El periódico de la democracia, Javier Cercas, p.57
Fue uno de los días más felices de mi vida.
Fue uno de los días más felices de mi vida.
La mujer aparca el Alfa-Romeo
frente a un edificio en pleno paseo marítimo. Del portaequipajes saca dos
bolsas de mano y un bolso de cuero oscuro que se cuelga al hombro. Entra en el
edificio.
En el vestíbulo, a la espera del
ascensor, hay dos niños en camiseta y bañador: uno lleva una pala y un rastrillo de plástico; el otro es una gorra
de colores vivísimos y unos ojos que escrutan a la mujer mientras el ascensor
sube con un leve bordoneo electrónico. La mujer sonríe.
Ya en el piso, deja los paquetes
en la mesa del salón y sale a una terraza que se abre sobre el azul del mar. Se
apoya con las dos manos en el barandal de piedra rojiza y aspira profundamente
el perfume salado del aire de la mañana. Contempla la pureza diáfana y azul del
cielo. Frente a ella, la playa es una gruesa banda de arena amarilla que
acaricia el bronce de los muslos matinales y las cinturas del verano, y que a
la derecha se adelgaza y se convierte a lo lejos en una cinta de tierra de
color indistinto, y a la izquierda es la profusa confusión del puertot la
superficie de un mar erizado de quillas, mascarones y velámenes, el olor de
salmuera y de moluscos, el vuelo aristocrático de las gaviotas; y el denso
rumor del agua mordiendo el muelle donde cabecean las barcas.
-Se dice a menudo que en
Occidente evitamos hablar de la muerte, que no queremos saber nada de ella
-comenta-. Y es verdad. Pero eso no es privativo de nuestra cultura; aquí
ocurre mucho más. En Mongolia, a los muertos ni siquiera les llaman «muertos».
De una persona que ha muerto se dice que ya no está, o que se ha marchado: la
palabra mongola es ungursun. También se dice de los muertos que se han
convertido en Dios: burkhan bolson, se dice. Aquí, la muerte es un tabú ...
Aunque ahora por lo menos a los muertos se les dedica una ceremonia y se los
entierra. Antes era distinto: antes se los subía a las montañas y se los
abandonaba allí, porque las montañas estaban cerca del Tenger Burhan, del Dios
del Cielo.
Le pregunto si ésa era una
tradición chamánica.
-Más o menos. Los pájaros se
comían el cadáver, que así ascendía al cielo y se reunía con Dios. Era una tradición
muy antigua, la abolieron en 1945, pero yo todavía he visto un funeral de esa
clase ... Ahora también llevan los muertos a las montañas, pero los entierran,
siempre de cara al sol, eso sí, para que las tumbas estén iluminadas ... Lo que
no hacen es enterrarlos en el cementerio: según ellos, los cementerios están
llenos de espíritus y los espíritus nunca se sabe cómo son, de manera que es
mejor mantenerlos a distancia.
-Falso de toda falsedad -asegura
Fazzini-. El papa no es infalible; solo faltaría. De hecho, este papa se
corrige con frecuencia y reconoce que se equivoca mucho más a menudo de lo que
lo hacen los políticos ... En realidad, el papa solo habla ex cátedra sobre
cuestiones doctrinales básicas. Pero Francisco, por ejemplo, nunca ha usado esa
prerrogativa y, que yo recuerde, Juan Pablo II solo lo hizo una vez, para
establecer que las mujeres no podían ser sacerdotes ... Algo parecido ocurre
con los dogmas. ¿Sabes quién fue el último papa que proclamó un dogma? Pío XII,
a mediados del siglo pasado. El dogma de la asunción de María en cuerpo y alma
al cielo ... Y el dogma de la inmaculada concepción lo proclamó Pío IX en 1854
... No es que antes la Iglesia creyese que María había sido concebida como tú y
como yo, pero solo en aquel momento sintió la necesidad de proclamar el dogma
de que, igual que Jesús, su madre había sido concebida sin pecado.
-Sin follar, quieres decir.
-Eso solo lo decís los herejes.
El loco de Nietzsche es un
demente que enciende un farol en pleno día y corre al mercado gritando: «¡Busco
a Dios! ¡Busco a Dios!». La gente se ríe del loco, mientras él se pregunta, retóricamente:
«¿Que adónde se ha ido Dios? Os lo voy a decir», se contesta. «Lo hemos matado:
vosotros y yo. ¡Todos somos su asesino!». Y a continuación suelta un epigrama corno
un grito terrible cuyo eco todavía no se ha extinguido: «¡Dios ha muerto, y
nosotros lo hemos matado!». ¿Ese grito es de alegría o de pena? ¿Hace feliz al
loco la muerte de Dios, la liberación de la eterna autoridad suprema, el final
de aquello que siempre ha impuesto normas y límites, pero también ha otorgado
sentido a todo? ¿Está satisfecho el loco con ese crimen? No: está desesperado; para el loco, la
muerte de Dios no es un acontecimiento gozoso: es un acontecimiento atroz, que
no depara al mundo alegría sino desolación.«¿ Cómo hemos podido hacerlo?», se
pregunta el loco, incapaz de dar crédito a aquella enormidad. «¿Cómo hemos
podido bebernos el mar? ¿Quién nos prestó la esponja para borrar el horizonte? ¿Qué hicimos cuando desencadenamos
la Tierra de su Sol? ¿Hacia dónde caminará ahora? ¿Hacia dónde iremos nosotros?
¿Lejos de todos los soles?[ ... ] ¿Cómo podremos consolarnos, asesinos entre
los asesinos?[ ... ] ¿No es la grandeza de este acto demasiado grande para
nosotros?». Éste es el loco de Nietzsche: un loco sin Dios, pero también un
loco que no está loco, o no del todo, uno de esos locos lúcidos que, como don
Quijote, son más lúcidos que los cuerdos porque ven más allá que los cuerdos,
más allá de lo que son capaces de ver los hombres comunes y corrientes,
aquellos que solo saben reírse de él.
Soy ateo. Soy anticlerical. Soy un laicista militante, un racionalista contumaz, un impío riguroso. Pero aquí me tienen, volando en dirección a Mongolia con el anciano vicario de Cristo en la Tierra, dispuesto a interrogarle sobre la resurrección de la carne y la vida eterna. Para eso me he embarcado en este avión: para preguntarle al papa Francisco si mi madre verá a mi padre más allá de la muerte, y para llevarle a mi madre su respuesta. He aquí un loco sin Dios persiguiendo al loco de Dios hasta el fin del mundo.
Jorge Mario Bergoglio nació el 17
de diciembre de 1936 en el barrio de Flores, Buenos Aires, en el seno de una
familia católica de clase media-baja procedente del Piamonte, Italia. Era el mayor de cinco hermanos; los otros cuatro se
llamaban Óscar, Marta, Alberto y María Elena: esta última vive todavía. El
idioma de su casa era el español, pero sus abuelos le legaron el italiano, que
siempre ha hablado con acento porteño. Fue un niño común y corriente, religioso
y aplicado; también fue un adolescente ordinario, amigo de salir con sus
amigos. Era un buen bailarín de tango. Tuvo varias novias. El 21 de septiembre
de 1953, mientras bajaba por la avenida Rivadavia para reunirse con una de
ellas y varios amigos, entró en la basílica de San José, se arrodilló ante un
confesionario y se confesó. Bergoglio no recuerda de qué lo hizo, o prefiere no
recordarlo; sí recuerda, en cambio, que su confesor fue un sacerdote de la
ciudad de Corrientes llamado Carlos
Duarte Ibarra, que vivía en el Hogar Sacerdotal, que de vez en cuando decía
misa en la basílica y que murió al año siguiente, de una leucemia. Cuando
terminó de confesarse, Bergoglio renunció a la cita y volvió a su casa.
Lo que es seguro es que la
historia empezó un jueves caluroso de agosto, el último jueves de agosto para
ser más exactos, hace ahora dieciséis meses. Luisa, mi mujer, llevaba toda la
semana fuera, en un congreso de historiadores que se celebraba en Amsterdam, y
no volvía hasta el sábado. Yo había aprovechado su ausencia para acabar de
poner en orden el material que había recogido desde la primavera con vistas a
escribir un artículo sobre una novela de José Martínez Ruiz, Azorín.
Veinte años hace que mi madre me pide que escriba este artículo. El artículo empieza con una película: Los sobornados, de Fritz Lang; mejor dicho: empieza con una escena de esa película. Hagan memoria: Glenn Ford es Dave Bannion, un sargento de policía felizmente casado y con una hija pequeña, que vive en una ciudad estrangulada por una banda de mafiosos cuyo capo es un tal Mike Lagana. Un día, en el curso de la investigación del suicidio de un compañero, Bannion topa con los intereses de Lagana y descubre de golpe la realidad, y es que el mundo es un lugar atroz saturado de aníbales y de montones incalculables de basura: asesinan a su mujer, pierde su trabajo y su casa, sus amigos lo abandonan, vive en un hotel de mala muerte, está solo. Entonces llega la escena. Temiendo con razón que Lagana haya decidido apoderarse de su hija, el exsargento acude precipitadamente a casa de su cuñado, donde se halla refugiada, y allí descubre que un puñado de hombres, antiguos compañeros de armas de su cuñado, monta guardia para defenderla: están viejos, calvos y gordos, y lo saben, y se ríe de que están gordos, calvos y viejos, pero también saben que están dispuestos a partirse la cara con quien sea por la hija de un tipo al que ni siquiera conocen. Bannion los mira, atónito, y no dice nada, pero nosotros sabemos lo que se está preguntando en silencio ¿quién demonios son esos tipos? ¿De qué extraña materia están hechos? ¿Qué van a ganar echando una mano a un muerto de hambre cuya vida tiene el mismo valor que la de una cucaracha? ¿No habíamos quedado en que el mundo era un lugar atroz saturado de caníbales y de montones incalculables de basura?
Hace veinte años estuve durante
unos segundos con un tipo que estaba hecho de la misma extraña materia que los
viejos soldados que salvan la vida de la hija de Bannion. Por entonces yo era
muy joven y acababa de terminar la carrera y estaba solo en una gran ciudad y
aún no había descubierto cómo funciona el mundo, pero me ganaba la vida en el
Ayuntamiento de Barcelona con el único trabajo serio que he tenido nunca:
traduciendo textos escritos en lenguas que no entendía a una lengua que no
sabía escribir. Una tarde, al salir de mi trabajo, un tipo me paró mientras yo
bajaba hacia la Rambla por la calle Ferran; me pidió algo, que tampoco entendí,
y al pronto me vi rodeado por otros dos tipos como él. Era un mediodía radiante
de julio, y supe al instante que estaba a punto de ocurrir algo que no iba a
poder evitar. Pero, justo en aquel momento, un grito atronó la calle («iManolo!»),
miré por entre el cerco amenazante que me rodeaba y vi, en mi misma acera, a un
tipo con aire de albañil en paro, que hacía gestos en dirección a mí, y que
volvió a gritar: «iManolo, coño!: vienes o qué?». Entonces, en un segundo de
pánico, rompí el cerco y llegué hasta donde estaba el albañil, que echó a andar
a mi lado mientras me decía: «No mires atrás». Con el corazón latiéndome en la boca, seguí caminando por
Ferran junto a él, y, una vez llegamos a la Rambla y sentí que había pasado el
peligro, di las gracias, le pregunté cómo se llamaba. El tipo me miró y, por
toda respuesta, dijo: «Hoy por ti y mañana por mí». Y se alejó Rambla abajo.
Siempre había oído decir que una separación es una experiencia desgarradora; ahora sé que es verdad: la mía lo ha sido. Todo empezó cuando hace unos meses un estudiante me preguntó durante una charla con qué diccionario trabajaba. La pregunta me sorprendió, pero enseguida comprendí que es la pregunta más seria que se le puede hacer a un escritor. «Todo está predicho en el diccionario», dice Paul Valéry, y así es: un diccionario es un mapa del universo; también es un libro mágico: contiene casi todos los libros que se han escrito en una lengua, y casi todos los que se escribirán. Como cualquier escritor, yo convivo con un harén de diccionarios, pero uno de ellos me ha robado el corazón: es el que tengo siempre a mano, el primero que consulto, el único con el que mantengo una relación íntima; no es un diccionario, sino mi diccionario, el libro que más he leído en mi vida y que me define. La decimonovena edición del diccionario de la Real Academia, le respondí al estudiante. Me emocioné: llevaba más de treinta años conviviendo con ella, desde que mi padre me la compró a mediados de los años setenta, habíamos viajado juntos por dos continentes, por varias ciudades, por decenas de casas, y sin embargo era la primera vez que la mencionaba en público. No recuerdo de qué se habló durante el resto de la charla, pero sí que, al terminar, mi amiga la lingüista Avel.lina Suñer me dijo: Conque la decimonovena, ¿eh? Sí, contesté, exultante. Pues busca la definición que da de la palabra «mahometano», me retó. Y luego la que da de la palabra «cristiano». Y lee la definición que da de «marxismo». Y también la que da de «dólar». No me gustó el tonillo entre acusatorio y confidencial con que dijo todo esto, pero lo primero que hice al llegar a casa fue buscar la decimonovena.
No callar, Javier Cercas, p. 649
Pero, en general, el filólogo y
el escritor estaban, como digo, bastante alejados, y en particular lo estaban
respecto a la Guerra Civil: el filólogo pensaba, como Juan Benet, que «la
Guerra Civil fue, sin duda alguna, el acontecimiento histórico más importante
de la España contemporánea y quién sabe si el más decisivo de su historia», y
no se cansaba de leer al respecto; el escritor, en cambio, tendía a pensar
-como por aquella época lo pensaban casi todos los escritores o cineastas
españoles de su generación- que la Guerra Civil era un tema agotado, estaba
harto de novelas y películas casposas sobre ella y sentía que aquel eterno conflicto
no le atañía y que en todo caso era incompatible con la distancia irónica, el
espíritu lúdico y el escepticismo irreverente
consustanciales al nuevo instrumental técnico que estaba tratando de
perfeccionar en sus novelas. Esta incompatibilidad pareció quedar
definitivamente probada cuando, poco antes de acometer Soldados de Salamina,
intenté una novela sobre la Guerra Civil y, después de escribir ciento
cincuenta páginas, comprendí que estaba escribiendo otra maldita casposa novela
sobre la Guerra Civil y tomé la sabia decisión de arrojarla a la papelera.
Me limitaré a citar, a propósito
de ella, unas palabras de David Foster Wallace, que fue el primer escritor
posmoderno en hacer una crítica radical del posmodernismo, aunque a la postre
fuera incapaz de emanciparse de él -y de ahí en parte su tragedia-; sus
palabras datan de 1990, once años antes de Soldados de Salamina, y están
escritas pensando en sus compatriotas y sobre todo, sospecho, en sí mismo, pero
me gusta pensar que algunas de ellas valen también para esta novela, o al menos
para la conclusión de esta novela:
Los próximos rebeldes literarios
verdaderos de este país podrían muy bien surgir como una extraña banda de
antirrebeldes, mirones natos que, de alguna forma, se atrevan a retirarse de la
mirada irónica, que realmente tengan el descaro infantil de promover y ejecutar
principios carentes de dobles sentidos. Que traten de los viejos problemas y emociones pasados de moda de la vida
americana con reverencia y convicción. Que se abstengan de la autoconciencia y
el tedio sofisticado. Por supuesto, estos antirrebeldes quedarían pasados de
moda antes de empezar. Muertos en la página. Demasiado sinceros. Claramente reprimidos.
Anticuados, retrógrados, ingenuos, anacrónicos. Quizá se trate de eso. Quizá
esa es la razón de que vayan a ser los próximos rebeldes verdaderos. Los rebeldes
verdaderos, por lo que yo sé, se arriesgan a ser desaprobados. Los viejos
rebeldes posmodernos se expusieron a los chillidos de asco: al horror, al
disgusto, al escándalo, la censura, las acusaciones de socialismo, anarquismo y
nihilismo. Los riesgos actuales son distintos. Los nuevos rebeldes pueden ser
artistas que se expongan al bostezo, a los ojos en blanco, a la sonrisita de
suficiencia, al golpecito en las costillas, a la parodia de los ironistas y al
«Oh, qué banal». A las acusaciones de sentimentalismo y melodrama. De exceso de
credulidad. De blandura
He dicho que para Soldados de
Salamina solo valen, o me gustaría que valiesen, algunas de estas palabras;
añado que, si se retiran las alusiones a la ironía, los dobles sentidos y la
autoconciencia, ojalá valgan todas.
Me parece exactísimo: la cuestión no radica en ejercer la autoridad sobre un niño -esto sabe hacerlo hasta un imbécil-, sino en ejercerla después de identificarnos imaginativamente con él, de meternos en su cabeza y en su piel, de ver el mundo como él lo ve, y de hacerlo todo ello en función de sus necesidades y no de las nuestras; esa es sin duda una operación dificil, pero también una forma de que la paternidad se parezca un poco a lo que era para Kafka, que nunca tuvo un hijo: «Lo máximo a que, a mi parecer, puede aspirar una persona». No todo el mundo tiene es capacidad de empatía, sin embargo, o no todo el mundo está dispuesto a realizar ese esfuerzo. En 1966 el dramaturgo Arthur Miller tuvo un hijo con síndrome de Down; recién cumplidos los cincuenta y un años, Míller juzgó que aquel hijo, de nombre Daniel desbarataba su proyecto vital, y a los cuatro días de su nacimiento lo ingresó en un orfanato, lo borró de su vida y no volvió a ver hasta que veintinueve años más tarde, al terminar un acto público en el que él acababa de hablar en defensa de un discapacitado mental acusado de asesinato, su hijo abandonado subió al escenario, le dijo quién era y lo abrazó. La historia de Miller es conocida no menos conocida es una historia opuesta. Tres años antes de que naciera el hijo deficiente de Miller, nacía el hijo deficiente del novelista Kenzaburo Oé; se llamaba Hiraki y era hidrocefálico y autista y los médicos aconsejaron al padre dejarlo morir. Por entonces Oé acababa de cumplir veintiocho años y tenía una vida y una carrera literaria prometedoras por delante, pero no aceptó la sentencia de los médicos, y, tras una operación, su hijo siguió viviendo. A partir de aquel momento Oé dedicó exclusivamente su vida a cuidar a su hijo y sus obras a tratar de entenderlo (y a tratar de entenderse a sí mismo a través de su hijo); a este doble empeño se debe quizá que Hiraki Oé sea ahora mismo un reconocido compositor musical y se debe sin duda que Kenzaburo Oé sea uno de los grandes narradores vivos porque muchos de sus libros -entre ellos obras maestras como Una cuestión personal o como Dinos cómo sobrevivir a nuestra locura- constituyen un salvaje esfuerzo moral por asumir su responsabilidad en el destino de su hijo y un esfuerzo imaginativo asombrosamente logrado por ponerse en la piel de su hijo.
Pocos relatos ilustran el usus scribendi y el pensamiento borgiano con tanta elocuencia como «Tema del traidor y del héroe». Borges narra en él la historia sintetizada y conjetural de Fergus Kílpatric, romántico héroe frustrado de la frustrada independencia decimonónica irlandesa, muerto a principios de siglo justo antes de encabezauna rebelión contra los ingleses, pero sobre todo narra la historia paralela y subsidiaria de su bisnieto Ryan, que cíen años después proyecta una biografía de su antepasado e indaga en las extrañas circunstancias de su muerte. Esa indagación, esa búsqueda, constituye el hilo conductor del relato, y de ahí su diseño de relato policíal; o más bien de relato policía! que se transmuta en relato antipolicial: porque, a diferencia de lo que ocurre en el relato policial clásico, en «Tema del traidor y del héroe» el enigma, o por lo menos el enigma culminante, no se resuelve. En este aspecto «Tema del traidor y del héroe» vuelve a conectar con «El acercamiento a Almotásim» (y, por ahí, con otros textos de Borges). Este relato inaugural refiere, como se recordará, la historia de un estudiante de Bombay que busca a un hombre llamado Almotásim; después de largos años e innumerables peripecias, el estudiante lo encuentra o cree encontrarlo en una casa, detrás de una cortina, pero el relato concluye justo cuando el estudiante descorre la cortina y avanza hacia Almotásím, de forma que la respuesta a la pregunta del relato (¿quién es Almotásim y por qué lo busca el estudiante?) acaba siendo que no hay respuesta; o si se prefiere: acaba siendo la propia búsqueda de una respuesta, la propia pregunta, el propio relato; es decir: acaba siendo una respuesta ambigua, equívoca, poliédrica y contradictoria, esencialmente irónica.
Fotograma de La estrategia de la araña
Como muestran sus memorias, Lanzmann es un personaje de una vanidad indescriptible, capaz de afirmar sin morirse de vergüenza que Shoah es un filme insuperable, o que no es un filme sino un monumento; en suma: Lanzmann debería legar su ego a Oxford para que los sabios lo estudien. Que este hombre sea el responsable de las diez horas prodigiosas de humildad y respeto por la verdad del Holocausto que integran Shoah constituye uno de esos misterios paradójicos en los que abunda la historia del arte; que tantos críticos y académicos hayan acatado sin rechistar los delirios de su egolatría constituye un misterio sin más. Porque lo cierto es que, aunque sea un acontecimiento monstruoso, el Holocausto no es un acontecimiento excepcional, casi sagrado: es un acontecimiento humano, histórico, y como tal susceptible de ser representado por el cine. Puede hacerse bien o mal: uno puede abominar, como Lanzmann, del sentimentalismo edulcorado y demagógico de La lista de Schindler o de La vida es bella (aunque a Imre Kertész, que a diferencia de Lanzmann estuvo recluido en Auschwitz, la película de Benigni le gustó); pero eso no significa que no pueda hacerse. Nemes demuestra que puede hacerse, y además muy bien. ¿Cómo? Explotando a fondo una de las verdades centrales del cine ( o de la novela): la verdad de la elipsis, según la cual todo el arte narrativo consiste en saber callar a tiempo, en comprender que un silencio vale más que mil palabras y que cuanto menos dices o muestras de algo, mejor puedes representarlo. Es lo que hace El hijo de Saúl. La película cuenta la historia de un miembro de un sonderkommando -un deportado judío elegido por su fortaleza física para mantener en funcionamiento la industria de la muerte de las cámaras de gas- y la cuenta ateniéndose al punto de vista estricto del protagonista; esto significa que el espectador percibe solo lo que el protagonista puede percibir y que es él quien reconstruye el espanto de Auschwitz a partir de fragmentos inconexos: cuerpos desnudos, sangre, gritos, disparos. Así, el horror no se presenta de forma directa, sino indirecta; así, el Holocausto no ocurre en la pantalla, sino en la imaginación del espectador.
Cuentan que en 1941, justo
después de leer «El jardín de senderos que se bifurcan» -primera parte de lo
que tres años más tarde sería Ficciones-, Alfonso Reyes declaró: «Por fin
tenemos en Latinoamérica alguien comparable a Shakespeare y a Cervantes». Llevaba
razón: Borges es el mayor escritor en español desde Cervantes (o desde Quevedo);
su impacto, sin embargo, ha sido mucho más inmediato, y en un sentido preciso
mucho más acusado, al menos en nuestra lengua. Podría argumentarse, en efecto, que
la literatura en español conoce hasta Borges dos grandes revoluciones: la
primera protagonizada por Garcilaso, que adaptó al castellano la música del
italiano o de ciertos poetas italianos (sobre todo Petrarca) y la segunda
protagonizada por Rubén Darío, que adaptó al castellano la música del francés o
de ciertos poetas simbolistas franceses (sobre todo Verlaine). Borges
desencadena la tercera revolución, y lo hace en parte mediante un procedimiento
análogo al de las dos anteriores: adaptando al castellano la música de ciertos
prosistas ingleses laterales o al menos laterales para los ingleses ( quizá
sobre todo De Quincey, Stevenson, Chesterton). El resultado es que, así como
existe en la literatura de nuestra lengua un antes y un después de Garcilaso y
de Rubén, porque fue imposible escribir en castellano después de ellos igual que
antes de ellos, existe en nuestra literatura un antes y un después de Borges,
porque, a menos que se quiera incurrir en la irrelevancia, es imposible
escribir después de Borges como se escribía antes de Borges. Hay algo, sin
embargo, que aleja a Borges de Garcilaso y Rubén y que vuelve a acercarlo a
Cervantes, y es que su influencia no ha quedado circunscrita al ámbito de
nuestra lengua, sino que permea el de la entera literatura occidental; con una
diferencia: Cervantes tardó siglo y medio en ser entendido con plenitud fuera
de su lengua -dentro de su lengua apenas ha empezado a serlo hace un siglo-,
mientras que la obra de muchos narradores fundamentales de nuestro tiempo no se
entiende sin la obra de Borges. Por decirlo de una sola vez: si existe eso que
suele llamarse posmodernidad -entendida como una reacción modernísima contra la
modernidad-, Borges es su fundador.
Lepanto, donde se vivió «la más
alta ocasión que vieron los siglos», como Cervantes llamó a aquella batalla en
el Quijote para defenderse de las maldades de Alejandro Fernández de Avellaneda, seudónimo del autor del Quijote
apócrifo. Según Martín de Riquer, Avellaneda era un tal Jerónimo de Pasamonte,
y, de camino hacia Lepanto, Ayén nos revela que su segundo apellido es
Pasamonte y que desciende del enemigo de Cervantes. «Si algún día cuento este
viaje», me digo, «nadie me creerá.» Lepanto resulta ser un pueblecito marinero
con una fortaleza y una estatua de Cervantes que en realidad representa a don
Quijote. Frente a sus costas tuvo lugar el combate, el 7 de octubre de 1571.
Aquel día Cervantes tenía tanta fiebre que sus mandos le pidieron que se quedara
en la bodega de su nave, porque no estaba en condiciones de luchar; Cervantes,
recién cumplidos veinticuatro años, se negó en redondo: según varios
testimonios, alegó, «muy enojado», que «más quería morir peleando que no
meterse bajo cubierta» y pidió a su capitán que le «pusiese en la parte y lugar
que fuese más peligrosa y que allí estaría y moriría peleando». iQué loco!, se
dirá. ¡A punto estuvo ese insensato de inmolarse en aquella carnicería y de
privarnos no solo de la mejor novela jamás escrita, sino de la novela moderna,
lo que hubiera hecho de este mundo un lugar mucho peor! Es verdad. Pero también
es verdad que si Cervantes no hubiera sido en su juventud un chalado capaz de
morir por sus ideales, en su vejez nunca habría podido escribir el Quijote: al
fin y al cabo, una de las cosas que dice ese libro infinito es que un hombre
siempre tiene que estar dispuesto a jugárselo todo por las cosas en las que
cree, aunque haga el más absoluto de los ridículos, aunque el mundo entero se
ría de él tanto como seguimos riendo de don Quijote.
En un artículo publicado en El Confidencial y dedicado al documental Soy Georgina, de Netflix, Alberto Olmos cita una frase de la protagonista sobre su marido, el futbolista Cristiano Ronaldo: «Cristiano es supernormal. Es más normal que la gente normal». Perplejo, el escritor comenta: «¿Se puede ser más normal que el conjunto mayoritario de personas que establece la norma? ¿Cómo va a ser normal alguien estando en solitario en su normalidad? Es muy fuerte esto». No he visto el documental, ni tengo la más mínima intención de verlo, pero Olmos lleva razón. Lo raro es que casi la misma frase de Georgina la pronunció Salvador Dalí («Yo no soy normal», proclamó el padre del método paranoico-crítico. «Soy supernormal ») y a mí no solo no me pareció muy fuerte, sino que, como cualquier persona normal, la entendí a la primera.
En realidad, no es raro: ciertas
frases, dichas por ciertas personas, resultan ininteligibles, mientras que,
dichas por otras, no solo adquieren un significado transparente, sino que
pueden contener prodigios de lucidez, como si se tratara de sinsentidos dotados
de sentidos que el sentido común y corriente ni siquiera es capaz de
vislumbrar. «Yo ya era famosa mucho antes de que nadie me conociera», declaró
en una ocasión Lady Gaga; la sentencia, en sí mi.sma deliciosa, cobra no
obstante todo su esplendor si quien la profiere
es la cantante que saltó a la fama con dos álbumes consecutivos titulados The
Fame y The Fame Monster. Por otra parte, es un hecho que existen enunciados
cuyo alcance real solo se advierte con plenitud si es un gallego quien los
formula. Vale la pena citar, por ejemplo, uno de Pío Cabanillas, eximio
pontevedrés que ocupó cinco carteras ministeriales distintas en cinco gobiernos
del tardofranquismo y la Transición, y que, al terminar cualquier contienda electoral,
preguntaba sin falta: «iQuiénes hemos ganado?»; y yo apuesto que debe de ser
político y gallego el personaje que le dijo al gallego Fernando Ónega (según
este consignó en La Vanguardia): «Aquí cada uno va a lo suyo, menos yo, que voy
a lo mío».
Borges le reprochó al Ulises su
proceder acumulativo: su incapacidad para seleccionar lo relevante y descartar
lo superfluo; dirigida a la obra milimétrica de Joyce, la objeción me parece
injusta, pero no dirigida a la de DFW. Esta contiene fragmentos deslumbrantes, pero
es víctima de uno de los peores peligros que acechan a un escritor -la
facilidad- y de una de las más dañinas supersticiones americanas -la de la Gran
Novela: la de la Novela Grande-; así que es difícil no darle la razón a Michiko
Kakutani, quien comparó La broma infinita con las esculturas inacabadas de Miguel
Angel: la obra de un genio, aunque no sea una obra genial. En realidad, el
genio de DFW resulta más visible en sus crónicas y ensayos. Es ahí donde DFW,
que fue un escritor encarnizadamente posmoderno, libra un combate titánico y
desesperado contra la ironía cínica, sarcástica y nihilista del posmodernismo,
lo que le condujo a abogar por una especie de literatura pedagógica. Nunca la
practicó, por fortuna -era demasiado buen escritor para hacerlo-, pero esa
lucha agónica le convirtió en heraldo de una literatura nueva, que nunca llegó
a ver.
DFW nació en 1962 en Nueva York,
pero gran parte de su vida transcurrió en Urbana, Illinois, donde residían sus
padres. Allí viví yo dos años a fines de los ochenta, mientras DFW peleaba
contra una depresión protegido por el «Fondo Mr. y Mrs. Wallace para Niños
Desnortados», como lo llamaba el escritor. Por eso he pensado a veces que no es
imposible que alguna noche de entonces, en alguna casa de aquella pequeña
ciudad universitaria donde todos los veinteañeros nos conocíamos y todos
asistíamos a todas las fiestas y todos hablábamos con todos, me cruzase con DFW
y conversásemos con una cerveza en la mano. Quién sabe. Era tal vez el escritor
más talentoso de mi generación, y el 12 de septiembre de 2008 se ahorcó en el
patio de su casa de Claremont, California.