Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma
Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel
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VIVA MEXICO


Contra la España vacía, Sergio del Molino, p. 244

Cuando Manuel Azaña murió, pesaba sobre él una reclamación de responsabilidades políticas que cifró en cien millones de pesetas la indemnización que adeudaba al Estado franquista. Falange se incautó de todos los bienes que había dejado en España y el embajador franquista en París presionó a Pétain para que su cadáver no recibiese los honores de Estado que por ley le correspondían. El gobierno de Vichy prohibió cualquier signo republicano o político en su lápida y sólo aceptó que cubrieran la tumba con una bandera española si esta era la rojigualda. Como Azaña había muerto en unas dependencias alquiladas por la embajada de México en Francia (lo que le daba protección extraterritorial), el embajador propuso cubrir su féretro con una bandera mexicana. Según confesó el diplomático en sus memorias, este le dijo al mariscal Pétain: «Lo cubrirá con orgullo la bandera de México. Para nosotros será un privilegio, para los republicanos una esperanza, y para ustedes, una dolorosa lección» Sólo la intervención de México, el único aliado fiel e incondicional que tuvo la República española durante la guerra (y aun después, con su generosa política de acogida de refugiados, recibidos con todos los honores públicos), salvó a Manuel Azaña de la damnatio memoriae a la que, en la más pura tradición romana, le condenaba el fascismo triunfante.


DON MANUEL AZAÑA


Contra la España vacía, Sergio del Molino, p. 248

Pocos personajes públicos han sufrido tantas insidias y acosos como Manuel Azaña. La más persistente se refería a su sexualidad. Como se casó a los cincuenta años, no se le conocieron novias anteriores y tenía una amistad muy íntima con Cipriano Rivas Cherif (que devendría su cuñado, porque Azaña se casó con la hermana menor de Rivas), sus enemigos le acusaron de homosexual. En una época tan homófoba y machista, aquello era un insulto peligroso, pero Azaña lo soportó sin trauma aparente. Sin embargo, su uso fue tan obcecado que aún hoy es una laguna incomprensible entre sus estudiosos. Casi ninguno se ha atrevido a indagar o a plantear hipótesis sobre su homosexualidad para no alimentar el bulo. A mi juicio, este silencio sólo perpetúa el insulto. Vista hoy, su condición de homosexual reprimido, sufriente y encerrado en un armario con siete llaves engrandece el mito y amplía la identificación con su  tragedia. Si la figura de Azaña se ha convertido en metáfora de la soledad, un Azaña homosexual en el país que mató a Lorca elevaría su leyenda unos cuantos metros.

Yo no tengo elementos de juicio para afirmar algo así, aunque cualquiera que se acerque a la correspondencia con Rivas Cherif y a los relatos de su amistad comprobará que caben pocas interpretaciones sobre la naturaleza amorosa de su relación. Bien es cierto que Azaña, feo, católico (es un decir) y sentimental, tenía un sentido de la amistad muy apasionado, como correspondía a un letraherido sensible. Cipriano era su alma gemela y su afecto empezó por afinidad intelectual. Nadie le comprendía como él.


ADOLF LOOS


Contra la España vacía, Sergio del Molino, p 207

Por seguir con el pensamiento de uno de los ideólogos de la arquitectura contemporánea, Adolf Loos, puede concluirse que la fiebre del oro cultural ha creado aldeas Potemkin. Para Loos, la Viena de comienzos del siglo XX era el ejemplo perfecto de aldea Potemkin, concepto que rescató del reinado de Catalina la Grande de Rusia y de su amante y valido, el príncipe Potemkin. Preocupado este por la pobre impresión que el paisaje ruso podría causar en su reina, mandó diseñar unas maquetas de escayola de pueblos típicos, con su caserío y sus torres encebolladas y coloridas, a lo San Basilio junto al Kremlin. Dispuestas a los lados del camino y jugando con las leyes de la perspectiva, daban la impresión de ser pueblos reales en lontananza, gracias a los cuales Catalina creía que reinaba sobre un país mucho más rico y poblado. Loos utilizó esta historia para denunciar los excesos decorativos del modernismo y concluir que, tras las fachadas de la Ringstrasse, no había nada de valor ni útil para la vida urbana y doméstica. La farfolla culterana que envuelve tantas Vetustas también hace de ellas aldeas Potemkin.


DE LA SOCIEDAD


Contra la España vacía, Sergio del Molino, p. 237

Los crucigramas, sudokus y demás jueguecillos se llamaban antes pasatiempos. Ahora se publicitan como retos para estimular la inteligencia. La comida no se vende por su sabor, sino por sus propiedades nutritivas, y hasta el sexo se valora como una actividad cardiosaludable y de crecimiento emocional. Para no frenar el bucle, nos contamos cuentos utilitarios. Todo es constructivo, útil, enriquecedor (signifique lo que signifique ese verbo) o didáctico. El ocio ha de ser activo. Ya no se pierde el tiempo. Si acaso, se medita con técnicas tibetanas. La siesta no es pereza, sino una forma de reiniciar los circuitos neuronales para ser más productivos, aunque para mi amigo Miguel Angel Hernández Navarro, escritor y crítico de arte, la siesta es una performance: «Es la acción consciente y simbólica de detenerse. De ingresar en un universo diferente, de poner entre paréntesis el tiempo. Una pequeña fuga del mundo» En una sociedad en movimiento perpetuo, las siestas de pijama de Hernández Navarro son casi subversivas. Hemos contagiado la histeria incluso a los niños, que ya no disfrutan de tardes de domingo eternas, a solas con su propio tedio, sino que viven sometidos a una agenda minutada desde antes de que aprendan a distinguir la hora de la merienda de la del desayuno. Tras esa agitación amaga una sociedad frustrada, que huye hacia adelante como quien traga frascos de antidepresivos (cosa que también se hace mucho) para no dejar un resquicio a la contemplación ni a la reflexión.


DEL GATOPARDO


Contra la España vacía, Sergio del Molino, p. 214

Una democracia liberal no puede limitarse a los espacios de la corte, lo que los cursis llaman mentideros. Incluso en un país con un gobierno centralista, el Estado y sus instituciones -tanto las formales como las informales, tanto las de poder duro como las de blando-- deben hacerse presentes en todo el país si la nación aspira a ser algo más que una bandera. El principal logro de la ciudad de provincias es que funcionaba en red y llegaba a casi todos los ciudadanos, sirviendo de nexo entre el poder del Leviatán y los rincones más abruptos y lejanos. Una vida provinciana estable garantiza la integración de los ciudadanos en la normalidad democrática. Al ser idéntica, es homologable, facilita el entendimiento de partes dispersas y la circulación rápida de talento e ideas entre las periferias y hacia el centro. La metáfora adecuada es la del sistema circulatorio y los movimientos de sístole y diástole del corazón.

La vida de provincias como reducción a escala de la vida nacional ha sido un elemento indispensable de la democracia europea, por eso los novelistas del XIX le prestaban tanta atención, porque intuían que era un rasgo característico de su época, una nota original y relevante que explicaba el tránsito del antiguo régimen al liberalismo. La vida de provincias podía ser aburrida, hipócrita, ritual, asfixiante e incluso autoritaria y corrupta, pero era una vida real sobre la que se podía intervenir. Las Vetustas etéreas con pirámides poblacionales a punto de invertirse, con universidades que producen titulados sin futuro y con una fe religiosa en el dios de la cultura, de quien se espera el milagro de la abundancia si le rezan muy fuerte con bienales y festivales, están a pocos pasos de deshacerse en su propia niebla y perderse en las periferias de Guilluy, es decir, en la oscuridad que no cuenta, que no pertenece al país. Fueron, como el príncipe Salina, la sal de la tierra, los nodos con los que se tejió la red del Estado, y ahora pueden no ser nada.


FERROLIÑO



Contra la España vacía, Sergio del Molino, p. 212
Ferrol es una de las Vetustas más castigadas de España. Sede de los astilleros militares más importantes y base naval desde el siglo XVIII, la ciudad ha vivido ligada al ejército y a las factorías que jalonaban la ría. Se han hecho muchos barcos en Ferrol, y en el siglo XX se llenó de emigrantes rurales que llegaban de todas las provincias de España. Hasta que se acabó la industria, o la cerraron por decisión europea, y Ferrol se sumió en la decadencia triste de las fábricas vacías. El comercio del centro de la ciudad fu  cerrando conforme los antiguos obreros se marchaban o se amodorraban en sus casas para no derrochar sus pensiones. Las calles de edificios modernistas donde jugó de niño el escritor Torrente Ballester se entristecieron de abandono, y los poderes públicos se afanaron -casi siempre sin resultados- en buscar un remedio, otra forma de vivir.

Hace unos años, en el barrio de Canido, en lo alto de Ferrol, apareció un mural que atribuyeron a Banksy, el Marcel Duchamp del graflti. Una compañía cervecera y un artista local habían lanzado un reto en el Reino Unido mediante una campaña publicitaria, pidiéndole que pintase algo. Canido era la sede de un festival de arte urbano que atraía a grandes figuras, y su promotor pensó que llamar la atención de Banksy podía poner Ferrol en el mapa, como se suele decir. Un muro encalado que habían reservado para el artista amaneció con una pintura que representaba a dos guardias civiles con tricornio dándose un beso de amor apasionado. Empezó entonces una discusión acerca de la autenticidad de la obra. ¿Estuvo Banksy en Canido?


LA REGENTA


Contra la España vacía, Sergio del Molino, p. 194

Leopoldo Alas, Clarín, tenía treinta y un años y fama de crítico literario gruñón cuando publicó su obra maestra. Le acusaron de plagiar Madame Bovary, aunque se defendió recurriendo a las atenuantes de homenaje y parafraseo. Es cierto que su Ana Ozores comparte con Emma Bovary la afición a la lectura, una vivencia esteticista de la religión e incluso una frustración  sexual digna de toda la atención de Freud, y no es menos cierto que la Vetusta de Clarín recuerda a la Ruan de Flaubert casi tanto como los prados y acantilados de Bretaña recuerdan a los de Asturias. La novela francesa lleva el subtítulo etnológico «Costumbres provincianas». La novela española no viene subrayada con una aclaración, es La Regenta a secas, pero tiene más claro el sesgo antropológico, hasta el punto de que se lee como un retrato historicista, por encima de otros valores más genuinamente literarios. La obra de Flaubert, en cambio, ha perdido con el tiempo ese aire costumbrista que manifestaba el subtítulo para hacérsenos más abstracta y existencialista. De Madame Bovary nos importa, sobre todo, Emma. De La Regenta nos importa, sobre todo, la ciudad de Vetusta. Esa decantación tan distinta que han sufrido ambos textos debería hacernos sospechar que Clarín no estaba tomando apuntes del natural, sino adaptando a su aire el Zeitgeist novelístico que le tocó en suerte, y que vivía obsesionado, desde Henri Beyle, con la vida de provincias.


REWILDING


Contra la España vacía, Sergio del Molino, p. 160

Hay varios experimentos de rewilding que han tenido mucho éxito, como el de Oostvaardersplassen, en Holanda, donde el biólogo Frans Vera introdujo flora propia del Serengueti en una comarca castigada duramente por la industrialización. Reinsertó también algunos grandes mamíferos africanos que, según los registros fósiles, poblaron esa zona en el pleistoceno. Se adaptaron tan bien que pronto se creó un ecosistema complejo, con aves que hacía tiempo que no anidaban en la zona. Una facción del movimiento rewilding aspira a ir más allá de la reversión del neolítico y plantea la vuelta al pleistoceno. Defienden que la extinción de los grandes mamíferos de aquel periodo, como los marnuts, se debió a la caza masiva y a su impacto sobre los extensísimos pastos que cubrían Europa desde el Ártico hasta el Mediterráneo y que suponían la fuente de alimento y el hábitat de los abuelos de los elefantes. La fauna del holoceno, nuestro tiempo (si no estarnos ya en el antropoceno), es más pequeña que la del pleistoceno porque los sapiens robaron recursos a los demás mamíferos. Por las leyes darwinistas, la selección natural favoreció a los animales con el estómago más reducido, que necesitaban menos nutrientes en un mundo reseco con pocos pastos.

La obsesión de parte del rewilding es la recuperación de la megafauna del pleistoceno, recurriendo incluso a la ingeniería genética. Abogan por crear marnuts en laboratorio a partir del ADN de los restos conservados y vallar zonas libres con flora parecida a la del pleistoceno. Quienes defienden estas acciones creen que tendrán un efecto potente y beneficioso contra el calentamiento global.


LA DEMOCRACIA


Contra la España vacía, Sergio del Molino, p. 51

La democracia liberal no es el resultado de una ingeniería política. No responde al diseño teórico de los científicos sociales. Al contrario, es el fruto de la decantación de los siglos, por eso es imperfecta, desordenada y a menudo caótica. Necesita reformas y apuntalamientos continuos, se queda vieja a menudo y requiere intervenciones de calado. Está viva, como las ciudades y las casas. Sin una atención y una gestión detallistas, se echa a perder. Hemos heredado las democracias liberales de nuestros tatarabuelos. Son casas viejas que dan mucho trabajo y guardan secretos incomprensibles, habitaciones absurdas y algún que otro fantasma. Nuestra obligación es hacerlas habitables y adaptarlas al presente, no demolerlas ni vendérselas al gobierno chino.

Las clases medias o los progres nos sentimos muy cómodos porque vivimos en las mejores habitaciones, las de la planta principal. No sólo las hemos decorado a nuestro gusto, sino que comprendemos su historia y nos identificamos con los muebles antiguos que las visten. Somos los más interesados en mantener el edificio en buenas condiciones porque estamos muy arraigados en él. En otras plantas, las cosas funcionan de otro modo. En los áticos de lujo, donde viven los muy ricos, domina el escepticismo. Sus habitantes sienten que podrían vivir mejor en otro edificio más lujoso. Planean vender y mudarse. Para quedarse, piden pagar menos contribución y que no les pongan pegas arquitectónicas para tirar las paredes que les apetezca y ampliar su espacio vital. Se quedarán en el edificio mientras no encuentren otro mejor o mientras sientan que su voluntad no se constriñe. Andan también pendientes del estado financiero de las clases medias, para hacerles una oferta por su parte de la casa y montar un hotel o alquilar el edificio como oficinas de lujo a una multinacional.

En los cuartos interiores viven las masas pobres. Si se vuelven muy numerosas, harán la casa inhabitable. Conforme más crecen, más resentimiento acumulan contra los de los pisos de arriba. Se sienten excluidas y maltratadas, hasta el punto de que la casa les resulta extraña. Formalmente, son tan herederas del inmueble como los demás, pero están tan hartas de sus apreturas y ninguneos que aspiran a demolerlo, con los ricos y los de las clases medias dentro, a ser posible. A veces, según soplen los chismes en el ascensor, pueden tramar alianzas con los ricos para mandar a los progres a paseo.


LA PANDEMIA


Contra la España vacía, Sergio del Molino, p. 143

El paseo por Barcelona me había hecho meditar sobre la decadencia urbana y la posibilidad, no tan descabellada, de que toda esa vida cambiase. Había participado en muchos debates sobre ese asunto, y una de las razones por las que celebro tanto haber escrito La España vacía es que me puso en contacto con un mundo intelectual y activista que propone desafíos filosóficos muy interesantes. Charlar con radicales apasionados que reniegan de todo aquello que para mí es irrenunciable y convierten su vida en un manifiesto me sube la adrenalina y enciende todas mis neuronas. Sin embargo, siempre acababa con la sensación de que asistía a una charla salonard. Incluso cuando discutía con personajes que lo habían dejado todo para vivir a lo Thoreau, sus argumentos me parecían ejercicios de retórica, casi gestos de coquetería dandi. No cuestiono la firmeza de sus convicciones, muchas veces cargadas de poesía y honestidad, pero siento que se explican mejor en términos de distinción, tal y como definió este concepto el filósofo Pierre Bourdieu, es decir, como una afirmación clasista. En sus formas más autocomplacientes, son versiones rústicas del viejo épater le bourgeois. Una vida thoreauniana podía ser una decisión hermosa y dura para encontrar un sentido trascendente a una existencia sin rituales ni religiones, pero plantearla como un objetivo político y un horizonte para la humanidad era más que bisoño. Escuchar a adultos muy inteligentes y bien armados de lecturas y erudición teorizar sobre la reversión del neolítico y la construcción de un futuro armónico con la naturaleza era tan encantador y tan poco productivo en términos políticos como leer Walden. La pandemia cambió el cuento. Del mismo modo que convirtió a los apocalípticos en analistas certeros, hizo de los eremitas políticos realistas. Zaratustra sustituyó de pronto a Cicerón.


INCIPIT 1.523. CONTRA LA ESPAÑA VACIA / SERGIO DEL MOLINO


Los libros nacen en lo profundo del ayer, como reacciones casi póstumas a escenas infantiles que no entendimos. Cuando emergen a la conciencia, los temas, las primeras frases, el título y las páginas finales llevan mucho tiempo escritos. Se empieza a teclear con la sensación de haber pasado media vida con esos párrafos dentro, sin saber cuándo arraigaron y echaron a crecer. No es el caso de este ensayo, cuyos orígenes puedo fechar con precisión. Empecé a escribir de forma inconsciente este libro el 19 de noviembre de 2018, entre las siete y las ocho y media de la tarde.

Aquel día se presentaba en la librería Alberti de Madrid Lugares fuera de sitio, la obra con la que gané el Premio Espasa de Ensayo de ese año. Me hacía el honor de presentármela Joaquín Estefanía, que había vuelto del retiro para ayudar a Sol GallegoDíaz a dirigir El País. Joaquín representaba un arquetipo periodístico e intelectual que yo homenajeaba en el libro: la  generación de la transición, capitaneada por Manu Leguineche e integrada, sobre todo, por los cuadernícolas, aquellos jovencísimos reporteros que empezaron sus carreras en Cuadernos para el Diálogo.

Dos estrellas de aquella revista, Eduardo Barrenechea y Luis Carandell (que, por problemas legales con la censura, firmaba con el seudónimo de Antonio Pintado), hicieron un viaje por la frontera hispanoportuguesa en 1972 por encargo de Cuadernos, que editó la aventura en forma de libro, titulado La Raya de Portugal. La crónica, llena de humor y sabiduría, bautizaba la franja fronteriza casi despoblada como la Costa del Luto, parodiando la manía desarrollista de poner nombre a las costas ibéricas.


INCIPIT 1.460. LOS ALEMANES / SERGIO DEL MOLINO


l. Fede

Iré a ver a papá, le dije. Claro que iré. Ya había decidido ir antes de que me clavase el codo con la mirada, y mucho antes de que chasqueara la lengua y suspirase. Se le pone cara de adolescente cuando se enfada, pensé, pero a lo mejor sólo se la veo yo. Serán cosas de hermanos.

Cuando bajé del taxi y me encaminé a la cancela, Eva me vio venir y cruzó los brazos. Rígida, ni adelantó una pierna para salir a mi encuentro. Esperó a que llegase y ni siquiera respondió a mi abrazo. Le di un beso en la mejilla, un beso de verdad, de los que manchan, y no se movió ni me saludó. ¿Vienes directo, sin pasar por casa de papá?, me dijo, como si yo tuviera la culpa de los horarios de Iberia, como si hubiese urdido una trama de trenes retrasados y vuelos cancelados.

-¿No has traído maleta? Pensé que te quedabas unos días, hasta la despedida, al menos -dijo, mirando la mochila que llevaba a la espalda, una mochila pequeña donde sólo cabían dos camisas y una muda.

-No quería facturar, ya me apañaré. Que sí, joder, me quedo unos días, claro que me quedo unos días.

-Bien, porque habrá que decidir qué hacemos con los papeles de Gabi y hay que firmar un montón de cosas. Eso, decidamos ahora. Arreglémoslo todo en la puerta del cementerio, antes de que me vuelva a escapar y no responda a los correos y finja que mi vida no tiene nada que ver con la vuestra.


EICH


La hora violeta, Sergio del Molino, p. 122

Izaskun y Teresa dedican más de una hora a rebajar nuestras expectativas. Originales y copias, gruesos mazos de impresos que debemos leer, aprobar y firmar, complejos formularios legales, jerga médica, advertencias por triplicado. El resumen es que el trasplante es un proceso muy agresivo lleno de infinidad de riesgos y cuyo éxito ni siquiera supone una garantía de curación. El caso de Pablo tiene, además, sus propias complicaciones, que obligan a añadir un montón de peros y sin embargos a una lista ya de por sí inabarcable. El principal de ellos es que las posibilidades de curación de la leucemia aumentarán si se presenta una complicación típica de los trasplantes, pero muy peligrosa y a menudo mortal: la enfermedad de injerto contra huésped. En otros casos, tratan de evitar que surja, pero en el de Pablo se plantean incluso estimularla, pues a pesar de su riesgo posee un apreciable potencial terapéutico. Básicamente, esa enfermedad consiste en que los linfocitos  de la nueva médula reconocen el cuerpo del receptor como un organismo enemigo, y lo atacan. Generalmente, con una brutalidad poco entusiasta, y sus efectos son comparables a los de una alergia que se puede combatir con Urbasón. Pero, en sus manifestaciones más graves, la nueva médula bombardea y arrasa al paciente. Las doctoras desean un ataque de nivel medio-bajo, pues en esa reacción los linfocitos del donante vencerían los restos de cáncer que pudieran quedar. Está demostrado que hay una relación entre la aparición del injerto contra huésped (EICH, como la conocen en el hospital, en unas siglas que nos vamos a hartar de oír y de explicar) y una mayor tasa de curación en los pacientes que la sufren.


INCIPIT 1.350. LA HORA VIOLETA / SERGIO DEL MOLINO


Este libro es un diccionario de una sola entrada, la búsqueda de una palabra que no existe en mi idioma: la que nombra a los padres que han visto morir a sus hijos. Los hijos que se quedan sin padres son huérfanos, y los cónyuges que cierran los ojos del cadáver de su pareja son viudos. Pero los padres que firmarnos los papeles de los funerales de nuestros hijos no tenernos nombre ni estado civil. Somos padres por siempre. Padres de un fantasma que no crece, que no se hace mayor, al que nunca vamos a recoger al colegio, que no conocerá jamás a una chica, que no irá a la universidad y no se marchará de casa. Un hijo que nunca nos dará un disgusto y a quien nunca tendremos que abroncar. Un hijo que jamás leerá los libros que le dedicarnos.

Que nadie haya inventado una palabra para nombrarnos nos condena a vivir siempre en una hora violeta. Nuestros relojes no están parados, pero marcan la misma hora una y otra vez. Cuando parece que el segundero va a forzar a la manija horaria a saltar a la siguiente hora, ésta vuelve a la anterior. Vivimos atascados en ese no-man's time, en un pleonasmo de nosotros mismos, y en él evocarnos aquel relato fantástico e inverosímil, aquella tragedia barata llena de artificios de guionista zafio, que nos encerró aquí. Yo la evoco por escrito. Recuerdo este año de mi vida con la esperanza de fijar su relato y no convertirlo nunca en un lugar común.

Mi hijo Pablo tenía diez meses cuando ingresó en el hospital, y estaba a punto de cumplir dos años cuando arrojarnos sus cenizas. Ése es el tiempo que cabe en nuestra hora violeta. Ése es el tiempo que cabe en este libro, que contiene todas las palabras que hacen falta para nombrar mi condición.


ANGOLA


La hora violeta, Sergio del Molino, p. 71

Hoy, la gente de Saskatoon, simplemente, se aburre en su propia prosperidad blanca. Aprovechando la tradición campesina y ganadera del lugar, tienen una pequeña universidad que es líder en investigación agraria, pero no parece que esto despierte muchas pasiones. Tienen equipo de hockey, de fútbol y de béisbol, pero ninguno destaca por su vitrina de trofeos. También tienen sus cafés, sus garitos de conciertos y sus teatros, con su preceptiva escena cultural, pero de la lista de artistas, escritores y músicos oriundos del lugar ninguno parece haber descollado más allá de los límites provinciales. Toda la información de que dispongo de Saskatoon invita a pensar que la vida allí es cómoda, culta, sensata, recoleta y agradable, gracias al funcionamiento a plena potencia de los sistemas de calefacción. El frío no dejará mucho sitio para la extravagancia o la tragicomedia, pero tampoco para el drama. Apenas pasarán cosas dignas de un titular. Vivir en ese culo del mundo será un coñazo, y la única virtud de la que pueden envanecerse sus habitantes con respecto a otros culos del mundo es que su coñazo, al menos, es plácido, próspero e higiénico.

António Lobo Antunes escribió una novela titulada En el culo del mundo. Su culo se llamaba Angola. Angola durante la guerra de independencia. Lobo Antunes fue uno de esos  portugueses a quienes tocó ejercer de notarios del desplome del viejo imperio, y lo hizo en un libro inspirado en sus años de soldado. Es una novela llena de moscas, de negros crueles, de sargentos sádicos y de mujeres violadas. Es, también, una novela llena de soledades. Su título es tajante y sugiere que el culo del mundo está siempre lleno de mierda, pero yo no creo que eso sea irremediablemente así. El mundo tiene muchos culos y algunos están muy limpios.


DOLOR


La hora violeta, Sergio del Molino, p. 85

Dicen que todos los fármacos son venenos si se administran en dosis altas, pero no en la posología terapéutica. El problema de la quimioterapia es que siempre es un veneno, incluso en dosis bajas. Los protocolos médicos buscan reducir al mínimo la toxicidad, pero ese mínimo sigue siendo demasiado para un cuerpo humano. No dejan de hablarnos de las secuelas: cardiopatías, afecciones al pulmón, enfermedades del hígado  ... Por no mencionar -¿para qué mencionarlo todo?, ¿para qué insistir en todos y cada uno de los puntos que se recogen en los consentimientos informados que estoy harto de firmar? Ahí, sí, ahí, donde pone padre, madre o tutor legal- que la propia quimio puede facilitar el desarrollo de otro cáncer años después.

Venenos potentes, que no se arrojan a la basura, sino que requieren un tratamiento específico, como los residuos nucleares. Venenos que no pueden ser manipulados por mujeres embarazadas porque se ha demostrado que afectan al desarrollo intrauterino y provocan malformaciones. Venenos que abrasan la piel si se derraman sobre ella. Venenos que administran con guantes y mascarilla, con miedo, con precaución de artificiero. Eso es lo que corre por la sangre aguada de mi hijo. Venenos que destruyen sus células y lo dejan al borde de la muerte. Una y otra vez, ciclo tras ciclo, bolsa tras bolsa, centilitro tras centilitro. Y todo para nada. Toda esa mierda, que puede fulminar al más robusto de los seres humanos en pocas horas, no es capaz de detener la puta leucemia.


11M


La hora violeta, Sergio del Molino, p. 65

Cuando se cumplió el primer aniversario de los atentados del 11 de marzo de 2004, que mataron a casi doscientas personas en Madrid, me encargaron varios trabajos especiales en el periódico. Básicamente, se trataba de localizar a las familias de las víctimas aragonesas -oficialmente, tres- y narrar sus historias en un suplemento especial. En todo ese tiempo, no habían salido en el diario, sólo se habían dado los nombres de los fallecidos, algunas fotos de los funerales y un par de datos biográficos incluidos en la nota policial. Yo iba a ser el primero en interrumpir su duelo.

Dos de las tres familias declinaron salir en mi reportaje. Uno era el hijo de un militar, y el otro, una señora de Ateca que vivía en Alcalá de Henares. Los terceros, sin embargo, aceptaron a regañadientes, y yo fui el primer sorprendido. Eran los padres de un chaval de diecinueve años, estudiante del Instituto Nacional de Educación Física. Un deportista bonachón y entusiasta de su pueblo, Alfambra, en la provincia de Teruel, donde la familia había abierto una casa rural. El joven iba a clase y se montó en uno de los trenes que volaron por los aires.

El matrimonio vivía en un chalet de Coslada, y hasta allí fui, en tren de cercanías, haciendo el trayecto inverso al que hizo su hijo el 11 de marzo de 2004. Entré en la casa, saludé con dos besos a la madre y estreché la mano lánguida del padre. Al instante percibí una hostilidad desganada que asumí como merecida. Toda la casa estaba impregnada del recuerdo del hijo muerto. Un gran retrato, el mismo que días después ilustraría mi artículo en el suplemento especial del periódico, presidía el salón. Trofeos deportivos, libros, fotos. La ausencia del hijo lo llenaba todo. La casa era el horizonte de sucesos de un agujero negro, antimateria. El vacío absorbía la realidad. ¿ Y qué quieres saber?


FELIPE GONZALEZ


Un tal González, Sergio del Molino, p. 370

Históricamente, los gobiernos de Londres, Bonn, Roma o París no han mostrado piedad con los terroristas ni remilgos con los derechos y garantías constitucionales. Ni esa operación ni ninguna de las suspensiones de derechos fundamentales decretadas en Irlanda del Norte ensombrecieron la memoria de Margaret Thatcher, cuyas polémicas tienen que ver con otras cuestiones, sobre todo económicas. No hay un episodio parecido en la historia del terrorismo español en democracia. Nunca un comando militar se ha plantado en mitad de Rentería y se ha puesto a disparar por la espalda a miembros de ETA desarmados. Tampoco hubo en España nada parecido a la OAS (Organisation de l'Armée Secrete) francesa, infestada de militares corruptos, ni se aplicó la dureza que la República Federal de Alemania empleó contra la Fracción del Ejército Rojo, ni hubo una organización de terrorismo fascista directamente conectada con el partido del gobierno y la mafia, como el Ordine Nuovo italiano. Y, sin embargo, sólo en España se ha dado un debate tan largo sobre la guerra sucia y las cloacas, y sólo en España los jueces se han cobrado piezas de caza mayor, como ministros.

A eso se refería Felipe cuando hablaba de la autocontención de las fuerzas de seguridad españolas con ETA: de una forma casi inefable -porque es imposible decir algo así sin que suene a berrinche exculpatorio--, sienten que la historia ha sido muy cruel con ellos y que esto se debe al sindicato del crimen, a la vanidad de un director de periódico y al rencor de un juez vengativo. Por eso le dijo a Millás que pudo haber volado la cúpula de ETA y que a veces se arrepentía de no haberlo hecho, porque estaba convencido de que Mitterrand o Thatcher la habrían volado y, al día siguiente, se habrían enfrentado a las críticas diciendo: qué queríais, eran terroristas. Es decir: si hubiera sabido que la pringue del GAL le iba a acompañar de por vida, al menos, que fuera con razón, a lo grande, no por las chapuzas de cuatro coroneles que no sabían ni secuestrar a los objetivos correctos. Con esto sólo intento entender los sentimientos y los laberintos mentales en que se han encerrado algunos socialistas viejos para eludir la verdad y, quizá, tranquilizar su conciencia. No creo que sea el caso de Felipe, que, hasta donde la deja ver, parece que tiene la conciencia como una patena, pero sí es víctima de su propia negación, del recuerdo de aquel último acto teatral de su historia en el gobierno que impide a tantos valorarle como la grandísima figura histórica que en verdad es y a la que ningún español debería regatear el agradecimiento.


Juan Carlos García Goena


Un tal González, Sergio del Molino, p. 347

Entre los más de ocho millones de espectadores que vieron la entrevista en directo estaba Laura Martín, la viuda de la última víctima del GAL, Juan Carlos García Goena, el electricista al que dos pistoleros confundieron con un etarra y mataron con una bomba en 1987. No era una víctima oficial, porque la guerra sucia terminó en 1986 y no se reconocían crímenes posteriores, pero Laura se había empeñado en que toda España recordase a su marido. Aquella noche quedó convencida de que el GAL no era un asunto de policías y guardias, ni siquiera de funcionarios del ministerio, sino del propio gobierno. Esperaba que Felipe asumiera alguna responsabilidad. No penal, pues tampoco estaba claro que pudiera tenerla, pero sí política. Esperaba que reconociese que algo se hizo muy mal en aquellos años y que él debería haberlo sabido y parado, y que no saberlo también era grave. Le hubiera bastado con una declaración así, una disculpa y un compromiso para ayudar a resolver el caso abierto de su marido. Que no le dieran con la puerta en la cara cada vez que reclamaba información, que le contestasen las canas, que reconociesen su dolor y reparasen el crimen, como se hacía con cualquier otra víctima.

Aquella noche, mientras sus hijas pequeñas dormían, se propuso llegar hasta el final. Quizá todo era un juego político. Por supuesto que Amedo y Domínguez se guiaban por su propio interés y estaba claro que un director de periódico y un juez los usaban en sus estrategias y venganzas. Cualquier persona informada más allá del ruido de la muy recurrente crispación lo sabía. Pero eso no borraba las huellas de los crímenes ni llenaba los huecos que dejaban los muertos en las camas. Detrás del resentimiento vengativo de tantos contra un gobierno que querían desalojar para ocuparlo ellos había un dolor real al que no se estaba haciendo caso. Hasta entonces sólo había pedido justicia para su marido, que descubrieran a los asesinos, los juzgasen y los condenasen. Ya no le bastaba con eso.


GAL


Un tal González, Sergio del Molino, p. 340

Antes de que Margarita Robles asumiera su cargo, Garzón hizo un último intento de figurar y se presentó en el despacho de Belloch, haciendo corazón de cada una de sus tripas. Le dio la enhorabuena sin efusiones y empezó a contarle, al estilo González, con subordinadas y sin pausas, su proyecto de reforma del ministerio. Belloch lo interrumpió en cuanto encontró un resquicio:

-Mira, Baltasar, no sigas, lo siento, no voy a contar contigo. Te dejo lo de la droga, si quieres, pero nada más. Garzón no dio un portazo, pero salió del ministerio dando zancadas, rojo, humilladísimo. En su despacho de la droga pidió línea con la Moncloa, pero no se la dieron. El presidente no se podría poner en todo el día, lo sentían mucho. A la tercera llamada, gritó al teléfono:

-Habéis valorado muy mal mi peso político. Ojalá no tengáis que arrepentiros.

Dimitió a los pocos días, aunque sólo después de que Belloch dijera en público que aceptaría encantado su renuncia.

-Este Baltasar -dijo el biministro cuando recibió la noticia de su dimisión, en medio de un almuerzo con su equipo del ministerio- no pilla una indirecta.

Al día siguiente, Garzón se reincorporó a la Audiencia Nacional. Saludó a los conserjes, a los administrativos, a los secretarios y a los ujieres. Se sentó en su despacho y llamó a un ordenanza:

-Por favor, que me traigan todo el sumario del GAL, y avisa a mi equipo para que nadie haga planes para la cena. Vamos a pasar mucho rato leyendo.


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