De Por la parte de Swan de Marcel Proust, p. 352
Swann había avanzado, a instancias de la Sra. de Saint-Euverte, y, para escuchar un aire de Orfeo que estaba interpretando un flautista, se había colocado en un rincón en el que, por desgracia, tenía como única perspectiva a dos señoras ya maduras sentadas una junto a la otra —la marquesa de Cambremer y la vizcondesa de Franquetot—, quienes, por ser primas, se pasaban las veladas buscándose, cargadas con sus bolsos y seguidas de sus hijas, como en una estación, y no se quedaban tranquilas hasta haber señalado con su abanico o su pañuelo dos asientos contiguos: la Sra. de Cambremer, que tenía muy pocas relaciones, por sentirse tanto más feliz de tener una compañera, y la Sra. de Franquetot, que, era, en cambio, muy conocida, por considerar elegante, original, mostrar a todas sus bellas conocidas que prefería a una señora desconocida con quien tenía en común recuerdos de juventud. Swann, embargado por una ironía melancólica, las contemplaba escuchar el intermedio de piano (San Francisco hablando a las aves de Liszt), que había sucedido al aire de flauta, y seguir el vertiginoso juego del artista: la Sra. de Franquetot con ansiedad, con ojos extraviados, como si las teclas que el pianista recorría con agilidad hubieran sido una serie de trapecios a una altura de ochenta metros de los que podía caer y no sin lanzar a su vecina miradas de asombro, de denegación, que significaban: “Es increíble, nunca habría imaginado que un hombre pudiera hacer algo así”; la Sra. de Cambremer, como mujer que había recibido una sólida educación musical, marcando el compás con su cabeza transformada en balancín de metrónomo, cuyas amplitud y rapidez de oscilaciones de uno a otro hombro —con esa clase de extravío y abandono de la mirada de quien padece dolores desorbitados, que no intenta siquiera dominar y parece decir: «Qué le vamos a hacer!»— habían llegado a ser tales, que los solitarios se le enganchaban constantemente en las presillas del corpiño y se veía obligada a atusarse las uvas negras que llevaba en el pelo, sin por ello interrumpir su aceleración.
Te quiero más que a la salvación de mi alma
Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel
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MELOMANIA, JM Y JB
De Aquella mitad de mi tiempo, de Javier Marías, p. 196-197
[…] me ví trasladado, quién sabe, dieciocho o veinte años atrás, a la casa de Juan Benet en Madrid.
El noventa por ciento de las veces que yo fui a esa casa, Benet tenía música puesta, en el tocadiscos primero, luego en el reproductor de CDs, y lejos de quitarla al llegar yo —normalmente a la caída de la tarde, la jornada ya concluida, con la idea de salir a cenar con un pequeño grupo de amigos más o menos fijo—, la mantenía y se dedicaba a perorar un rato sobre lo que sonaba, en la mano su whisky. Como nos ocurre a muchos aficionados a la música, tenía la tendencia a escuchar la misma pieza una y otra vez durante días o durante una temporada. Eso es fácil ahora, pero no lo era con los tocadiscos, y recuerdo que cuando escribió su novela Un viaje de invierno, en la que aparecía el brevísimo Vals Kupelwieser de Schubert, de apenas minuto y medio, se las ingenió, no sé por qué procedimiento, para oírlo incesantemente mientras avanzaba en su libro. Benet veía en la música, y si le describía a uno cómo se iba concentrando un ejército al pie de una ladera, al amanecer, mientras sonaban las Metamorfosis de Richard Strauss, uno ya no podía volver a oír esa composición sin imaginarse el lento avance de la caballería para colocarse en formación. Y al escuchar ese vigesimocuarto preludio del Opus z8 de Chopin tocado por el joven prodigio Blechacz, me vi transportado a una tarde en que Benet lo oía insistentemente —poco más de dos minutos cada vez— y me decía con excitación: «Mira, esta es la lucha entre el técnico y el sentimental, ¿no la oyes? La mano izquierda es el técnico, que toca imperturbable y monótono, y la derecha es el sentimental, completamente desenfrenado, son puro combate, pura contradicción’.
[…] me ví trasladado, quién sabe, dieciocho o veinte años atrás, a la casa de Juan Benet en Madrid.
El noventa por ciento de las veces que yo fui a esa casa, Benet tenía música puesta, en el tocadiscos primero, luego en el reproductor de CDs, y lejos de quitarla al llegar yo —normalmente a la caída de la tarde, la jornada ya concluida, con la idea de salir a cenar con un pequeño grupo de amigos más o menos fijo—, la mantenía y se dedicaba a perorar un rato sobre lo que sonaba, en la mano su whisky. Como nos ocurre a muchos aficionados a la música, tenía la tendencia a escuchar la misma pieza una y otra vez durante días o durante una temporada. Eso es fácil ahora, pero no lo era con los tocadiscos, y recuerdo que cuando escribió su novela Un viaje de invierno, en la que aparecía el brevísimo Vals Kupelwieser de Schubert, de apenas minuto y medio, se las ingenió, no sé por qué procedimiento, para oírlo incesantemente mientras avanzaba en su libro. Benet veía en la música, y si le describía a uno cómo se iba concentrando un ejército al pie de una ladera, al amanecer, mientras sonaban las Metamorfosis de Richard Strauss, uno ya no podía volver a oír esa composición sin imaginarse el lento avance de la caballería para colocarse en formación. Y al escuchar ese vigesimocuarto preludio del Opus z8 de Chopin tocado por el joven prodigio Blechacz, me vi transportado a una tarde en que Benet lo oía insistentemente —poco más de dos minutos cada vez— y me decía con excitación: «Mira, esta es la lucha entre el técnico y el sentimental, ¿no la oyes? La mano izquierda es el técnico, que toca imperturbable y monótono, y la derecha es el sentimental, completamente desenfrenado, son puro combate, pura contradicción’.
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