Ese montón de espejos rotos, Gonzalo Celorio, p. 25
En 1580 Michel de Montaigne
publicó el primer tomo de sus ensayos. Tenía entonces cuarenta y siete años. Como
lo empezó a escribir antes de cumplir los cuarenta, es -diríamos ahora- una obra
de juventud; sin embargo, en ese primer volumen aparece su ensayo “De la edad”.
En él, Montaigne, retirado del mundanal ruido y confinado en una torre que
metafóricamente podría calificarse de ebúrnea, se ve a sí mismo como un hombre
viejo. Piensa que “ha escapado a la muerte en mil ocasiones en que otros muchos
tropezaron”. Y, con su habitual gusto por las paradojas, considera que morir
viejo de «muerte natural" es lo menos natural que puede ocurrir, pues lo
común y universal es morir antes de llegar a la senectud. Está convencido (si
es que Montaigne alguna vez tuvo alguna convicción que no fuera la de no tener
ninguna) de que las responsabilidades deben asumirse en la primerísima
juventud, más tardar a los veinte años. como él mismo lo hizo tras la muerte de
su padre. A esa esa edad –dice- los hombres son ya lo que deben ser en lo
sucesivo y prometen cuantos frutos puedan dar en el transcurso de la vida. Desde nuestra perspectiva del siglo
XXI, podemos pensar que Montaigne se opone a la la prolongación de la juventud
cuando apenas se ha llegado a ella y la prolongación de la vida cuando apenas
se ha alcanzado la madurez. Lo cierto es que, del siglo XVI a nuestros días,
los tiempos han cambiado que respecta precisamente a la concepción del tiempo y
a las edades que su transcurso va engendrando.
El creador del ensayo moderno
mandó escribir estas palabras en lengua latina sobre la chimenea de su refugio:
En el año de Nuestro Señor dc 1571,
a la edad de treinta y en las vísperas de las calendas de marzo, aniversario de
su nacimiento, hastiado de esclavitud de las cortes y de los empleos públicos,
pero conservando todavía la entereza de facultades, se refugió Miche de
Montaigne en el regazo de las doctas vírgenes. en medio de la seguridad y la
calma, para vivir así el resto de su vida, consagrando al reposo y a la
libertad el sosegado aposento que heredó de sus antepasados.
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