Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma
Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel
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INCIPIT 896. RENDICION / RAY LORIGA

Nuestro optimismo no está justificado, no hay señales que nos animen a pensar que algo puede mejorar. Crece solo, nuestro optimismo, como la mala hierba, después de un beso, de una charla, de un buen vino, aunque de eso ya casi no nos queda. Rendirse es parecido: nace y crece la ponzoña de la derrota durante un mal día, con la claridad de un mal día, forzada por la cosa más tonta, la misma que antes, en mejores condiciones, no nos hubiera hecho daño y que sin más consigue aniquilarnos, si es que coincide por fin ese último golpe con el límite de nuestras fuerzas. De pronto, aquello en lo que no habíamos reparado siquiera nos destruye, como las trampas de un cazador que nos supera en habilidad y a las que no prestábamos atención mientras nos distraíamos con el señuelo. A qué negar, en cambio, que mientras pudimos también cazamos así, utilizando trampas, señuelos y grotescos pero muy efectivos camuflajes.

INCIPIT 217. TOKIO YA NO NOS QUIERE / RAY LORIGA


No nevaba.
Sí nevaba en realidad, pero era nieve de mentira. Astrud Gilberto cantaba delante de un árbol de navidad, por eso la nieve de mentira. Luego la canción se terminaba.
Desde que los periódicos dicen que el mundo se acaba, siento que las canciones son más cortas y los días más largos. He pasado por tu casa pero me han dicho que no estabas, me han dicho que estabas en otra parte, en Tokio.
Hace años que se fue. Eso es lo que me han dicho. No me sorprendería que fuera cierto.
He visto ese extraño vídeo de la Garota de Ipanema en el canal clásico. Astrud Gilberto cantando sin apenas mover- se, la nieve artificial, los daiquiris, la banda, las señoritas alineadas junto al pequeño escenario.
La semana pasada, en la feria, vendieron dos coches antiguos, rojos como manos. Estábamos en Phoenix, Arizona y tu madre escribió algo en la ventana, en el cristal de la ventana y luego lo borró antes de que pudiéramos leerlo.
¿Qué crees que hacen todos ahora que no estás? Se reparten tus cosas, imitan tus gestos, deshacen tu cama.
En la habitación del hotel había flores de plástico, doscientos canales en la televisión, una moqueta verde con peces y todo tipo de dibujos fantásticos, estaba cansado y los

INCIPIT 99. TRIFERO / RAY LORIGA

SILENCIO
No diré su nombre.
Cuando la lluvia dejó por fin de golpear la superficie del lago, llegaron la nieve y el hielo y luego, como cada año, la primavera. Al animarse el bosque y los jardines de la vieja mansión Happensauer, Saúl Trífero, contrario al ritmo de todas las cosas, se encogía.
Jamás diré su nombre. Insiste. Levantando entre su determinación y sus verdaderos impulsos un muro coronado con alambre de espino, como los que se alzan entre sí países en guerra. Para luego, cubierto ya por la oscuridad de la noche, arrastrarse de un lado al otro como un desertor o un fugitivo. Cruzando desde este lado; la renuncia, hasta el otro; su nombre.
Saúl Trífero se da cuenta entonces de que está de pie, sin motivo, y vuelve a sentarse. Se asusta: ¡A lo mejor hasta he alzado la voz¡ ¡Qué tontería¡, vea usted que ni siquiera llevo una foto de ella en la cartera. (Saca unos billetes doblados y la cuenta de su último almuerzo.)

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