Pier Paolo Pasolini me ha acompañado durante casi la mitad de mi vida. Cuando supe de su existencia la sacudida fue un flechazo intelectual que, por ignorancia ante lo gigantesco y desmedido de su Obra, me hizo ingresar en el club de sus adoradores, del que aún formo parte, aunque con el placer de no venerarlo.
Esto se debe a cómo el paso del tiempo reconfigura Jas
referencias. Las válidas a los veinte años adquieren otros matices a los
cuarenta y cinco, cuando lecturas, escritos, viajes y experiencias han madurado
la piel y las neuronas. El poso de las décadas, con relación a la manera de
leer a nuestro protagonista, ha abandonado la ligereza de la primera edad
adulta para profundizar más allá de los cuatro tópicos predominantes.
Antes de ponerme a investigar esta biografía partí de
una idea mucho más específica que hacía colisionar la masacre del Circeo con el
asesinato del poeta cineasta. A finales de septiembre de 1975, tres hijos de
papá asesinaron a una adolescente del extrarradio romano y creyeron haber
acabado con otra, que renació al ser rescatada del maletero del coche de sus
torturadores.
Al cabo de un mes, Pier Paolo Pasolini falleció en
Ostia tras ser atropellado en repetidas ocasiones por su propio vehículo,
conducido previamente por el adolescente Giuseppe Pelosi. La intención de ese
ensayo frustrado era relacionar su vida con acontecimientos de los años setenta
vinculados con la violencia cotidiana, que tuvo su máxima expresión en estos
crímenes concatenados, como si fueran el punto álgido de un infierno.
Al final, gracias al diálogo con David Andrés y Emili
Albi, a la sazón editores de Siglo XXI, reconduje el proyecto, centrándolo en
la existencia de uno de los intelectuales del pasado siglo que sigue
hablándonos pese a las deformaciones que manipulan su voz.

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