Gasta corbata lisa de listas, de lazo simple. Lleva desabotonado el último botón de lacCamisa como para resolver, por ahí, toda la complejidad llena de nudos que enmaraña su cerebro. Alas de mariposa blanca o celeste, los cuellos de la camisa se posan sobre la chaqueta como esperando que alce el vuelo algún pensamiento, No siempre camisa y corbata están a juego con la barba bermeja y la pelambrera del mismo color que incendian, acompañando a sus palabras nunca tibias, la habitación en que esté.
Comienza el año, el primero de la
nueva era -p-. s. U., post scríptum Uilixi- que él, Ezra Pound, ha nombrado
como «posterior a que se haya escrito Ulises»: después de la novela de James
Joyce, que ha ido apareciendo por entregas y a la que el irlandés ha puesto fin
la noche del 29 al 30 de octubre. En realidad. Ezra no ha echado un cable a
Joyce para que salga a la luz Ulises. Le ha echado todo el cordaje, menos el relajado
nudo de su corbata. Tiene ideas acerca del patrocinio de los mejores, cree que
estos deben escribir sin presiones ni agobios económicos; y él está dispuesto,
como lleva ya haciéndolo un tiempo, a mediar, a conseguir ayudas y recursos, a
canalizar las obras más valiosas para que lleguen a los destinatarios que las
esperan; aunque estos no lo sepan todavía. Por ejemplo, las de James Joyce y
las de T. S. Eliot.

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