El silencio se adueña
de nosotros
Hoy he despertado con la
sensación de que había alguien en la cama, a mi lado. Todavía con los ojos
cerrados he alargado una mano, la derecha, y he podido sentir el hueco que el
fantasma había dejado durante el sueño. Lo llamo fantasma a
falta de una palabra mejor, porque no había nadie junto a mí. De hecho, desde
que llegué a la Laguna nadie ha pasado una noche conmigo en esta casa. Nadie
salvo yo ha dormido en estas sábanas.
Así que he
permanecido tendido, demorando el momento de abrir los ojos, mientras recorría
la superficie del colchón y buscaba una sustancia, una forma, una carne que
ocupara aquel suave vacío. He pensado primero en mujeres, pero todas se
parecían a los retratos de las obras que cuelgan en las salas de la Accademia,
mujeres confabuladas con la Historia y con los mitos, detenidas en el gesto de
contemplar al Hijo, de elevarse a los cielos en un rapto místico, de padecer
alguna ignominia absurda junto a las fervorosas tribus del desierto. Después he
pensado en algún hombre que encajara en el molde del fantasma, pero solo han
acudido a mi recuerdo las caras curtidas por la intemperie y talladas por el
alcohol de los tipos de aspecto proletario que devoran cicchetti en Cannaregio, violentos,
sucios y obscenos, con camisetas a rayas y barrigas abultadas, de modo que he
alejado esa compañía obligándome a abrir los ojos. En ese instante un calambre
ha recorrido mi mano, como si el fantasma hubiera escapado dando un latigazo, y
lo primero que he visto ha sido una franja de luz cruzando el fresco que los
propietarios encargaron a un artista anónimo pero de indudable talento para
decorar esta estancia de Ca’ Barbarigo.

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