De Matadero 5 de Kurt Vonnegut jr., p. 222
Había centenares de refugios
llenos de cadáveres esparcidos por todas partes. Al principio no olían mal, eran
como personajes de un museo de cera.
Pero después los cuerpos empezaron a corromperse y a descomponerse, y su hedor
era parecido al del gas de mostaza y rosas.
Asi era.
El maorí que había estado
trabajando con Billy, murió después de que le ordenaron bajar a uno de aquellos
pozos para que trabajaran alli. Se quedó hecho añicos, de tanto vomitar.
Así fue.
Tuvieron que inventar una nueva
técnica. No izaron más cadáveres. Los soldados, provistos de antorchas, los
quemaban en el mismo sitio en que los encontraban. Era mucho más sencilo: sólo había que provocar un incendio, sin siquiera
necesidad de bajar.
Trabajando en aquellos lugares,
el pobre profesor de escuela superior, Edgar Derby, fue atrapado con un tetera
que babia tomado de las catacumbas. Fue arrestado por pillaje, juzgado y
muerto.
Así fue.
En algún lugar, cerca de alli,
empezaba la primavera. Los refugios llenos de cadáveres fueron cerrados. Los
soldados dejaron de luchar contra los rusos.
En el campo, las mujeres y los niños hacían hoyos para enterrar las
armas. Billy y el resto de su grupo fueron encerrados en unos establos de una
casa de campo. Y una buena mañana, se levantaron descubriendo que la puerta no
estaba cerrada. En Europa, la Segunda Guerra Mundial había terminado.
Billy y el resto de los
americanos salieron a vagabundear. Iban por una carretera sombreada. En los árboles
empezaban a brotar las hojas. No había nadie ni pasaba nada. Sólo un vehiculo,
una carreta abandonada, tirada por dos caballos. La carreta era de color verde
y tenía forma de ataúd,
Los pájaros trinaban.
Un pájaro le dijo a Billy
Pilgrim: a¿Pio-pío-pi?»
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