Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma
Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel
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K.



Noche y oceáno, Raquel Taranilla, p. 358
Kafka. (enterrado en: el nuevo cementerio judío de Praga, bajo una lápida en forma de obelisco; al parecer, no mucho después del entierro, su amigo Max Brod tomó una fotografía del sepulcro, que no sería escalofriante si no fuera porque, a su muerte, Brod sería enterrado precisamente en frente de Kafka, de suerte que su cámara de fotos había  adivinado el futuro -el lugar que ocuparía y su panorama eterno)

K.


Noche y océano, Raquel Taranilla, p. 357
El casco de seguridad lo llevan los obreros y, aunque con no poca frecuencia he mantenido lo contrario, lejos estoy yo de poderme contar entre ellos, por mucho divertimento que haya hallado en el pasado al citar estas palabras de Mao: «La línea divisoria entre intelectuales revolucionarios e intelectuales no revolucionarios o contrarrevolucionarios es si están o no dispuestos a integrarse con los trabajadores y campesinos y, de hecho, lo hacen”. Aquello que yo estoy dispuesta a hacer no se lo puedo decir porque escapa a mi entendimiento. Pero, a cambio, permítanme contarles que el casco de seguridad es un objeto que realmente me fascina desde que supe que es un invento de Franz Kafka,por el que el escritor recibió una medalla de oro en el Congreso Americano de Seguridad Laboral de 1912 (celebrado en Milwaukee por la Asociación de Ingenieros Eléctricos del Hierro y del Acero). Por lo visto, al enterarse de la distinción, un Kafka muy agradecido dijo ante sus compañeros en la compañía de seguros en la que trabajaba:
“Ni se imaginan el trabajo que me dan mis cuatro distritos. Los trabajadores se caen de los andamios y de las máquinas si van bebidos, los tablones se vuelcan, los muros se derrumban, los escalones resbalan, todo lo que se levanta acaba cayendo. Y todas esas chicas de las fábricas de vajilla que constantemente lanzan cacharros de loza por el hueco de las escaleras me dan dolor de cabeza.”
He aquí un problema perturbador (el accidente laboral) y su solución (el casco), de donde surge, como a pedir de boca, la pregunta a todas luces improcedente de si hay algo aparente y prejuiciosamente menos kafkiano que un casco de seguridad. Quizá solo en la mano de Kafka esté la posibilidad de hacer cosas radicalmente inkafkianas.

DE LA INVESTIGACION

Noche y océano, Raquel Taranilla, p. 354
-Querido, solo manteniéndome como profesora puedo conservar el acceso a millones y millones de publicaciones online, contenidas en algún lugar del ciberespacio y custodiadas tan restrictivamente que solamente están al alcance de eso que se ha dado en llamar, de un modo presuntuosamente fraternal, «comunidad universitaria”.
Dicho en plata: la facultad me tiene en sus manos, bien atrapada como en un noviazgo tóxico, pues necesito un carnet de profesora en el que haya escrita esa cifra que sirve de clave para acceder de forma online a la producción científica mundial, que es exclusiva para los suscritos. La libertad también es elegir la droga que se prefiera, e incluso las prepúberes adictas a colocarse con pegamento en el recreo deberían contarle al mundo la enormidad de su desparrame, pues mundo es. Dicho más técnicamente: mi continuidad como ser vivo depende de que pueda conectarme a internet a través del proxy de la universidad, que costea numerosas y apetecibles suscripciones y que hace de intermediario entre yo y el saber, no muy distintamente al camello que en su día me vendía hachís, que a mi modo de ver sigue siendo la droga menos inelegante. Si no: you are not currently authenticated. Y ya entonces: password required o purchase content. 19,95$, 36$, 115$ por cada publicación, como el insert coin de una máquina de pinball. Sin licencia no hay suelo bajo los pies y conviene aceptarlo. He aquí un dato histórico, monumental como pocos: Aaron Swartz (1986-2013) se dejó el pellejo tratando de subvertir el orden de los suscritos y fue perseguido y acabó -hagamos un minuto de silencio-: muerto. Y hoy está enterrado en Arlington Heights (Illinois), en el cementerio Shalom Memorial Park, concretamente.
Como pensado por el diablo, el Principio de Mínimo Privilegio rige todas nuestras vidas y dice, en una lengua de apariencia justa y razonable y, supuestamente, en pro de la seguridad común: un usuario solo ha de tener acceso a aquella información y a aquellos recursos que son necesarios para su legítimo propósito.

LIBROS KELMSCOTT


Noche y océano, Raquel Taranilla
Segundo. En el fragmento de la Teoría escogido por Quirós, recurre Veblen a la figura de William Morris y, en concreto, a la tarea editora a la que se lanzó en los últimos años de su vida, cuando fundó la casa Kelmscott con la idea de confeccionar libros singularmente bellos, tan delicados que por sí mismos tuviesen la capacidad de hacer de la vida una experiencia placentera. Cuesta encontrar razones para no admirar el ensueño de Morris, que critica con pasión y dureza la producción industrial de los objetos, su sometimiento nocivo a las leyes del mercado. El arte es según él el medio por el que los trabajadores pueden salir de la esclavitud, dignificando su existencia mediante la manufactura de productos hermosos, idealmente en el corazón de una ciudad sin hollín. Díganme ustedes si tal planteamiento no resulta encantador. Frente al maquinismo castrador, el trabajo manual confiere dignidad, pues no solo permite darle un acabado artístico, bello, a todo objeto que engendre, sino que además hace que el proceso resulte grato: “son los trabajadores, y no los pedantes, quienes pueden crear un arte realmente vigoroso”, y con tal planteamiento nació la editorial Kelmscott, que como alternativa a los libros convencionales (que eran para Morris un objeto chapucero, un sucedáneo del libro ideal) se propone publicar libros que en realidad sean joyas: ejemplares hechos a mano y a la antigua, con papel de la mejor calidad y que incluyan tipografías e ilustraciones fabulosas; libros artísticos, hermanos de aquellos que se hizo imprimir en exclusiva el duque Des Esseintes en la novela A contrapelo. No había que ahorrar en florituras ni en adornos. Todo esmero parecía pequeño para dar con el volumen único cuyas páginas, al pasar, sacudiesen un poco el polvo victoriano y llevasen luz y alegría a las gentes de bien.

NABOKOVIANA


Noche y océano, Raquel Taranilla, p. 279
El DSM-5 no arroja luz sobre este comportamiento. Tampoco para otros muy parecidos, que también consisten en colgar de las paredes cosas muy significativas, pues en ellas reside tal vez la verdad, de vez en cuando. En Pálido fuego, el largo poema escrito por el supuesto John Francis Shade, en la obra homónima de Vladimir Nabokov, se dedican varios versos a describir el cuarto de la extravagante tía Maud, la mujer que crió al poeta. Entre el montón de chorradas que la tía Maud conserva, hay un recorte del diario Star: “Los Red Sox baten a los Yanks 5 a 4, sobre el Homero de Chapman, clavado en la puerta”, a lo que el muy pirado profesor Charles Kinbote, el editor y comentador de la obra de Shade que se inventa Nabokov, aclara: “por una distracción del impresor del diario, un famoso poema de Keats [ “On first looking into Chapman's Homer”] fue traspuesto, de una manera cómica, de algún otro artículo a la reseña de un acontecimiento deportivo”.O sea: la poesía se cuela por error en las páginas sobre béisbol y todo son risas, que la tía Maud quiere conservar y compartir con sus visitas. Sepan que, supuestamente, Kinbote escribe esas palabras en 1959, en un libro que Nabokov publica en 1962. ¿Ven ya cuál es el drama? El error del periódico (el error en la continuidad, a la sazón tan sagrada como una madre) tiene un efecto cómico sobre la tía Maud, sobre Shade, sobre Kinbote y sobre Nabokov que nos ha quedado vetado en tan solo medio siglo. Si la combinación de una noticia deportiva y un poema de Keats fuera hoy graciosa, las muchas tías Mauds de cada barrio tendrían su cuarto forrado de páginas del periódico. Tendrían la memoria de sus teléfonos móviles y sus ordenadores hasta arriba de fotos de combinaciones de noticias imposibles. ¿Y acaso hay tías Mauds que empapelan con recortes de prensa la habitación propia e incluso la casa entera, desde el zócalo hasta el techo? ¿Dirían ustedes que sí las hay? No sé, amigos, yo creo que es hora de empezar a hablar de situación-tendente-al-colapso (S. T. C.). Escribe Nick Land en Colapso: la táctica- k no se ocupa de construir el futuro, sino de desmantelar el pasado. A menudo pienso que no falta mucho para lograrlo.

INCIPT 986. NOCHE Y OCEANO / RAQUEL TARANILLA


Imagino que, igual que yo, muchos de ustedes descubrieron atónitos el siguiente titular, que apareció hace algunos meses en la prensa: “Robado  el cráneo de Murnau, director de Nosferatu”. Según informaba el periódico, alguien había profanado el mausoleo del cineasta, en el cementerio de Stahnsdorf, próximo a Berlín, y había robado su cabeza embalsamada, que a pesar de llevar allí más de ochenta años aún conservaba, tal como relataba en la noticia el administrador del cementerio, no solo algunos restos del cabello y de los dientes, sino también el aire inconfundible, el porte magnífico de Herr Murnau. Entre los móviles que barajó la policía, al parecer tomó fuerza enseguida el del ritual satánico, basado principalmente en el rastro de cera fundida que se halló sobre el ataúd.
Ahora bien, a diferencia del de ustedes, mi estupor no tiene que ver tanto con la extravagancia de quitarle la cabeza a un muerto como con la certeza de conocer al culpable.

ESCRIBE WALTER BENJAMIN


Noche y océano, Raquel Taranilla, p. 252
Escribe Walter Benjamin (en alguna parte): “No tengo nada que decir. Solo que mostrar. No hurtaré nada valioso, no me apropiaré de ninguna formulación profunda. Pero los hallazgos, los deshechos, esos no los quiero inventariar, sino dejarles alcanzar su derecho de la única manera posible: empleándolos”. Y ahora: noten de qué modo van ganando vigor Eastman y los Johnson, cómo se han hecho grandes como un flemón en mi bocota colorista, que aumentará exponencialmente de velocidad e igual que un coche demasiado acelerado acabará volcada en la cuneta. ¡Patapam! Ha quedado antiguo y fuera de juego el diagnóstico de Stevenson acerca de la dificultad de narrar: “Cualquiera puede escribir una historia corta -una mala, se entiende-, si se aplica y tiene papel y tiempo de sobras; pero no todo el mundo puede esperar escribir ni siquiera una mala novela. Es la longitud lo que  mata”. La dificultad mayor ya no será nunca la extensión, puesto que si de algo va sobrado el  mundo es de datos que sumar, que aparecen hasta de debajo de las piedras, igual que caracoles tras una mañana de lluvia que un novelista o un guionista necesitado de subtramas puede atrapar fácilmente, incluso con el ordenador a cuestas. El reto pertenece, en efecto, a una magnitud distinta a la largura, que es la del grado de atención de todos ustedes. Las informaciones no se pierden en la oscuridad sino en el exceso de luz, en la visibilidad rotunda como una sandía a punto de troncharse de pura madurez. Torrencialmente cito libros y películas, sintiendo en la frente la falsa libertad de la ligereza: no hay ubicación, no hay fuera ni dentro, no hay arriba ni abajo, no hay cultura, no existe la mañana y tampoco la noche, solo hay ansiosa alegría por devorar, por consumir, por vomitar, por triturar, por enmarranar ideas, conceptos, problemas y referencias como en el cuento del cerdito feliz. ¿Lo conocen? Lo confieso: soy una escritora ruidosa.

QUIT-LIT


Noche y océano, Raquel Taranilla, p.225
Búsquenlo ustedes mismos en internet: tecleen quit-lit –por “lit( eratura) de la dimisión o del enviarlo-todoal-cuerno”- y anímense a conocer las tribulaciones de los muchísimos académicos que se mostraron a sí mismos la bandera blanca y se animaron a dejar por escrito su denuncia contra ese gran vertedero que es toda facultad (en muchos casos como parte de una terapia psicológica de largo alcance). Grosso modo, la quit-lit se sustenta sobre el drama de que toda trayectoria universitaria, además de sudor y lágrimas, incluye: frustración y escasas opciones de dar rienda suelta al deseo y a la creatividad; un sistema de retribución en el que rara vez se premia el mérito; lesiones en la piel y en las mucosas, de origen casi siempre psicosomático (aunque no únicamente); larguísimas jornadas dedicadas al papeleo; temporadas en las que te van holgados los pantalones de la talla S y otras en las que debes aguantar la respiración para meterte en la talla L; reuniones monopolizadas por los más pelotas o los más ineptos del lugar; sentimientos de odio exacerbado cuando en un artículo de tu exacta área de especialidad no se menciona tu trabajo; soledad; competitividad ultracapitalista fusionada con formas muy originales de vasallaje medieval; coitos poco satisfactorios, por culpa de tener la cabeza en otra parte (aunque no solo por ello); estudiantes escasamente motivados, déspotas y/o caprichosos como un cliente vip; autocomplacientes discursos inaugurales en boca del decano de turno; ansiolíticos y antidepresivos. ¿Puede alguien en sus cabales o sin parafilias sadomasoquistas acomodarse a ese pack perverso?

CIRCULO DE LECTORES


Noche y océano, Raquel Taranilla, p. 59
Y, a pesar de la antipatía que me despertó que me intentara colocar una suscripción, Ana María me gustó bastante y por eso me quedé allí, de pie primero y ya después sentada junto a ella en uno de los bancos del andén, donde había una máquina expendedora muy oportuna, en la que compramos un par de refrescos y también, cuando nos entró el hambre, varias bolsitas de cacahuetes, y estuvimos hablando hasta que a medianoche cerraron la estación y pasó el último tren y lo tomamos para irnos cada una a su casa. Primero hablamos de libros, rajando de buena parte del catálogo del Círculo de Lectores (lo que incluía parte de la colección Clásicos Universales, que yo hubiera salvado de entrada, pero que Ana María condenó alegando con muy buenos argumentos que las traducciones eran nefastas, por no hablar de que reproducían el dominio patriarcal, etcétera, etcétera), pero pronto la conversación nos llevó a otros derroteros -qué sé yo: recuerdo que hablamos del descubrimiento reciente de otro planeta más del Sistema Solar, del huracán Katrina, de los restos del avión de Saint-Exupéry, de una ola de suicidios colectivos en Japón (que se llevaban a cabo dentro de vehículos alquilados y mediante la técnica de la intoxicación con monóxido de carbono gracias a un tubo de goma hábilmente colocado uniendo el tubo de escape y el interior del vehículo), de 2666, de un montón de embriones de dinosaurio que habían sido misteriosamente hallados en la Patagonia, del estreno de Sin City, de las armas nucleares con que nos amenaza Corea del Norte y de un eclipse de sol inminente, todo lo cual nos llevó a preguntarnos si el mundo, pese a seguir siendo un lugar repleto de tesoros por descubrir, no se estaría aproximando aceleradamente a su destrucción-. Aunque en algún momento de nuestra larga charla (medio por pena y medio en honor a nuestra amistad recién estrenada) yo habría llegado a aceptar hacerme el carnet del Círculo de Lectores, Ana María no volvió a ofrecerme una suscripción.

WIKIPEDIA

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