Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma
Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel
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11S


Historias de fantasmas,  Siri Hustvedt, p. 231

Apuntes sueltos: 11 de septiembre de 2001

16.00

Nuestra hija de catorce años ha empezado hoy el instituto. Por primera vez en su vida, ha viajado sola en metro de Brooklyn a Manhattan.

No vendrá  a casa esta noche. Ya no funciona el metro en Nueva York, y mi mujer y yo hemos hecho arreglos para que sequede con unos amigos en el Upper West Side.

Menos de una hora después de que ella pasara por debajo del World Trade Center, las Torres Gemelas se han derrumbado.

Desde el piso de nuestra casa Se puede ver aún el humo que el de la ciudad. Hoy el viento sopla hacia Brooklyn y el olor del fuego se ha impregnado cada rincón de casa. Un hedor horrible y punzante: plástico quemado , cables eléctricos, materiales de construcción, cuerpos incinerados .

La hermana de mi mujer, que vive Tribeca, solo diez manzanas al norte de Io que fue el World Trade Center, nos ha llamado para hablarnos de los gritos que ha oído cuando ha caído la primera torre. A amigos suyos, que viven en John Street, aún más cerca del lugar de catástrofe, los ha evacuado la policía después de que la puerta de su edificio haya saltado por los aires tras el impacto. Han caminado hacia el norte entre los cascotes y los escombros, que, según le han dicho, estaban mezclados con restos humanos.

 


11S


David Foster Wallace, DT Max, p. 350

En el momento concreto de los ataques se estaba duchando, «intentando escuchar un post mórtem de los Bears en la emisora radiofónica deportiva WSCR de Chicago», según lo contaría. No estaba seguro de si experimentaba alguna sensación particular acerca de los ataques, más allá de las comunes, pero cuando Rolling Stone le abordó para pedirle un artículo con su reacción, se sintió tentado a intentarlo. En tres días escribió un artículo breve y delicado -«Advertencia. Escrito muy deprisa y en lo que probablemente pueda considerarse estado de shock», añadió como un apéndice al manuscrito-. «La vista desde la casa de la señora Thompson» es un ejemplo de análisis social oblicuo, un homenaje a la América profunda y a la rehabilitación. (Al principio se llamó sibilinamente «A View from the Interior».) De nuevo disfrazó a su círculo del grupo de rehabilitación y los hizo pasar por amigos de la iglesia. Así, la señora Thompson, el seudónimo que dio a la madre de Francis B., se convirtió en «miembro de la iglesia desde hace mucho tiempo y es una líder de nuestra congregación». Reflejó la esencia de las expresiones difusas y suaves de ella y de sus amigas al contemplar los terribles acontecimientos, su preocupación por los familiares que tenían en o cerca de Manhattan, y sus lágrimas cuando vieron derrumbarse las torres por televisión. «Lo que aquellas señoras de Bloomington eran -escribió Wallace-,

o eso me empezaba a parecer, es inocentes. En la sala había lo que a muchos americanos les parecería una sorprendente y pronunciada falta de cinismo. Por ejemplo, a ninguno de los presentes se les ocurrió hacer ningún comentario sobre el hecho de que era un poco extraño que [ ... ] la repetición constante de imágenes horribles podía no responder solamente al supuesto de que algunos espectadores acabaran de encender el televisor justo ahora y aún no lo haya visto.


11S


La anomalía, Hervé Le Tellier, p. 108

El de septiembre, a las 8.14 horas, uno de los controladores de Boston se extraña al ver que el transpondedor del vuelo 11 de American Airlines no emite señal. Seis minutos después, una azafata de a bordo llama al número que puede, que no es otro que el número de reservas de American Airlines. Informa de que el avión ha sido secuestrado y de que ha habido varios asesinatos. Cuando logran verificar su identidad, son ya las 8.25 y un supervisor avisa al Air Traffic Control. Ben Sliney y los controladores aéreos descubren entonces, por el eco radar, que el AA11 se dirige directamente a Nueva York. El protocolo en caso de secuestro aéreo -olvidémonos del manual que obliga al piloto, aquí apuñalado, a marcar el código 7500 en el transpondedor- exige avisar al cuartel general de la aviación civil. En el cuartel general, un coordinador «especializado en secuestros» tiene que contactar con determinada unidad del Pentágono, que a su vez debe dar parte al despacho del secretario de Defensa, quien a su vez debe informar al ministro, cuya decisión debe recorrer el camino inverso a través de la misma cadena. Solo entonces los responsables del Centro de Comando Militar Nacional pueden dar la orden de despegar a los cazas para que intercepten al avión secuestrado. Y, como tras la guerra fría el número de bases militares ha bajado de veintiséis a siete, las dos únicas bases que quedan en la Costa Este son la de Otis, cerca de Boston, y la de Langley, sede de la CIA, próxima a Washington.

Como todo esto tomaría demasiado tiempo, el 11 de septiembre de 2001 el supervisor de Boston decide, apremiado por la situación, llamar directamente a la base militar de Otis. Al no tener potestad para hacerlo, en Otis le piden que informe al comando militar regional noreste, en Rome, en el estado de Nueva York. El supervisor llama y le vuelven a decir que no está respetando el protocolo. No obstante, convencido de la urgencia de la situación y actuando él mismo sin autorización del Departamento de Defensa, el coronel Robert Marr pide a la base de Otis que preparen los cazas para el despegue.

Mucho antes de que las conclusiones oficiales de la Comisión del 11-S lo confirmen, el Pentágono sabe que ese día todo ha funcionado mal en la cadena de decisiones. Así que resuelve crear un grupo de trabajo interno cuya tarea sea proponer otro protocolo de actuación en situación de crisis. Y dicho grupo subcontrata, para todo lo que tenga que ver con la formalización, al departamento de Matemáticas Aplicadas del Massachusetts Institute of Technology. Es entonces cuando entra en juego el nombre de Adrian Miller.


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Los años, Annie Ernaux, p. 277
A primera vista era algo imposible de creer (como lo demostraría después una película en la que se ve a George Bush sin reacción, como un niño perdido, cuando le anuncian la noticia al oído), de pensar, de sentir. Nos limitábamos a contemplarlo una y otra vez en la pantalla de la televisión, las torres gemelas de Manhattan derrumbándose una tras otra, en aquella tarde de septiembre (que era por la mañana en Nueva York, pero que para nosotros quedaría siempre como una tarde), como si a fuerza de ver las imágenes pudiera convertirse en una realidad. No lográbamos salir del asombro, nos regodeábamos mirándolo gracias a los móviles con toda la gente que podíamos.
Afluían discursos y análisis. La virginidad del acontecimiento se disipaba. Nos rebelábamos contra la proclamación en Le Monde, «Somos todos americanos». De repente, la representación del mundo basculaba, todo patas arriba, unos individuos venidos de países oscurantistas, armados con unos simples cúteres, habían acabado en menos de dos horas con los símbolos de la potencia americana. El prodigio de la hazaña maravillaba. Nos daba rabia haber podido creer invencibles a los Estados Unidos, nos vengábamos de una ilusión. Nos acordábamos de otro 11 de septiembre y del asesinato de Allende. Algo estaban pagando. Ya llegaría luego el tiempo de la compasión y de pensar en las consecuencias.  Lo que contaba era decir dónde, cómo, por quién o por qué nos habíamos enterado del ataque a las torres gemelas. Las escasas personas que no se enteraron el día mismo conservarían la impresión de haberse perdido una cita con el resto del mundo. Y todos pensábamos qué estábamos haciendo en el preciso momento en que el primer avión había chocado con la torre del World Trade Center, cuando unas parejas se habían tirado al vacío cogidas de la mano.

11S


El fin del fin del mundo, Franzzen, p. 221
La única pesadilla recurrente que he tenido durante muchos años tiene que ver con el fin del mundo y se desarrolla como sigue: en un paisaje urbano atestado de gente, no muy distinto del bajo Manhattan, piloto un avión de pasajeros por una avenida en la que nada es como debe ser. Parece imposible que los edificios que se alzan a ambos lados no me arranquen las alas y que consiga mantener el avión en el aire desplazándome a tan baja velocidad. Siempre hay algo que obstaculiza el paso, pero de algún modo consigo cambiar bruscamente de rumbo o pasar por debajo de algún paso elevado, aunque sólo sea para enfrentarme luego a un rascacielos tan alto que para superarlo tendría que elevarme en vertical. Cuando emprendo un ascenso decepcionantemente insuficiente, el rascacielos crece y se abalanza hacia mí y entonces me despierto, con una sensación de alivio que no se puede explicar con palabras, en Mi cama.
El martes no hubo despertar. Buscabas una televisión y te ponías a mirar. Salvo que de verdad fueras una muy buena persona, probablemente estabas, como yo, experimentando el choque entre varios mundos incompatibles en el interior de tu mente. Junto al horror y la tristeza de lo  que estabas viendo, puede que también sintieras una decepción pueril porque te acababan de desmontar el día, o una preocupación egoísta por el impacto que tendría en tu bolsillo, o algo de admiración por la brillantez en la concepción del ataque y su ejecución impecable, o -lo peor de todo- cierta admiración ante la calidad del espectáculo visual que había producido. Da lo mismo si algunos palestinos bailaban por las calles o no. En algún lugar -de esto puedes estar absolutamente seguro-los artistas de la muerte que habían planeado el ataque se estaban regodeando en la belleza terrible del hundimiento de las torres. Tras años de soñar, trabajar y alimentar esperanzas, la sensación de culminación que experimentaban en ese preciso momento era mayor de lo que se habrían atrevido a suplicar en sus rezos. A lo mejor algunos de esos felices artistas estaban escondiéndose en el destrozado Afganistán, un país donde la esperanza media de vida a duras penas llega a los cuarenta años: en ese mundo no se puede caminar por un bazar sin ver hombres y niños con alguna extremidad mutilada.

11S


Tus pasos en la escalera, Muñoz Molina, p. 33
Aquella mañana que parecía que se acababa el mundo Cecilia y yo bajamos al supermercado queriendo comprar cosas imprescindibles para una emergencia, por miedo a que sucediera otro ataque que lo trastocara definitivamente todo, un sabotaje que cortara los puentes y los túneles, las vías de comunicación tan frágiles de la isla, algo que nos forzara a quedarnos encerrados, a no aventurarnos a salir a la calle. Hablaban en la radio de otro avión secuestrado que no se sabía dónde estaba. Pero qué compra uno si no tiene ni idea de qué puede suceder; cómo mantiene la lucidez de saber qué es imprescindible. En la calle reinaba una extraña normalidad ralentizada, amortiguada. Desde el sur de la ciudad subía por las aceras una multitud de gente con ropas de oficina, empleados con corbatas flojas y chaquetas al hombro, intentando hablar por los teléfonos móviles. Había tanta gente caminando porque ni el metro ni los autobuses funcionaban. En el supermercado una multitud al mismo tiempo ávida y silenciosa y ordenada ya nos había tomado la delantera. Cargaban cosas en los carritos con urgencia, con método. Nada de ese tumulto de los asaltos apocalípticos a supermercados que se ven a veces en la televisión. Cuando llegamos Cecilia y yo no había carritos disponibles, y tampoco quedaban cestas, o nosotros en nuestro aturdimiento no las encontrábamos. En cada una de las cajas había una fila de carritos rebosantes de todo. Muchos estantes estaban quedándose vados. La gente iba de un lado a otro con listas escritas. Las familias se repartían con destreza militar por los diferentes pasillos. Cecilia y yo íbamos de un sitio a otro eligiendo igual cosas necesarias y cosas superfluas, dejando algunas, buscando otras, los dos con nuestras caras de desconcierto y nuestras manos llenas, porque ni encontrábamos cestos ni habíamos tenido la precaución de traer mochilas o bolsas. Qué compra uno en esos momentos. Si se cortaba la electricidad no podríamos conservar comida fresca. Era inútil que tuviéramos cargadas las baterías de los teléfonos porque las redes inalámbricas habían dejado de funcionar. Apilábamos unas cosas encima de otras, nos las colgábamos al hombro, las metíamos en los bolsillos. Se nos caía algo y al inclinarnos para recogerlo se nos caía todo lo demás. En la rara quietud y en el frío polar del aire acondicionado seguían sonando las canciones pop del hilo musical. Había que comprar velas, botellas de agua, pilas, pan de molde, conservas, cerillas. Nadie hablaba en la cola. Cecilia y yo nos decíamos cosas en voz baja. Solo se oía el ruido de las máquinas registradoras y de los escáneres de los precios, y la orden única repetida sin expresión por las cajeras, como una grabación automática, “Next”,”Next on line”

11S CHILE


Cuentos completos, Roberto Bolaño, p. 381
28. El 11 de septiembre me presenté como voluntario en la única célula operativa del barrio en donde yo vivía. El jefe era un obrero comunista, gordito y perplejo, pero dispuesto a luchar. Su mujer parecía más valiente que él. Todos nos amontonamos en el pequeño comedor de suelo de madera. Mientras el jefe de la célula hablaba me fijé en los libros que tenía sobre el aparador. Eran pocos, la mayoría novelas de vaqueros como las que leía mí padre. 29. El11 de septiembre fue para mí, además de un espectáculo sangriento, un espectáculo humorístico. 30. Vigilé una calle vacía. Olvidé mí contraseña. Mis compañeros tenían quince años o eran jubilados o desempleados. 31. Cuando murió Neruda yo ya estaba en Mulchén, con mis tíos y tías, con mis primos. En noviembre, mientras viajaba de Los Ángeles a Concepción, me detuvieron en un control de carretera y me metieron preso. Fui el único al que bajaron del autobús. Pensé que me iban a matar allí mismo. Desde el calabozo oí la conversación que sostuvo el jefe del retén, un carabinero jovencito y con cara de hijo de puta (un hijo de puta revolviéndose en el interior de un saco de harina), con sus jefes de Concepción. Decía que había capturado a un terrorista mexicano. Luego se retractó y dijo: terrorista extranjero. Mencionó mi acento, mis dólares, la marca de mi camisa y de mis pantalones. 32. Mis bisabuelos, los Flores y los Graña, intentaron vanamente domar la Araucanía (aunque no fueron capaces ni de domarse a sí mismos), por lo que es probable que fueran nerudianos en la desmesura; mi abuelo Roberto Ávalos Martí fue coronel y estuvo destinado en varias plazas del sur hasta una jubilación temprana y oscura, lo que me hace pensar que fue nerudiano en el blanco y en el azul; mis abuelos paternos llegaron de Galicia y Cataluña, dejaron sus vidas en la provincia de Bío-Bío y fueron nerudianos en el paisaje y en la laboriosa lentitud. 33. Durante algunos días estuve encerrado en Concepción y luego me soltaron. No me torturaron, como temía, ni siquiera me robaron. Pero tampoco me dieron nada para comer ni para taparme por las noches, por lo que tuve que vivir de la buena voluntad de los presos que compartían su comida conmigo. De madrugada escuchaba cómo torturaban a otros, sin poder dormir, sin nada que leer, salvo una revista en inglés que alguien había olvidado allí y en la que lo único interesante era un artículo sobre una casa que en otro tiempo perteneció al poeta Dylan Thomas. 34. Me sacaron del atolladero dos detectives, excompañeros míos en el Liceo de Hombres de Los Ángeles, y mi amigo Fernando Fernández, que tenía un año más que yo, veintiuno, pero cuya sangre fría era sin duda equiparable a la imagen ideal del inglés que los chilenos desesperada y vanamente intentaron tener de sí mismos. 35. En enero de 1974 me marché de Chile. Nunca más he vuelto.

11S


Entre paréntesis, Roberto Bolaño, p. 82
Todo hace pensar que entraremos en el nuevo milenio bajo la admonición de la palabra abyecto, que viene del latín abjectus, que significa bajo, humilde, según el sabio Joan Corominas, que vivió sus últimos años en un pueblo de la costa mediterránea, a sólo unos pocos kilómetros de mi pueblo.
El 11 de septiembre de 1973 planea sobre nosotros como el penúltimo cóndor chileno e incluso como un huemul alado, una bestia salida de El libro de los seres imaginarios, escrito por Borges en colaboración con María Guerrero en 1967, en donde hay un capítulo, «Un animal soñado por Kafka», que transcribe literalmente las palabras del escritor de Praga. Dice así: «Es un animal con una gran cola, de muchos metros de largo, parecida a la del zorro. A veces me gustaría tener su cola en la mano, pero es imposible; el animal está siempre en movimiento, la cola siempre de un lado para otro. El animal tiene algo de canguro, pero la cabeza chica y oval no es característica y tiene algo de humana; sólo los dientes tienen fuerza expresiva, ya los oculte o los muestre. Suelo tener la impresión de que el animal quiere amaestrarme; si no, qué propósito puede tener retirarme la cola cuando quiero agarrarla, y luego esperar tranquilamente que ésta vuelva a atraerme, y luego volver a saltar.»
A veces tengo la impresión de que el 11 de septiembre nos quiere amaestrar. A veces tengo la impresión fatal de que el 11 de septiembre nos ha amaestrado de forma irreversible.

11S

Tiempo de tormentas, Boriss Izaguirre, p. 443
El 11 de marzo del 2004 me levanté con el sabor de un gin-tonic de más y toda mi ropa dispersa entre el salón de mi cuarta casa alquilada en Barcelona y mi nueva cama. Conseguí recoger lo mío y otras prendas que no me pertenecían. Habría sido más de un combinado también. Pese a la lentitud de mis movimientos logré ducharme y estar más o menos adecentado para mis compromisos de la mañana, entre ellos la exhibición de La mala educación de Almodóvar antes de su estreno esa noche en Madrid. Encendí la televisión para ver la última parte del programa de la mañana y allí estaban las crueles imágenes de la explosión en Atocha unas horas antes. El tren entraba en la estación cuando estalló a causa de unas bombas escondidas en mochilas abandonadas. Provenía de una de las zonas con mayor población trabajadora de la ciudad. Muy al contrario que yo, madrugaban y esa mañana lo hicieron para morir masacrados. Se barajaba que fuera otro atentado de ETA. Gabriel no contestaba a su móvil. Mi hermano llamó consternado, advirtiéndome que entre los muertos había mucha gente latinoamericana. Y me hizo la pregunta: «¿De verdad, no crees que sea A! Qaeda?,. Me sorprendió. En ese momento nadie lo planteaba. Intenté entrar en mi gimnasio, corno todas las mañanas, pero la gente estaba delante de las pantallas del televisor siguiendo la noticia y observando esas imágenes tan crueles, una espantosa destrucción, corno si una  guerra se hubiera desatado en un minuto y destruido la idea de paz para siempre. Volví a llamar a Gabriel y seguía el buzón de voz. Volví a marcar y volví a marcar, siempre el buzón de voz.
Fue lo primero que le· dije a Javier al encontrármelo, serio, nervioso.

-De momento, no habrá Crónicas Marcianas  esta noche.

11S

La famila de mi padre, Lolita Bosch, p. 223
Mi padre no vio esto: el martes 11 de septiembre de 2001 dos aviones comerciales, con ochenta y siete personas a bordo, entre pasajeros y miembros de la tripulación, se estrellaron, con diecisiete minutos de diferencia y menos de una hora después de haber despegado, contra las Torres Gemelas de Nueva York. Los vuelos habían salido después de las ocho de la mañana de Boston Legan y se dírigían al aeropuerto internacional de Los Ángeles cuando cada uno de ellos fue secuestrado por cinco terroristas de Al Qaeda que los impactaron contra las Torres Gemelas, contra Manhattan. Así:
Con 17 minutos de diferencia. Provocando la caída, la desaparición, el estrépito y el miedo. Cambiando el mundo. Cuando cayó:
La altura de 8 campos de fútbol gigantes, uno aliado del otro.
El peso de 166 submarinos nucleares.
El hormigón de un túnel entre 10 paradas de metro.
Las ventanas de 43.600 cuartos.
Los 239 ascensores con espacio para 55 personas cada uno.
71 escaleras automáticas con un número infinito de peldaños.
93.000 m2 de oficinas para 50.000 trabajadores:
2 veces la población de Sitges, 20 la de Mercada!.
885 habitaciones y 1.000 huéspedes del Hotel Marriott: el primero del sur de Manhattan.
47 pisos del WT7.
Dos edificios más del WTC: de 7 a 9 plantas cada uno.
Y también, de afuera, la iglesia ortodoxa griega de San Nicolás.
Casi 3.000 muertos.
6 veces mi pueblo de Albons.
3.000 muertos en el tiempo en que tardaron las Torres Gemelas en evaporarse: dos horas.
Dos horas y el estrépito final, definitivo, desesperado. Angustiante. Un eco que perdura y que ha modificado nuestra manera de mirarlo todo. Un momento detenido que nos ha hecho a todos más temerosos. A veces, infinitamente más irracionales. Como nos pareció irracional, entonces, pensar que éramos capaces de entender la desesperación de algunas de las personas que se habían quedado encerradas en el edificio y saltaron por las ventanas al vacío. Sin posibilidad de salvación. Mientras todos nosotros los veíamos y veíamos también el rostro lleno de polvo de una mujer negra tratando de abandonar el corazón sangrante de Manhattan.
Sus esencias. Sus muertes.

Aquella mañana yo estaba en la Casa del Escritor Refugiado de la Ciudad de México

11S

DF Wallace portátil, p. 606
La señora Thompson tiene un televisor Philips de pantalla plana de cuarenta pulgadas en el que Dan Rather aparece un segundo en mangas de camisa y con el pelo ligeramente despeinado. (La gente de Bloomington parece preferir aplastantemente las noticias de la CBS; no está claro el porqué.) Ya hay aquí otras muchas mujeres de Ia iglesia, pero no sé si he intercambiado saludos con nadie porque recuerdo que al entrar yo todo el mundo estaba mirando anonadado una de las pocas imágenes de vídeo que la CBS nunca volvió a emitir: un plano muy general de la Torre Norte en el que se veía la retícula de acero desnuda de los pisos superiores en llamas y varios puntos desprendiéndose del edificio y desplomándose pantalla abajo por entre el humo, puntos que luego un repentino acercamiento del plano reveló que era gente con abrigos y corbatas y faldas y con los zapatos cayéndoseles mientras ellos caían, algunos colgando de cornisas o de vigas y luego soltándose, cabeza abajo o retorciéndose mientras caían, y hubo una pareja que casi pareció (es inverificable) que se estaban abrazando mientras caían por todos aquellos pisos y se convirtieron de nuevo en puntos cuando la cámara regresó de repente a un piano general -no tengo ni idea de cuánto tiempo habían durado las imágenes-, después de lo cual la boca de Dan Rather pareció moverse un segundo sin que emergiera ningún sonido, y todos los que estábamos en la sala nos reclinamos en nuestras sillas y nos miramos entre nosotros con unas expresiones que parecían al mismo tiempo infantiles y terriblemente ancianas. Creo que una persona o dos hicieron alguna clase de ruido. No estoy seguro de qué más decir. Parece grotesco hablar de estar traumatizado por unas imágenes en vídeo cuando la gente en el vídeo estaba muriendo. Algo relacionado con el hecho de que también se les cayeran los zapatos lo hacía todavía peor. Creo que aquellas señoras mayores se lo tornaron mejor que yo. Luego la repulsiva belleza de las imágenes   repetidas del segundo avión al chocar contra la torre, el azul y el plateado y el negro y el espectacular anaranjado de las mismas, mientras caían más puntos en movimiento. 
(En la imagen el Memorial del 11S)

TERAPIA. 11S

De Algún día este dolor te será útil de Peter Cameron, p. 181-182
al colegio Stuyvesant, un centro que está muy cerca de la Zona Cero. Así pues, supongo que tu experiencia de aquel día fue especialmente intensa.
-Sé que va a pensar de mí que soy agresivo adrede, pero realmente detesto ese término.
-¿Qué término?
-Zona Cero.
-¿Ah, sí? ¿Por qué?
-Me parece un eufemismo, algo que podrían decir en una película de James Bond. Y se ha convertido en un destino. La gente dice: “Vamos a la Zona Cero” como dice: "Vamos al Rockefeller Center” o “Vamos al estadio de los Yankees”.
-¿Cómo te gustaría referirte a ese lugar?
-No lo sé. El solar del World Trade Center. El sitio donde estuvo el World Trade Center. “Vamos al solar donde estuvo el World Trade Center antes de que los terroristas estrellaran un avión contra él y lo derrumbaran.”
-De acuerdo. Puesto que Stuyvesant está muy cerca del solar donde estuvo el World Trade Center, imagino que tu experiencia de ese día fue intensa.
-Creo que ese día fue intenso para todo el mundo.
Ella sacudió la cabeza con el semblante entristecido.
-Estoy de acuerdo contigo, pero no me refiero a eso. Estabas al otro lado de la calle donde se encontraban las torres. Supongo que viste cuanto sucedió. No creo que todo el mundo tuviera esa experiencia.
Era cierto que lo habíamos visto todo desde las ventanas del aula. No le respondí enseguida.
Pensé en algo que había leído en el periódico uno o dos meses después del 11 de septiembre de 2001. Se refería a una mujer a la que nadie sabía desaparecida. Nadie la había echado de menos. Nadie informó de su desaparición. Ni familiares ni amigos. Sus vecinos no se dieron cuenta. Se trataba de una persona muy reservada y llevaba una vida tan solitaria que su ausencia no afectó a nadie. Tan solo su manicura cayó en la cuenta. Iba todas las semanas a arreglarse las uñas y, como no aparecía y no era posible localizarla, la manicura avisó a la policía. Irrumpieron en su piso. Encontraron un pájaro, un loro o algo por el estilo, muerto en su jaula, y, naturalmente, ni rastro de ella, solo el periódico del II de septiembre todavía abierto sobre la mesa de la cocina. Y lo había abierto más de un mes antes de que alguien pensara en la posibilidad de su desaparición y, de no haber sido por la manicura, nadie lo habría sabido jamás.
-Estaba pensando en la mujer que murió el 11 de septiembre y de la que nadie supo que había desaparecido -le dije a la doctora-. ¿Leyó la noticia?
-Creo que no.

Le conté la historia de aquella mujer y ella me dijo que había oído hablar de varias personas así, personas que habían muerto pero cuya desaparición nadie había notado, por lo menos de inmediato. Me preguntó por qué creía que estaba pensando en aquella mujer. Esa pregunta me puso muy triste. Triste y con una sensación de derrota, porque no tenía duda de que ella sabía por qué pensaba en aquella mujer.

11S

De El Mundo deslumbrante de Siri Hustvedt, p 270-271
Piensen en las historias que empezaron a circular tras el 11 de septiembre. Que si en el ataque a las Torres Gemelas no había muerto ningún judío y que si el gobierno de Estados Unidos había organizado aquella atrocidad. Tal disparare contó con firmes defensores al igual que, por supuesto, la gran mentira de la administración Bush que asoció la matanza con lrak. Es fácil afirmar que aquellos que se dejan arrastrar por cales creencias son unos ignorantes, pero las creencias constituyen una rara mezcla de sugestión, imitación, deseo y proyección. A todos nos gusta pensar que somos resistentes a las palabras y acciones de los demás. Creemos que no hacemos nuestras las fantasías de los otros, pero estamos equivocados. En algunas creencias es tan obvio que lo que defienden es un disparate (las proclamas de la Sociedad de la Tierra Plana, por ejemplo) que a la mayoría de nosotros nos resulta muy fácil rechazarlas. Pero hay otras que residen en territorios ambiguos, donde lo personal y lo interpersonal no pueden distinguirse con tanta facilidad.

MAS SOBRE EL 11S

De Al límite de Pynchon, p. 345-346
-Parece que lo de salir con policías se ha terminado. Todas las chicas de la ciudad, independientemente de su coeficiente intelectual, se han transformado de la noche a la mañana en desamparadas estúpidas que se desviven por que las cuide uno de esos grandes y fuertotes uniformados de emergencias. ¿Modernas ellas?, ¿modernillas de pitiminí? Puaj. Unas descerebradas que no se enteran de nada, eso es lo que son.
Reprime las ganas de preguntar si Carmine, incapaz de resistirse a tanta atención, ha estado engañándola:
-Pero ¿qué ha pasado exactamente?, bueno, no, mejor exactamente no.
-Carrnine ha estado leyendo los periódicos, se ha tragado la historia entera. Ahora se cree que es un héroe.
_¿y no lo es?
-Es un detective de comisaría. No ve las emergencias ni en pintura, para cuando él llega ya se han ido todos. Se pasa la mayor parte del tiempo en la oficina. El mismo trabajo que ha hecho siempre, los mismos ladronzuelos de siempre, los mismos camellos, los mismos maltratadores domésticos. Pero ahora Carmine cree que está en primera línea de la Guerra contra el Terror y que yo no me muestro lo debidamente respetuosa.
-Pero (lo has sido alguna vez?, ¿acaso antes no se daba cuenta? -Él apreciaba que una mujer tuviera carácter, una personalidad fuerte. Eso decía. Y eso creía yo. Pero desde el ataque ...

-Sí, ya, se nota lo mucho que se han agriado algunos caracteres. -Los policías de Nueva York siempre han sido arrogantes, pero últimamente aparcan siempre en la acera, gritan a los civiles sin motivo; cada vez que un chaval intenta saltarse un tomo, se suspende el servicio de metro y vehículos policiales de todas las clases, de superficie y aerotransportados, convergen en la zona y ahí se quedan. En Fairway han empezado a vender mezclas de café con los nombres de los distritos policiales. Las panaderías que sirven a las cafeterías han inventado un gigantesco bollo relleno de mermelada llamado «Héroe», con la forma del conocido sándwich del mismo nombre, para cuando aparecen los coches patrulla. Heidi ha estado trabajando en un artículo para el journal of Memespace Cartography que ha titulado «Estrella  heteronormativa en alza, compañero oscuro homófobo", en el que argumenta que la ironía, que se supone que es un rasgo básico del humor gay urbano y era muy popular en los 90, se ha convertido ahora en una víctima colateral más del 11S porque no habría impedido que ocurriese la tragedia.

DEL 11S

De Al límite de Thomas Pynchon, p. 410
«Tras el ataque del 11 de septiembre», editorializa March una mañana, «entre todo aquel caos y confusión, se abrió silenciosamente un agujero en la historia de Estados Unidos, un vacío de responsabilidad, por el que empezaron a desaparecer valores humanos y financieros. En los tiempos de la candidez hippy, a la gente le gustaba culpar a "la CIN' o a una "operación secreta ilegal". Pero éste es un enemigo nuevo, innombrable, ilocalizable en ningún organigrama ni en ningún presupuesto ... , quién sabe, a lo mejor hasta la CIA le tiene miedo. »Tal vez sea invencible, o tal vez haya formas de resistirse a él. Lo que se requiere es un grupo de gente preparada, combatientes dedicados y dispuestos a sacrificar tiempo, ingresos, seguridad personal, una fraternidad de hombres y mujeres consagrada a una lucha incierta que puede prolongarse durante generaciones y, aun así, acabar en una derrota absoluta.»

11S

De Al límite de Thomas Pyncho, p.350-351
También me ha estado pasando a mí. Veo a gente por la calle que se supone que ha muerto, a veces incluso a personas que sé que estaban en las torres cuando se desmoronaron, que no pueden estar aquí, pero aquí están.
Se quedan mirándose un rato, ahí abajo, en el suelo del bar de la historia, sintiéndose pillados a traición, sin tener claro cómo levantarse y seguir adelante con un día que de repente se ha llenado de agujeros: familia, amigos, amigos de amigos, números de teléfono en el Rolodex que ya no responden ... , la sensación desoladora, algunas mañanas, de que hasta el país mismo ya no está ahí, de que está siendo reemplazado silenciosamente, pantalla tras pantalla, por otra cosa, por una caja de paquetes informáticos impresa, en manos de tipos que mantienen la cabeza fría y los dedos a punto para cliquear.
-Lo siento, Shawn. ¿y qué crees que puede ser?
-Aparte de lo mucho que los echo de menos, no sé. Es sólo esta puta ciudad de mierda; demasiadas caras, que nos vuelven locos a todos. ¿No estaremos presenciando un regreso al por mayor de los muertos?
-¿Preferirías que fuera al detalle?
-He acuerdas de aquel trozo de la grabación de las noticias locales, cuando la primera torre se viene abajo? Una mujer corre por la calle, se mete en una tienda y cierra la puerta, y entonces llega esa terrible nube negra de ceniza y escombros que asuela las calles, y pasa con la fuerza de un vendaval por delante del escaparate ... , ése fue el momento, Maxi. No el momento en que «todo cambió», sino en el que todo se reveló. Nada de una grandiosa iluminación zen, sino una avalancha de tinieblas y muerte. Que nos enseñaba exactamente en qué nos hemos convertido, lo que hemos sido todo el tiempo. -Y eso que hemos sido siempre es ...
-Es que vivimos un tiempo prestado. Y nos ha salido barato.

Sin preocuparnos nunca de quién paga, de quien se está muriendo de hambre en otra partee, esa gente amontonada y aplastada por ahí para que nosotros tengamos comida barata, una casa, un jardín en las afueras…, a escala planetaria más cada día que pasa,  el desquite va preparándose. Y mientras tanto, la única ayuda que recibimos de los medios es el lloriqueo por los muertos inocentes. ¿Sabes una cosa? Todos los muertos son inocentes. No hay ninguno que no lo sea.

11S

De Al límite de Thomas Pynchon, p.345-346
-Sí, ya, se nota lo mucho que se han agriado algunos caracteres. -Los policías de Nueva York siempre han sido arrogantes, pero últimamente aparcan siempre en la acera, gritan a los civiles sin motivo; cada vez que un chaval intenta saltarse un tomo, se suspende el servicio de metro y vehículos policiales de todas las clases, de superficie y aerotransportados, convergen en la zona y ahí se quedan. En Fairway han empezado a vender mezclas de café con los  nombres de los distritos policiales. Las panaderías que sirven a las cafeterías han inventado un gigantesco bollo relleno de mermelada llamado «Héroe», con la forma del conocido sándwich del mismo nombre, para cuando aparecen los coches patrulla.
Heidi ha estado trabajando en un artículo para el Journal of Memespace Cartography que ha titulado «Estrella heteronormariva en alza, compañero oscuro homófobo», en el que argumenta que la ironía, que se supone que es un rasgo básico del humor gay urbano y era muy popular en los años noventa, se ha convertido ahora en una víctima colateral más del 11 de septiembre porque no habría impedido queocurriese la tragedia.
-Como si, no se sabe por qué, la ironía -recapitula para Maxine-, tal como la practicaba una quinta columna de refinados entre risitas, hubiera provocado de hecho los sucesos del 11 de septiembre, al impedir que el país estuviera todo Jo serio que debería, debilitando su anclaje en «la realidad». Así que todo lo que sea fruto de la fantasía (y no me refiero al estado de delirio en el que se ha sumido el país) también debe sufrir las consecuencias. Ahora todo debe ser literal.
-Sí, los chicos están recibiendo ese tipo de discurso en la escuela. -La señora Cheung, una profesora de inglés que si la Kugelblitz fuera un pueblo sería la bruja del barrio, ha anunciado que no les pondrá más trabajos de lecturas de ficción. Otis está aterrado; Ziggy, un poco menos. Cuando Maxine los sorprende viendo Rugrats: Aventuras en pañales o reposiciones de La vida de Rocko, ellos gritan asustados, por reflejo: «iNo se lo digas a la señora Cheung!”.

-¿Te has fijado -prosigue Heidi- en cómo la programación de «realidad» ha llenado de repente todos los canales por cable, como mierda de perro? Claro que así los productores no tienen que pagar la escala salarial de los actores reales. Pero, espera, iaún hay más! Alguien necesita que esta nación de mirones pasmados se crea que por fin ha espabilado, que todos se han curtido y están a la altura de la condición humana, que se han liberado por fin de las ficciones que los llevaban por mal camino, como si prestar atención a vidas inventadas fuera una forma de abuso de drogas malignas que el desmoronamiento de las torres ha curado al meterles de nuevo el miedo en el cuerpo a todos, sin excepción. Y, a propósito, ¿qué pasa en la otra habitación?

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