Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma
Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel
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FEMINISMO


Más intervenciones, Houellebecq, p. 131

Personalmente, siempre he considerado a las feministas unas amables gilipollas, en principio inofensivas, pero a quienes, por desgracia, su desarmante falta de lucidez vuelve peligrosas.En los años setenta las veíamos luchar a favor de la contracepción, el aborto, la libertad sexual, etc., justo como si el «sistema patriarcal» fuera un invento de esos machos malos malísimos, mientras que el objetivo histórico de los hombres era, obviamente, tirarse al máximo de tías posible sin cargar con una familia. Las pobres llevaban la ingenuidad hasta el punto de imaginarse que el amor lesbiano, condimento erótico apreciado por la casi totalidad de los heterosexuales activos, era un peligroso replanteamiento del poder masculino. Además manifestaban, y eso era lo más triste, un apetito incomprensible  por el mundo profesional y la vida de empresa; los hombres, que sabían desde hacía mucho tiempo a qué atenerse con  Respecto a la «libertad» y la «realización» mediante el trabajo, se carcajeaban por lo bajo.

PAIDEIA


Más intervenciones, Houellebecq, p. 131

En el enunciado de sus preguntas, percibo una sutil invitación a defender propuestas políticamente incorrectas, probablemente destacando pulsiones sexuales que supuestamente recorren la infancia; pero es un camino que no voy a tomar. En realidad, las pulsiones de la infancia no existen; son un invento puro y duro. En todos los casos que los medios de comunicación relatan con tanta complacencia, el niño es completa y absolutamente una víctima. Aun así, esta insistencia en la pedofilia y el incesto tiene algo de tranquilizador: el pedófilo me parece el chivo expiatorio ideal de una sociedad que organiza la exacerbación del deseo sin procurar los medios para satisfacerlo. En cierto sentido es normal (la publicidad, la economía en general se basan en el deseo, y no en la satisfacción); sin embargo, me parece útil recordar una verdad obvia: en las condiciones actuales de la economía sexual, el hombre maduro quiere follar, pero ya no tiene posibilidad de hacerlo; ni siquiera tiene realmente derecho a ello. Así que no es tan sorprendente que la emprenda contra el único ser incapaz de ofrecer resistencia: el niño.

El pedófilo ideal tiene cincuenta y dos años. Está calvo, ha echado barriga. Ingeniero comercial de una empresa en apuros, suele vivir en un extrarradio semirresidencial, en mitad de una zona siniestra; y no tiene ningún sentido del ritmo. Casado desde hace veintisiete años con una mujer de su edad, es católico practicante y honrado conocido de sus vecinos. Su vida sexual está lejos de ser un espectáculo de fuegos artificiales.


LA SEXUALIDAD


Más intervenciones, Houellebecq, p. 360

MH: El interés de la Iglesia católica por la sexualidad de sus fieles me parece francamente exagerado. Esto no se remonta a los orígenes del cristianismo. San Pablo es irreprochable, como de costumbre: «más vale casarse que arder»; y a veces magnífico: «serán una sola carne». Las cosas se complican claramente con San Agustín, pero esto no tiene consecuencias durante bastantes siglos. En realidad, las cosas degeneran por completo en la época moderna; sin duda, también ahí, por contaminación del protestantismo y del puritanismo que de este se deriva. Seguimos ahí, y confieso que me siento incomodísimo cuando oigo a diversos prelados sublevarse contra el uso del preservativo, sida o no sida; por el amor de Dios, ¿y a ellos qué demonios les importa?

Hace mucho tiempo que tengo la impresión de que la Iglesia ortodoxa se ha mostrado más sensata en este aspecto, y que ha sabido mantener esa actitud de tolerancia que fue propia de la Iglesia católica durante muchos siglos. Pero era una impresión difusa, que me costaba justificar en un texto (precisamente porque los ortodoxos son reacios a expresarse sobre el tema, en su opinión secundario), hasta que, en un artículo de Olivier Clément (está claro que siempre hay que volver a los buenos autores), di con esta cita, para mí luminosa, de Atenágoras I, patriarca de Constantinopla: «Si un hombre y una mujer se aman de verdad, no tengo derecho a entrar en su alcoba, todo lo que hacen es santo».


INCIPIT 1.396. MAS INTERVENCIONES / HOUELLEBECQ


Jacques Prévert es uno de esos hombres cuyos poemas aprendemos en el colegio. Resulta que amaba las flores, los pájaros, los barrios del viejo París, etc. Pensaba que el amor alcanzaba su plenitud en un ambiente de libertad; en general, estaba más bien a favor de la libertad. Llevaba gorra y fumaba Gauloises; a veces la gente lo confunde con Jean Gabin; por otra parte, fue él quien escribió los guiones de El muelle de las brumas, Las puertas de la noche, etc. También escribió el guión de Los niños del paraíso, considerado su obra maestra. Todas estas  son buenas razones para aborrecer a Jacques Prévert; sobre todo si uno lee los guiones que Antonin Artaud escribió en la misma época y que nunca se rodaron. Es lamentable comprobar que ese repugnante realismo poético, cuyo principal artífice fue Prévert, sigue causando estragos, y que la gente se lo atribuye a Leos Carax como si fuera un halago ( del mismo modo que Rohmer sería sin duda un nuevo Guitry, etc.). De hecho, el cine francés nunca se ha recuperado de la llegada del sonoro; acabará enterrado por su culpa, y bien está.

En la posguerra, más o menos en la misma época que Jean-Paul Sartre, Jacques Prévert tuvo un éxito enorme; a uno le impresiona, a su pesar, el optimismo de esa generación. En la actualidad, el pensador más influyente sería más bien Cioran.


FIESTA


Más intervenciones, Houellebecq, p. 69

El objetivo de la fiesta es hacernos olvidar que somos seres solitarios, miserables y condenados a morir; en otras palabras, evitar que nos convirtamos en animales. Por eso el hombre primitivo tenía un sentido festivo muy desarrollado. Un buen sahumerio de plantas alucinógenas, tres tamboriles y ya está: cualquier tontería lo divierte. Por el contrario, el occidental medio solo llega a un éxtasis insuficiente después de interminables fiestas tecno de las que sale sordo y drogado: no tiene sentido festivo alguno. Profundamente consciente de sí mismo, radicalmente ajeno a los demás, aterrorizado por la idea de la muerte, es completamente incapaz de cualquier exaltación. La pérdida de su condición animal lo entristece, le produce vergüenza y despecho; le gustaría ser un juerguista, o al menos hacerse pasar por tal. Menudo marrón.


INCIPIT 1.292. ANIQUILACION / MICHEL HOUELLEBECQ


Algunos lunes de los últimos días de noviembre, o de principios de diciembre, tenemos la sensación, sobre todo si uno es soltero, de estar en el corredor de la muerte. Hace mucho que las vacaciones han pasado y el nuevo año está todavía lejos; la proximidad de la nada es inhabitual.

El lunes 23 de noviembre, Bastien Doutremont decidió ir al trabajo en metro. Al apearse en la estación de Porte de Clichy, vio enfrente la inscripción de la que le habían hablado varios colegas los días anteriores. Eran un poco más de las diez de la mañana; el andén estaba desierto.

Se fijaba desde la adolescencia en los grafitis del metro parisino. A menudo los fotografiaba con su iPhone anticuado: debían de ir por la generación 23, él se había quedado en la 11. Clasificaba las fotos por estaciones y por líneas y les destinaba muchas carpetas en su ordenador. Era una afición, si se quiere, pero él prefería la expresión en principio más suave pero en el fondo más brutal de pasatiempo.


MUERTE


Aniquilación, Michel Houellebecq, p. 536

En realidad, hasta fecha muy reciente los códigos de cortesía vigentes en su medio social no habían restablecido la obligación de encubrir la propia agonía. La enfermedad en general había sido la primera en convertirse en obscena, el fenómeno se había propagado en Occidente a partir de los años cincuenta, primero en los países anglosajones; cualquier enfermedad, en cierto sentido, era ahora vergonzosa, y las mortales eran naturalmente las más vergonzosas de todas. Por otra parte, la muerte era la indecencia suprema, enseguida acordaron ocultarla todo lo posible. Se abreviaron las ceremonias funerarias; la innovación técnica de la incineración permitió acelerar sensiblemente los procedimientos, y en los años ochenta la situación ya estaba más o menos resuelta. Mucho más recientemente, las capas más ilustradas y progresistas de la sociedad habían optado por esconder asimismo la agonía. Se había vuelto inevitable, los moribundos habían defraudado la esperanza que se depositaba en ellos, a menudo habían sido reticentes a aceptar que su defunción fuera motivo de una megajuerga, se habían producido episodios desagradables. En estas circunstancias, las capas más ilustradas y progresistas de la sociedad habían pactado silenciar la hospitalización, la misión de los cónyuges, o, en su defecto, de los familiares más cercanos, era presentarla como un período de vacaciones. Si se prolongaba excesivamente, algunos habían recurrido a la falacia ya más insegura de un año sabático, pero que apenas resultaba creíble fuera de los ambientes universitarios; de todos modos, rara vez era necesaria, las hospitalizaciones largas habían pasado a ser la excepción, ya que la decisión de la eutanasia solía tomarse al cabo de unas semanas y hasta de unos días. La dispersión de las cenizas la realizaba anónimamente un miembro de la familia cuando había alguno, y si no un joven empleado de la notaría. Esta muerte solitaria, más solitaria de lo que había sido nunca desde los albores de la historia humana, había sido ensalzada en los últimos tiempos por los autores de diversas obras de autoayuda, los mismos que unos años antes enaltecían al dalái lama y más recientemente habían abrazado la ecología fundamental.


PATERNIDAD


Aniquilación, Michel Houellebecq, p. 534

Esta concepción tontamente reduccionista de los sociobiólogos respaldaba curiosamente una ya antigua concepción americana de la infancia, como seguía atestiguando la novela contemporánea norteamericana: cuanto más se reflejaban en ella, con el cinismo más repugnante, las relaciones profesionales, amistosas y amorosas, tanto más las relaciones con los niños se presentaban como una especie de espacio encantado, un islote mágico dentro de un océano de egoísmo; esto todavía podía comprenderse en el caso del bebé, que cuando acurruca su piel tierna contra tu hombro te hace pasar en unos segundos del paraíso al infierno di las rabietas sin motivo, en las que ya manifiesta su naturaleza tiránica y dominadora. El niño de ocho años, santificado como compañero en el béisbol y como travieso hombrecito, aún conserva su encanto; pero muy pronto las cosas se enturbian, como todo el mundo sabe. El amor de los padres a sus hijos es algo constatable, es una suerte de fenómeno natural, sobre todo en las mujeres; pero los hijos no corresponden nunca a este amor y nunca son dignos de recibirlo, el amor de los hijos a sus padres es absolutamente contra natura. Si por desgracia hubiesen tenido un hijo, se dijo Paul, ni a Prudence ni a él se les habría concedido la ocasión de reencontrarse. En cuanto llega a las orillas de la adolescencia, la primera tarea que el hijo se asigna es destruir a la pareja formada por sus padres, y en especial destruirlos en el ámbito sexual; no soporta que tengan una actividad sexual, sobre todo entre ellos, les aplica la lógica de que a partir del momento en que él ha nacido esta actividad ya no posee ninguna razón de ser, no constituye más que un asqueroso vicio de viejos. No es exactamente lo que Freud había enseñado; pero Freud, de todas formas, no había comprendido gran cosa de este asunto. Después de haber destruido a sus padres como pareja, el hijo se dedica a destruirlos como individuos, su preocupación principal es aguardar a que hayan muerto para entrar en posesión de la herencia, como lo demuestra claramente la literatura realista francesa del siglo XIX. Hay que darse con un canto en los dientes si no se esfuerzan en adelantar el momento de heredar, como en los escritos de Maupassant, que no inventaba nada, conocía mejor que nadie a los campesinos normandos. En fin, eso es, en general, lo que sucede con los hijos.


INCIPIT 899. SEROTONINA / MICHEL HOUELLEBECQ


Es un comprimido pequeño, blanco, ovalado, divisible.
Me despierto hacia las cinco o a veces las seis de la mañana, la necesidad es extrema, es el momento más doloroso del día. Mi primer gesto es poner en marcha la cafetera eléctrica; la víspera he llenado el depósito de agua y de café molido el filtro (por lo general Malongo, con el café sigo siendo bastante exigente). No enciendo un cigarrillo hasta después de haber tomado un primer sorbo; es una obligación que me impongo, un éxito cotidiano que se ha convertido en mi principal fuente de orgullo (debo confesar, sin embargo, que las cafeteras eléctricas van muy rápido). El alivio que me produce la primera bocanada es inmediato, de una virulencia sorprendente. La nicotina es una droga perfecta, una droga simple y dura, que no proporciona ninguna alegría y se define totalmente por la carencia y por el cese de esa carencia.
Unos minutos más tarde, después de dos o tres cigarrillos, tomo un comprimido de Captorix con un cuarto de vaso de agua mineral, normalmente Volvic.

SEXO


Serotonina, Houellebecq, p. 270
Hacía mucho tiempo que tenía el proyecto de leer La  montaña mágica, de Thomas Mann, intuía que era un libro fúnebre, pero al fin y al cabo convenía a mi situación, era sin duda el momento. Así que me zambullí en su lectura, al principio con admiración, después con una creciente reserva. Aunque su extensión y sus ambiciones eran mucho más grandes, el sentido último de la obra era en el fondo idéntico al de Muerte en Venecia. Al igual que ese viejo imbécil de Goethe (el humanista alemán de tendencia mediterránea, uno de los  viejos chochos más siniestros de la literatura mundial), al igual que el héroe de La montaña mágica, Aschenbach (mucho más simpático, con todo), Thomas Mann, el propio Thomas Mann, y esto era sumamente grave, había sido incapaz de huir de la fascinación de la juventud y la belleza, que al final había situado por encima de todo, por encima de todas las cualidades intelectuales y morales, y a las cuales, a fin de cuentas, él también, sin la menor contención, se había entregado abyectamente. Así pues, toda la cultura mundial no servía para nada, toda la cultura del mundo no aportaba ningún beneficio moral ni ventaja alguna, puesto que por los mismos años, exactamente en los mismos años, Marcel Proust, al final de El tiempo recobrado, concluía con notable franqueza que no solo las relaciones  mundanas, sino incluso las relaciones de amistad, eran incapaces de ofrecer nada sustancial, eran pura y simplemente una pérdida de tiempo, y que el escritor, contrariamente a lo que cree todo el mundo, no necesitaba en absoluto conversaciones intelectuales, sino “amores ligeros con muchachas en flor”. En este estadio de la argumentación, me importa mucho sustituir «muchachas en flor» por «jóvenes coños húmedos»; esto contribuirá, me parece, a clarificar el debate sin detrimento de su poesía (¿qué hay más bonito, más poético, que un coño que empieza a humedecerse? Pido que lo piensen seriamente antes de responderme. ¿Una polla que inicia su ascensión vertical? Cabría sostenerlo. Todo depende, como muchas otras cosas en este  mundo, del punto de vista sexual que se adopte).

DIVORCIO


Serotonina, Michel Houellebecq, p. 181
-¿Vas a divorciarte? -pregunté, con la mayor calma y con un tono casi de indiferencia.
Él se desplomó literalmente en el sofá, le serví un vaso grande de vodka, necesitó por lo menos tres minutos para llevárselo a los labios, hubo un momento incluso en que tuve la sensación de que se iba a echar a llorar, cosa que habría sido embarazosa. Lo que tenía que contarme no tenía nada de original, las personas no solo se torturan unas a otras, sino que se torturan con una absoluta falta de originalidad. Naturalmente es penoso ver que alguien a quien has amado, con quien has compartido noches, despertares, quizá enfermedades, preocupaciones por la salud de los hijos, se transforme en cuestión de días en una especie de vampira, de arpía cuya avidez financiera no conoce límites; es una experiencia terrible de la que no te repones nunca del todo, pero quizá sea en cierto sentido saludable, la travesía de un divorcio es tal vez el único medio eficaz para poner fin al amor (en la medida, evidentemente, en que se considere que el fin del amor puede ser algo saludable), si yo, por mi parte, me hubiera casado con Camille antes de divorciarme de ella, quizá habría conseguido dejar de amarla; y fue justo en aquel momento, al escuchar el relato de Aymeric, cuando por primera vez, sin precaución, fabulación ni restricción de ninguna clase, dejé penetrar directamente en mi conciencia la evidencia penosa, atroz y letal de que todavía amaba a Camille; aquel cotillón empezaba en verdad mal.

FRANCO FRANCISCO


Serotonina, Michel Houellebecq, p. 33
Francisco Franco, independientemente de otros aspectos a veces objetables de su acción política, podía ser considerado el verdadero inventor a escala mundial del turismo de lugares con encanto, pero su obra no se detenía ahí, ese espíritu universal sentaría más adelante las bases de un auténtico turismo de masas (¡pensemos en Benidorm!, ¡pensemos en Torremolinos!, ¿existía en el mundo, en los años sesenta, algo comparable?), Francisco Franco era en realidad un auténtico gigante del turismo, y es con esta vara con la que acabaría siendo valorado, cosa que ya empezaban a hacer algunas escuelas de hostelería suizas, y, de un modo más general, en el plano económico el franquismo había sido recientemente objeto de estudios interesantes en Harvard y Yale, que mostraban cómo el caudillo, presintiendo que España nunca llegaría a subirse al tren de la revolución industrial que, preciso es decirlo, había perdido totalmente, había tenido la audacia de quemar las etapas invirtiendo en la tercera fase, en la fase final de la economía europea, la del sector terciario, el turismo y los servicios, dando así a su país una ventaja competitiva decisiva en el momento en que los asalariados de los nuevos países industriales, al acceder a un poder adquisitivo más alto, deseasen utilizarlo en Europa, ya en el turismo de lugares con encanto, ya en el de masas, de acuerdo con su posición social, aunque por el momento no había ningún chino en el parador de Chinchón, un par de universitarios ingleses de lo más corrientes aguardaban su turno detrás de nosotros, pero los chinos llegarían, vaya que si llegarían, no me cabía la menor duda a este respecto, quizá lo único que había que hacer era simplificar las formalidades en la recepción, las cosas habían Cambiado, se tenga el respeto que se tenga y se deba tener por obra turística del caudillo, era poco probable que ahora espías llegados del frío pensaran en infiltrarse en las huestes inocentes los turistas normales; los espías llegados del frío a su vez se habían convertido en turistas ordinarios, a semejanza de su jefe, Vladímir Putin, el primero de ellos.

CAPTORIX


Serotonina, Miche Houellebecq, p. 9
Los primeros antidepresivos conocidos (Seroplex, Prozac) aumentaban los niveles de serotonina en sangre inhibiendo su recaptación por las neuronas 5-HT l. El descubrimiento, a principios de 2017, del Cap ton D-L abriría la vía a una nueva generación de antidepresivos, con un mecanismo de acción finalmente más simple, ya que se trataba de favorecer la liberación por exocitosis de la serotonina producida al nivel de la mucosa gastrointestinal. A finales de año se comercializó el Capton D-L con el nombre de Captorix. Demostró de inmediato una eficacia sorprendente que permitía a los pacientes integrar con una facilidad inédita los ritos más importantes de una vida normal dentro de una sociedad evolucionada (higiene, vida social reducida a la buena vecindad, trámites administrativos sencillos) sin favorecer en modo alguno, a diferencia de los antidepresivos de la generación anterior, las tendencias suicidas o de automutilación.
Los efectos secundarios indeseables observados con mayor frecuencia con Captorix eran las náuseas, la desaparición de la libido, la impotencia.
Yo nunca había sufrido náuseas.

AMOR. HOMBRES


Serotonina, Michel Houellebecq, p. 58
El hombre, en principio, es más reservado, admira y respeta ese desenfreno emocional sin comprenderlo plenamente, le parece extraño complicar tanto las cosas. Pero poco a poco se transforma, poco a poco es absorbido por el vórtice de pasión y de placer creado por la mujer, más exactamente reconoce la voluntad de la mujer, su voluntad incondicional y pura, y comprende que esta voluntad, aunque la mujer exige el homenaje de las penetraciones vaginales frecuentes y de preferencia cotidianas, pues son la condición normal para que se manifiesten, es una voluntad en sí absolutamente buena en la que el falo, centro de su ser, cambia de estatuto porque se convierte asimismo en la condición de que sea posible manifestar el amor, ya que el hombre apenas dispone de otros medios, y merced a este curioso desvío la felicidad del falo pasa a ser un fin en sí mismo para la mujer, un fin que no tolera casi restricciones en cuanto a los medios empleados. Poco a poco, el inmenso placer que procura la mujer modifica al hombre, que le otorga agradecimiento y admiración, su visión del mundo se ve transformada, de manera imprevista accede a la dimensión kantiana del respeto, y poco a poco llega a contemplar el mundo de otra forma, la vida sin una mujer (e incluso, precisamente, sin esa mujer que le proporciona tanto placer) se vuelve realmente imposible y se asemeja a la caricatura de una vida; en este momento, el hombre empieza en verdad a amar. El amor en el hombre es, por tanto, un fin, una realización y no, como en la mujer, un comienzo, un nacimiento; he aquí lo que se debe considerar.


AMOR.MUJERES


Serotonina, Michel Houellebecq, p. 58
El amor en la mujer es un poder, un poder generador, tectónico, cuando el amor se manifiesta en la mujer es uno de los fenómenos naturales más imponentes que la naturaleza pueda ofrecernos contemplar, hay que considerarlo con temor, es un poder creativo del mismo tipo que un temblor de tierra o un trastorno climático, el origen de otro ecosistema, otro entorno, otro universo, con su amor la mujer crea un mundo nuevo, pequeñas criaturas aisladas chapoteaban en una existencia incierta y de pronto la mujer crea las condiciones de existencia de una pareja, de una nueva entidad social, sentimental y genética, cuya vocación es efectivamente eliminar todo rastro de los individuos preexistentes, la esencia de esta nueva entidad es ya perfecta como lo había advertido Platón, en ocasiones puede adquirir la complejidad de una familia pero es casi un detalle, al contrario de lo que pensaba  Schopenhauer, la mujer de todos modos se entrega por completo a esta tarea, se abisma en ella, se consagra en cuerpo y alma, como suele decirse, y por otra parte no hace en realidad la diferencia, esa diferencia entre cuerpo y alma no es para ella más que una disputa masculina intrascendente. Sacrificaría sin vacilar su vida a esta tarea que en realidad no lo es, porque es la manifestación pura de un instinto vital.

NOVIAZGO

De Sumisión de Michel Houellebecq, p. 18-19
La relación acababa después de las vacaciones de verano, es decir, al inicio del nuevo curso universitario, casi siempre por iniciativa de las chicas. Habían vivido algo durante el verano, ésa era la explicación que solían darme, sin precisiones complementarias; algunas, a las que sin duda no les importaba herirme, me precisaban que habían conocido a alguien. Sí, ¿y qué? Yo también era alguien. Con la distancia, esas explicaciones factuales me parecen insuficientes: efectivamente, y no lo niego, habían conocido a alguien; pero lo que les había hecho atribuir a ese encuentro un peso suficiente para interrumpir nuestra relación y para entablar una nueva relación era simplemente la aplicación de un modelo de comportamiento amoroso poderoso pero implícito, y más poderoso aún por ser implícito.
Según el modelo amoroso imperante en mis años de juventud (y nada me hacía pensar que las cosas hubieran cambiado significativamente), se suponía que los jóvenes, después de un periodo de vagabundeo sexual correspondiente a la preadolescencia, se comprometían con relaciones amorosas exclusivas, acompañadas de una estricta monogamia, en las que entraban en juego actividades no sólo sexuales sino también sociales {salidas, fines de semana, vacaciones). Esas relaciones, sin embargo, no eran definitivas y había que considerarlas aprendizajes de la relación amorosa, en cierta medida prácticas (al igual que se habían generalizado los periodos de prácticas profesionales como paso previo al primer empleo). Se suponía que debían sucederse relaciones amorosas de duración variable (la duración de un año que yo había observado podía considerarse aceptable) y en número variable (una media de diez a veinte parecía una aproximación razonable) para desembocar en una apoteosis en la relación última, la que tendría un carácter conyugal y definitivo, y conduciría, mediante el engendramiento de hijos, a la constitución de una familia.

La perfecta inanidad de ese esquema no se me haría patente hasta mucho más tarde

POLIGAMIA

De Sumisión de Michel Houellebecq, p.275-276
-Pues el número de mujeres, a grandes rasgos, es en consecuencia. La ley islámica impone que las esposas sean tratadas con igualdad, lo que ya supone ciertas limitaciones, de entrada en términos de vivienda. En su caso, creo que podría tener tres esposas sin gran dificultad, pero por supuesto, no está obligado a ello.
Eso, sin duda, daba que pensar; pero tenía otra pregunta, aún más embarazosa; eché un rápido vistazo en derredor, para comprobar que nadie pudiera oírnos, antes de proseguir.
-Está también ... Bueno, esto es muy delicado ... Digamos que la vestimenta islámica tiene sus ventajas, el ambiente general de la sociedad se ha apaciguado, pero a pesar de todo es muy ... tapada -dije-. Cuando uno se halla en situación de tener que elegir, eso puede comportar ciertos problemas ...
La sonrisa de Rediger se amplió aún más.
-No le dé apuro hablar de ello, ¡de verdad! No sería usted un hombre de no tener ese tipo de preocupaciones ... Pero le haré una pregunta que quizá le parezca sorprendente: ¿realmente desea elegir?
-Pues ... sí. Creo que sí.
-¿No será una ilusión? Se ha observado que, cuando se les plantea la posibilidad de elegir, todos los hombres eligen lo mismo. Eso es lo que ha conducido a la mayoría de las civilizaciones, y en particular a la musulmana, a la instauración de las casamenteras. Es una profesión muy importante, reservada a las mujeres de gran experiencia y gran sabiduría. Evidentemente, como mujeres, tienen derecho a ver a las muchachas desnudas, de proceder a lo que cabe llamar una especie de evaluación y relacionar su físico con el estatus social de los futuros maridos. En su caso, puedo garantizarle que no se lamentará ...
Callé. La verdad es que me había quedado boquiabieno.
-Incidentalmente -prosiguió Rediger-, si la especie humana está en condiciones de evolucionar se debe a la maleabilidad intelectual de las mujeres. El hombre, en cambio, es rigurosamente ineducable. Ya sea un filósofo del lenguaje, un matemático o un compositor de música serial, inexorablemente siempre tomará sus decisiones reproductivas sobre criterios puramente físicos, y son criterios inmutables desde hace miles de años. Originalmente, por supuesto, las mujeres también se sienten cautivadas ante todo por los atractivos físicos; pero, con una  educación apropiada, se puede lograr convencerlas de que lo esencial no está ahí. Se puede, sin ir más lejos, llevarlas a sentirse atraídas por los hombres ricos, y al fin y al cabo enriquecerse ya exige una inteligencia y una astucia por encima de la media. Se puede incluso, en cierta medida, persuadidas del alto valor erótico de los profesores universitarios ... -Sonreía más aún, y por un instante me pregunté si ironizaba, pero de hecho no, no me lo pareció-. Y también se les puede conceder a los profesores un salario elevado, eso siempre simplifica las cosas ... -concluyó. 

MATRIMONIO ORIGINAL

De Sumisión de Michel Houellebecq, p.91
Bruno y Annelise seguramente estarían divorciados, así eran las cosas en la actualidad; un siglo antes, en la época de Huysmans, hubieran permanecido juntos y quizá no habrían sido tan desgraciados, a fin de cuentas. Al llegar a mi casa me serví una buena copa de vino y me sumergí en En familia, la recordaba como una de las mejores novelas de Huysmans y de inmediato recuperé el placer de la lectura milagrosamente intacto, después de veinte años también en este caso. Tal vez nunca se había expresado con semejante dulzura la tibia felicidad de las parejas viejas: «André y Jeanne pronto no tuvieron más que beatas ternuras, maternales satisfacciones durmiendo juntos algunas veces, tumbándose simplemente para estar uno aliado del otro, para charlar antes de volverse de espaldas y dormirse.» Era bonito, pero ¿era verosímil? ¿Era un horizonte factible hoy? A todas luces estaba ligado a los placeres de la mesa: «La glotonería se había introducido en ellos como un nuevo interés, aportado por la creciente ausencia de curiosidad de sus sentidos, como una pasión de sacerdotes que,  privados de placeres carnales, relinchan ante manjares delicados y vinos añejos.» Ciertamente, en la época en que la mujer compraba y pelaba ella misma la verdura, preparaba las carnes y cocía a fuego lento los estofados durante horas, podía desarrollarse una relación tierna y  alimenticia

MUJER OCCIDENTAL

De Sumisión de Michel Houellebecq, p.90
Cuando ella se dejó caer en el sofá, dirigiendo una mirada hostil al tabulé, pensé en la vida de Annelise y en la de todas las mujeres occidentales. Por la mañana seguramente se hacía un brushing y luego se vestía con cuidado, conforme a su estatus profesional, y creo que en su caso era más elegante que atractiva, en fin, era una dosificación compleja, debía de dedicarle a ello bastante tiempo antes de llevar a los niños a la guardería, el día transcurría entre correos electrónicos, teléfono y citas diversas y luego volvía a casa hacia las nueve de la noche, agotada (era Bruno quien iba a recoger a los críos por la tarde, quien les preparaba la cena, tenía horario de funcionario), se desplomaba, se ponía una sudadera y unos pantalones de chándal, y así se presentaba ante su amo y señor y él tenía que tener, necesariamente debía de tener, la sensación de que le habían jodido, y ella misma tenía la sensación de que la habían jodido, y que eso no iba a arreglarse con los años, los hijos crecerían y las responsabilidades profesionales aumentarían automáticamente, sin tener ni siquiera en cuenta el decaimiento de las carnes.

MUJERES ARABES

De Sumisión de Houllebecq, p. 214-215
Con grandes carcajadas, las dos muchachas árabes se habían concentrado en el juego de las siete diferencias de Picsou Magazine. Alzando la vista de su hoja de cálculco el hombre de negocios les dirigió una sonrisa de doloroso reproche. Le devolvieron la sonrisa y siguieron en modo de susurro excitado. Tomó de nuevo el móvil y entabló otra conversación, tan larga y confidencial como la primera. En un régimen islámico, las mujeres -o por lo menos las que eran suficientemente guapas como para despertar el deseo de un esposo rico- tenían en el fondo  la posibilidad de seguir siendo niñas prácticamente toda su vida. Poco después de dejar atrás la infancia ellas misma se convertían en madres y se sumergían de nuevo en el  universo infantil. Sus hijos crecían, luego se convertían en abuelas, y así pasaba su vida. Sólo había unos años en los que compraban lencería sexy y cambiaban los juegos infantiles por juegos sexuales, lo que en el fondo venía a ser más o menos lo mismo. Evidentemente perdían autonomía, pero fuck autonomy, por mi parte estaba obligado a reconocer que había renunciado con facilidad, e incluso con verdadero alivio, a cualquier responsabilidad de orden profesional o intelectual, y que no envidiaba para nada a aquel hombre de negocios, sentado al otro lado del pasillo de nuestro compartimento de TGV Pro Premiere, cuya tez se volvía macilenta de angustia a medida que proseguía la conversación telefónica, visiblemente las cosas iban mal: en ese instante, el tren acababa de dejar atrás la estación de Saint-Pierre-des-Corps. Por lo menos tenía la compensación de dos esposas graciosas y encantadoras para distraerle de sus quebraderos de cabeza de hombre de negocios agotado, y quizá tuviera una o dos más en París, me parecía recordar que el número máximo de esposas era cuatro, según la sharia. Mi padre había tenido... a mi madre, esa puta neurótica. Me estremecí ante esa idea. Al fin y al cabo ahora estaba muerta, los dos estaban muertos; yo era el único testimonio vivo -aunque un poco fatigado en esos últimos tiempos- de su amor.

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