Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma
Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel
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INCIPIT 1,583, GALAPAGOS / KURT VONNEGUT


La cosa fue así:

Hace un millón de años, en 1986 d. C., Guayaquil era e principal puerto de mar de la pequeña democracia sudamericana de Ecuador, cuya capital era Quito, en las montañas de los Andes. Guayaquil estaba dos grados al sur del ecuador, el cinturón imaginario del planeta que daba nombre al país. Siempre hacía mucho calor, y también mucha humedad, pues la ciudad se construyó en una zona de calmas, en una marisma por la que fluían mezcladas las aguas de varios ríos desde las montañas.

Ese puerto de mar estaba a varios kilómetros del mar abier to. Balsas de materia vegetal se estancaban a menudo en las aguas caldosas y rodeaban los pilotes y las cadenas de las anclas

En aquel entonces los seres humanos tenían cerebros mucho más grandes que ahora, así que se les podía seducir con miste rios. Uno de esos misterios en 1986 era cómo tantos animales que no podían recorrer grandes distancias a nado habían llega do a las islas Galápagos, un archipiélago de cumbres volcánicas justo al oeste de Guayaquil, separado de tierra firme por mil kilómetros de aguas muy profundas, aguas muy frías que venían de la Antártida.


ESQUIZOFRENIA


Expreso al Paraíso, Mark Vonnegut, p. 366

Hay un problema más grave con la mayoría de las teorías y las terapias psicológicas, y es que, habitualmente, implican que hay que culpar a alguien. Según sus modelos, tus padres o tus amigos o tú misma o algún otro ha metido la pata. El hecho cierto es que no hay culpables. Tú no has hecho nada horriblemente malo y tampoco lo han hecho ni tus padres ni nadie. Todo el mundo va dando tumbos por la vida y todo el mundo comete errores. Pero los errores no son la razón de que tú tengas problemas mentales. Anita, yo estaría a favor de hacer que alguien se sintiera fatal y culpable, incluso equivocadamente, si hubiera la más mínima prueba de que eso ayudaría a los esquizofrénicos, pero no es así. Lo más frecuente es que la esquizofrenia simplemente aterroriza y enloquece a aquellos que más desean ayudarte.

Si la psicoterapia no te ayuda, tienes más posibilidades de entrar a formar parte de los pacientes «resistentes a la terapia». Como si las cosas no fueran ya lo suficientemente duras, ahora se te acusará de estar fomentándolas consciente o inconscientemente.

Si, por otra parte, te recuperas con la psicoterapia,

puedes acabar creyendo que la sinceridad y otras formas de virtud estaban en la raíz de tu problema, y que si tú y los que te rodean no son siempre sabios y puros, volverás a volverte majara otra vez. La verdad y la belleza son cosas maravillosas, pero quiero asegurarte que, una vez recuperado, un esquizofrénico puede mentir, engañar y ser tanto o más perverso con consecuencias no más graves que las que afrontaría cualquier otra persona.


AJEDREZ


Expreso al Paraíso, Mark Vonnegut, p. 470

Entre los aficionados, la mayoría de las partidas rápidas se pierden por errores estúpidos. Esas partidas dejan de tener gracia muy pronto: ningún jugador aprende nada. Yo soy capaz de jugar bastante bien esas partidas, pero me cuesta mucho disfrutarlas. Gano a jugadores con los que debería perder y pierdo con jugadores a los que debería ganar. De cualquier manera, me dejan muy mal sabor de boca.

Los forofos de las partidas rápidas sostienen, con igual fervor, que la posibilidad de rectificar un movimiento arruina el juego. Es muy mal entrenamiento para un torneo y favorece la holgazanería. A Jo mejor tienen razón. A lo mejor deberíamos afrontar las consecuencias de nuestros errores. La vida es así de dura y todo eso.

La vida se parece mucho más a una de esas partidas rápidas inclementes que a una partida amistosa de ajedrez, pero tal vez sea así porque hay muchos putos jugadores de partidas rápidas por ahí.

Lo que sí espero que sea cierto es que, de hacer las cosas bien, podamos y sepamos rectificar con la frecuencia debida. Si todos nos esforzamos y dejamos que cualquiera corrija sus errores, es decir, si está en nuestra mano dejar que puedan corregir sus equivocaciones en vez de saltar de alegría ante sus fallos, podríamos conseguir que la vida fuera mucho más agradable. Podríamos incluso ser capaces de encontrar una manera de corregir los errores en el tiempo y reparar lo que ahora nos parecen errores irrevocables. Para empezar, dejar que los amigos se retracten de sus movimientos en el ajedrez sería una manera tan buena como cualquier otra de emprender este camino.


LA LOCURA


Expreso al Paraíso, Mark Vonnegut, p. 105
Dicho lo cual, había algunas cosas para las que no podíamos apañar aún una explicación solvente ni para las que parecía haber solución aparente. Un tropezón, una nube extraña, la cantidad de serpientes que veíamos en un día; pero todas y cada una de estas vivencias parecían formar parte de un todo e inferíamos que tenían un sentido cuyo arcano significado llegaríamos a comprender algún día, en un futuro no muy lejano, si prestábamos la debida atención. Nada carecía de sentido: todo estaba conectado. Sería empresa fácil despreciar todo lo que refería arriba como una chaladura de gente flipada, un acceso de histeria colectiva o una enternecedora locura jipi. En lo que a mí concierne, sigo estando convencido de que andábamos inmersos en una movida muy necesaria.
Tal vez, el simple hecho de estar abierto a la idea de que todo está conectado y relacionado, nos permitía observar cuanto sucedía a nuestro alrededor con más claridad. Ahora, en mi vida actual, siento escalofríos cada vez que descubro ese tipo de relaciones íntimas entre todas las cosas. Y, de pronto, caí en la cuenta de que necesitaba más. Algo estaba ocurriendo, pero no sabía lo que era, ¿no es cierto, Mr Jones?22
22. Es una referencia a la canción de Bob Dylan, «Rallad of a Thin Man» (1965), en la que se dice: «Algo está ocurriendo aquí, pero no sabes qué es, ¿no, Mr Janes?» («Something is happening here/ But you don't know what it is/ Do you, Mr. Janes?»). (N. del T.)

INCIPIT 1.298. EXPRESO ALPARAISO / MARK VONNEGUT


UN VIAJE ESPERANZADOR

Es mejor viajar con esperanza que llegar. R. L. STEVENSON

JUNIO DE 1969: CEREMONIA DE GRADUACIÓN EN SWARTHMORE. La noche anterior, alguien se había hecho con un bote de pintura blanca y, brocha en mano, había escrito en el frontal del estrado «¿Empezar QUÉ?». El equipo de mantenimiento lo había tapado diligentemente con telas rojas, blancas y azules, pero todos sabíamos que la pintada seguía allí. Estábamos todos sentados más o menos con caras de circunstancias, escuchando lo bien que se nos había educado y cómo se suponía que salvaríamos el mundo, etcétera. La mayoría de nosotros lucía brazaletes de tela para indicar con precisión al expectante mundo qué posición defendíamos en lo referente a la guerra. «¡Qué precioso ramillete de gente decente!», pensé. «¡Cuando nos suelten, la corrupción y el mal no tendrán posibilidad alguna de prosperar!»

Para pasar el tiempo y tratar de ubicarme y dar con alguna pista sobre qué demonios podría hacer con mi futuro, había escrito mi propio discurso de licenciatura. «Miembros del curso del 69, padres, profesorado, etcétera: bienvenidos. Aquí nos encontrarnos, en un encantador y soleado día de junio para celebrar y conmemorar la graduación


LA VIEJA y TRADICIONAL VIDA ORGÁNICA


Expreso al paraíso, Mark Vonnegut, p. 102

Había una comuna, un poco más arriba, siguiendo la costa, que se negaba a explotar a los animales y tampoco quería utilizar ningún tipo de maquinaria, así que araban la tierra enganchándose ellos mismos al arado, cuatro a la vez. Esta opción se sopesó seriamente en nuestra casa, en distintos momentos, entre mis primeras dos crisis. Al final, acordamos pillar una motoazada (un rotocultivador), la peor elección de ambas opciones.

No nos habíamos ido a los bosques solo para cambiar de paisaje y tener un modo diferente de vida. Los aspectos físicos y psíquicos de nuestra aventura estaban inextricablemente entrelazados, pero el cambio psicológico era lo que realmente andábamos buscando. Esperábamos sentirnos más cerca de la naturaleza, más cerca de los demás y de nuestros sentimientos, y lo conseguimos, pero incluso esos cambios nos parecía que eran relativamente superficiales. Solo significaban que estábamos en contacto con cosas que ya estaban allí. Queríamos ir más allá de aquello y desarrollar un modelo completamente nuevo de estar en el mundo y de vivir en el mundo.

Solo teníamos ideas vagas sobre la forma en que esos cambios podrían producirse, y cómo o cuándo deberían producirse, pero los buscábamos apasionadamente, puesto que dichos cambios eran el resultado de librarse de las ciudades, del capitalismo, del racismo, de la industrialización; siempre tenían que ser cambios para mejorar nuestras condiciones de vida.


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