Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma
Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel

INCIPIT 1.614. LA CHICA MAS LISTA QUE CONOZCO / SARA BARQUINERO


Proemio

Pensaron en ser aristotélicos, pero la moderación virtuosa les resultaba ajena a sus principios. Quisieron ser platónicos, pero algunos profesores del departamento de Clásicas de verdad leían griego, lo que lo convertía en una opción arriesgada para la pereza (además, en la Universidad a Distancia había un grupo de obsesos con los presocráticos de los que preferían separarse por inexactos, vagos, meapilas posmodernos sin sistema). El Medievo era para casi todos un vacío teórico, así que quedaba descartado, excepto para recordar a veces «la alegría de los cuerpos en pecado» con Foucault, en general cuando tocaba defender la pervivencia de la capilla en la facultad contra las quejas de los estudiantes: los cristianos sabían divertirse y conocían el perdón, no eran unos pelagatos. Spinoza no los terminaba de convencer, les gustaba sentirse irreductiblemente separados de la Totalidad y apenas ofrecía innovaciones al racionalismo cartesiano, por mucho que se empeñaran los seguidores de Deleuze o Negri. La política los asustaba, en general, a menos que fuera la de un liberal serio allá por el XVII o XVIII, si acaso el atractivo perverso de Carl Schmitt. Ser kantianos era la opción obvia, pero resultaba incómodo aceptar que cualquier imbécil podía ser un fin en sí mismo; Hegel, muy complicado más allá de invocarlo con o contra Marx; Nietzsche, demasiado mainstream y adolescente como para permitirles ser pedantes.

 


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