Sin noticias de Gurb, Eduardo Mendoza, p. 74
20.30 Voy a casa de mi vecina,
llamo quedamente a su puerta con los nudillos, me abre mi vecina en persona. Me
disculpo por importunarla a estas horas y le digo (pero es mentira) que a medio
cocinar me he dado cuenta de que no tengo ni un grano de arroz. ¿Tendría ella
la amabilidad de restarme una tacita de arroz, añado, que le devolveré sin falta
mañana por la mañana, tan pronto abran Mercabarna a las 5 de la mañana)? No
faltaría más. Me da la tacita de arroz y me dice que no hace falta que le
devuelva el arroz, ni mañana, ni nunca, que para estas emergencias están los vecinos.
Le doy las gracias. Nos despedimos. Cierra la puerta. Subo corriendo a casa y
tiro el arroz a la basura. El plan está funcionando mejor de Io que yo mismo
había previsto.
20.35 Vuelvo a llamar a la puerta
de mi vecina. Me abre personalmente. Le pido dos cucharadas de aceite.
20.39 Vuelvo a llamar a la puerta
de mi vecina. Me abre ella personalmente. Le pido una cabeza de ajos.
20.42 Vuelvo a llamar a la puerta
de mi vecina. Me abre ella personalmente. Le pido cuatro tomates pelados, sin
pepitas.
20.44 Vuelvo a llamar a la puerta
de mi vecina. Me abre ella personalmente. Le pido sal, pimienta, perejil,
azafrán.
20.46 Vuelvo a llamar a la puerta
de mi vecina. Me abre ella personalmente. Le pido doscientos gramos de
alcachofas (ya hervidas), guisantes, judías tiernas.
20.47 Vuelvo a llamar a la puerta
de mi vecina. Me abre ella personalmente. Le pido medio kilo de gambas peladas,
cien gramos de rape, doscientos gramos de almejas vivas. Me da dos mil pelas y
me dice que me vaya a cenar al restaurante y la deje en paz.
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