Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma
Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel
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1.004. DEMASIADA FELICIDAD / ALICE MUNRO


Dimensiones
Doree tenía que coger tres autobuses, uno hasta Kincardine, donde esperaba el de London, donde volvía a esperar el autobús urbano que la llevaba a las instalaciones. Empezaba la excursión el domingo a las nueve de la mañana. Debido a los ratos de espera entre un autobús y otro eran casi las dos de la tarde cuando había recorrido los ciento sesenta y pocos kilómetros. Sentarse en los autobuses o en las terminales no le importaba. Su trabajo cotidiano no era de los de estar sentada.
Era camarera del Blue Spruce Inn. Fregaba baños, hacía y deshacía camas, pasaba la aspiradora por las alfombras y limpiaba espejos. Le gustaba el trabajo, le mantenía la cabeza ocupada hasta cierto punto y acababa tan agotada que por la noche podía dormir. Rara vez se encontraba con un auténtico desastre, aunque algunas de las mujeres con las que trabajaba contaban historias de las que ponen los pelos de punta. Esas mujeres eran mayores que ella y pensaban que Doree debía intentar mejorar un poco. Le decían que debía prepararse para un trabajo cara al público mientras fuera joven y tuviera buena presencia. Pero ella se conformaba con lo que hacía. No quería tener que hablar con la gente. Ninguna de las personas con las que trabajaba sabía qué había pasado.

INCINERACION

Escapada, Alice Munro, p. 145
Era necesario hacer un certificado de defunción, de modo que telefonearon al médico de Powell River, que iba una vez por semana a Whale Bay. Él dio a Ailo -que todas las semanas le  servía de asistente- y a una enfermera licenciada la autorización para hacerlo.
En la playa había muchos maderos a la deriva, muchas cortezas de árboles cubiertas de sal marina, con las que se hacen soberbias hogueras. En un par de horas todo estuvo listo. Corrió la noticia ... A pesar del poco tiempo disponible empezaron a llegar mujeres con comida. Fue Ailo quien se hizo cargo de todo: su sangre escandinava, su porte erguido y el pelo blanco suelto parecían ajustarse con naturalidad al papel de Viuda del Mar. Los chiquillos corrían alrededor de los leños y eran ahuyentados de la creciente pira, del sudario que envolvía el bulto sorprendentemente reducido, que había sido Eric. Las mujeres de una de las Iglesias proporcionaron un gran recipiente de café en esa ceremonia semipagana y, para cuando  llegara el momento, en los baúles de los coches y en las cabinas de los camiones dispusieron a discreción cajones de cerveza y botellas de bebidas de todo tipo.

Surgió la cuestión de quién hablaría y de quién encendería la pira. Le preguntaron a Juliet, ¿lo haría ella? Y Juliet -tensa y afanada sirviendo jarros de café- dijo que sería un error porque, como viuda, se suponía que debía arrojarse a las llamas. La verdad es que se rió cuando lo dijo y quienes lo preguntaron se echaron atrás, temerosos de que le diera un ataque de histeria. El hombre que más a menudo compartía la barca con Erica aceptó encender la hoguera, pero dijo no ser orador. Varios pensaron que de cualquier modo no habría sido una buena elección, puesto que su mujer pertenecía a la Iglesia Anglicana y él podría haberse sentido obligado a decir cosas que habrían disgustado a Eric si hubiera podido oírlas. Entonces se ofreció el marido de Ailo: un hombrecito desfigurado años atrás por un incendio a bordo. Era un socialista recalcitrante y ateo. En su discurso se perdió bastante en la trayectoria de Eric, salvo cuando lo proclamó Hermano de Lucha. Se explayó de modo sorprendente, cosa que luego se atribuyó a la vida reprimida que llevaba bajo la férula de Ailo. Puede haber habido cierta inquietud entre la muchedumbre antes de que terminara su retahíla de quejas por las injusticias, cierta sensación de que la ceremonia se estaba convirtiendo en algo no tan dramático, solemne ni desgarrador como era de esperar. Pero cuando el fuego empezó a arder se desvaneció esa sensación, se produjo un silencio reverencial, incluso -o especialmente- entre los niños, hasta el momento en que uno de los hombres gritó: “¡Sacad a los críos de aquí!”. Fue cuando el fuego alcanzó el cuerpo, haciendo que la gente tomara conciencia -aunque fuera un poco tarde- de que, en el instante en que las llamas devoraran la grasa, el corazón, los riñones y el hígado podrían producirse estampidos o ruidos chisporroteantes, que pondrían los pelos de punta. Una buena cantidad de chiquillos fueron sacados en volandas del lugar por las madres, algunos de buena gana, otros consternados. De modo que el acto final de la incineración fue casi una ceremonia masculina y ligeramente escandalosa aunque, en este caso, lícita.

UNA MUJER

Escapada, Alice Munro, p. 49
Era una chica alta, de cutis claro y figura esbelta, pelo castaño también claro que ni siquiera con laca conseguía ahuecar. Parecía una estudiante espabilada. La cabeza alta, la barbilla bien redondeada, boca ancha de labios delgados, nariz respingona, ojos luminosos y frente que con frecuencia se ruborizaba ante el esfuerzo o los elogios. Sus profesores estaban encantados con ella –agradecían que en esta época alguien quisiera estudiar lenguas muertas y, con más razón, si era alguien tan bien dotado ... Pero también les preocupaba. El problema es que era una niña. Si se casaba, cosa que muy bien podría suceder porque no tenía mala pinta para una becada -no tenía mala pinta en absoluto-, desperdiciaría todo su trabajo ... y el de ellos. Si no se casaba probablemente se convertiría en una mujer amargada y solitaria, perdería ascensos en beneficio de los hombres (que los necesitaban más porque tenían que sostener a la familia). Y no sería capaz de defender la rareza de haber elegido lenguas clásicas, de aceptar que la gente lo viera como algo fuera de lugar -o árido-, de mantener el tipo como haría un hombre. Las preferencias extrañas eran simplemente más fáciles para los hombres, la mayoría de los cuales encontrarían mujeres dispuestas a casarse con ellos. No así al revés.
Cuando le llegó la oferta de trabajo la apremiaron para que aceptara. Será estupendo para tí. Recorrerás un poco el mundo. Verás algo de la vida real.
Juliet estaba acostumbrada a ese tipo de consejos aunque la desconcertaba que los dieran esos hombres, que no parecían ni daban la impresión de haberse afanado demasiado por recorrer el mundo real. En el pueblo donde se había criado su nivel de inteligencia se consideraba a menudo incluido en la misma categoría que el de un lisiado o en el del que tiene un pulgar de más. La gente se precipitaba a señalar los correspondientes fallos: su torpeza para coser a máquina, atar un paquete bien hecho o notar que le asomaba la enagua. ¿Qué iba a ser de ella?, se preguntaban.

Les pasaba hasta a sus padres, que estaban orgullosos de ella. La madre quería que todos la consideraran encantadora y con ese propósito la obligó a aprender a patinar y a estudiar piano. Ninguna de las dos cosas las hacía con gusto ni bien. El padre sólo pretendía que se amoldara. Tienes que amoldarte -le decía-, de lo contrario te harán la vida imposible. (El consejo ignoraba el hecho de que ni él ni -especialmente-la madre se hubieran amoldado y no por eso eran desdichados. A lo mejor dudaban de que Juliet tuviera tanta suerte.) 

INCIPIT 854. ESCAPADA / ALICE MUNRO

Carla oyó el coche antes de que coronara la ligera pendiente que en estos alrededores llaman colina. Es ella, pensó. Mrs. Jamieson -Sylvia- volvía de sus vacaciones en Grecia. Desde la puerta del establo -pero lo suficientemente oculta para no ser vista de inmediato- contemplaba el camino que debía recorrer Mrs. Jamieson. Su casa estaba ochocientos metros más allá de la de Carla y Clark.
Si hubiera sido alguien dispuesto a doblar para llegar a su puerta ya tendría que haber reducido la velocidad. Aun así Carla tenía la esperanza de que no fuera ella.
Lo era. Mrs. Jamieson volvió la cabeza por un instante –tenía que concentrarse en conducir el coche a través de las zanjas y los charcos dejados por la lluvia en la grava-, pero no levantó la mano del volante para saludar, no había distinguido a Carla. Carla vio de refilón el brazo bronceado desnudo hasta el hombro, el pelo de un color ligeramente más desteñido que antes -ahora más blanco que rubio plateado-, la expresión decidida, impaciente y divertida ante su misma impaciencia: precisamente como era de esperar que pareciera Mrs. Jamieson mientras sorteaba semejante camino. Cuando volvió la cabeza hubo algo parecido a un rutilante fogonazo -inquisidor, esperanzado-, que hizo retroceder a Carla.
Así fue.
Tal vez Clark no se hubiera enterado aún. Si estaba sentado ante el ordenador, daría la espalda a la ventana y al camino.

Pero Mrs. Jamieson quizá tuviera que hacer otro viaje. Al volver del aeropuerto a casa podría no haberse detenido para comprar víveres ... , mas quizá lo haría cuando comprobara qué necesitaba. 

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