Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma
Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel
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Ricardo Menéndez Salmón,


Medusa, Ricardo Menéndez Salmón, p. 36

Se llamaba Filipa y era muy bella. Incluso para un muchacho de trece años que nunca había visto una mujer desnuda. Yo la había conocido a principios del verano, y todo había resultado tan natural como respirar. De hecho, después me costó asumir que el sexo no fuera tan sencillo como Filipa me dio a entender. Ella ha sido la única mujer con la que el sexo no parecía un derecho ni un deber, sino sencillamente un suceso. Sé que es paradójico decir esto de una relación entre dos personas de trece años, pero cada vida es irreductible a nada que no sea ella misma.

En mi recuerdo, Filipa ha conservado siempre esa edad. Nunca he sabido qué fue de ella, si sobrevivió a la guerra y a la pesca del arenque. Pero ella me enseñó esa verdad que a menudo nos obstinamos en ignorar: que a menudo son las personas que pasan, y no las que permanecen, las que juegan un papel decisivo en nuestras vidas.

¿Por qué? Precisamente porque la vida no las gastó, porque su memoria, para lo bueno o para lo malo, permanece a salvo del paso del tiempo, que todo lo ensucia.


EL AMOR


Hacer la guerra, Simone Weil, p. 111

El rechazo de la fuerza alcanza su plenitud en la concepción del amor. El amor cortés del país de Oc es lo mismo que el amor griego, aunque el papel tan distinto que tiene la mujer oculta esta identidad. Pero el menosprecio de la mujer no era lo que inducía a los griegos a honrar el amor entre hombres, cosa hoy baja y vil. Honraban igual el amor entre mujeres, como vemos en El banquete de Platón y en el ejemplo de Safo. Lo que honraban así no era sino el amor imposible. Por consiguiente, no era sino la castidad. Debido a la extrema facilidad de las costumbres, en el comercio entre hombres y mujeres casi no había obstáculos, mientras que la vergüenza impedía a toda alma bien orientada pensar en un goce que los propios griegos consideraban contra natura. Cuando el cristianismo y la gran pureza de las costumbres importada por las tribus germánicas colocaron entre el hombre y la mujer la barrera que faltaba en Grecia, se instauró entre ellos el amor platónico. El vínculo sagrado del matrimonio ocupó el lugar de la identidad de los sexos. Los trovadores auténticos no sentían más atracción por el adulterio que Safo y Sócrates por el vicio, lo que necesitaban era el amor imposible. Hoy solo podernos concebir el amor platónico como un amor cortés, pero se trata del mismo amor.

La esencia de este amor queda reflejada en unas líneas maravillosas de El banquete:

[ ... ] lo más importante es que el Amor no comete ni sufre ninguna injusticia, ni entre los dioses, ni entre los hombres. Porque lo que tenga que sufrir no lo sufre obligado, porque la fuerza no afecta al Amor. Y, cuando actúa, no lo hace obligado, porque cada cual obedece de buena gana y en todo al Amor. Un acuerdo consentido por ambas partes es justo, dicen las leyes de la ciudad real.


EL AMOR


El cerebro femenino, L. Brizendine, p. 113

Enamorarse es una de las conductas o estados cerebrales más irracionales que cabe imaginar tanto entre los hombres como entre las mujeres. El cerebro se vuelve “ilógico” en el umbral de un nuevo romance, literalmente ciego a las deficiencias del amado. Es un estado involutario. Estar enamorado hasta la médula, o el llamado amor loco, forma un estado cerebral documentado en la actualidad. Esa suerte de amor convive en los circuitos cerebrales con estados de obsesión, manías, embriaguez, sed y hambre. No es una emoción, pero intensifica o disminuye otras emociones. Los circuitos del enamoramiento son ante todo un sistema de motivación que es diferente del área cerebral del impulso sexual, pero se superpone con la misma.

Los circuitos cerebrales que se activan cuando estamos enamorados encajan con los del drogadicto que ansía desesperadamente la siguiente dosis. La amígdala -el sistema de alerta ante el miedo del cerebro-y el córtex cingulado anterior -el sistema cerebral de la inquietud y del pensamiento crítico- se ponen patas arriba cuando los circuitos del amor corren a toda marcha. Algo muy parecido acontece cuando la gente consume éxtasis: la precaución normal que tienen los humanos ante los extraños se desconecta y se sintonizan los circuitos del amor. Es decir, el amor romántico es una manera natural de «colocarse». Los síntomas clásicos del amor temprano se asemejan a los de los efectos iniciales de drogas como anfetaminas, cocaína y opiáceos: heroína, morfina y oxicodona. Estos narcóticos disparan el circuito cerebral de la recompensa, causando descargas químicas y efectos similares a los del romance. De hecho, hay algo de verdad en la idea de que la gente puede volverse adicta al amor. Las parejas románticas, en particular en los primeros seis meses, anhelan el sentimiento extasiado de estar juntos y pueden sentirse totalmente dependientes el uno del otro. Estudios sobre el amor apasionado muestran que este estado cerebral dura más o menos de seis a ocho meses.


INCIPIT 1.337. LO QUE LA PRIMAVERA HACE CON LOS CEREZOS / MARTA ROBLES


Hablemos de amor. De pasiones. De sexualidad. Hablemos de todo aquello que no somos capaces de entender pero que necesitarnos sentir para saber que estarnos vivos. ¿Es posible vivir sin ningún tipo de amor? Amor a la humanidad, amor paternal, amor filial, amor cortés, amor romántico, amor de amistad ... Hay tantos amores corno personas y hasta explicaciones. Tantas formas de amar corno de mirar. Pero ¿son todas amor? ¿También las posesivas, tóxicas y hasta vampíricas? ¿Qué es el amor? Los griegos, que repartían el amor en muchas categorías y lo mencionaban con frecuencia, luego -al menos en la Atenas del siglo V a. C.- encerraban a las mujeres «amadas» por sus maridos, las decentes, mientras ellos compartían y departían entre sí y con esas otras mujeres, las hetairas, a las que, supuestamente, no podían amar, sino solo desear. Mi tan admirado corno querido Juan Eslava Galán asegura que es Safo, la poeta griega, quien inventa, un siglo antes y en la isla de Lesbos, el concepto de amor tal y corno lo conocernos hoy. Y es cierto que en lo poco que nos ha llegado de ella cabe casi todo el amor de todos los tiempos.
Inventado, real o puro espejismo cristalizado stendhaliano, el amor es un sentimiento tan inexplicable corno maravilloso, tan extraordinario corno perturbador, que muchos excelsos pensadores detestan por la zozobra que provoca. No solo nuestro gran Ortega y Gasset lo consideraba un «estado de imbecilidad transitoria”, también los griegos y romanos renegaron

AMOR


Los seres felices, Marcos Giralt Torrente, p. 75
Hablamos mucho al principio. Igual que buceamos en nuestros armarios para vestirnos o que se improvisan planes para que parezca que somos personas de recursos, ocupamos el espacio con cantidad de palabras, grandilocuentes o sentidas, graciosas o enigmáticas, con las que tejemos una tupida red destinada a atrapar al otro. Apenas quieren decir nada. Como las prendas que nos ponemos, o los lugares que por primera vez visitamos fingiendo conocerlos de siempre, no son sino una representación. La realidad no viene hasta después, cuando el triunfo es nuestro o, por el contrario, fracasamos, y otra vez empezamos a vestirnos con las cuatro camisas queridas, a ir a los mismos bares de siempre y a hablar sin que nos importe que lo que digamos no guste o sea inconveniente. Y, sin embargo, no creemos engañar a nadie en esos momentos porque la ficción que así construimos es tan propia de nosotros como aquello a lo que sustituye. Puede, incluso, que más. Puede que la ficción sea lo que habitamos a diario y no las imágenes que de nosotros forjamos con el deseo.
No, por supuesto que yo no ahorré ninguna de esas estrategias con Marta. Me cubrí de una apariencia mundana y canalla, ingeniosa y despreocupada, y me propuse hacerle olvidar que antes de mí existió algo y que después también lo habría. Me disfracé de lo que querría haber sido y aparenté una soltura, un tesón y una ambición que no eran mías. La llevé de aquí para allá, le enseñé lo que sabía y lo que sólo sospechaba. Durante los primeros tiempos, no hicimos otra cosa que estar juntos. Salíamos todas las noches, veíamos películas, cenábamos en restaurantes, y por la mañana, si era imprescindible, íbamos a la universidad o, si no, prolongábamos el sueño. A veces, por la tarde, cuando no seguíamos en la cama mirándonos a los ojos y durmiendo a ratos hasta el anochecer, íbamos a pasear y entrábamos en  exposiciones o robábamos libros que no teníamos tiempo de leer.

AMOR. HOMBRES


Serotonina, Michel Houellebecq, p. 58
El hombre, en principio, es más reservado, admira y respeta ese desenfreno emocional sin comprenderlo plenamente, le parece extraño complicar tanto las cosas. Pero poco a poco se transforma, poco a poco es absorbido por el vórtice de pasión y de placer creado por la mujer, más exactamente reconoce la voluntad de la mujer, su voluntad incondicional y pura, y comprende que esta voluntad, aunque la mujer exige el homenaje de las penetraciones vaginales frecuentes y de preferencia cotidianas, pues son la condición normal para que se manifiesten, es una voluntad en sí absolutamente buena en la que el falo, centro de su ser, cambia de estatuto porque se convierte asimismo en la condición de que sea posible manifestar el amor, ya que el hombre apenas dispone de otros medios, y merced a este curioso desvío la felicidad del falo pasa a ser un fin en sí mismo para la mujer, un fin que no tolera casi restricciones en cuanto a los medios empleados. Poco a poco, el inmenso placer que procura la mujer modifica al hombre, que le otorga agradecimiento y admiración, su visión del mundo se ve transformada, de manera imprevista accede a la dimensión kantiana del respeto, y poco a poco llega a contemplar el mundo de otra forma, la vida sin una mujer (e incluso, precisamente, sin esa mujer que le proporciona tanto placer) se vuelve realmente imposible y se asemeja a la caricatura de una vida; en este momento, el hombre empieza en verdad a amar. El amor en el hombre es, por tanto, un fin, una realización y no, como en la mujer, un comienzo, un nacimiento; he aquí lo que se debe considerar.


AMOR.MUJERES


Serotonina, Michel Houellebecq, p. 58
El amor en la mujer es un poder, un poder generador, tectónico, cuando el amor se manifiesta en la mujer es uno de los fenómenos naturales más imponentes que la naturaleza pueda ofrecernos contemplar, hay que considerarlo con temor, es un poder creativo del mismo tipo que un temblor de tierra o un trastorno climático, el origen de otro ecosistema, otro entorno, otro universo, con su amor la mujer crea un mundo nuevo, pequeñas criaturas aisladas chapoteaban en una existencia incierta y de pronto la mujer crea las condiciones de existencia de una pareja, de una nueva entidad social, sentimental y genética, cuya vocación es efectivamente eliminar todo rastro de los individuos preexistentes, la esencia de esta nueva entidad es ya perfecta como lo había advertido Platón, en ocasiones puede adquirir la complejidad de una familia pero es casi un detalle, al contrario de lo que pensaba  Schopenhauer, la mujer de todos modos se entrega por completo a esta tarea, se abisma en ella, se consagra en cuerpo y alma, como suele decirse, y por otra parte no hace en realidad la diferencia, esa diferencia entre cuerpo y alma no es para ella más que una disputa masculina intrascendente. Sacrificaría sin vacilar su vida a esta tarea que en realidad no lo es, porque es la manifestación pura de un instinto vital.

DINERO Y AMOR


Feliz final, Isaac Rosa, p. 160
El mismo análisis siempre. Si tu hermana se divorciaba, era porque su marido y ella habían tomado malas decisiones hipotecarias. Si Natalia y Jaime exhibían una felicidad inverosímil, era porque entre los dos sumaban cinco mil euros mensuales. Si tu madre había aguantado tantos años de humillaciones con su segundo marido, era porque no tenía asegurada su pensión de jubilación. Y si nosotros llevamos tantos años cuesta abajo, no hay que buscar más explicaciones: todo empezó el día que te quedaste sin nómina. No hay más preguntas, señoría. El acusado es inocente. No fue él, la culpa es de las condiciones materiales. El amor es para el que pueda pagárselo. El matrimonio es una empresa, acuérdate de eso que dijo Fabio después de su divorcio: el matrimonio es una empresa, dijo, es una empresa y yo lo he entendido demasiado tarde; nuestros matrimonios fracasan porque lo fiamos todo al amor y nos empeñamos en querer ser felices, desentendiéndonos del aprendizaje de generaciones de matrimonios pragmáticos a lo largo de los siglos; antes la gente se casaba por compromisos familiares e intereses económicos, formaban una sociedad cuya prioridad era obtener recursos y administrarlos bien, acumular capital, protegerse de los imprevistos, dejar patrimonio a los herederos, pero ahora nos casamos por amor, qué disparate, y en seguida llega la decepción, dejamos de estar enamorados y si no has sido capaz de convertir ese amor en estrategia empresarial, acabas en la ruina sentimental, como yo.

GESTION


Feliz Final, Isaac Rosa, p. 113
Gestionar mi deseo, esa expresión te gusta más, ¿verdad? Me acusaste de no haber sabido gestionar mi deseo, eso me dijiste tras descubrir el engaño: la vida en pareja implica una permanente gestión del deseo, me dijiste, por supuesto todos deseamos, yo mismo siento deseo por otras personas pero me concentro en gestionar mi deseo, de eso va la vida en pareja, Ángela, el compromiso, la lealtad, dos sujetos deseantes que aprenden a gestionar el deseo. Qué espanto, escúchate. Gestionar el deseo. Como gestionar tu resentimiento, eso que dijiste antes. Otras veces me acusaste de no ser capaz de gestionar mis miedos, cuando me aterrorizaba dejar a Ana en el colegio tiempo después de su hospitalización, o cuando una fiebre persistente me ponía en guardia y acabábamos otra vez en urgencias: debes gestionar tus miedos, me decías. Todo debía ser gestionado: el deseo, el resentimiento, el miedo, la culpa, el dolor, los recuerdos. Gestionar, gestionar, gestionar. Germán debía aprender a gestionar sus tiempos de estudio. Las niñas tenían que gestionar su frustración, gestionar sus celos, gestionar sus horas de sueño. Tu madre había acabado mal por no saber gestionar su dependencia emocional y su miedo a la soledad. En casa debíamos gestionar horarios, tareas domésticas, menús diarios, ingresos y gastos. ¿Por qué no escribes un libro de autoayuda? Aprende a gestionar tu vida en diez pasos. Gestiona tus sentimientos para alcanzar tus objetivos. Perdona el sarcasmo. Estoy harta de gestionar, qué mierda de palabra, llevamos años gestionando y mira dónde hemos acabado. Y no, no supe gestionar mi deseo tras reencontrarme con Mateo. O si prefieres, no quise gestionar mi deseo. No me importó que se volviese ingestionable. Sé que cualquier cosa que hoy te cuente sobre cómo me sentía yo antes de encontrar a Mateo te sonará a coartada tardía: una reelaboración posterior para justificar el engaño. Yo misma dudo, me pregunto también si la culpa engaña a la memoria, porque me cuesta recuperar sensaciones de aquel tiempo. Nuestro “antes”, el invierno donde prevenir incendios, el monte descuidado a falta de una chispa. Lástima no haber llevado un cuaderno de pena como el tuyo. Tampoco me extraña que pienses que exagero mi malestar previo para exculparme: tú ignorabas cómo estaba yo, de la misma forma que yo desconocía cómo estabas tú, cada uno encerrado en su malestar.

FUTURO PERFECTO


Feliz final, Isaac Rosa, p. 70
Te habría contado sobre un futuro que era expresión de voluntad y deseo, pero sometidos a una verosimilitud estrecha. En ese futuro estamos juntos, sí: vamos a envejecer juntos. Con las metáforas odiseicas que sabes que me gustan tanto, hemos superado la travesía, sobrevivido a tormentas, naufragios, extravíos y cantos sirénidos, sobrevivido incluso al cansancio, y no nos hemos ahogado en la orilla. Hemos alcanzado tierra firme. Tenemos nuestra casa, un lugar propio, del que nadie podrá echarnos ya, donde sobreviviríamos como robinsones si todo fuese mal ahí afuera. Nos queremos, seguramente no nos amamos pero nos queremos, no nos deseamos pero nos queremos, podríamos vivir el uno sin el otro pero nos queremos, hemos aceptado que esa forma tranquila de quererse no es una merma ni un fracaso sino al contrario, un triunfo. Estamos juntos, no por ninguna predestinación ni ridículas medias naranjas inseparables, ni siquiera por necesidad económica, sino porque hemos decidido seguir juntos. Hemos aprendido a disfrutar lo que compartimos, en primer lugar nuestras hijas. Hemos aprendido también a tener cada uno su propio espacio y tiempo, negociando las zonas comunes, respetándonos tanto que de mutuo acuerdo hemos preferido ampliar el territorio compartido. No nos exigimos exclusividades ni fidelidades frustrantes, y esa libertad es la que nos desinteresa del exterior, porque incluso hemos reconstruido nuestro deseo,  acomodándolo a la necesidad de cada uno hasta sincronizarlo.  Paseamos. Paseamos mucho, todas las tardes, por el monte cercano a la casa. Hasta nos sabemos ya los nombres de los árboles. Cuidamos juntos el huerto porque, aunque te burles, en mi fantasía de vida no falta un huerto, más como subsistencia que como actividad espiritual. Estamos juntos. Sabemos que nos tendremos el uno al otro si en algún momento nos golpea la enfermedad, la depresión, la degeneración cerebral, la parálisis corporal, la incontinencia de esfínteres y el olvido salvaje de rostros y nombres. Somos nuestro propio Estado de Bienestar. Estamos a salvo. Estamos en casa, esa casa que gritábamos en los juegos infantiles y al alcanzarla detenía el peligro y te protegía como una campana de acero. Casa.

DEL AMOR

Entrevistas breves con hombres repulsivos, DFWallace
-Desde tu punto de vista sí que es irónico, lo entiendo. Vale. Y entiendo que ahora me odies con todas tus fuerzas. Y he pasado mucho tiempo intentando llegar a este momento en que estoy preparado para enfrentarme al hecho de que me odies y a esa mirada que tienes como si se hubieran confirmado todos tus miedos y sospechas, porque tendrías que verla, ¿vale? Te juro que cualquiera que pudiera verte la cara ahora mismo entendería por qué me voy.
P.

-Lo siento. No quiero echarte toda la culpa. Lo siento . No es culpa tuya, ¿vale? O sea, tiene que ser cosa mía si no puedes confiar en mí después de todas estas semanas ni soportar unas cuantas idas y venidas normales sin estar pensando todo el tiempo que estoy planeando marcharme. No sé qué es, pero tiene que ser cosa mía. Vale, ya sé que lo nuestro no ha sido una maravilla, pero te juro que todo lo que dije lo dije de verdad, y lo he intentado al ciento por ciento. Te lo juro por Dios. Lo siento muchísimo. Daría lo que fuera por no hacerte daño. Te quiero. Te querré siempre. Espero que me creas, pero renuncio a seguir intentando que me creas. Por favor, créeme que lo he intentado. Y no creas que esto tiene que ver con ningún defecto tuyo. No te hagas eso a ti misma. Es por nosotros, es por nosotros que me voy, ¿de acuerdo? ¿No lo entiendes? ¿Entiendes que no es lo que tú siempre estabas temiendo? ¿Lo entiendes? ¿Admites que tal vez podrías haberte equivocado, solamente tal vez? ¿No podrías admitir a] menos eso? Porque esto tampoco es precisamente agradable para mí, ¿sabes? Marcharme de esta manera y quedarme con esa cara que estás poniendo como imagen final de ti. ¿Es que no ves que yo también estoy hecho polvo? ¿No lo ves? ¿Que no eres la única?

CUPIDO

La vida negociable, Luis Landero, p. 94
Ese día aprendí que, igual que en un instante uno puede llegar a convertirse en un canalla o en un santo, alguien puede también llegar a aprender y a sentir de golpe lo que un sabio quizá no consiga adquirir en una larga vida consagrada al estudio. Entonces comprendí por qué el amor aparece representado por Cupido, hijo de Marte, el dios de la guerra, por qué lleva los ojos vendados y por qué sus armas son el arco y las flechas, y por qué se habla de las heridas mortales del amor. En un momento conocí el dolor insufrible, los celos, la insignificancia y la grandeza, la esperanza más loca y la desesperanza más atroz, la alegría de crear y construir y la euforia sombría ante una posible devastación apocalíptica, la inspiración y la torpeza, la seguridad de sentirme capaz de todo, de las tareas más esforzadas y de las más altas empresas, capaz de ejecutar las acrobacias más difíciles, de dar saltos mortales, de brincar por sobre las estatuas y las cabinas telefónicas, y de bajar al fondo del mar y a los más peligrosos abismos, pero también de convertirme de repente en una sabandija y desaparecer astuto, escurridizo, hacia el subsuelo legamoso, mi verdadero medio natural... Todas las palabras, y todas las comparaciones y las ocurrencias imaginables, serían apropiadas para dar cuenta de esa plena y súbita experiencia, pero todas juntas no servirían para describir el maravillado terror con que yo la veía avanzar y avanzar hacia mí.
En la imagen Mars Chastising Cupid de Bartolomeo Manfredi, ca. 1605  

DEL AMOR

La insoportable levedad del ser, Milan Kundera, p. 48
Hace mucho tiempo, el hombre oía extrañado el sonido de un golpeteo regular dentro de su pecho y no tenía ni idea de su origen. No podía identificarse con algo tan extraño y desconocido como era el cuerpo. El cuerpo era una jaula y dentro de ella había algo que miraba, escuchaba, temía, pensaba y se extrañaba; ese algo, ese resto que quedaba al sustraerle el cuerpo, eso era el alma.
Hoy, por supuesto, el cuerpo no es desconocido: sabemos que lo que golpea dentro del pecho es el corazón y que la nariz es la terminación de una manguera que sobresale del cuerpo para llevar oxígeno a los pulmones. La cara no es más que una especie de tablero de instrumentos en el que desembocan todos los mecanismos del cuerpo: la digestión, la vista, la audición, la respiración, el pensamiento.
Desde que sabemos denominar todas sus partes, el cuerpo desasosiega menos al hombre. Ahora también sabemos que el alma no es más que la actividad de la materia gris del cerebro. La dualidad entre el cuerpo y el alma ha quedado velada por los términos científicos y podemos reírnos alegremente de ella como de un prejuicio pasado de moda.

Pero basta que el hombre se enamore como un loco y tenga que oír al mismo tiempo el sonido de sus tripas. La unidad del cuerpo y el alma, esa ilusión lírica de la era científica, se disipa repentinamente.

DEL AMOR

Rock Springs, Richard Ford, p. 74
Pero yo ahora sabía cómo llega uno a ser un delincuente en este mundo, cómo lo pierde todo. De alguna manera, quién sabe por qué, tus decisiones un día dan un vuelco y pierdes tu dominio de las cosas. Y un día te despiertas y te encuentras en la situación en la que juraste que jamás te encontradas, y ya no sabes qué es para ti lo más importante en este mundo. Y después de eso, todo ha acabado. Y yo no queda que a mí me sucediera; jamás pensé, de hecho, en la posibilidad de que llegara a sucederme. Sabía el significado del amor. El amor era no crear problemas, no ponerse en situación de creados. Era no dejar a una mujer porque se ha puesto el pensamiento en otra. Era no llegar nunca a estar donde se juró que nunca se estada. Y no era vivir aislado, estar solo. Eso nunca. Nunca.

MAS BUENAS IDEAS

Instrumental, James Rhodes, 254
No os hagáis preguntas sobre el pasado del otro. Bajo ninguna circunstancia preguntéis por exparejas, por cuántos amantes ha tenido la otra persona, si ha practicado sexo anal con alguien, si se lo tragaban, si han estado en no sé qué país  hotel  Restaurante con otra persona, etcétera, etcétera. No analicéis la relación entre vosotros, no examinéis dónde estáis o hacia dónde vais. Esto no procura ni una sola ventaja.
Adelántate a lo que necesita la otra persona, haz cosas que la hagan sentir bien, aunque te parezcan una estupidez, algo indulgente o que está mal. Reserva diez minutos al final de cada día para comprobar cómo está el otro. Cinco minutos para que cada persona hable, sin ser interrumpida, de su jornada, que comente algunas cosas que le inspiran gratitud, detalles que ha tenido el otro y que le han conmovido, cosas que le hacen ilusión, que le preocupan. Y terminad siempre con un «te quiero » y un beso. Siempre.

Todo esto es especialmente importante si tenéis hijos. Estos deben saber absolutamente, sin cuestionárselo, que papá y mamá son lo más importante; la vuestra es la relación fundamental y merece la mayor de las atenciones. Quered a vuestros hijos, mimadlos hasta decir basta, estad disponibles para ellos y dadles todo lo que vuestros padres no os dieron. Pero nunca, jamás, interrumpáis una conversación porque han entrado en la habitación pidiendo un puto helado

FLECHAZOS

Instrumental, James Rhodes, p. 162
Odio la expresión «tener un flechazo». Es una gilipollez. No recibes ningún flechazo; diciendo eso parece que vas a acabar herido y medio muerto. En la actualidad todo tiene que ser  inmediato, enorme, mucho más intenso, rápido, salvaje y brillante que antes. Antes, la serie Inspector Morse era trepidante y te mantenía en vilo. Hoy nadie que no esté chalado se atrevería a encargar un programa de televisión generalista con títulos de crédito que duran más de siete segundos. Por eso, en el amor de la actualidad no hay un cortejo, citas, semanas para conoceros mejor, ir de viaje juntos y, con el paso del tiempo, acabar dándoos cuenta de que estáis profundamente enamorados. La cosa tiene que ser como en el cine: vuestras miradas se cruzan (o ves el avatar de Twitter de la otra persona), intercambiáis un par de palabras, mensajes de texto, correos electrónicos y hala, ya os habéis enamorado. De forma apresurada, inmediata, explosiva, excitante. Se lo cuentas a todos tus amigos, no dejas de publicarlo en Facebook y te comportas como si estuvieras como una puta cabra. Es como una historia de Disney bajo los efectos del crack, y resulta peligroso, joder. Algo así no puede sostenerse, nunca puede haber verdad en ello. No es más que una adicción en la que los compuestos químicos del cerebro te van colocando cada vez más, antes del bajón inevitable. Pero todos seguimos el juego porque así son las cosas en el cine, en la tele y en la prensa, y es algo atractivo e inmediato y nos pone cachondos.

DEL DIVORCIO

Francamente, Frank, Richard Ford, p. 136-137
En mi opinión, ese yo representa de forma verosímil la mitad de la venturosa unión de dos almas buenas que todo casamiento promete sellar pero no logra realizar en la mayor parte de los casos, como ocurrió con nosotros tanto tiempo ha. Prosigo con esto por la posibilidad de que largos años de divorcio, más la aparición de la vejez y el valor agregado de la enfermedad mortal, ponga al fin algo de esa ventura a nuestro alcance. Ya veremos.
La preocupación de Ann por la verdad esencial es, por supuesto, lo que acosa a la mayor parte de los divorciados, en especial si el cónyuge desechado sigue vivo. El punto de vista de Ann es fundamentalmente esencialista, según lo denominan los casuistas en el Seminario. Hace años,  cuando nuestro hijo Ralph murió tan joven y durante una temporada yo anduve perplejo por las cosas de la vida, la mala suerte y un desconsuelo de grado casi manicomial, con la consecuencia de que nuestro matrimonio se precipitó por la pendiente, Ann llegó a convencerse de que yo, en esencia, no la quería lo suficiente. De otro modo habríamos seguido casados.
Arraigada en ese convencimiento está la milenaria búsqueda del filósofo de lo que es real y lo que no, con el matrimonio como un terreno de pruebas semejante a Arenas Blancas. Si Ann (éste es mi punto de vista sobre su punto de vista) lograra hacerme reconocer que sí, es cierto, realmente no la quería -o si la quería, en aquella época no la quise lo suficiente-, entonces ella estaría en condiciones de una vez por todas, antes de morirse, de saber algo verdadero, algo en lo que podría confiar plenamente: mi perfidia. Mientras que su propia esencia es, desde luego, lo contrario de la perfidia -bondad fundamental-, ya que está convencida de que con toda seguridad me quería lo suficiente.

Mi opinión es que en aquellos atroces días de hace tanto tiempo yo quería a Ann con todo el amor que cabía en mí. Si no era suficiente, al menos reventó las costuras.

CARIÑO

París, Marcos Giralt Torrente. p.157
 No hay planos que rijan de manera fiable nuestro trato con los demás, no hay patrones fijos ni aunque el sentimiento primordial que nos gobierna sea el del afecto. ¿Por qué ante el mismo estímulo unas veces reacciono con ira y otras con tolerancia o, incluso, complacencia? ¿Por qué un hecho tan cotidiano como contemplar a alguien querido coger la taza del desayuno puede precipitarme, según el día, del agrado a la repulsión extrema? ¿Por qué una mirada basta a veces para que me crea vacunado contra cualquier desgracia futura y otras, en cambio, es precisamente esa misma mirada lo que hace que me sumerja en la más ciega melancolía? Solemos pensar en nosotros como seres inamovibles, asentados sobre códigos y gustos fijos, cuando en realidad estamos en perpetua lucha con nosotros mismos. Decimos frases como Te quiero o No puedo soportarte más y tendemos a creer que estas frases definen el estado de nuestra alma, cuando lo cierto es que las alternamos con el viento de sentimientos siempre mudables. Por eso los amantes jóvenes, que están más cercanos a esa edad en la que el fluir de las apetencias no ha sido todavía domado por la convención ni el interés, se comunican sin pausa su amor. Te quiero, dicen. ¿Me quieres?, preguntan. Necesitan del refrendo constante de su cariño porque saben que nada es perpetuo, que lo que es válido para este momento concreto puede no serlo al momento siguiente, que hasta el sentimiento más sincero puede cambiar en cuestión de minutos.

AMAR

De La isla de la infancia de Karl Ove Knausgard, p. 428-429
Durante las siguientes semanas, Kajsa estaba constantemente en mis pensamientos. En ellos se repetían dos imágenes. En una ella se volvía hacia mí, con su pelo rubio y sus ojos azules, vestida con su ropa rosa y azul clara del 17 de mayo. En la otra yacía desnuda delante de mí en un prado. Esta última imagen me venía casi todas las noches antes de dormirme. Pensar en los grandes pechos blancos con los pezones rosas me producía dolores por todo el cuerpo. Me retorcía mientras me imaginaba varias cosas vagas pero intensas que haría con ella. Esa  segunda imagen también despertaba algo distinto en mí y en otros momentos: en medio de un salto desde el peñasco del islote, volando por los aires, con el sol de frente la veía en una visión fugaz, y dentro de mí se desataba entonces un regocijo casi enloquecido, más o menos a la vez que los pies se deslizaban por el espejo del agua y el cuerpo se metía dentro del mar azul verdoso, que frenaba la caída al cabo de unos metros, y yo, rodeado de fragorosas burbujas, y con sabor a sal en los labios, volvía a la superficie con movimientos lentos y un temblor de felicidad en el pecho. O comiendo en la mesa, cuando estaba arrancando la piel de un trozo de bacalao fresco, por ejemplo, o a punto de masticar un bocado de picadillo de pulmones, de esa consistencia tan desagradable que se hinchaba y ocupaba al principio mucho espacio, pero que cuando lo masticaba, los dientes atravesaban la masa que no ofrecía resistencia hasta el final, cuando se pegaba a los dientes, en esos momentos aparecía de repente su imagen, con una luz tan intensa que todo lo demás que me rodeaba era empujado hacia la sombra. Pero en la realidad no la veía. La distancia en línea recta entre las dos urbanizaciones sería de unos kilómetros, pero la distancia social era mayor, y no se dejaba recorrer ni en bicicleta ni en autobús. Kajsa era un sueño, una imagen en mi cabeza, una estrella en el firmamento.

Entonces sucedió algo.

WIKIPEDIA

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