Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma
Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel

INCIPIT 1.678. LOS HERMAFRODITAS / MICHEL FOUCAULT


Los hermafroditas («aquellos de quienes se dice que reúnen en sí mismos los dos sexos») han sido sometidos durante mucho tiempo a un régimen diferenciado.

Un régimen jurídico regulaba las incertidumbres de su identidad, puesto que el derecho civil y el derecho eclesiástico mostraban un acuerdo casi completo. Cuando un individuo portaba en sí el emblema de ambos sexos, era preciso atribuirle el que estuviera más marcado: hombre o mujer según «el sexo dominante» o, como decían los textos más antiguos, según el sexo que tuviera más calor y fuerza. Cuando los sexos se mezclan, se determina cuál predomina por el número de rasgos, su importancia y su visibilidad; no se busca reconocer el sexo verdadero: se estatuye a partir del vigor comparado de ambos y se adopta el que prevalece: «En el año 1600, en SaintSever, cerca de la ciudad de Ruan, la esposa de un hombre llamado Roland dio a luz a un niño que tenía la marca de los dos sexos y, a la hora de bautizarlo, para saber si debía ser presentado como niña o como niño, observaron por cuál de las dos naturalezas orinaba; al ver que lo hacía por el conducto femenino, fue bautizado como niña y no disfrutó de una vida larga. Ese niño fue atendido por Catherine Mahom, comadrona, quien así me lo afirmó». Sin embargo, cuando las marcas son ambiguas y las propias parteras dudan, entonces deciden el padre o el padrino, pues a ellos corresponde el derecho de poner nombre al recién nacido: «In dubio vero incalescentis sexus, prout placet imponenti». Ahora bien, las cosas pueden cambiar con la edad; puede ocurrir que se invierta la relación de fuerza entre los sexos yuxtapuestos; que el blasón masculino se atenúe un poco o, a la inversa, crezca en detrimento del otro. Que un «más bien niña» se convierta en un «más bien niño», o viceversa. Resulta necesaria entonces otra decisión, que, de nuevo, debe atenerse a la naturaleza si esta indica un claro predominio; pero si sigue mostrándose demasiado confusa, es el propio sujeto quien debe elegir el sexo con el que quiere casarse: «a ellos las leyes antiguas y modernas les han hecho y les siguen haciendo elegir el sexo del que quieren hacer uso».


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