El otro día descubrí una posibilidad alarmante. No, algo peor: un hecho alarmante.
Una vieja amiga, que es
radióloga, lleva años enviándome fragmentos sacados del British Medical
Journal. Sabe que mis intereses tienden a lo morboso y lo extremo. En mi
memoria – ese lugar donde degradación y embellecimiento se superponen– tengo
archivados casos de pacientes que reventaron porque un bisturí eléctrico
inflamó sus gases corporales, y otros a los que, en los primeros tiempos de la
resonancia magnética, las grapas quirúrgicas se les clavaron en la carne como
fragmentos de metralla. Estos relatos van a veces acompañados de fotos: por
ejemplo, las de un hombre que se dejó crecer las uñas de los pies hasta tal
longitud curva – varios metros, según recuerdo– que durante años no pudo andar.
Luego está esa tarea cotidiana de los médicos que consiste en extraer objetos
insólitos que alguien se ha tragado – como bolsitas de clavos– o se ha
introducido por la fuerza en el recto. (Antiguamente, entre estos autoimplantes
anales se estilaban los bustos en miniatura de Napoleón, un hábito que sin duda
añadía patriotismo al placer.)
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