Te quiero más que a la salvación de mi alma

Te quiero más que a la salvación de mi alma
Catalina en Abismos de pasión de Luis Buñuel

NABOKOV


Koljós, Emmanuel Carrère, p. 38

Nabokov era una especie de extraterrestre;  a veces, leyéndolo, uno dice que era al Homo Sapiens lo que este era al cromañón: un ser más elevado en la escala la evolutiva, dotado en grado sumo de facultades que  en la mayor parte de sus congéneres se hallaban en un estado tosco e incipiente. Su agudeza sensorial solo es comparable a su capacidad de describir y nombrar.  Los insectos, las setas, las hierbas, nada en su mundo iridiscente es genérico. “Una mariposa”, eso no existe; o solo en la cabeza abstracta y reseca de intelectuales como mi abuelo, lo que existe es el ícaro azul, el taladro rojo, el piral del roble y de la encina, el arrán marrón, la carmelita de Sievers. la geómetra esmeralda. Nabokov distinguia al oído el rumor en el aire de las hojas del álamo temblón, del carpe la madreselva o el chopo negro y escribía con con fluidez, mientras párrafos como: “Una sensación de seguridad, de bienestar, de calor estival impregna mi memoria. Incólume realidad que convierte el presente en un fantasma. El espejo rebosa de luminosidad; un abejorro acaba de entrar en la habitación y da con el techo. Todo es tal como debería ser, nada cambiará jamás, nadie morirá nunca”

 


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