lo había llevado al banquillo.

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