PRÓLOGO: LA FOTO
–Estoy buscando el archivo del servicio secreto –digo
mientras me acerco al primer taxi aparcado en Comuna de París, una de las
bulliciosas calles de Tirana que conectan el centro de la ciudad con su circunvalación.
Dudo en llamarla mi calle, aunque he tenido en ella mi dirección en Albania
durante más de veinte años. Recién llegados a la capital en los noventa, la
pregunta «Tú no eres de por aquí, ¿no?» ya surgía con irritante regularidad
cada vez que entablaba una de esas conversaciones con desconocidos que de
entrada parecen inofensivas, pero enseguida se vuelven incómodas.
La mayoría de
la gente que vuelve a Tirana comenta lo mucho que ha cambiado la ciudad: ahora
hay más rascacielos, calles pavimentadas, cafés, bares y carriles para
bicicletas. Sin embargo, para mí es un lugar de pena, culpa y un sinfín de
posibilidades truncadas. No guardo buenos recuerdos de él; a lo sumo lo que
conservo son vínculos más bien fríos con algunas noticias de la tele, las
películas de los años comunistas y, en tiempos más recientes, los atascos de
tráfico. La estancia más larga que he podido soportar en la ciudad fue cuando
mi abuela murió y volví de Italia, donde estaba estudiando, para ocuparme de su
funeral.
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