Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma
Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel
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La última liga en el bar


La península de las casas vacías, David Uclés, p. 104

El bar en Iberia es todo un patrimonio. Es tanto una extensión del hogar como un refugio del mismo, y a la par, una embajada que sirve de unión entre los diferentes pueblos. Te acoge vengas de donde vengas: del mediodía más rural o del norte más industrial, de un pueblo independentista o de uno castizo del centro de Madrid. Es un salón compartido en el que se puede conversar, desayunar, comer, cenar, tomar el café, tapear, celebrar una fecha señalada, emborracharse, estudiar, escuchar la radio, leer la prensa, trabajar, descansar, matar el tiempo, ligar, hacer amigos, jugar a las cartas, asearse, ir al baño, trasnochar e incluso confiar las llaves de tu casa. Hoy día, Iberia es el país con más bares del globo, uno por cada ciento setenta personas.

En los años treinta del siglo pasado, los bares de los pueblos eran frecuentados por los hombres de forma diaria y por las mujeres los domingos después de misa y los días festivos. No es que la mujer estuviera vetada, pero la tradición, de corte machista, imperaba antaño, y la mujer no solía entrar si no era con su marido o en día de fiesta. Los hombres decían que iban al bar a «ligar», pero no en el sentido contemporáneo y sentimental de la palabra, sino como sinónimo de «encontrarse con los amigos». La «liga» era el tapeo acompañado de varias cervezas o vinos, generalmente antes de la hora de la cena, tras el tajo en el campo. Charlaban y jugaban al dominó o a las cartas: al tute, al mus, a la brisca, al chinchón, al subastao ...


PAQUITA


La península de las casas vacías, David Uclés, p. 143

Francisco Paulina Hermenegildo Teódulo Franco Bahamonde medía uno sesenta; como era delgado y tenía la cabeza grande, además de muy redonda y medio calva, lo apodaron «el Cerillita”. Su rostro de rasgos blandos era difícil de dibujar; no había nada que destacara en su expresión, salvo el leve bigote fascista y una dichosa papada. Quizás lo más atípico en él era la voz atiplada y llena de aire, dicen que por una sinusitis crónica. Sonaba como una trompetilla dentro de una orza tapada. También dicen que solo tenía un huevo, motivo de burlas incluso entre los suyos. Nunca fue religioso: en la Legión lo llamaban «el general de las tres emes»: sin miedo, sin mujeres y sin misa. Sin embargo, parece que el sentimiento religioso se le despertó -muy convenientemente- empezada la Guerra Civil. En cuanto a su carácter, los que lo conocieron afirman que era afable, aunque algo cenaoscuras; los que lo sufrieron, en cambio, dicen que cruel y acomplejado. Esto último es un rasgo típico en los dictadores modernos: el sentimiento de fracaso y el trauma infantil, así como una grave falta de amo,: Stalin sufrió los malos tratos de un padre borracho e intemperado; Hitler, que de pequeño mojaba la cama, fue igualmente ridiculizado por su progenitor, además de rechazado en la escuela de arte; a Mussolini lo criaron en el odio tras el tajante diagnóstico del médico de la familia, que lo calificó de retrasado mental. Franco se crio igualmente a la sombra de un padre malévolo que pegaba a su esposa embarazada, que le rompió el brazo a su hijo mayor al pillarlo en plena masturbación y que insultaba a Franco por su voz amanerada llamándolo «Paquita”.


LA COLLARES


La península de las casas vacías, David Uclés, p. 152

La mujer era muy religiosa. Había conocido a Franco en Tarna un día cazando perdices. Su padre no veía con buenos ojos que se casara con alguien de apariencia tan mísera y de donnadie, en vez de con un joven de relumbrón, pero la onerosa de Carmen tenía mejor ojo que su padre, y desde aquella cacería ya nunca más se separó de él. Intuyó que junto a aquel hombrecillo podría mantener su mayor afición aparte de ir a misa: las joyas. Misa y joyas, una relación que de por sí dice más de ella que cualquier biografía. Fue tal el derroche en joyería que la apodaron «la Collares»; incluso le sujetaban el cuello entre varios cuando se quitaba las joyas, pues se le había alargado como a las mujeres padaung.

Aquella noche previa a la huida de Franco hacia el continente africano, Carmen se informó sobre la orientación de los presbiterios de los templos en la costa atlántica francesa y sobre las joyerías de la zona, repitiéndose la creencia de que la que bien vive, bien acaba. Una pensando en diamantes y rezos; el otro, en sangre y palacios.

Por cierto, hay quien dice que la Collares nunca estuvo embarazada, que su hija Carmencita fue fruto de una historia entre el hermano de Franco, Ramón, y una prostituta -apodada la Gaviota- que murió a los días de parir. Las malas lenguas decían que Carmen Polo era estéril, que habría sufrido una vibriosis ocasionada por las bacterias que contenían las perlas vivas que se colgaba del cuello.


INCIPIT 1.544. LA PENINSULA DE LAS CASAS VACIAS / DAVID UCLES


Prólogo

Altiplano de Glieres, Francia; marzo de 1944

En mitad del cielo, una nube deja de moverse. Se distingue bien de las demás porque flota solitaria. Carece de contorno y es de un tono más pardusco. Se ha detenido sobre el cuerpo de un miliciano andaluz que yace bocarriba en el manto de nieve que cubre el valle. Solo destacan el rosa tibio de la piel del soldado desnudo y el púrpura de sus heridas, en especial el de la cicatriz del hombro, recuerdo de una batalla que no recuerda.

El miliciano no está muerto, duerme con la boca abierta y los pies entre gladíolos. Cuando abre los ojos, la nube despierta también y retoma el movimiento, pero no en dirección nordeste, hacia donde los vientos saboyanos suelen barrer el cielo, sino hacia el suelo. El joven observa que está cada vez más cerca. Se incorpora con la intención de huir, pero no puede caminar. Aprecia despavorido que su propia sombra, proyectada sobre la nieve, no tiene piernas. Antes de echarse las manos a las pantorrillas para comprobarlo, se las lleva a los oídos. Un sonido agudo y familiar lo envuelve. Alza la vista y reinterpreta las señales. No se trata de un nublo, sino de un obús. Se lanza de nuevo al suelo y cierra los ojos. Escucha el fragor de la explosión. No lo ha alcanzado, aunque sabe que las heridas graves no duelen al instante.

Vuelve a abrir los ojos y se reincorpora, feliz de sentir las piernas. Se palpa el resto del cuerpo y se calma al hallarse de una pieza. El paisaje es ahora otro: la noche ha caído y, pese a que no hay luna ni fuego y a que todo debería estar sumido en una untuosa oscuridad, la nieve deja entrever el verde de los abetos, intenso y refulgente, así como el marrón franciscano de los troncos.


REDES


La península de las casas vacías, David Uclés, p. 476

El Camino de los Ingleses

Paulo abandonó el puerto de Curuxeiras y se encaminó a pie hacia el sur, rodeando antes la ría de Ferrol. No la cruzó por ninguno de los grandes puentes. No le gustaban los viaductos demasiado largos. Temía que le ocurriera como en uno de sus sueños recurrentes, en el que al atravesar un largo puente se desorientaba y no lograba salir de él, como si el centro de la construcción se estirara infinitamente y lo dejara atrapado. Una vez al otro lado de la ría, descendió la costa hacia el sur y atravesó el campo hasta llegar al río Eume. En el interior de la región, sin la referencia visual del mar, se perdió y se desvió del camino. Acabó en la aldea de Redes, un pueblo pintoresco, con las casas cada una de un color -debido a que antaño las habían pintado con el sobrante de decorar sus barcos- y en cuyas playas colgaban de unas altas estructuras de madera las pieles de las ballenas cazadas en alta mar -y las redes de pesca, de ahí el topónimo-. Salvo el suelo de la plaza, el resto de la aldea estaba pintado de colores, hasta la casa del párroco, una de las más ostentosas. En el centro del lugar, Paulo leyó un letrero que decía: «Esta noche la plaza dejará de ser blanca. Así, terminaremos de pintar todo el pueblo. Acudid todos. Después iremos a misa por la muerte del general Mola, como hacemos cada día». A Paulo no le interesaba la fiesta católica, pero quería ver cómo coloreaban el pavimento. Así que esperó hasta la noche en el único restarán del pueblo, desde cuyas ventanas se podían ver los peces de la ría, ya que el comedor estaba construido bajo tierra, como los acuarios modernos.


A MATANZA DO PORCO


La península de las casas vacías, David Uclés, p. 112

Comenzaba la matanza. Iban cerdo por cerdo. El matarife enganchaba con un garfio el pescuezo del primero y lo mataba; la sangre brotaba a los lebrillos y las mujeres la removían. Ciento sesenta kilos desprovistos de vida. Las ancianas raspaban con una cuchara la piel del animal para depilado. Después, el jifero colgaba verticalmente al gorrino, elevado por una polea y enganchado a un ramal, y colocaba una caña entre las patas delanteras, formando sus extremidades una equis. Cortaba la piel y sacaba las asaduras: tripas, hígado, riñones, corazón y demás órganos. Guardaban todo, salvo el intestino, para evitar el olor a heces. Acto seguido tornaban varias muestras de las carnes y vísceras y las llevaban a uno de los veterinarios del pueblo. Antiguamente había más albéitares que médicos, ya que había más reses que personas. De que no enfermaran los animales dependía la supervivencia de la gente. También se debía a que el oficio de médico no era muy popular, puesto que si no curaba al paciente, no cobraba. Esperaban hasta la mañana siguiente para elaborar los alimentos, una vez recibidos los resultados, casi siempre favorables.

Termino con la parte que con más impaciencia esperaba cada año cuando era pequeño: la vejiga. La limpiaban bien, la inflaban y nos dejaban jugar con ella. Se trataba de un globo amarillento con un sinfín de venas en relieve. Eso sí, había que tener cuidado con ella y no explotarla pues, cuando se secaba, servía para hacer zambombas junto a una lata y un carrizo.


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